Georges Perec o 1+1=3

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

Asistí, por fin, a mi primera conferencia de las organizadas por la Academia de San Quirce, aquí en Segovia. Mi motivación era oír, entre otros, a César Rendueles, del que había leído algunos artículos en el periódico y que últimamente estaba en boca de muchos tras su última obra, Sociofobia (Capitán Swing), y que, al fin y al cabo, era un tío que me llamaba la atención, del que me seducía su discurso y que me caía -de algún modo- bien. Rendueles, entre otras cosas, habló de capitalismo y, sobre todo, contra el capitalismo. Su ponencia, con voz apresurada y de una vocalización en ocasiones reprochable, me alegró el día. Y no fue -o, al menos, no solamente- por la tesis que planteara, sino porque usó como recurso de apoyo un hábil resumen de W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec, obrita que tenía yo aguardando en mi biblioteca a que llegara un tipo así y me pusiera los dientes largos.

Intentaré desarmar las piezas para que se hagan una idea de cómo, al final, todo encaja y hace clic. Perec trata de seguir dos caminos en este libro. Ambos van en paralelo, pero, a priori, no parece que vayan al mismo lugar oscuro y doloroso. Vamos alternando nuestros pasos de uno a otro, dando saltitos como si estuviésemos jugando a la rayuela.

El recuerdo de la infancia

Perec trata de llevar a cabo un elaborado ejercicio de memoria. Busca sus primeros recuerdos y de ahí va tirando, tratando de bordear las lagunas; de señalarlas, bordearlas y seguir adelante. Se nos muestra cuidadoso y artesanal, a la manera de aquel otro libro suyo, Pensar, clasificar. Leyéndolo, se me ocurre que Perec tiene dos cosas en cuenta: 1) que la memoria también es ficción, por lo tanto, hay que avanzar a sabiendas de que puede trastabillar y caer en la red de lo imaginado y 2) que su condición de judío que habla de su infancia lo condena a ser un testimonio más del Nazismo, pero que no es necesario decir algo nuevo y representativo al respecto, sino que solo hay que ser honesto con la propia memoria, quede donde quede la sombra del Holocausto.

Por lo demás, asistimos a su infancia, a los restos del mosaico. Perec niño nos arroja luz desde su ingenuidad y su candidez. Nosotros -él ya adulto y nosotros los lectores-, conocedores de la Historia, no podemos evitar contemplar la oscuridad que se cierne sobre la historia que nos está contando. Hasta aquí, esto sería una biografía. Pero lo más importante no es el texto en sí, sino las fuerzas gravitatorias que se crean con el otro texto.

W

Georges Perec escribió a los doce años su primer cuento. Una historia a lo Stevenson sobre una isla perdida en donde existía una sociedad de atletas. Para llevar a cabo este experimento literario, reescribe el cuento de su infancia como senda alternativa a su proceso de memoria. En W se nos plantea un mundo donde el ideal olímpico es el sentimiento más arraigado en la sociedad y en donde la victoria es el mayor propósito de todos los ciudadanos atletas. Lo que en un primer momento parece un cuento borgeano con tesis filosófica imbricada en una prosa precisa y preciosa se va extendiendo y ordenando de manera que se alza ante nosotros todo un sistema de pensamiento, un sistema sociocultural estructurado como las reglas del juego de un gran Risk del Deporte. Algo que excede la propia historia y que, sin embargo, funciona como un reloj. La sensación más cercana que se me ocurre es aquel maravilloso pasaje de La broma infinita en donde se habla del Escatón, ese juego de estrategia sobre pista de tenis.

A medida que vamos conociendo la sociedad de W, nos damos cuenta de que todas sus reglas podrían resumirse en la ley del más fuerte o en un sálvese quien pueda. El atletismo está desempeñado por verdaderos sociópatas que nos hacen recordar, capítulo a capítulo, los postulados neocon del libre mercado que tanto se predican lejos de W, es decir, aquí mismo.

¿Y para esto tanto rollo?

No, todavía no se han vuelto a unir los caminos. A medida que seguimos en W, a medida que se abre más y más nuestro ángulo de visión, nos damos cuenta de que, más que el reflejo del capitalismo salvaje, lo que allí vemos, en última instancia, es un campo de concentración. Es en el último capítulo, dedicado al camino de la memoria y no al de la ficción donde Perec añade un texto de un tercero y por fin todo encaja. Y el libro nos da en la cara con todo el lomo, y las dos historias que hemos ido recorriendo chisporrotean y crean un fuerte oleaje entre sí. Ahí es cuando sabes que cada parte hubiera valido la pena por separado, pero que la relación entre ambas es el experimento vital que Georges Perec estaba persiguiendo.

Shakespeare, Shakespeare, Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

 

/1/ SHAKESPEARE

Hace un mes o así, en una de mis sesiones de diálisis, me apeteció ver una película en la pantalla de mi ordenador, sirviéndome de unos auriculares para no molestar. De entre todas las posibles, elegí una por la cual no tuviera especial interés en verla con el proyector; sencillamente pretendía ver una película que no perdiera muchos puntos dentro del pequeño marco en la que iba a ser reproducida y que me hiciera más llevadero el tiempo en la cama de hospital. Me decanté por Coriolano porque no preveía nada a favor ni en contra de la ópera prima de Ralph Fiennes y porque jamás había oído hablar de esta obra de William Shakespeare.

Observar sin expectativas es un regalo del que en contadas ocasiones disfruto. Pese a las incómodas interrupciones provocadas por el escaso flujo de megas del internet hospitalario y pese a las necesarias interrupciones del personal sanitario, presencié cómo dentro de mi ordenador crecía un portentoso monstruo y se hacía fuerte. La experiencia fue tan inesperada y sobrecogedora que no supe distinguir con claridad los miembros que conformaban al monstruo. ¿Cuánto era de Shakespeare y cuánto de Fiennes?

/2/ SHAKESPEARE

Por supuesto, a continuación fui a una librería a hacerme con un ejemplar para conocer el texto. Coriolano es una de de las llamadas obras romanas de William Shakespeare, pero está claramente emparentada con sus tragedias. Si me preguntan, me parece superior a las dos o tres que ya he leído (Romeo y Julieta, Otelo y Hamlet). De hecho, ahora me siento impaciente por devorar sus demás tragedias para comprobar si hay alguna que supere esta maravilla.

Quizá me encuentro entusiasmado porque este Shakespeare hace mejor sociología política que todos los programas de análisis de la actualidad que puedan verse en la parrilla televisiva. Que Shakespeare siempre acierta con la esencia humana es un lugar común, pero que también refleje el comportamiento de una sociedad es un lugar en el que no había estado antes. El personaje de Coriolano representa todo lo que odio, él -por unas razones- y el resto del reparto de políticos -por otras- son lo que hoy en día desearía derrocar y sepultar; sin embargo, también he gritado de emoción dejándome embaucar por la épica, me he conmovido ante la madre de Coriolano, he suspirado por la suerte de todos los personajes.

Tuve un compañero de trabajo con el que procuraba llevarme bien pese a nuestras discrepancias. Me dijo un día, tomando una cerveza, que para él existían dos pilares fundamentales: la familia y la patria. Logré no reírme en su cara. Me mostré muy educado. No fui capaz de contemporizar con él, pero, al menos, pude añadir mis “matices ideológicos” con delicadeza y elegancia. Pues bien, esta vez no tengo por qué repetir mi postura: la perdición de Coriolano es fundamentar su vida en las mismas ideas que mi compañero de trabajo. Coriolano es un personaje espectacular y grandioso, pero también es un mulo, un animal de poca inteligencia. Ahora puedo reírme de él como no lo hice de ese compañero de carne y hueso que me soltaba semejantes chorradas mientras sostenía una caña y sonreía con autocomplacencia. Gracias, Shakespeare, por darme una segunda oportunidad para no callarme.

/3/ SHAKESPEARE

Nada más terminar el libro, vuelvo a ver la adaptación cinematográfica de Ralph Fiennes. Esta vez en el proyector, esta vez con los altavoces de mi home cinema. Y ahora me gusta tres veces Coriolano. Lo he descubierto, lo he leído atentamente y, por último, he disfrutado de todas las decisiones a la hora de adaptar cada escena. Por supuesto, Fiennes se deja atrás algunos pequeños pasajes un tanto irrelevantes, pero, a cambio, logra enriquecer el texto en cada una de las soluciones que propone, haciéndolo más ágil en la pantalla gracias a partir de acertadas elipsis y condimentándolo con imágenes que iluminan el sentido del texto original.

Para más placer, todavía suena en mi cabeza el timbre de voz de Ralph Fiennes. Todos los actores ponen el listón muy alto, pero, además de este en el papel protagonista, tengo que subrayar con un estuche entero de rotuladores la interpretación de Vanessa Redgrave, haciendo de Volumnia, madre de Coriolano.

En conjunto, una auténtica gozada. Por separado, también.

Thomas Bernhard y el sufrimiento de los demás

Helada, de Thomas Bernhard

Helada, de Thomas Bernhard

Mi mes de septiembre. Podría ponerlo en un jarrón y esperar a que echara flores. Llegará primero el invierno, pero septiembre trae consigo los cambios y eso incluye las flores y los ciclos y las modas. Llegará el invierno, y yo ya lo atisbo con Helada, de Thomas Bernhard, en una mano y un puñado de cenizas en la otra. Septiembre es el mes en el que la antes conocida como mi-amadísima-Elisa-Calatrava cambia de nomenclatura como yo he cambiado de domicilio.

Dos semanas sin leer, una semana leyendo mal y, a continuación, unos días reventándome el alma contra Thomas Bernhard. Así se sobrevive.

Helada es la exposición del sufrimiento. La contemplación del sufrimiento ajeno. El veneno que palia el dolor propio. Observo durante páginas y páginas las continuas quejas del pintor Strauch sin atreverme a medirme con él. Thomas Bernhard siempre me ha resultado divertido, de una comicidad muy pegadiza, pero en esta ocasión dispongo de mi propio sufrimiento como salón de juegos. Así que me dan ganas de ser el otro personaje, el estudiante de Medicina; me dan ganas de cerrarle la boca con algún gesto desagradable. Pero en la novela no, en esta novela el pintor Strauch posee la voz hipertrofiada del general Kurtz, embauca al joven estudiante de Medicina, pese a ser un descreído. Pero a mí no. Yo no soy el médico, sino el enfermo. Su sufrimiento hoy no me parece atractivo, ni siquiera me parece un espejo más o menos grotesco. No hay comparación, no hay empatía, no hay consuelo.

Por lo demás, bien. Otra gran novela de Bernhard. Hipnótico y desasosegante. Molesto y adictivo. Pero a mí me hace falta un respiro, un impulso, un cambio de canon o de dieta.

Disculpen mi brevedad, pero ¿no creerán, acaso, que a estas alturas me voy a esforzar en convencerles de que lean a Thomas Berhnard? Ustedes sabrán lo que hacen.

Herman Melville por una camiseta

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

 

El fin de semana pasado, en mi visita a Barcelona, tuve la oportunidad de regresar a La Central del Raval y me atendió un dependiente con esta camiseta:

Ya me había fijado varias veces en ella en La Central de Callao, en la sección de merchandising que hay en el mostrador para pagar. Me había imaginado con ella puesta, fardando por la calle, haciéndome el guay delante de los demás. Pero había algo que me prohibía comprármela, un impedimento moral, unos escrúpulos, no sé. Quizá mi objeción estribara en que todavía no había leído Bartleby, el escribiente y no quería sentirme como esos idiotas que van por ahí con la cara del Che Guevara estampada en el pecho y no tienen ni idea de lo que es la Revolución cubana. Al menos, esos remilgos sí que los tengo.

Por lo tanto, podríamos decir que, a lo largo de mi vida como lector, NO he leído Bartleby, el escribiente hasta el día de hoy, pese a disponer de las siguientes buenas razones que, a bote pronto, se me ocurren:

1. Por tratarse de una obra de contrastado prestigio, escrita por Herman Melville, nada más y nada menos que el autor de Moby Dick.

2. Porque Vila-Matas escribió una obra basándose en el arquetipo de Bartleby, que leí hace años y que me impresionó mucho.

3. Porque mi amadísima Elisa Calatrava me dijo hace unos meses que a qué diantres estaba esperando para leerme semejante maravilla y que me iba a encantar.

4. Porque la obra es muy cortita.

 Digamos que la primera opción es la que menos peso tiene para mí. Otro día confesaré mi atraganto con Moby Dick. El caso es que al final he leído Bartleby, el escribiente por culpa de una simple camiseta.

Aunque al final, como siempre, mi amadísima Elisa Calatrava tenía razón. Bartleby, el escribiente es esa literatura aplicada en una sola dosis que puede cambiarte la vida. Es el ejemplo para atreverse a tomar la decisión de bajarse del carro. Es la única respuesta honesta ante el desencanto. Nos fijamos en Bartleby como si él estuviera en el error, como si padeciera una enfermedad, como si esperáramos que su distanciamiento fuera pasajero y soñáramos con verlo restituido, al fin útil y feliz. Pero esta obra se lee mucho mejor si se hace desde la perspectiva de Bartleby y se ve el despacho, los compañeros, el jefe, en fin, el mundo, desde sus ojos. Ahí es donde todo esto empieza a dar vértigo.

Me ha llamado la atención el hecho de que sus colegas de trabajo acabaran contagiándose del uso incisivo del verbo preferir. Quizá, con un poco más de paciencia, Bartleby los hubiera conquistado a todos, inseminando en ellos la idea de que siempre existe la posibilidad de decidir qué hacer. Imaginen, por un momento, un Bartleby que hubiera aguantado durante más tiempo en su trinchera. Imaginen varios Bartlebys en las oficinas donde se calcula la prima de riesgo, en los despachos donde se especula con el crédito, en los gabinetes donde se diseñan las políticas de austeridad. ¿Qué quieren que les diga? Yo antes era de Batman, ahora soy de Bartleby.

¿Seguiré yo el ejemplo de Bartleby? Cuando nuestro escribiente se limitaba a escribir y a rechazar el resto de las órdenes llegué a pensar que había encontrado mi guía espiritual, pero, un poco más adelante, cuando fue más allá, me dio un vuelco el corazón, me dejó trastocado y falto de equilibrio. A mí todavía me hace falta reunir mucho valor para seguirlo hasta el final, pero me queda bien claro que se trata de un símbolo potentísimo.

En fin, para empezar con buen pie, la próxima vez que me tope con la camiseta me la compraré y, a lo mejor, incluso podré experimentar un atisbo de orgullo.

Una hagiografía de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Llevo todo el mes de agosto viviendo solo en casa. Mi amadísima Elisa Calatrava está en su tierra -en régimen de tapitas y playeo- poniendo al día su felicidad. Yo me ocupo de que a nuestros gatos no les falte comida, agua y un poco de cariño mientras pongo al día mi cabeza. Estoy ordenando los sinsabores de este año y preparándome para una nueva época, si acaso llega. Entre semana paso la mayor parte del día encerrado conmigo mismo, casi sin hablar con nadie. En cambio, los fines de semana, cojo un tren y viajo a varios puntos de la península para reconocerme en mi propio discurso y reiniciar relaciones que habían quedado entumecidas o que merecen un bis después del espectáculo. Ambas cosas le sientan bien a mi cabeza, pero confieso que incluso así echo de menos a mi amadísima Elisa Calatrava. Por eso he decidido, de forma impulsiva y no premeditada, leer Vidas de santos, de Rodrigo Fresán.

Ya saben que hubo una época en la que mi amadísima Elisa Calatrava dedicó su atención al estudio de Rodrigo Fresán. Podrán imaginar que el ejemplar de Vidas de santos está subrayado, garabateado y anotado hasta la extenuación. Tendré que reconocer que esta vez no me apetecía tanto leer a Fresán (con el que, ya lo he dicho otras veces, siempre me siento cómodo) como seguirle el rastro a mi amadísima Elisa Calatrava para poder bocetarla justo donde llevo sentado casi todo el mes, en el sillón de su despacho.

Pero sigamos ordenando piezas. Bajo este rastro de lápiz hay un texto del que hay que hablar para tratar de encajarlo en alguna parte.

Repito -una vez más- que me siento tremendamente cómodo en manos de Rodrigo Fresán. Algunos amigos míos frucen el ceño, pero mi gesto es plácido entre sus páginas. Vuelvo a él de vez en cuando y casi siempre en momentos importantes, y casi siempre me da un empujoncito. Me entran ganas de hacer un top five de lo que he leído hasta ahora de él (precisamente cinco obras), pero me conformo con posicionar Vidas de santos más o menos en el medio de la tabla.

Vidas de santos es diez años anterior al celebérrimo y vilipendiado Código Da Vinci, novela que no he leído, entre otras razones, porque he decidido pensar que Dan Brown es un capullo (por ejemplo), pero ateniéndome a las aventuras que Tom Hanks me trajo hasta el televisor de mi casa una noche en la que estaba demasiado cansado como para cambiar de canal, me gustaría pensar que la obra de Fresán es lo que Dan Brown hubiera querido escribir para tocarle realmente los huevos a la Iglesia y lo que lo hubiera convertido en un ser humano digno de respeto y consideración. Pero Fresán se le adelantó y a Dan Brown no le quedó más remedio que sacarse de la manga una intriga mal balbuceada e incapaz de competir ante el festival de Cristianismo Pop multirreferencial y resignificado que es, entre otras muchas y alocadas cosas, Vidas de santos. Ustedes dirán que Dan Brown tuvo más éxito comercial, pero eso solo es un espejismo. En realidad, existe un Tom Hanks leyendo el guion adaptado de Vidas de santos y pensándose la posibilidad de interpretar el papel de Judas Tomás para asegurarse así su tercer Óscar. En fin, la historia se puede contar de muchas formas.

“Dios no existe, pero es un gran personaje”, dicen unos y otros a lo largo de los distintos capítulos-cuento que forman esta suerte de novela coral. La verdad es que no se me ocurre otro personaje tan atractivo, menos aun si ejerce de pareja dramática con su hijo: Dios y Jesucristo, la mejor versión jamás contada del poli malo y el poli bueno. A mí, si me preguntan, los prefiero en las películas Jesucristo Superstar, de Norman Jewison, y La vida de Brian, de los Monty Python. En otro tono, también lo hacen muy bien en la novela de José Saramago, El evangelio según Jesucristo. Además, siempre han sabido rodearse de unos personajes de reparto muy carismáticos.

No crean que estoy frivolizando, estoy en éxtasis pop. El otro día viajaba en metro por Barcelona e iba pensando en comprarme una camiseta con una crucifixión en donde Jesucristo dijera: “Kill your idols”. Todo por culpa de Rodrigo Fresán y de este libro. Al fin y al cabo, de algún modo habrá que salpimentar ese vacío existencial de serie que padecemos los ateos. Mucha literatura y alguna que otra camiseta ingeniosa.

Quiero ser profeta de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

¿Y qué digo yo ahora? Procuro siempre escribir estos textos inmediatamente después de haber terminado el libro que los provoca, por aprovecharme de la inercia. Pero a veces no es fácil. Por ejemplo, en esta ocasión. Me siento -¿cómo diríamos?- subyugado por el efecto que La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy, ha tenido en mí. Intentaré hacerlo por partes. A lo mejor así cuadro y ordeno toda esta maraña convulsa de sensaciones que bailan foxtrot en mi cabeza, o en mi estómago, no sé exactamente dónde.

El extraño arte de dar un título insulso a una gran obra para convertirla en un secreto

Esto ya me había pasado antes, hace muchos años. Un día llegó Lucas con un libro a cuestas, un buen tocho, de portada fea, titulado La ciudad de los cazadores tímidos. Se lo había recomendado una amiga (una chica a la que yo odiaba, por cierto). Un título insulso, una portada insulsa, sin embargo, un texto que marcó una época para todos nosotros, que nos desgarró y nos alucinó por completo. Tom Spanbauer había escrito un novelón para metérselo en vena y lo había escondido bajo un título en el que jamás me hubiera fijado si lo hubiera visto en una librería.

Lo mismo podría haber ocurrido con La niña que amaba las cerillas. Gaétan Soucy demuestra la misma extravagante habilidad que posee Tom Spanbauer de escribir obras brutales y fulminantes disimuladas bajo un título que suena a best-seller chapucero. Y, por supuesto, la portada ayuda en el propósito. Si acaso, en favor de Soucy puedo decir que, ya casi al final, descubrí el sentido del título y me estremecí por no decir que me eché a temblar.

Por suerte, me fío de Lucas y también me fío de Carlos -más conocido en la blogosfera como- Tongoy. Con compañeros lectores de este tamaño el-extraño-arte-de-dar-un-título-insulso-a-una-gran-obra-para-convertirla-en-un-secreto no es rival para mí.

El mundo de la vida

Parece ser que la expresión el mundo de la vida es de Husserl, vendría a ser la traducción del vocablo lebenswelt, al menos eso dice internet. Recuerdo esta expresión por una anécdota que no viene al caso (sería un rollazo tremendo contarla aquí y ahora), pero que me ha asaltado en cuanto he comprendido la situación de la protagonista y de su hermano dentro de esta historia. La protagonista nos relata su mundo de la vida; su texto no pretende ser solamente una suerte de testamento, sino un modo de significar su universo diminuto pero bien delimitado. Esta idea es importante, el texto que se nos brinda es todo lo que existe para la protagonista, fuera de sus palabras ya no hay nada. Pero este universo pequeño y bien medido tiene una lógica interna que, desde dentro, parece justa y necesaria, y que se rige por dos factores: 1) la biblioteca y 2) el padre. La biblioteca amplía el universo más allá del pinar que hay frente a su casa y las reglas de su padre lo ordenan y le dan sentido.

Al lector esa lógica le parece intolerable porque uno es de afuera, de más allá de las palabras de la protagonista. Uno mira ese mundo y esa vida desde nuestro universo, que es otro, y ahí quería yo llegar: esta novela no implica solamente, como toda literatura, trasladarse a otro lugar o a otro tiempo, sino que nos lleva, de lleno, a otro universo, a otro código, a lo imposible y a lo intolerable, y nos obliga a presenciarlo con placer y con estremecimiento.

¿Recuerdan ustedes Canino, la película de Yorgos Lanthimos? Pues eso no es nada comparado con lo que uno va a encontrar en esta obra. De todas formas, sí hay que matizar que desde el comienzo hay una ruptura. Quiero decir, una ruptura del universo, un punto de fuga. Eso queda claro en el primer enunciado de la novela:

Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del universo, pues una mañana, sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu.

Solaris dentro del planeta Tierra

Una de las novelas aspirantes a mi top ten for ever es Solaris, de Stanislaw Lem. Entre sus muchas virtudes está la de reflexionar sobre la idea del contacto con el otro y de las limitaciones a la hora de comprendernos, de comunicarnos. Al fin y al cabo, venir de otro planeta imposibilita las cosas más de lo que Steven Spielberg nos ha hecho creer. Pues bien, La niña que amaba las cerillas trata de lo mismo que Solaris, pero no necesita de naves espaciales. Aunque ella no venga de otro planeta sí que viene de otro mundo.

La llegada de la protagonista al pueblo en busca de un ataúd para su padre (vale, sí, por fin me he dignado a contar un poquito de la trama) provoca una colisión o, más bien, una distorsión tan inaprensible como lo que ocurre en Solaris y tan fecunda y fructífera como lo que ocurre en El enigma de Kaspar Hauser. De hecho, podríamos verlo así: Imaginen a una joven Kaspar Hauser con incontinencia verbal, pero con la misma lucidez ingenua y misteriosa que el personaje de Herzog. El hecho de que en esta novela dos mundos contiguos compartan la misma lengua no los sitúa más cerca, sino que los hace temblar a causa de las constantes fricciones simbólicas.

Mi papá lo arregla todo, todo y todo

Mi padre es de los que lo arreglan todo, todo y todo. Me ocurre como a aquellos niños pequeños del anuncio publicitario. A veces pienso que este mundo me resulta mínimamente estable y transitable porque cuento con mis padres para desfacer entuertos. Al mismo tiempo, me repito lo importante que es desprenderse del poder ilimitado y omnímodo de los padres para no acabar siendo un ser espiritualmente entumecido. Como persona adulta e independiente que soy, puedo envalentonarme y jugar a eso del libre albedrío, pero la protagonista de esta novela lo tiene un poquito más difícil que yo. Cuando hablo de que vive en su propio universo me refiero a que su padre ha sido el creador de tal universo, como un dios bajado de los cielos que ha perfilado los límites de lo Real alrededor de su hogar. Más arriba he dicho que el padre imponía normas que daban orden y sentido; habría que hablar, quizá, de una religión unifamiliar.

Hablo de la protagonista (y no crean ustedes que no soy consciente de estar usando la palabra “protagonista” en lugar de algún nombre propio), pero también debería hablar del hermano para triangular esta familia. Y podría hablar de algo más, pero me muerdo la lengua, porque me niego a desvelar nada. Prefiero que ustedes pasen y vean y les dé un vuelco el corazón. He dicho que también debería hablar del hermano, sobre todo, porque La niña que amaba las cerillas es el relato de uno de los dos protagonistas, ¡a qué otros fabulosos prodigios hubiéramos asistido si él hubiera tomado la palabra! Hay otra novela escondida en su silencio. De hecho, me parece remarcable las opinión al respecto de nuestra protagonista:

Omití mencionarlo, pero soy el más inteligente de los dos. Mis razonamientos te dan como garrotazos. Si mi hermano estuviera redactando estas líneas, la pobreza del pensamiento saltaría a la vista, nadie comprendería casi nada.

Poderes hipnóticos

Si hace dos o tres entradas hablaba en este blog de la habilidad de George Saunders para lograr que estilo y trama comulgaran a la perfección, no puedo decir menos de Gaétan Soucy. Es cierto que no puedo comparar este texto con otros del mismo autor, pero no se me ocurre un estilo más original y genuino para un personaje que usa el lenguaje para sí mismo, que ejerce como secretario de su padre y, por tanto, de su universo y que, por primera vez, trata de arrojar un texto hacia ese otro mundo recién descubierto.

Desde el primer enunciado al último, me ha costado avanzar mi lectura porque no he podido evitar entretenerme en tantas y tantas oraciones construidas para quedarse allí con ellas y dejar que el tiempo pase de largo. Es un gustazo de prosa, extraña y embaucadora. En fin, solo se me ocurren dos grandes historias sobre ataúdes: Mientras agonizo y La niña que amaba las cerillas. Ambas me parecen imprescindibles. A Faulkner lo conoce todo el mundo, a Soucy deberían prestarle más atención.

A falta de Park bueno es Tsuchiya

Old boy, de Garon Tsuchiya

Old boy, de Garon Tsuchiya

La primera película que vi de Chan-Wook Park fue Old boy, hace ya bastantes años. Me causó una gran impresión, tanto por la fuerza de la historia como por el estilo y los recursos cinematográficos de este director. Fue un amor a primera vista, que, más adelante, se ha ido consolidando con las otras dos cintas de su Trilogía de la Venganza (Simpathy for Lady Vengance y Simpathy for Mr. Vengance), con Soy un cyborg, con Thirst y con Stoker. Sigo la trayectoria de Chan-Wook Park con entusiasmo y admiración, pero todavía tengo la espinita clavada de no haber sido capaz de regresar a Old boy. Aquella película dejó una extraña huella en mi memoria emocional, por lo que he intentado reavivar aquellas sensaciones viéndola de nuevo. Pero me ha sido del todo imposible, no la encuentro por ninguna parte. No hay manera de localizarla (por cierto, si alguien me la envía en un formato compatible con Mac se lo agradeceré muchísimo).

(Esta es siempre la primera escena que se me viene en la cabeza cuando pienso en el Old boy de Chan-Wook Park)

Todo este rollo es para justificar la lectura de Old boy, el cómic, el texto original, la obra de Garon Tsuchiya y para reconocer que no he sido capaz de leer este texto sin borrar la huella emocional de aquel otro texto cinematográfico. Buscar en Tsuchiya lo que hizo Park es un esfuerzo inútil, porque cada uno se mueve de forma distinta (Park lo hace de un modo extremo y desmesurado, pero infalibe; Tsuchiya con templanza y elegancia, como si el protagonista de su cómic estuviese inspirado en Humphrey Bogart), cada cual plantea su propia atmósfera con la que llenarse los pulmones de deseos de venganza. Tsuchiya no es Park y, en realidad, eso no es tan grave. 

Old boy es un juego sobre la construcción de la identidad, la venganza es solo el motor que ayuda a los personajes a autodeterminarse. La venganza, de hecho, es un lazo tan fuerte entre el protagonista y el antagonista que podría tratarse de un cordón umbilical, de un tránsito en doble sentido que nos lleva hasta un doppelgänger forzado por los acontecimientos y las decisiones vitales. El protagonista solo puede construir unas expectativas de futuro en relación con aquel del que desea vengarse y el antagonista ha construido su pasado reciente a partir de una prolongada venganza. Esta historia, pese a los giros de guion y a las vueltas de tuerca un tanto chirriantes, es un callejón sin salida en donde, poco a poco, vamos comprendiendo que no existe otra opción posible, para ambos ya no hay otra forma de ser uno mismo. Cuando uno acepta este destino, las páginas del cómic avanzan raudamente hacia el desenlace.

Y las páginas ayudan a que la lectura transcurra con velocidad. Este ha sido mi primer manga y, pese a mi desconocimiento técnico, me atrevo a asegurar que funciona de un modo distinto al manga europeo y al americano. Es como si el manga fuera un dialecto particular del código del cómic. Me ha parecido mucho más visual, con menos necesidad de diálogos y con mayor número de viñetas por página, muchas de ellas primero planos o planos detalle que sirven para darle amplitud visual a la escena y que, sin embargo, son puntos de apoyo sobre los que saltar rápidamente a la viñeta siguiente. El manga (recordemos que mi generalización se basa en un solo manga leído) se acerca más al lenguaje cinematográfico, tiene más afinidad con el frame que con la página escrita; quizá por eso las casi mil setecientas páginas (distribuidas en tres volúmenes) de Old boy hayan volado delante de mis ojos y me haya zampado semejante tocho en un plis plas.  Ahora bien, me sería de gran ayuda que algún entendido en manga apareciera para hacerme ver que estoy teorizando sin tener ni idea de lo que hablo.

Si me preguntan si, después de haber leído el texto original de Old boy, sigo echando de menos la mano de Chan-Wook Park les confesaré que sí. Park hizo algunos cambios de guion que funcionan verdaderamente bien y que le dan más fuerza y dureza a la historia. Pero eso no le resta valor a la obra de Garon Tsuchiya. Al fin y al cabo, como dicen en mi pueblo, a falta de pan buenas son tortas.

PD1: Acabo de encontrar una especie de making off sin entrevistas ni comentarios del director, una cámara voyeur que nos permite presenciar el rodaje durante tres horas y media.

PD2: Sobre la versión de Spike Lee solo tengo que decir que ni la he visto ni tengo interés en verla.

Minientrada

Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,           de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMOS 4 Y 5: PALABRA DE SEGURIDAD / EL ANILLO DE LA VERDAD

- Con tanta road movie, da tiempo para que Yorick se desarrolle como personaje, tome volumen, evolucione.

- Hay mucho loco en este mundo, y una situación extrema como esta los saca a todos de sus hormigueros.

- Más redes secretas. A veces, esto parece una película de James Bond.

- Cuando ocurre algo muy gordo (el fin de los machos de todas las especies, sin ir más lejos), necesitamos agarrarnos a alguna idea, aunque se trate de algo absurdo y fantasioso.

- Ya sé por qué Yorick está vivo (más o menos).

- El número 4 es un poco flojo de contenidos, el 5 resulta trepidante (incluso demasiado). Aquí Vaughan podría haber medido mejor. Claro, ahora estoy deseando leer el siguiente número, porque me ha dejado con el corazón en un puño.

Heinrich Böll / autocaravana familiar

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll

Hace 48 horas:

Escribo en la parte de atrás de la autocaravana, mientras recorremos el trayecto entre Pamplona y Elizondo. Mi padre está al volante y mi madre da las indicaciones, pero parecen estar jugando al Risk sobre el mapa de carreteras del GPS. A esto hay que añadirle una cierta resaca mística que me acompaña durante todo el día después de haber deambulado por entre tantas esculturas juntas de Jorge Oteiza. Eso y terminar Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll.

Este libro tiene una trampa hecha a mi medida, porque posee dos elementos sumamente importantes para mí: 1) la figura del bufón y 2) un anticlericalismo acérrimo. Así es fácil seducirme. Adoro a Hans Schnier, me siento profundamente hermanado con él. Me duele mucho su situación y me gustaría poder estar a su lado. Yo también echo de menos a Marie. Por otro lado, estoy seguro de que él comprendería perfectamente lo complejo que puede ser el proyecto de irse de vacaciones en autocaravana con los padres. De hecho, el capítulo de la conversación con su padre ha salpimentado estas idas y venidas familiares.

El bufón puede hablar impunemente. Quedaría bien decir que esto lo he aprendido en las obras de Shakespeare, pero no, en realidad, me lo ha enseñado Leo Bassi. El bufón, más allá de ser una profesión o incluso un rol social es una actitud ante la vida, una actitud que admiro muchísimo y que en ocasiones envidio porque mi cobardía y mis complejos me impiden estar a la altura. Bufón es aquel que prescinde del consenso social de la dignidad y alcanza así una posición privilegiada desde la que poder arrasar con todo. El bufón me recuerda, en cierto modo, a la trinchera moral de Jean Genet. Quizá ambos coincidan en la ética y se distingan en la estética.

Pese a que el payaso posee el don de quebrar su propia dignidad, cuenta con el acuerdo tácito con el público de que todo ocurre dentro de un escenario. A Hans Schnier ya no le queda ni siquiera eso. También ha perdido su prestigio sobre el escenario, ha sido expulsado de él, se siente dolorido y empapado en alcohol. Hans Schnier es un paria, un exiliado del mundo, busca refugio en su piso de Bonn y tiene un teléfono a mano. Aquí, en este extremo, es donde se convierte del todo en un personaje de Jean Genet. Sus opiniones son el mal de Jean Genet: el seísmo que desbarata la ideología que asumimos todos. En el caso de Genet era la burguesía bienpensante, en el caso del payaso Hans Schnier es el Catolicismo.

Pienso en el payaso Hans Schnier al teléfono tratando de ser el epicentro del terremoto y me pregunto qué hubiera hecho Leo Bassi en su lugar. Quizá Leo Bassi no hubiera vuelto del escenario al piso de Bonn. Quizá Leo Bassi hubiera trasladado el epicentro bufonesco a los mismos hogares que pretendía erosionar. Tengo fe en Leo Bassi y me lo imagino como un superhéroe del abismo, como un kamikaze de la vergüenza ajena. No obstante, quiero a Hans Schnier tal como es. Aunque todo esto me lleva a reconocer algo que me está quemando la lengua (o las yemas de los dedos) desde el principio: durante la lectura, no he podido abandonar la idea de un Hans Schnier escrito por Thomas Bernhard. No quiero reflejar aquí la comparación que me he configurado en mi cabeza, la lectura hipotética y en paralelo que he ido haciendo. Creo que nombrar a Thomas Bernhard en este contexto ya es suficiente.

Ya es por la mañana y estamos saliendo de Elizondo rumbo a Roncesvalles, y después, quizá, a Saint Joan de Pie de Port. Y, luego, a otros sitios. Y así hasta volver a casa. Viajando en una autocaravana familiar.

(Mini PD: ¡Ojalá contraten a un corrector para pulir la edición de Seix Barral!)

Todos los George Saunders en un George Saunders

Diez de diciembre, de George Saunders

Diez de diciembre, de George Saunders

Este último fin de semana lo he pasado verdaderamente bien. Hemos hecho un montón de cosas. Podría contarlo, pero da igual. Eso sí, con tanto ajetreo no he leído ni una sola página. Salir y vivir no le hace bien a mis lecturas. Por suerte, vivo poco y sin grandes novedades. Mi fin de semana lo ha compensado George Saunders, con su libro de relatos Diez de diciembre, diez relatos que me han ocupado vida a cambio de ensanchármela. Gran alivio.

Se trata de mi primer George Saunders, y mi primera experiencia con él ha sido la de estar leyéndolo y querer adquirir su siguiente libro para tenerlo ya en casa, para que no me lo quite nadie. Ha sido un gran oh, sí, si me está gustando ahora imagínate cuando vuelva a leerlo más adelante. Habrá más momentos en mi vida como este, pero con el plus de que podré saborear previamente lo que me espera.

Pero en realidad no ha sido del todo así. Nunca puede ser así con un tipo como George Saunders, porque, si lo pienso un poco mejor, es uno de esos escritores del y con qué me vas a sorprender ahora, es que todavía no te has quedado contento. De hecho, voy a esforzarme por no usar el apelativo de camaleónico (quedaría estúpido, ¿no creen?). Voy a darle vueltas al asunto.

He mirado por ahí y parece que Saunders no ha publicado ninguna novela. Solo cuentos. Yo quiero pensar que con la ficción solo ha hecho cuentos, porque eso encaja con el Saunders de Diez de diciembre. Solo cuentos porque en cada uno se propone usar un registro distinto para alcanzar un resultado diferente, porque la forma de narrar está unida mediante cordón umbilical con lo narrado. El cuento -en Saunders- no es tanto una historia que contar sino el modo de acercarse a ella, así que no soy capaz de imaginarlo estirando la misma voz durante páginas y páginas. En cada uno de sus relatos me da la misma y constante impresión de que George Saunders no quiere llegar muy lejos, sino que prefiere las canciones, las buenas canciones, en donde la melodía y la letra han de encajar desde el principio y el conjunto tiene que estar resuelto y cerrado antes de que suene repetitivo.

¿De qué modo si no se pueden perfilar los bordes de nuestras locuras diarias? Sus cuentos son la forma en la que trato de imaginar a mis vecinos, siempre al Otro. He intentado por todos los medios no verme reflejado en sus textos, por eso prefiero creer que lo que cuenta es la vida de los demás, de los que quizá estén demasiado cerca y puedan llegar a influirme con su fuerza gravitatoria, pero siempre de los demás, para darme un respiro a mí mismo.

Se me ocurren comparaciones con tal y con cual en esto y en lo otro, pero me las ahorro, porque en Diez de diciembre cada cuento deja obsoleta la referencia del cuento anterior. Y así termino, sin haber dicho camaleónico, ¿verdad?

Lectura desértica de Pedro Mairal

El año del desierto, de Pedro Mairal

El año del desierto, de Pedro Mairal

Soy muy aficionado a la literatura apocalíptica porque me gusta hacer porras acerca de cómo desaparecerá el mundo que conocemos. Apostar por el fin del mundo me parece tremendamente más excitante y gratificante que apostar en un partido de fútbol, por ejemplo. Voy leyendo, cada cierto tiempo, obras que aborden este tema desde distintos ángulos para disponer de información contrastada cuando las casas de apuestas abran sus puertas. He probado esta vez a documentarme con El año del desierto, de Pedro Mairal, deseando que el buen -y terribe- sabor de boca que me dejó la ciencia ficción argentina de Rafael Pinedo se intensifique con su compatriota (como si hubiera algo generacional en esto) Pedro Mairal.

En El año del desierto, un fenómeno urbanístico-ambiental, llamado la intemperie, va arrasando los arrabales de Buenos Aires y avanza inminentemente en dirección al centro de la ciudad. A su paso, todos los edificios se van derruyendo, se vienen abajo y se vuelven inhabitables. Esto lleva a la pérdida del bienestar de los ciudadanos, sumiéndolos en la pobreza y el desamparo, convirtiendo a la clase media en damnificados de una catástrofe de la que no se aclara nada más. La intemperie, avanzando como una ola a través de la realidad de la sociedad argentina, responde mucho mejor a la categoría de lo fantástico que a la ciencia ficción. La intemperie, de hecho, no es más que una metáfora de la crisis económica argentina; funciona, sin más, como una parábola. Si bien este concepto de intemperie añade cierta poética a la novela, no es más que un sinónimo de crisis y no aporta ninguna otra cosa. Es una idea sugerente en el comienzo pero irrelevante a lo largo del texto. Es el leitmotiv, pero no el soporte de tantas páginas que acabaron aburriéndome.

El primer desengaño fue comprobar así que en realidad no estaba leyendo una novela de ciencia ficción, pero me consoló la idea de que quizá estaba ante una gran novela política. En un primer momento no pude evitar una comparación exhaustiva de El año del desierto con Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Esperé que la intemperie de Mairal nos revelara las estructuras de poder y los mecanismos de represión de una sociedad como lo hacía la ceguera blanca de Saramago. Si hay algo bueno en la novela de Saramago, es esa capacidad de comprender cómo funcionamos en sociedad y esa esperanza de una democracia incipiente fundada en el derrumbamiento de todo el andamiaje sociopolítico. Saramago nunca me ha parecido un gran narrador, pero sí un señor con muy buen ojo para el ser humano. De hecho, reconozco que la decepción de El año del desierto me lleva a realzar a José Saramago dentro de mis filias. La decepción de El año del desierto quizá tenga tenga mucho que ver con esta comparación y con mis expectativas. La novela de Mairal es una historia de supervivencia en la pobreza, en donde Buenos Aires parece una isla dentro del mundo y en donde las reacciones sociales a veces me son incomprensibles. Por ejemplo, hay una suerte de guerra civil cuyo motivo desconozco.

Pero lo peor de todo es que El año del desierto no es una novela que nos hable del grupo o que aporte perspectivas o un gran ángulo, sino que se enfoca de principio a fin en la protagonista, una joven insulsa, con la más absoluta falta de carisma, que nos cuenta sus vicisitudes para tratar de sobrevivir a todo lo que se le viene encima. Sus aventuras, desgracias y peripecias me han acabado resultando tan pesadas que el último tramo del libro ha sido leído en modo turbo, saltándome tantas páginas como he considerado necesario.

Me da pena comprobar que en este tipo de obras se describa una sociedad poscatástrofe que trata de emular las estructuras sociales que ya existían, en lugar de proponer alternativas de convivencia que quizá serían idóneas si nos viéramos obligados a montar un nuevo chiringuito. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, la teleserie Battlestar Galáctica, como un intento de reafirmar la democracia presidencial y militar. Por otra parte, espero que el desarrollo sea muy distinto en el cómic que voy leyendo a plazos, Y: El último hombre, en donde la sociedad patriarcal desaparece de un plumazo porque todos los varones (menos el protagonista) mueren. No sé, prefiero no extenderme con esto, porque el cómic de Brian K. Vaughan ya tendrá su correspondiente entrada a su debido tiempo.

Mi génesis con Robert Crumb

Génesis, de Robert Crumb

Génesis, de Robert Crumb

Mi lectura de Génesis, de Robert Crumb, es una doble influencia de mi amadísima Elisa Calatrava. A este libro llego por dos caminos que nacen de ella y ambos llegan hasta la tecla que despierta mi curiosidad.

Por el camino de la mitología: Mi amadísima Elisa Calatrava es una entusiasta de la mitología. Ella me hizo leer a Esquilo, a Sófocles y a Eurípides. Ella preparó y me hizo estudiar para las oposiciones de Lengua y Literatura el tema referido a las fuentes culturales de Europa (la literatura grecolatina, la literatura hindú, la literatura hebrea, el Corán y la Biblia), tema que nos cayó en el examen y que ambos hicimos y que nos permitió sacar la nota que nos dio la plaza. Ella, por cierto, conseguirá que lea cualquier día de estos el Ramaiana, después de haberla visto flipar con él. Y, últimamente, ella está muy interesada en la mitología judeocristiana y ha logrado que a mí también me pique el gusanillo. Si ella ha comenzado con el Génesis yo no podía quedarme atrás.

Por el camino de Robert Crumb: En uno de los viajes Berlín-Almería de nuestra amiga María Torres, en los que siempre hay un hueco para hacer escala en Madrid y venir a Segovia, mi amadísima Elisa Calatrava le preguntó a mi queridísima María Torres: “¿Qué dibujantes de cómic me aconsejas?” María nos habló de Thomas Ott y de Robert Crumb. Ambos entusiasmaron a Elisa, pero ha sido Robert Crumb quien la ha fascinado por completo, influyéndola en su forma de dibujar y conectando con ella a varios niveles. Nuevos libros de Robert Crumb entran en casa cada cierto tiempo; antes o después tendría que prestarle atención.

El encuentro de ambos caminos tiene como resultado una obra magnífica. ¿Cómo se puede mejorar una pieza fundamental de nuestra cultura? Dejándola en manos de un artista de la talla de R. Crumb.

A partir del texto original (sea lo que sea eso de “texto original” si tenemos en cuenta que se trata de una amalgama de mitos solapados que confluyen en un texto que pretende maquillar, según nos cuenta Crumb en su anexo, el posible matriarcado de aquella época), Robert Crumb agiliza la historia convirtiéndola en un cómic inspirado y revelador. Además, añade al final una serie de comentarios a partir de las lecturas complementarias que hizo para poder desempeñar semejante labor y contextualiza muchos fragmentos del texto original que no parecen tener ni pies ni cabeza para los lectores desconocedores de la materia.

El Génesis -yo lo sé ahora, pero hasta hace poco no tenía ni idea- tiene dos partes claramente diferenciadas: la parte de la Creación y la parte de los cinco patriarcas (Noé, Abraham, Isaac, Jacob y José).

En la parte de la Creación a Dios le da por crear el mundo y, de paso, a alguien que lo habite (como si necesitara a alguien más con autoconciencia capaz de admirar sus habilidades). Todos conocemos esta historia. Adán y Eva son expulsados por querer perder su ignorancia, luego empiezan a procrear, con lo que llenan el mundo de gente, Dios es un ser al que le gusta dejarse ver y, de hecho, no es el único, porque en la Tierra también existen otros seres divinos. De hecho, en ningún momento, en todo el Génesis, se dice que Dios sea el único Dios de la tierra (en todo caso, más adelante, será el Dios de los Judíos). A Dios se le va de las manos su invento, se da cuenta de que ya no le hacen tanto caso: “Viendo el Señor cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber puesto al hombre sobre la tierra, doliéndose grandemente en su corazón. Y dijo: ¡Voy a exterminar de la faz de la tierra al hombre que creé y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho!” Decidió salvar a Noé y a su familia porque este era lo que hoy en día llamaríamos un pelota, creyendo que así podría hacer borrón y cuenta nueva. 

En la parte de los patriarcas, Dios comprende (un poquito tarde, diría yo) que el hombre que ha creado tiende al mal por naturaleza y que no por ello tiene que matarlos a todos, así que resuelve no volver a cometer un genocidio y, como recordatorio, coloca un arcoiris después de cada lluvia para no volver a diluviar el mundo. Es muy interesante comprobar cómo a partir de aquí Dios deja de ser el Dios de la Creación para ser el Dios de unos cuantos hombres, aquellos que más lo admiran, lo idolatran y lo obedecen, como Noé y sus descendientes por la vía de Sem. Este punto de inflexión se ve claramente con Abraham. Parece que Dios ha decidido pasar del resto de la Humanidad y realiza un pacto con Abraham y con su descendencia (después de que a Dios se le ocurriera la broma de pedirle que sacrificara a su hijo, Isaac, y no lo detuviera hasta el último momento). El resto de los mortales puede adorar a otros dioses, porque este ha puesto sus ojos en un pequeño grupo de personas, cuyo primogénito es Isaac y de este lo es Jacob (que, pese a ser menor que su hermano, logró engañarlo y quedarse con la herencia y la bendición de su padre). El Génesis termina con José, el último patriarca, el penúltimo hijo de Jacob, que conduce a su familia hasta Egipto y los deja vivir en las tierras del faraón pese a que sus hermanos lo vendieron como esclavo. El pueblo judío está en Egipto, para saber cómo sigue el cuento habría que seguir leyendo el Pentateuco, supongo.

Si cuento de qué trata el Génesis es porque asumo que todos creemos saber de qué va. Sugiero que se convierta en lectura obligatoria en las clases de Religión. Estoy seguro de que la lectura de un Dios caprichoso, incoherente y vengativo ayudaría a comprender alguna cosas de los pilares de nuestra civilización a los jóvenes estudiantes y, de paso, fomentaría el ateísmo en lugar de la fe. En la Biblia hay mucho más, en el Nuevo Testamento de la Biblia canónica (acordada en el Concilio de Trento), Dios se vuelve amoroso e invisible. Todo esto lo dejaremos para posteriores lecturas. Me interesan, especialmente, los Evangelios apócrifos. De todos modos, ya puestos a hablar del Nuevo Testamento, mi amadísima Elisa Calatrava y yo nos quedamos con esto:

 

Joyce Mansour aguardando en la nevera

Islas flotantes, de Joyce Mansour

Islas flotantes, de Joyce Mansour

He pasado una temporada leyendo algunos libros que, de un modo u otro, hablaban sobre la enfermedad y, claro, mi amadísima Elisa Calatrava estaba empezando a preocuparse al presenciar cómo la enfermedad se estaba convirtiendo en mi tema predilecto y recurrente y, sobre todo, cómo podía yo sacar tanta diversión y tanto entusiasmo de algo que debería ahuyentarme. Creí haber dejado el tema a un lado y ahora no sé cómo decirle que Islas flotantes, de Joyce Mansour, reincide en lo mismo y me devuelve el código que he estado manejando últimamente.

Yo solo quería leer a Joyce Mansour porque lo vi en el último tweet de Cristof Polo:

nevera

Un último tweet de hace ya año y medio. Una de sus últimas señales de humo para todos los públicos. A mí, por el contrario, sí que me han llegado otras señales de humo, de un humo destinado a aposentarse exclusivamente en el techo de mi cocina. Pero ya saben ustedes cómo es el humo, el humo lo emborrona todo y no hay quien entienda un carajo con tanto humo. De ahí mi intención de leer a Joyce Mansour, para descifrar la nevera de Cristof Polo, para saber si hay algo que descongelar.

Y, por supuesto, Islas flotantes me trae un trasunto del Cristof Polo que yo conocí antes de ser Cristof Polo y también me trae a mí mismo, porque este libro habla de lo que yo querría haber escrito durante estos últimos años. Joyce Mansour fue una de los surrealistas y se tomó muy en serio eso de liberar el Ello freudiano mediante su escritura para reflejar los impulsos del Eros y del Tánatos, porque, a su lado, Breton y compañía parecen un grupo de mariachis. El surrealismo de Joyce Mansour duele, no hay forma de encararlo con la conciencia tranquila. El sexo y la enfermedad están anudados en sus textos, gravitan uno sobre el otro y se influyen del mismo modo que lo hacen los planetas. El sexo es la única respuesta a morirse y morir es la única calma que puede encontrar el deseo.

El narrador en primera persona de Islas flotantes nos recuerda que el lector no asiste a una historia sino a un relato, a una decodificación particular del mundo, a una interpretación que convierte a los Otros en algo necesariamente distinto. He dicho “voz narradora” y podría haber dicho “yo lírico”, da igual, porque las pautas terminológicas son herramientas imprecisas con textos como los de Joyce Mansour, que nos recuerdan qué es literatura, qué es asistir al mundo a través de la literatura. No es un conjunto de poemas ni una novela, es un artefacto para posicionarse de un modo particular y determinado ante las cosas, es ser Joyce Mansour o, mejor dicho, es ser lo que a Joyce Mansour le dé la gana que seamos.

Puede sonar incómodo, desagradable, confuso, pero a mí me tranquiliza y me hace respirar hondo. A saber, la noche previa al día de San Juan habían programado en Segovia un maratón de teatro al aire libre. Salí de casa con Islas flotantes en el bolsillo de la chaqueta sin haber empezado a leerlo todavía. Iba acompañado y sabía que no iba a tener oportunidad de comenzar la lectura, pero, por alguna razón, llevar este libro en el bolsillo de la chaqueta me hizo salir a la calle más despreocupado y más sereno. A mitad de la primera función se puso a llover y volvimos a casa. Me metí en la cama, buscando el calor de las sábanas tras zafarme de la ropa mojada. Soñé con un reencuentro con Cristof Polo. Conversábamos. Había más gente. A la mañana siguiente, día de San Juan, empecé a leer a Mansour, abrí la nevera. El resto ya lo he contado.

Tres planos yuxtapuestos de Miguel Alcázar

Bulevar 20, de Miguel Alcázar

Bulevar 20, de Miguel Alcázar

A Miguel Alcázar, de momento, me atrevo a filetearlo en tres planos de la realidad, tres lonchas espacio-temporales y fuertemente simbolizadas, tres discursos yuxtapuestos (y compatibles) que configuran una identidad a la que me acerco con cara de curiosidad.

Miguel Alcázar es Mike & Libros. Soy un visitante asiduo de su blog desde hace mucho. Mike & Libros es en verdad una puerta interdimensional que me lleva hasta mis librerías habituales, porque sus post me empujan directamente hacia la compra compulsiva de novelas y más novelas. Ya he celebrado varias veces en mi blog las virtudes de Mike & Libros. Y, por si todavía no había quedado claro, deberían inventar un Miguel Alcázar liliputizado para que nos hable a todos de sus lecturas desde la mesita de noche.

Miguel Alcázar es un tipo más alto que yo con el que me tomé unas cervezas en la Feria del Libro. Es un tipo mucho más guapo que en su foto de perfil y que en la foto de la solapa de su novela. Miguel Alcázar todavía no lo sabe, pero después de compartir unas pizzas, unas risas y unas cervezas voy a querer ser su amigo y querré volver a quedar con él cuando se tercie (¡pobrecito, lo que le ha caído encima!)

Miguel Alcázar es el autor de Bulevar 20, una novela de poco más de ciento cincuenta páginas que acabo de leer en dos mañanas, así, del tirón, y que voy a tratar de digerir en este texto.

¿Pero dónde pongo los puntos de sutura entre todo esto? Soy fan del blog de Miguel Alcázar / Quiero hacerme amigo de Miguel Alcázar / Soy lector de Miguel Alcázar. Si acaso sospechan de que mi opinión acerca de Bulevar 20 va a ser subjetiva y sesgada no estarán descubriendo América. No he dejado de ser en ningún momento desvergonzadamente subjetivo, parcial y prejuicioso desde mi primer post, así que no voy a empezar a guardar el decoro ahora con este hombre.

El caso es que Bulevar 20 habla de mi pasado. Por supuesto, todas las novelas que he leído en mi vida hablan de mí, pero esta, además, es generacional y, por supuesto, Bulevar 20 podría ser un bar de mi pueblo hace quince años.

De hecho, me recuerdo hace quince veranos saliendo a la discoteca de mi pueblo y preguntándome si alguna hija catalana de algún charnego de vacaciones en el Sur o si alguna despistada del pueblo de al lado que hubiera venido para cambiar de ambiente se fijaría en mí y me ahorraría sufrir el suplicio de ser feliz los sábados por la noche. Yo no lo sabía, pero yo no quería pasármelo bien cuando salía de fiesta, yo solamente quería un poco de comprensión en este mundo. Ahora leo Bulevar 20 y me encuentro de nuevo en el bar que es todos los bares de mi adolescencia y miro a mi alrededor y encuentro a todos aquellos que me rodeaban sin mostrarme un ápice de entendimiento. Al fin y al cabo, yo era tan miserable y tan mediocre como todos ellos y esa es la razón por la que todos salíamos al mismo lugar, para compartir nuestra desesperación y para llenar los huecos que iba dejando el absurdo con embriaguez y con el calor del deseo de colarnos en el escote de alguna chica. ¿Es esto la Posmodernidad, Miguel? ¿Agrupar a un montón de gente que se cree especial en una sola fiesta para que todos acaben sucumbiendo con igual estupor ante la más absoluta falta de sentido? ¿Nuestra adolescencia ha sido posmoderna, Miguel? Te pregunto por esto, porque no sé si tienes mucho sentido del humor o mucha mala leche. Tus personajes han logrado que me balancee entre la vergüenza ajena y la nostalgia. ¿Acaso quieres arruinarme el día sacándome el álbum de fotos?

  O, dicho de otra forma, Bulevar 20 es como hacer la película de Torrente con mis fines de semana en el pueblo. A todos nos jode vernos reflejados de esa manera. Podrías haberme alegrado el día, Miguel, y haber convertido ese bareto en el local de Abierto hasta el amanecer. He estado esperando toda la novela a que aparezcan los vampiros -o llámalo como quieras-, a que la tierra se abra y se lo trague todo; he estado esperando, por lo menos, a que esos mínimos guiños metaficcionales se propagaran y lo pusieran todo patas arriba. Pero no, no te has dignado a intervenir. Has dejado que la noche siga y se consuma, has dejado que vuelva a dolernos la esperanza. Y cuando me he dado cuenta de ello he querido irme de tu novela como quise irme de todos los bares de mi adolescencia.

Pero la he terminado de leer. Le doy la vuelta al libro y vuelvo a leer la sinopsis y pienso que me lo he buscado yo solito. Podrías haber hecho como otros y haberte emparentado con los grandes. Por ejemplo: el multiperspectivismo y la épica de esta obra nos traen a la memoria Mientras agonizo, de William Faulkner. O mejor aun: el fluir de conciencia de los personajes se va entreverando como solo lo supo hacer Virginia Woolf en Mrs Dalloway. Pero nada, tú no, tú has mostrado desde la sinopsis lo que íbamos a encontrar dentro y a mí me has dado una noche más de mi adolescencia.

Jean-Luc Nancy habla y yo muevo los labios

El intruso, de Jean-Luc Nancy

El intruso, de Jean-Luc Nancy

No sé muy bien cómo afrontar el comentario o la reseña de un texto que dice aquello que yo hubiera querido decir, o que yo tendría que haber dicho ya a los que me rodean. Si Jean-Luc Nancy expresa con lucidez, precisión e incluso lirismo en El intruso parte de mi actual experiencia vital con la Medicina y, por supuesto, lo que habré de afrontar el día que logre un trasplante de riñón, mi discurso se convierte en un balbuceo sobrante. Comenté aquí hace ya unos meses que iba a hacer una serie de lecturas que conformaran una pequeña bibliografía de la enfermedad; mi intención era incluirla en una ponencia que habría de dar en un congreso de Nefrología (esa ponencia tuvo lugar y subiré aquí el vídeo en cuanto me lo envíen). Ahora sé que ante aquel público de médicos y enfermeros debí haber abierto este minúsculo ensayo de Jean-Luc Nancy y haberlo leído de cabo a rabo. Eso sí que hubiera sido de ayuda para que todo aquel que se mueve en el ámbito de la Medicina tome una perspectiva distinta de lo que supone su trabajo.

A Jean-Luc Nancy le trasplantaron nada más y nada menos que un corazón. Esto ocurrió, según he podido calcular, a finales de los ochenta o principios de los noventa, hace ya veinticinco años. La Medicina ha evolucionado mucho desde entonces. Si ahora un trasplante es algo extremadamente traumático, en aquel entonces habría que sumarle unos medios técnicos mucho menos desarrollados. Lo que se mantiene vigente es la percepción que Nancy tiene sobre tal experiencia. En parte, puedo dar fe de ello. A mí todavía no me han trasplantado nada, aunque en algún momento pasaré por ese trance. De momento puedo hablar de la intrusión en otros términos bastante similares. He llevado alojado durante años un desfibrilador (por lo cual, por cierto, me sentía un cyborg). He sido abierto en canal -tal y como nos relata Nancy- en diversas ocasiones. Hoy en día he de asumir que hay un catéter bajo mi clavícula -del cual Nancy también habla- para afrontar periódicamente una diálisis. También llegué a conocer cómo el cuerpo te rechaza por culpa de los inmunodepresores con la aparición de pequeños ataques internos -y esto también lo explica Nancy magistralmente-. En resumen, todo este aparataje técnico y todo este rollo de enfermito solamente tienen dos consecuencias nefastas: 1) la disfunción de la identidad y 2) la conciencia permanente de la muerte. Y es aquí donde Jean-Luc Nancy da en el clavo en cada palabra que escribe, es en estos términos en donde a los médicos les queda tanto por aprender. Y es que Jean-Luc Nancy no se limita a hablar de su propia experiencia, como podría hacer yo o cualquier otro enfermo, sino que hace filosofía a partir de su experiencia. O, dicho de otro modo, no viene a brindar respuestas sino a incluir interrogantes que quizá hayan pasado inadvertidos en este ámbito.

En este blog siempre hablo de mí a través de los libros o de los libros a través de mí. Ahora no sé muy bien qué estoy haciendo. No sé cuál es el orden, la dirección de mis palabras. El texto de Nancy está hablando a través de mí. Para él, el intruso es un corazón; para mí, Nancy se ha convertido en mi propio intruso. Siento contar sobre mí mismo más de lo que podría parecer necesario, reconozco que tanta información personal puede llegar a resultar abrumadora, pero es Jean-Luc Nancy quien toma la palabra y quien me hace hablar en su lugar, quien me hace hablar hasta el momento de que ustedes lean su texto, El intruso, que se ha colado aquí y que no deja de predicar una idea demoledora tras otra.

Por cierto, este texto ha llegado a mis manos gracias al comentario de un lector de este blog. Se llama Jose (hasta donde yo sé) y pueden encontrarlo en http://elarcoflechero.blogspot.com.es/ (según el enlace en su comentario). Cabe añadir que Jean-Luc Nancy ya estaba en mi órbita, acercándose a mí lentamente, gracias a mi queridísimo amigo Fran, del que aprendo toneladas cada vez que comparto mi tiempo con él. Fran ya me había hablado de Nancy y con ello había colocado una placa de Petri dentro de mí, en la cual ha ido creciendo mi curiosidad. Les doy las gracias a ambos, porque este texto es una gozada autoexaminadora.