Minientrada

Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,           de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMO 3: UN PEQUEÑO PASO

- El último hombre es el nuevo petróleo. Podría haber guerras en su nombre.

- Los clichés sexistas adquieren una cierta extravagancia sin hombres. Se convierten, quizá, en gestos irónicos. Hay quien los dice con nostalgia. Se revelan absurdos, tal y como ya lo eran antes.

- Metaficción: Contar la historia de un último hombre dentro de la historia del último hombre. El cambio de perspectiva desarrolla la trama de distintas formas. La historia no es la misma si el punto de partida es ficticio o si, por lo contrario, se está viviendo.

- Se menciona una novela de Mary Shelley, El último hombre, ciencia ficción apocalíptica en pleno Romanticismo y, seguramente, sustrato para este cómic.

- En una biblioteca, Yorick coge, entusiasmado, El día de la langosta, de Nathaniel West. Parece ser su novela favorita.

Mijaíl Bulgákov y la importancia del M.I.R.

Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

Hoy, en la estación de tren de Atocha, una chica muy guapa me ha sonreído y me ha ofrecido una tarjeta gratuita de Citibank llena de ventajas. Por un momento, he querido explicarle mi opinión política acerca de los bancos, he querido convencerla de que ambos sabemos que su regalo no es más que un truco artero de captación de clientes que, a posteriori, me supondrá un gasto indeseado, he querido preguntarle si estaba estudiando una carrera para animarla a que amueblara bien su cabeza y así, con suerte, podría dejar algún día este trabajo frustrante en donde sus potenciales clientes caminan con mucha prisa y le dicen que no sin detenerse a contemplar su candor y sus buenos modales. Pero a la hora de ensayar los enunciados apropiados me ha faltado el valor, o el entusiasmo, o la desfachatez. Yo también he sonreído y, tras un instante plantado delante de ella, no he sido capaz de entablar una conversación que podría haber amenizado un trecho de mis tres horas de espera en Atocha.

En una mano he tenido agarrada la maleta y en la otra Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov. Podría haber probado a romper el hielo hablándole del libro del que me quedaban por leer veinte páginas.

Le diría: “Mijaíl Bulgákov te ofrece, más o menos, las mismas ventajas que tu tarjeta de Citibank.”

Le diría: “De Bulgákov te puedes fiar, porque está muerto; no como tu banco, lleno de ejecutivos audaces y vigorosos dispuestos a hacer números con mi paciencia en una estación de tren.”

Estoy seguro de que ella habría sacado papel y bolígrafo y hubiera anotado autor, título y editorial y, además, habría apuntado la dirección de mi blog tras prometerme que me leería asiduamente y que me dejaría comentarios de vez en cuando.

Me diría: “Me engañaste en la estación de Atocha. Diario de un joven médico sí pide algo a cambio. La literatura también se vale de trucos arteros.”

Me diría: “Bulgákov pide tu miedo a ir al médico, pide el miedo a ponerte en las manos de otra persona, pide tu inseguridad y tu desconfianza, pide reconocer que los médicos son humanos y que pueden equivocarse.”

Diario de un joven médico es un conjunto de nueve cuentos encadenados, en donde un joven médico es enviado, recién salido de la Facultad de Medicina, a un recóndito e incomunicado pueblecito ruso. El médico jamás ha puesto una mano sobre un paciente y, de repente, toda la responsabilidad sanitaria de los alrededores recae sobre él. El médico tiene mucho miedo a equivocarse, el médico cree que lo van a despedir en cuanto mate a alguien por error, el médico no quiere que nadie descubra sus inseguridades, el médico le dice a los lectores lo que no puede decirle a los pacientes.

He gritado en el sofá de mi casa, he reído a carcajadas y me he puesto tenso, me he tapado los ojos, en ocasiones he abandonado la lectura con un extraño nudo en el estómago. Diario de un joven médico es una obra fundamental para hipocondriacos y para los pacientes que creen que buscando en Google se aprende Medicina. Debería ser una lectura obligatoria en los hospitales, como un protocolo que incluyera el libro en la medicación diaria junto al gotero o junto a los analgésicos. Los médicos, a su vez, también deberían leerlo sin excusas. Deberían leer cada uno de los nueve cuentos antes de hacer sus visitas de planta. Deberían mirar a los ojos a su pacientes, después de haber leído a Bulgákov y a sabiendas de que ellos han hecho lo mismo, así se produciría un brillo en los ojos o un entendimiento instantáneo o un gesto consolador que hiciera más fácil una relación tan íntima.

Podré vivir sin volver a leer a Helen Garner

La habitación de invitados, de Helen Garner

La habitación de invitados, de Helen Garner

La librera entendió el tipo de libros que andaba buscando. Puse en su mostrador La montaña mágica y Diario de un joven médico y ella se atrevió a aconsejarme dos títulos de dos escritoras completamente desconocidas para mí. Dejé mis prejuicios a un lado en pos de mi pequeña investigación literaria y le hice caso. Me llevé los cuatro libros, dos elegidos por mí y dos por ella. El primero que he leído es una de sus propuestas: La invitación de invitados, de Helen Garner.

Pensé en buscar información sobre la autora. Pero, en realidad, me da igual quién sea Helen Garner. Puedo imaginármelo: Es una señora que hizo un máster en escritura creativa. De hecho, era la empollona de la clase, había asimilado muy bien cómo se plantea una escena y cómo se desarrolla una trama. Sabía que era importante que el argumento tuviera gancho. Con todos esos conocimientos aprendidos en un curso universitario o en una escuela privada se puso a escribir una novela, porque tenía una buena idea para una novelita de ciento cincuenta páginas. Así me gusta pensar que salió La habitación de invitados. La realidad será otra, pero no es mejor.

La idea, por supuesto, es muy buena. De ella podría salir una gran novela, desgarradora, sutil, ambigua, dolorosa, redentora, qué se yo, habría que dársela a un buen escritor para que la explotara. Ni si quiera a un buen escritor, incluso me atrevo a decir que yo mejoraría esa novela. Porque, pese a que en La habitación de invitados hay una gran idea, la novela me ha resultado indiferente, insulsa, falta de estilo, en resumen, no ha habido pellizco.

Pero la idea me interesa mucho, en especial para mi pequeña investigación sobre la enfermedad y la literatura. Cuando hablo de mi relación personal con la enfermedad y de mis estancias hospitalarias con la gente, intento comentar siempre que los que verdaderamente sufren son los que están a mi lado. Yo, al fin y al cabo, soy un resignado. Mi situación es aguantar la enfermedad o morirme. Los demás lo tienen más difícil, han de buscar razones por las cuales estar o no estar a mi lado, sufriendo mi enfermedad conmigo, decidiendo que ellos también quieren compartir la enfermedad y tratar de sacarme adelante. A la gente siempre le digo que mis padres y mi pareja (sobre todo mi pareja, porque con mis padres hay un vínculo de sangre) podrían decidir no inmiscuirse tanto en mi enfermedad para que sus vidas sean más llevaderas y, sin embargo, meten la cabeza hasta el fondo y se joden como el que más para que ahora esté aquí en buenas condiciones, en condiciones de escribir esto. Ellos se deberían llevar la mayor parte del mérito de superar mi enfermedad. Por otro lado, también suelo decir que los enfermos tienden a convertirse en seres egoístas y egocéntricos. No nos culpo por ello, porque es comprensible, pero es interesante darse cuenta cuanto antes y no pretender que el mundo gire a nuestro alrededor, porque el mundo tiene que seguir funcionando pese a que nosotros no podamos seguir su ritmo.

De todo esto trata La habitación de invitados, pero yo creo que lo he dicho mejor en un solo párrafo. Una enferma terminal de cáncer se hospeda, en principio, durante dos semanas en casa de una amiga de toda la vida para recibir una terapia alternativa, pero su amiga de toda la vida no lleva del todo bien la implicación vital que supone estar al lado de una moribunda, necesita seguir con su vida y su amiga moribunda es un impedimento. La verdad es que la amiga con cáncer es odiosa, es una señora madura, muy espiritual y muy New Age, de esas de las que tanto se reía Michel Houellebecq en Las partículas elementales. Pretende curarse metiéndose tonterías en el cuerpo a cambio de varios miles de dólares y eso entra en confrontación con la escala de valores de su amiga anfitriona. En esta novela, el conflicto está cantado desde la primera página, pero en la vida real, en los momentos extremos, los conflictos llegan en situaciones mucho más sutiles. Los conflictos llegan cuando el enfermo y la familia escuchan valoraciones complejas de un mismo médico y e incluso un mismo diagnóstico es difícilmente interpretable al unísono. Cuando uno enferma gravemente, siempre se instala en una habitación de invitados en el instinto de supervivencia de los más allegados. Los demás tratan de sobrevivir/los demás tratan de sobrevivirte/los demás tratan de hacerte sobrevivir. Y uno tiene que atreverse a instalarse en otra parte.

La novela de Helen Garner es una oportunidad desperdiciada de contar algo transcendental.

Primerizo y abrupto Lem

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem

Empecé a leer a Stanislaw Lem gracias a mi amigo Lucas. Él me habló fervorosamente de Vacío perfecto y de Magnitud imaginaria. Me habló de su sentido del humor, de su síntesis filosófica y de su carácter borgeano. De hecho, en cuanto lo leí, Lem se convirtió en uno de mis escritores favoritos y me atrevería, incluso, a incluirlo en mi hipotético top ten. El mismo día en que Lucas y yo comíamos algo rápidamente en un bar de la Plaza Uncibay, vaya usted a saber por qué precisamente allí, y él hablaba acaloradamente de Lem y gesticulaba e hiperbolizaba y glosaba y, en fin, desplegaba todo su espectáculo verborreico-armamentístico y embaucador pro gran descubrimiento literario para nuestra órbita personal; ese mismo día, en su antiguo apartamento, curioseando entre las pilas de libros que inundaban su salón, me topé con otra obra de Stanislaw Lem, El hospital de la transfiguración. Le pedí opinión esperando nuevos fuegos artificiales que lo adornaran, pero solamente recibí un gesto de disgusto y un laconismo sorprendente.

Cuando comencé la lectura de El hospital de la transfiguración, primera novela de Stanislaw Lem, me acordé de todo esto. En las primeras páginas, encontré a un jovencito Stanislaw que abría la novela con cierta soltura, sonando un poquito a Dostoyevski y un poquito a Kafka, pareciéndose mucho a lo que se supone que entenderíamos por un escritor del Este. Me acordé del ceño fruncido de Lucas y fui preparando mis argumentos para rebatir su mohín. Pero, tras las primeras cien páginas, Lem ya no pudo aguantarse más, y tuvo que empezar a teorizar sobre lo humano y lo divino, rompiendo el ritmo de la novela y desertizando su prosa. En realidad, para mí, una de las cosas más apreciables de Stanislaw Lem es, precisamente, su capacidad de discurrir intelectualmente de un modo suave y fluido dentro de un maravilloso pulso narrativo. En Lem, las ideas se diseminan y se congracian perfectamente con una prosa magnífica. Pero en esta su primera novela, El hospital de la transfiguración, este don ensayístico-narrativo todavía no estaba desarrollado, por lo tanto, el resultado es árido y abrupto, ya que, cuando pretende transmitirnos alguna opinión filosófica, encaja a dos personajes soltándose parrafadas mutuamente e invitando al lector, molesto por la incompatibilidad, a saltarse páginas sin pudor alguno.

De todos modos, he decir algo a su favor. O, mejor dicho, he decir algo a favor de la literatura mediocre. Voy a decir una obviedad, porque me apetece decirla después de una comprobación casi de método científico. El otro día, llegué al hospital para someterme a una prueba. Llegué muy pronto y, para hacer tiempo, bajé a la cafetería para tomarme un té con miel, porque esa mañana me dolía mucho la garganta. Me tomé mi Earl gray de sobre frente al televisor de la cafetería y en ese momento emitían Mujeres y hombres y viceversa. Le dediqué veinte minutos a Telecinco, tras lo cual me di cuenta de que El hospital de las transfiguración no estaba tan mal, hubiera sido mejor leerlo durante esos veinte minutos. ¡Qué perogrullada!, ¿no? Pues yo creo que no está mal recordar este tipo de cosas.

Escribo esta reseña porque he terminado de leer la novela, en contra de mi costumbre de dejar a medias prácticamente todo aquello que no me convence. En realidad, me alegro de haberla terminado, porque el final mejora el conjunto. De hecho, he de confesar que hay un motivo que me obligó a terminarla, y no es solamente mi profundo e incondicional amor a Lem, sino que en estos días estoy recopilando una serie de novelas que traten, de algún modo, el ámbito de la enfermedad, la relación médico-paciente y temas similares. Los necesito para incluirlos como parte de una pequeña ponencia que haré en un congreso de Nefrología. Mi intención es que la literatura cultive en los médicos un sentimiento de empatía. El hospital de las transfiguración, en relación con esto, puede mostrar una idea impactante y devastadora de cómo los médicos pueden llegar a ver solamente enfermedades, olvidándose de la humanidad de los pacientes, obsesionándose con la cura del problema concreto sin valorar el conjunto de la persona. Los pacientes aparecen aquí como cosas y eso llega a convertir a algunos médicos en seres crueles y despiadados. Solamente un paciente, un poeta y filósofo, embauca a uno de los médicos con sus ideas, gracias a su carácter y a su nivel intelectual es capaz de mostrarse ante él como una persona y no como un objeto. La novela se sitúa a comienzos de la ocupación nazi, por lo que, al final de la novela, los nazis, por fin, llegan al sanatorio. Los médicos se ven obligados a reaccionar ante el peligro de que los nazis maten a todos sus enfermos y, de repente, empiezan a pensar en ellos como personas. Sus enfermedades psiquiátricas pasan a un segundo plano, porque la misión de los médicos ya no es curar, sino salvar. La reacción de los médicos es sorprendente, por el salto categorial que se produce y por el cambio de actitud ante una escala de valores distinta. Las enfermedades, de repente, se transfiguran en seres humanos.

Ahora que lo pienso, este último párrafo podría ser, en cierto modo, un espoiler. Por eso nunca me siento cómodo hablando del argumento de las novelas. O no, no lo es. Es evidente, desde el principio, que los nazis van a llegar y que va a pasar algo.

Imagino que mis lecturas sucesivas tratarán estos temas hasta el día de la ponencia. Si tuviera todo el tiempo del mundo frente a ellos, les enchufaría mi blog en el power point, porque lo voy a usar en las próximas incursiones para pensar sobre la enfermedad. Si ustedes, hipotéticos lectores, tienen sugerencias de lectura al respecto, no duden en hacérmelas llegar, por favor. Yo me esforzaré en preparar una intervención bonita y en ir lo suficientemente arreglado y aseado como para que mi madre se sienta orgullosa.

Minientrada

Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,           de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMO 2: CICLOS

- Siempre hay alguien para quien el Apocalipsis resulta una buena oportunidad para reiniciar y hacer las cosas mejor. Esto suena a utopía o a religión.

- ¿Y qué pasa con los astronautas? Estar en órbita no es estar en el planeta Tierra.

- Cada vez más, esto se parece a una novela bizantina.

Como si David Foster Wallace fuera mi amigo

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Hace unos meses, con motivo del no sé cuántos aniversario del suicido de David Foster Wallace, la revista malagueña Manual de uso cultural supuso que yo estaría capacitado para decir algo mínimamente interesante o revelador sobre DFW por el simple hecho de que es uno de mis autores predilectos y me pidió que escribiera un artículo al respecto. No sé si la idea de que hiciera un breve recorrido a través de su obra fue mía o de la revista, pero el título pomposo, autoparódico y efectista está más que claro que se me ocurrió a mí y que fue el desencadenante de lo que se desarrollaría a continuación. Si quieren leerlo en su totalidad, este es el enlace, si prefieren que lo limitemos a unas cuantas referencias necesarias para las posteriores disertaciones de esta reseña, sigan leyendo y hagan caso omiso al hipertexto. A la hora de abordar un artículo sobre las obras completas de DFW me topé con un hándicap evidente pero no por ello insoslayable: a saber, no he leído todos sus libros publicados en español. Mi estrategia, como podrán suponer, fue la de incidir en las obras que conozco bien y pasar de puntillas, apoyándome en obviedades o en datos que había leído previamente en alguna parte, sobre la bibliografía fosterwalliana que aún me quedaba por leer. El libro de ensayos y opiniones Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer pertenecía a este segundo grupo que me haría caer en una suerte de vergüenza o al menos pudor intelectual si mi ego estuviera capacitado para caer en semejantes pozos. Sobre él -y sobre Hablemos de langostas- dije lo siguiente:

Si, en cambio, le apetece variar el tono, sepa que DFW puede ofrecerle otras experiencias distintas, como sus artículos y ensayos, en donde nuestro autor es enviado por varias revistas a diversos eventos para que escriba sobre ellos. Los resultados serán prodigiosos, llenos de ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad; por lo que en ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ y en ‘Hablemos de langostas’ usted podrá disfrutar de una serie de ejercicios periodísticos ideados en las antípodas del periodismo.

No se preocupen. No sientan agitación si acaso leyeron aquel artículo en su momento y fueron corriendo a su librería de confianza a por un ejemplar de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Lo hicieron muy bien porque a) DFW siempre es ir sobre seguro y b) acerté de lleno en lo que me atreví a decir acerca de esta obra. Encontrarán, tal como les prometí un tanto a ciegas en aquella ocasión pero anticipando a DFW como si ya me hubiera tomado muchas cervezas con él, “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”, así como unos “resultados prodigiosos”. Y es ahora cuando he de suponer que ustedes estarán esperando una prueba fehaciente de mi vaticinio. Quizá este fragmento podrá aplacar esa ceja alzada que mantienen desde hace varias líneas:

[...] Un porquerizo despierta de una patada a una cerda para añadir más serrín a su corral. La Compañera Nativa [amiga oriunda de DFW que lo acompaña a la feria de ganado] deja escapar un gemido de dolor. Está claro que hay exactamente dos partidario de los Derechos de los Animales en este establo. Los dos podemos apreciar una especie de pericia huraña e insensible en los profesionales agrícolas de por aquí. Un ejemplo perfecto de alienación de la tierra entendida como factoría, postulo. Pero ¿por qué tomarse la molestia de criar, entrenar y cuidar un animal de características especiales y traerlo a la Feria Estatal de Illinois si no te importa un comino?

Luego se me ocurre que ayer comí tocino y hoy ya tengo ganas de comerme mi primera salchicha rebozada de maíz de la Feria. Estoy aquí de pie retorciéndome las manos por culpa de un cerdo angustiado y luego me voy a zampar una salchicha rebozada. Por esta razón me resisto a ir corriendo a buscar a un cuidador de cerdos y pedirle que aplique reanimación de emergencia a este Hampshire agonizante. Me imagino cómo me iba a mirar el granjero.

No es nada profundo, pero en medio de los chillidos y jadeos del cerdo me llama la atención el hecho de que estos profesionales agrícolas no ven a sus animales como mascotas ni como amigos. Lo único que les preocupa es el rollo agrícola del peso y la carne. No sienten ninguna conexión ni siquiera en esta ocasión Especial autoconsciente para sentirla. ¿Y por qué no habría de ser así? Aunque estén en la Feria, sus productos continúan babeando, oliendo mal, tragándose sus propios excrementos y chillando, y el trabajo no se detiene. Me imagino lo que estos profesionales agrícolas deben de pensar de los que estamos aquí haciéndoles arrumacos a los cerdos: los visitantes de la Feria no tenemos que ocuparnos de criar y alimentar nuestra carne. Nuestra carne simplemente se materializa en el puesto de salchichas rebozadas, permitiéndonos separar nuestros apetitos saludables del pelo, los chillidos y los ojos en blanco. Los turistas nos podemos permitir nuestra simpatía por los Derechos de los Animales con las barrigas llenas de tocino. No sé qué sentido de la ironía deben de tener estos granjeros huraños, pero el mío se me ha curtido en la Costa Este y en este Establo Porcino me siento como un gilipollas.

He de reconocer que jamás me he tomado una cerveza con David Foster Wallace. Tampoco hemos salido a pasear juntos ni hemos sido compañeros en clases de yoga, cocina o cualquier otra actividad semanal que nos haga sentirnos mejores personas. De hecho, solamente lo conozco por sus libros. No obstante, siempre lo he tratado con cierta familiaridad, porque me recuerda, en muchas ocasiones, a un par de amigos míos muy queridos, que no voy a sacar a colación por no ruborizar a nadie innecesariamente. Esto no me da para escribir una tesis sobre DFW, pero sí para creerme con derecho a poner la mano en el fuego por él.

Y bien, después de haber leído Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, puedo tirarme al charco sin miedo y decirles que, en todo caso, me quedé corto cuando mencioné aquello de la “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”. DFW es sarcástico y corrosivo, pero sin aspavientos que lo hagan parecer ridículo, es lúcido y brillante y, para colmo, es un cabroncete con mucha gracia. Además, con DFW he aprendido cosas. Incluso me atrevería a decir que he aprendido cosas prácticas, por ejemplo, he aprendido algo acerca de cómo funcionan los torneos de tenis profesional; he aprendido que Carretera perdida es la película que estaba catalogada en mi memoria como Terciopelo azul, ambas de David Lynch, y he podido poner remedio a semejante confusión este fin de semana; he aprendido por qué diantres tanta gente ve tanta mierda en televisión; he aprendido por qué no acepté, hace unos años, la invitación de mis padres a hacer un crucero familiar y qué argumentos podrían haber sido consecuentes; he aprendido, sobre todo, que la vida diaria es mucho más interesante cuando uno la observa atentamente a través del prisma de Foster Wallace.

Minientrada

Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,         de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMO 1: SIN HOMBRES

- Todos los varones del mundo mueren instantáneamente, menos Yorick y su mono Ampersand.

- ¿Qué hacen las mujeres en una sociedad construida y dirigida por hombres que se ha quedado sin hombres? Cualquier escala de valores ha de ser revisada.

- Hay quien trata de reconstruir el mundo tal y como era y hay quien trata de construir un mundo distinto. Dos vertientes del feminismo.

- Yorick es un secreto de Estado. Yorick, para colmo, es un tipo enamorado de una chica que está en el culo del mundo.

- Esto no es solamente un apocalipsis, sino una crisis de identidad a nivel mundial.

- Brian K. Vaughan, creador de este cómic, fue guionista de la teleserie Perdidos.

Anatole Broyard os habla de mí

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Hay libros que aparecen prácticamente de la nada, sin referencias previas, ni expectativas preconcebidas, ni un ojo echado de antemano. Libros que llegan repentinamente y han de ser leídos de inmediato, sin importar que en ese momento uno esté tremendamente ocupado o esté entregado a la lectura de otros libros. Hay libros que se imponen, porque aparecen exactamente cuando necesitan ser leídos, es decir, aparecen precisamente cuando necesito leerlos. Ebrio de enfermedad, del crítico literario Anatole Broyard, ha sido ese libro para mí. Ha conseguido que deje de corregir exámenes, que deje a medias a David Foster Wallace, que lea en voz alta en el coche mientras mi amadísima Elisa Calatrava conduce hacia el supermercado. Entré en una librería el sábado por la mañana porque, después de comprar el pan, a mi amadísima Elisa Calatrava le dio por buscar una edición de bolsillo de De ratones y hombres. No encontramos a Steinbeck, pero ella se llevó a Martin Amis y yo a Anatole Broyard. Ella por consejo de no sé quién y yo porque sí, porque me gustó la portada, porque La uña rota es una editorial bonita, porque, al fin y al cabo, yo también soy un enfermo y ese título ya estaba empezando a hablar de mí. Esto de considerar la enfermedad como un aspecto determinante de la identidad es lo que tiene, uno se siente permeable a ciertos títulos.

Ebrio de enfermedad habla sobre la relación que el crítico Anatole Broyard mantuvo con su cáncer de próstata. Yo no tengo cáncer, pero no me voy a curar de lo mío, y quizá -algún día muy lejano- también me muera de lo mío, así que me siento identificado. La enfermedad, según Broyard, ha de ser entendida como un relato. Al fin y al cabo, nos pasamos la vida contándonos historias unos a otros, eso es lo que nos hace humanos, ¿por qué la enfermedad no habría de ser una historia más que contarnos, aunque fuera una historia de género, aunque fuera la última historia que sabremos contar? En palabras del propio Broyard:

El género de la enfermedad tendría que contar con un crítico literario que hablase en defensa de los valores terapéuticos del estilo, pues me parece que cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad. Creo que solo si insiste uno en su estilo podrá salvarse del momento en que se desenamore de sí mismo cuando la enfermedad pretenda disminuirlo o desfigurarlo. A veces, la vanidad es lo único que nos mantiene vivos, y el estilo de cada cual es el instrumento del que se sirve su vanidad. Tal vez no sea la muerte lo que tememos, sino más bien la disminución del propio yo a ojos vista.

Anatole Broyard, para que ustedes lo sepan, expone una percepción de la enfermedad que, pese a que yo nunca he sabido plasmarla con tanta claridad, comparto plenamente. He tenido interminables discusiones con las enfermeras y los médicos que me rodean y no siempre he sabido trasladar algunos aspectos que parecen tan diáfanos en la prosa de este crítico literario. Tanto es así que pienso comprar varios ejemplares de este libro e ir repartiéndolos entre mis médicos y enfermeros de diario. Estoy seguro de que si consigo que lean este texto lo van a flipar mucho, con el texto y, por ende, conmigo. Si leen este libro, mis médicos y enfermeros empezarán a mirarme con otra cara, quizá con una mirada más acertada. Por lo que respecta a todos ustedes, los lectores, también lo van a flipar (no conmigo, sino con el texto). Quizá ustedes no estén enfermos, quizá no tengan a alguien enfermo a su alrededor, pero nunca está de más hacerse una idea de lo que supone la enfermedad. Puede ser que si algún día una gran enfermedad les visita -ojalá no les ocurra-  este libro se convierta en un clavo ardiendo.

Mis más y mis menos con Anna Starobinets

El vivo, de Anna Starobinets

El Vivo, de Anna Starobinets

Ayer, después de un mes y medio y después de haber perdido toda esperanza, apareció nuestro gato desaparecido, Groucho. Ha sobrevivido, contra todo pronóstico, gracias a su zalamería y a su amor incondicional hacia todo ser humano, pues, durante todo este tiempo, ha sido alimentado por varias vecinas de un bloque de pisos cercano a un descampado en donde trataba de seguir adelante, desorientado y muy lejos de su hogar. Pues bien, si Groucho -nuestro gato- fuera uno de los muchos animales que aparecen en El Vivo, de Anna Starobinets, le tendría pánico a los seres humanos, miedo que padecen todos los animales después de la Gran Reducción, cuando el número de seres humanos baja a tres mil millones y siempre se mantiene estable.

A lo mejor, de estos detalles ya podemos intuir que El Vivo es una novela de ciencia ficción. Su autora no solo está vivita y coleando, sino que es muy joven. Es decir, está escribiendo ciencia ficción desde mi presente, y eso -no me había dado cuenta hasta ahora- determina mucho la óptica de este género. Anna Starobinets escribe desde muy cerca, tanto que consigue meter el dedo en algunas de mis llagas. Por ejemplo, después de leer El Vivo me estoy pensando seriamente (por primera vez) la idea de abandonar Facebook y, por lo tanto, Twitter y, ya que estamos, este blog. Pueden llamarme lo que quieran, pero les pediría que antes leyeran la novela y comprobaran cómo funciona el Socio; a mí, personalmente me ha dado tanto miedo como para plantearme cerrar el chiringuito. Los procesos de identificación con las distopías son muy viscerales, al menos en mi caso.

El Vivo, en realidad, no es una novela de ciencia ficción, sino una novela sobre una religión (porque yo no veo ciencia por ningún sitio, sino una ferviente fe en una forma de entender el mundo). O, pensándolo mejor, quizá sí sea una novela de ciencia ficción, porque la religión siempre es capaz de encajar en este género.

Hasta ahora, mi dream team de la sci-fi estaba conformado por Orwell, Huxley, Ballard, Dick y Lem (sí, soy consciente de cuántas ausencias imprescindibles hay en esta mini lista). Estoy pensándome si meter a esta chica en el equipo, aunque solo sea de suplente. La verdad es que El Vivo empezó con mucha fuerza, prometiendo un mundo que dejaría a Matrix en calzoncillos, planteando una estructura sugerente y embaucadora, pero ya en las últimas ochenta páginas hubo algún cortocircuito entre la trama y mi entendimiento, empezaron a ocurrir cosas que no me convencían, que empezaron a apagar mi fervor (esto iba a ser, en un principio, una gran reseña laudatoria). Además, el final lo he visto o leído tantas veces que casi me dan ganas de contarlo aquí.

…………………………………………

Hasta aquí la reseña. Ahora tengo que hablar de otro aspecto del libro. La traductora es una tal Raquel Marqués García. La editorial es Nevsky (especialista en literatura rusa). No sé de quién es la culpa, pero he contado en todo el libro (contando muy por lo bajo) un mínimo  de veinte adverbios de modo formando interrogaciones indirectas parciales  (es decir, me refiero a la palabra “cómo” con tilde diacrítica) a los que les falta su correspondiente acentuación gráfica. No una ni dos, sino muchas, muchas, muchas. Demasiadas como para haberme decidido a comentarlo aquí. Creo que no debería ser tan difícil diferenciar “cómo” de “como” para un profesional de la traducción o de la edición. Veamos un ejemplo: Os diré cómo se escribe correctamente (lleva tilde porque se está preguntando indirectamente de qué manera se escribe correctamente) / Lo digo como lo pienso (en este caso la tilde diacrítica no es necesaria porque no se está haciendo ninguna pregunta).

Lucho todos los días para que mis alumnos no cometan estas -y otras tantas- faltas ortográficas. Quería incluir esta novela en el listado de lecturas que les propongo, pero no lo voy a hacer, porque sería tirar piedras sobre mi propio tejado.

E.L. Doctorow y la verdadera disidencia

Homer y Langley, de E.L. Doctorow

Homer y Langley, de E.L. Doctorow

El problema de tener un blog es que me he acostumbrado a leer obligándome a crear una opinión sobre lo leído. Leo y, al mismo tiempo, me planteo qué me parece lo que estoy leyendo, voy meditando lo que contaré aquí después de acabar el libro y, por supuesto, uno no siempre tiene una opinión sobre cualquier cosa, menos aún una opinión interesante. En la primera mitad de Homer y Langley mi opinión sobre esta novela de E.L. Doctorow no acababa de tomar una forma medianamente decente, era una opinión que no me merecía la pena dar a nadie. No le encontraba la gracia a las vicisitudes de estos dos hermanos huérfanos, procedentes de una clase acomodada, uno con síndrome de Diógenes y el otro ciego, uno loco de remate por culpa de su experiencia en la Primera Guerra Mundial y el otro dócil y capaz de seguirle siempre el rollo a su hermano mayor. A lo sumo, me estaba pareciendo un  paseo por el  siglo XX americano, quizá, como mucho, el reverso de otra novela que tampoco me entusiasmó,  me refiero a Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser.

Pero, por suerte, las personas cambian de opinión.

Cambié de opinión en el momento en que empecé a sentir envidia por Homer y por Langley. Entre los dos estaban construyendo una forma de afrontar el mundo que ya querría yo para mí en algunos momentos de ánimo cabizbajo. A uno, a veces, le gusta dárselas de misántropo, uno reniega del mundo de vez en cuando mientras toma café con los amigos, uno se considera hogareño porque en el afuera solo se pierde el tiempo, uno pretende ser un disidente de un sistema que no comparte. Con todo esto, uno demuestra ser, en el mejor de los casos, un completo incoherente. Uno ha sido criado en el bienestar y en la sociedad, por lo tanto, uno nunca se atreverá a encerrarse en casa, vivir con losmínimo para ser autosuficiente, regirse por sus propias normas y, por ende, mandar a tomar por culo el estilo de vida que resulte habitual de puertas para fuera. Pues precisamente eso es lo que hacen los hermanos Collyer, como si de dos héroes mitológicos se tratase, se comportan como los mayores disidentes de los que jamás he oído hablar. Homer tiene la aptitud, porque es ciego y, por lo tanto, posee un punto de partida ventajoso para el aislamiento y la creación de un universo propio; Langley tiene la actitud, porque ha visto el horror de la guerra y no cree que el mundo vaya a mejorar. De hecho, Langley tiene un proyecto a lo largo de la novela que no logré comprender al principio. Pretende crear un periódico total, en donde todo lo que aparezca explique el mundo en cualquier época. Su proyecto se sostiene en su teoría del reemplazo, según la cual todos los roles que desaparecen serán tomados por nuevas generaciones. Somos lo mismo que siempre hemos sido; por lo que su proyecto -al menos así me lo parece a mí- es un desgarrador grito de desesperanza. Lo que parecía ser una sucesión de peripecias de dos excéntricos personajes acaba convirtiéndose en una empatía inquietante y en un presentimiento amargo.

Me gustaría hablar del final de la novela, de cómo acaban los dos hermanos, de por qué Homer se decide a escribir sobre sus propias vidas. Todo esto me daría para poder seguir mareando la perdiz de esta gran parábola. Pero ya saben que a mí no me va demasiado eso de hablar de lo que sucede en los libros que leo, sino de lo que sucede en mí cuando leo libros. Así que lo voy a dejar aquí, demasiado he contado de ellos y, si realmente les tengo envidia, demasiado he contado de mí.

Sintiéndome huésped de Mark Z. Danielewski

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski

Hemos pasado este finde en casa de David y Reyes, disfrutando de su inmejorable y estimulante compañía, comiendo bien y bebiendo bien a todas horas, comprando libros y cómics, revisando el Robocop de Paul Verhoeven y algún que otro capítulo de Twilight Zone, bañándonos en el sol de Sevilla y leyendo las últimas páginas de La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Comienzo estas líneas en el tren de vuelta a casa, después de haber concluido la serie de cartas que a Johnny Truant le escribe su madre y que no acerté a leer en el momento adecuado, cuando una supuesta nota al pie de página me lo sugirió, conmovido por tanta ternura, en parte por la madre de Johnny Truant y en parte por mis propios amigos.

Cuando iba por la página 178, mantuve una conversación con Zaitegui y me avisó de la existencia de estas cartas y de cuánto merecían la pena. A esas alturas de mi lectura me había saltado voluntariamente varias de las incursiones de Truant porque me estaban sentando del mismo modo que los anuncios publicitarios en mitad de una buena película. No quería leer “El expediente Navidson”, lo que verdaderamente me ha apasionado de esta obra, como si lo echaran en Antena 3 o en Telecinco. A eso habría que añadirle, tal y como Zaitegui me confirmó, los pies de página sin su correspondiente número en el texto, que escaparon a mi atención y, quizá también, a mi interés. En la zona de los cuadrados azules en mitad del texto estaba tan desorientado que Truant era el menor de mis problemas. Johnny Truant, con el cariño que le he cogido al final (no mucho, pero sí lo suficiente como para reconocerlo), distanciándome una y otra vez de “El expediente Navidson” como si de una técnica del teatro de Brecht se tratase, incordiando en manos de Mark Z. Danielewski, en este caso ya no solamente el autor de La casa de hojas, sino un jugador de ping-pong avezado con ganas de echar una partida conmigo mientras leo su novela.

Y eso que a mí solamente me interesaba adentrarme en la inconmensurable oscuridad de la casa y forzar la apertura de mis pupilas al máximo. Las páginas fueron quedándose casi en blanco, con pequeños párrafos aquí y allá, y así comprendí a lo que se referían algunas reseñas de esta novela cuando decían que todo su juego tipográfico tenía un propósito definido, a saber: me sentí en el interior/exterior que experimentaron Navidson y compañía. Ya que yo también he estado dentro/fuera de la casa, puedo plantear la siguiente pregunta y tratar de dar mi propia opinión al respecto: ¿Novela de terror? No en un sentido estricto. Es una novela de corte fantástico y, de hecho, todos los textos que acompañan “El expediente Navidson”, entrevistas, investigaciones, ensayos, documentos, etc. constituyen una máscara para que la historia parezca, en todo caso, ciencia-ficción, pero tampoco funciona así (porque en realidad no explican nada), se trata de literatura fantástica pura y dura. Reconozco que en ocasiones puede dar miedo, al fin y al cabo lo siniestro y lo sublime –dos elementos ligados a lo fantástico– aparecen constantemente.

Con Johnny Truant, el punto de inflexión tuvo lugar a partir de la historia del perro pequinés. Ahí le cogí cariño a este tipo, comencé a empatizar con él. Empecé a ver que la obsesión de Truant se parece a estar encerrado dentro de la casa sin encontrar la salida y, al mismo tiempo, se parece a estar enganchado a un libro y no poder dejar de leer. Truant y Navidson se van pareciendo cada vez más, al menos hasta cierto instante de la novela, a Bastian y a Atreyu en La historia interminable. Y, por si esto fuera poco, hay un momento, ya casi al final, en donde parecemos estar al principio de la segunda parte de El Quijote, cuando este lee su propia novela dentro de la novela. Y sí, por supuesto, otra vez El Quijote, como en casi todas las obras que pretendan subvertir los cánones tradicionales, casi todas suenan a la obra de Cervantes. Esto sería como para sentarse y ponerse a pensar en ello, ¿El Quijote está en esta/s novela/s o en mi lectura de ella/s?

En lo que respecta a La casa de hojas, he de dejar bien claro que me declaro fan de “El expediente Navidson”, porque plantea los momentos más memorables, como por ejemplo cuando Tom se queda esperando al resto de la expedición en una tienda de campaña y vence al “señor Monstruo” contando un chiste tras otro, a cada cual más bueno (al menos en lo que concierne a mi sentido del humor). Dentro de la casa, la historia se desarrolla con una incertidumbre que me recuerda a la película Cube, con el aliciente de que aquí las luces están apagadas. Para colmo, lo que en esta novela causa miedo no persigue a los protagonistas a lo largo de la historia. Ocurre todo lo contrario, es decir, el protagonista persigue sin descanso aquello de lo que debería huir.

He tardado mucho en leer La casa de hojas, no porque me haya resultado complicada ni pesada, que no lo es, sino porque la he dilatado en el tiempo, haciendo caso omiso a los consejos de algún que otro blog que proponía leerla de seguido en tres o cuatro días, porque La casa de hojas es, entre otras muchas cosas, tiempo dilatado (no solamente espacio), y Mark Z. Danielewski quiere que nos sintamos dentro de ella, de eso no cabe duda: Mark Z. Danielewski se sienta a nuestro lado cuando nos ponemos a leer su novela.

Friedrich Dürrenmatt escribiendo The Wire

El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt

El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt

El otro día, mi amadísima Elisa Calatrava y yo estuvimos ordenando nuestros libros por géneros. Descubrimos, muy sorprendidos, que tenemos más volúmenes de ensayo y filosofía que de poesía. Ganan por poco, pero ganan. La sección de cómics también es modesta, pero va creciendo poco a poco, al fin y al cabo se trata de un gusto relativamente reciente en nuestras vidas. La sección de narrativa abarca la mayor parte del espacio. Pero, ahora que lo pienso, ni si quiera le hemos dedicado un hueco a la sección de teatro, lo hemos dejado donde estaba, intercalado entre las novelas, quizá porque son muy pocos y quizá porque no hemos aprendido todavía a darles la importancia que tienen. Últimamente estoy leyendo bastante teatro, entendamos por “bastante” un porcentaje visible respecto de mis demás lecturas: Genet, Fassbinder, Shakespeare, Weiss y Vian desde abril del año pasado. Y ahora le ha tocado el término a El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt.

En un momento de esta pieza, más o menos a la mitad, uno de los personajes, declarado anarquista, dice:

Ya que el individuo se convierte en esclavo de su propio sistema, él debe destruir sin cesar este sistema. Las revoluciones, con sus innumerables víctimas, tan solo crean nuevas necesidades de cambiar otra vez el mundo. En vano inventamos nuevas ideologías, en vano erigimos nuevas utopías. Se ha hablado demasiado. Solo una misera más grande, llevará al hombre a la razón.

(El subrayado es mío)

Yo todavía no sabía que, dentro de la lógica de El cooperador, la opción que he resaltado en subrayado era la más congruente y la más serena de todas. Porque esta obra funciona como si William Shakespeare, con todos los rasgos de sus tragedias, estuviera escribiendo la serie televisiva The Wire. En esta sociedad, el científico ayuda al criminal, el criminal al policía y al político, y estos, nuevamente, a los criminales. El sistema es una lucha de poderes que se tensan continuamente, en donde todos cooperan, únicamente, para salir beneficiados en detrimento de los demás. Hay un modo de no participar en este juego, lo dice un personaje casi al final: “Aquel que muere no coopera más.”

¿Y yo? ¿Voy a tener que morirme para no cooperar? ¿Y ustedes? ¿Hay otras formas de no cooperar? ¿Estamos dispuestos a afrontarlas? ¿Qué es más cómodo, creer en el sistema y cooperar o negarlo pese a que se coopera? Dürrenmatt no nos ofrece respuestas en su obra. De todos modos, tampoco creo que haya muchas respuestas válidas fuera de este texto. Sus tesis y sus planteamientos son casi siempre brutales. Recuerdo que me impactó mucho otra de sus obras de teatro, La visita de la vieja dama, y, de hecho, estoy deseando leer Los físicos, en donde, según tengo entendido, se trata un tema que aquí se ve tangencialmente. Me refiero a la implicación moral que supone el trabajo de un científico. Friedrich Dürrenmatt, para mí, siempre es un valor seguro, un golpe en el estómago necesario.

Antidepresivos Elfriede Jelinek

La pianista, de Elfriede Jelinek

La pianista, de Elfriede Jelinek

Lo malo de no tener riñones es afrontar la tristeza de estar completamente sobrio en un bar a partir de ciertas horas. Para ser más preciso, debería utilizar el concepto de melancolía, que, sergún la RAE, es una “tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.” Eso es exactamente lo que siento cuando un garito no me interesa y no puedo abusar del alcohol para remediarlo. Hace un rato, me sentía imbuido exactamente en esa melancolía y me acordé de La pianista, de Elfriede Jelinek, y de que todavía no había escrito nada sobre este libro debido al trasiego navideño, pese a que lo terminé el treinta y uno por la tarde, en un tren hacia Almería, huyendo de mi maldito dos mil trece. He cogido un taxi porque prefiero enfrentarme a la tara emocional que supone la lectura de La pianista que a un bar sin tres o cuatro gin tonics.

¿Por qué?

Leer una novela tan destructiva como La pianista para cerrar un año de mierda y dejar a los amigos en un bar para escribir sobre ella me compensa sobradamente. No soy, en absoluto, un masoquista. Sencillamente, tengo muy presente la importancia de que la literatura nos incomode y nos ponga en apuros, en un aprieto insoslayable de esos que no nos ofrece un bar. Hablo de ponerme a prueba, regularmente, ante textos que no me van a perdonar ni el miedo, ni la ineptitud, ni la ignorancia. O, dicho de un modo más práctico, en el bar tengo la opción de disimular mi melancolía para no cortarle el rollo a los demás, pero leyendo a Elfriede Jelinek, en cambio, no me queda más remedio que meterme esa melancolía donde me quepa, porque de lo contrario no hay modo de surcar el texto.

¿Han visto ustedes la adaptación cinematográfica que hizo Michael Haneke? La vi hace años y quedé abrumado ante aquellas imágenes. Por suerte, los fotogramas se iban sucediendo y en cuestión de una hora y pico todo pasó ante mis ojos y la experiencia se terminó. Pero con el texto escrito siempre es diferente, es uno quien tiene que pasar los ojos ante cada línea, y si uno se detiene el libro también lo hace y espera pacientemente a que recomencemos la lectura. El texto escrito es inevitable. El tempo lo marca el lector como si se tratase de un proceso metabólico.

Y todo esto es necesario. Ayer me tomé una Coca-Cola con Zaitegui y se lo dije: hay que desfogar en la ficción para poder comportarse cívicamente en sociedad.

Porque La pianista ofrece la crueldad y la obsesión de un Thomas Bernhard y, al mismo tiempo, se posiciona en el bando de los malditos de Jean Genet, es decir, pretende desmoronar los postulados que mantienen en pie la sociedad del bien y de lo correcto. A saber, nuestra protagonista demuestra una filiación sexual perversa y retorcida, con la que logra alumbrar el corazón de la juventud burguesa y bienpensante, en donde, en lo más recóndito, brilla el más centelleante de los fascismos. Metodología Genet y modales Bernhard, lo que da como resultado un seísmo emocional, intelectual y ético.

Por muy mal que me haya ido en dos mil trece, esta literatura me es necesaria para sobrevivir. Quizá funcione como el veneno de las abejas en dosis pautadas. Quizá sea el sumidero por donde se van mis ganas de aprender a fabricar bombas caseras.

Subirse al carro de Aarón Rodríguez

Apocalipsis pop! El cine de las sociedades del malestar, de Aarón Rodríguez

Apocalipsis pop! El cine de las sociedades del malestar, de Aarón Rodríguez

TOMA 1. PLANO SECUENCIA. INTERIOR/DÍA. 

Una pareja sube en ascensor desde un aparcamiento subterráneo hasta el exterior de Plaza España. Conversan, cuchichean, ríen. En el mismo ascensor sube otro chico, de la misma edad que la pareja. Alto, delgado, apuesto, con gafas de pasta. La pareja apenas repara en él, pero este los observa mientras el ascensor sube.

ELISA: ¿Lo ves? ¡Es que tengo mente de ingeniero!, ¡mente de ingeniero!

DANIEL: Por supuesto, Elisa. No me cabe la menor duda.

AARÓN (con prudencia): Disculpa, eh… ¿te puedo hacer una pregunta? ¿Tú eres Daniel, Daniel… Espinar?

Se hace un silencio. La pareja sonríe sorprendida.

DANIEL (escrutando el rostro de su interlocutor): Sí, soy yo. Sí. Eh…

AARÓN (con más decisión): Entonces, tú debes ser Elisa Calatrava, su amadísima Elisa Calatrava, ¿no?

Nuevo gesto de sorpresa.

ELISA: Sí, sí, sí, sí, soy yo. Pero, ¿tú quién eres?

AARÓN (a Daniel): Soy Aarón Rodríguez, el del blog “El séptimo sello”. Tú escribes “Miedo a la literatura”, ¿verdad? Te he reconocido por la foto, y, bueno, porque antes la has llamado Elisa y, entonces, he hilado y…

Después de un breve estupor, la pareja comienza a celebrar semejante coincidencia en el tiempo y en el espacio con todo tipo de aspavientos.

FIN

Para que conste de antemano -y porque creo que la anécdota es lindísima- que conozco a Aarón Rodríguez. No me siento con el privilegio de poder llamarlo “amigo”, pero me encantaría poder hacerlo. Cuento todo esto porque suelo evitar a toda costa leer los libros de la gente a la que conozco. Por suerte, con Apocalipsis pop!, Aarón me acaba de dar una buena lección moral; en realidad, me ha dado una lección sobre cine y, por extensión, sobre tantos y tantos ámbitos de la vida.

Apocalipsis pop! El cine de las culturas del malestar es un libro de análisis fílmico, leído por alguien que consume poco ensayo y que, para ser honestos, entiende muy poco de cine; leído por alguien que creía que los libros sobre cine se hacían muy pesados y que sus únicos pinitos en esta materia los ha hecho con Román Gubern; leído, para colmo, por alguien que no venía coincidiendo en gustos con algunas de las reseñas publicadas en “El séptimo sello“. Esta lectura estaba destinada a ser un tremendo fracaso.

Pero todo aquello que, a priori, yo no era capaz de aportar como lector, Aarón Rodríguez lo ha paliado con una inmensa destreza analítica, narrativa, lírica y vital. Y, sobre todo, con una empatía envidiable, tanto hacia el lector como hacia la pantalla. Además, resulta que Aarón Rodríguez escribe jodidamente bien. Da igual que esté hablando del sujeto posmoderno o de lo buenos que están los churros con chocolate. Apocalipsis pop! merece ser leído por el gusto de dejarse llevar por su fraseo.

Apocalipsis pop!, de hecho, no es un libro sobre cine, pese a que analiza cuidadosamente un buen número de cintas, sino que es un libro sobre la visión del mundo que puede aportar nuestra generación. El autor nació en 1983 y yo solamente un año antes. Hay un sinfín de parámetros éticos y estéticos que ambos hemos tenido que atravesar, él desde la capital y yo desde un pueblecito de Málaga. Por eso, el Ian Curtis de Control, la saga de James Bond, los yonkis de Trainspotting o las propuestas de Lars von Trier no son meros productos audiovisuales, sino un juego de espejos en donde poder identificarnos y comprender cómo hemos llegado hasta aquí y por qué nos duelen las cosas de un determinado modo.

Por lo demás, también es un libro sobre cine. Es un libro para ver más y mejor el cine. Hace tiempo que le doy vueltas a las siguiente idea: los libros están hechos para ser leídos en solitario, pero las películas -quizá por la naturaleza de su código o qué se yo por qué- requieren de una contemplación en grupo. El cine, al menos para mí, se asume mejor cuando se comparte su visionado. Como esto no resulta siempre posible, he descubierto el placer de ver una película a solas y leer, a continuación, lo que Aarón tiene que decir al respecto. Ni siquiera tengo por qué compartirlo. Pero él -o, por supuesto, cualquier otro analista en el que confiemos-, ducho en este campo, va a lograr que me detenga en elementos que me han pasado desapercibidos por mi falta de entrenamiento. En resumidas cuentas, lo que yo necesito a partir de ahora es un Aarón Rodríguez liliputizado para llevar en el bolsillo cada vez que vaya al cine.

Estaba persuadido de que Aarón Rodríguez era capaz de hacer un libro interesante, pero he encontrado mucho más de lo que esperaba: un texto estimulante, sobrecogedor y, ante todo, un lugar donde cobijarme.