Lectura desértica de Pedro Mairal

El año del desierto, de Pedro Mairal

El año del desierto, de Pedro Mairal

Soy muy aficionado a la literatura apocalíptica porque me gusta hacer porras acerca de cómo desaparecerá el mundo que conocemos. Apostar por el fin del mundo me parece tremendamente más excitante y gratificante que apostar en un partido de fútbol, por ejemplo. Voy leyendo, cada cierto tiempo, obras que aborden este tema desde distintos ángulos para disponer de información contrastada cuando las casas de apuestas abran sus puertas. He probado esta vez a documentarme con El año del desierto, de Pedro Mairal, deseando que el buen -y terribe- sabor de boca que me dejó la ciencia ficción argentina de Rafael Pinedo se intensifique con su compatriota (como si hubiera algo generacional en esto) Pedro Mairal.

En El año del desierto, un fenómeno urbanístico-ambiental, llamado la intemperie, va arrasando los arrabales de Buenos Aires y avanza inminentemente en dirección al centro de la ciudad. A su paso, todos los edificios se van derruyendo, se vienen abajo y se vuelven inhabitables. Esto lleva a la pérdida del bienestar de los ciudadanos, sumiéndolos en la pobreza y el desamparo, convirtiendo a la clase media en damnificados de una catástrofe de la que no se aclara nada más. La intemperie, avanzando como una ola a través de la realidad de la sociedad argentina, responde mucho mejor a la categoría de lo fantástico que a la ciencia ficción. La intemperie, de hecho, no es más que una metáfora de la crisis económica argentina; funciona, sin más, como una parábola. Si bien este concepto de intemperie añade cierta poética a la novela, no es más que un sinónimo de crisis y no aporta ninguna otra cosa. Es una idea sugerente en el comienzo pero irrelevante a lo largo del texto. Es el leitmotiv, pero no el soporte de tantas páginas que acabaron aburriéndome.

El primer desengaño fue comprobar así que en realidad no estaba leyendo una novela de ciencia ficción, pero me consoló la idea de que quizá estaba ante una gran novela política. En un primer momento no pude evitar una comparación exhaustiva de El año del desierto con Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Esperé que la intemperie de Mairal nos revelara las estructuras de poder y los mecanismos de represión de una sociedad como lo hacía la ceguera blanca de Saramago. Si hay algo bueno en la novela de Saramago, es esa capacidad de comprender cómo funcionamos en sociedad y esa esperanza de una democracia incipiente fundada en el derrumbamiento de todo el andamiaje sociopolítico. Saramago nunca me ha parecido un gran narrador, pero sí un señor con muy buen ojo para el ser humano. De hecho, reconozco que la decepción de El año del desierto me lleva a realzar a José Saramago dentro de mis filias. La decepción de El año del desierto quizá tenga tenga mucho que ver con esta comparación y con mis expectativas. La novela de Mairal es una historia de supervivencia en la pobreza, en donde Buenos Aires parece una isla dentro del mundo y en donde las reacciones sociales a veces me son incomprensibles. Por ejemplo, hay una suerte de guerra civil cuyo motivo desconozco.

Pero lo peor de todo es que El año del desierto no es una novela que nos hable del grupo o que aporte perspectivas o un gran ángulo, sino que se enfoca de principio a fin en la protagonista, una joven insulsa, con la más absoluta falta de carisma, que nos cuenta sus vicisitudes para tratar de sobrevivir a todo lo que se le viene encima. Sus aventuras, desgracias y peripecias me han acabado resultando tan pesadas que el último tramo del libro ha sido leído en modo turbo, saltándome tantas páginas como he considerado necesario.

Me da pena comprobar que en este tipo de obras se describa una sociedad poscatástrofe que trata de emular las estructuras sociales que ya existían, en lugar de proponer alternativas de convivencia que quizá serían idóneas si nos viéramos obligados a montar un nuevo chiringuito. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, la teleserie Battlestar Galáctica, como un intento de reafirmar la democracia presidencial y militar. Por otra parte, espero que el desarrollo sea muy distinto en el cómic que voy leyendo a plazos, Y: El último hombre, en donde la sociedad patriarcal desaparece de un plumazo porque todos los varones (menos el protagonista) mueren. No sé, prefiero no extenderme con esto, porque el cómic de Brian K. Vaughan ya tendrá su correspondiente entrada a su debido tiempo.

Mi génesis con Robert Crumb

Génesis, de Robert Crumb

Génesis, de Robert Crumb

Mi lectura de Génesis, de Robert Crumb, es una doble influencia de mi amadísima Elisa Calatrava. A este libro llego por dos caminos que nacen de ella y ambos llegan hasta la tecla que despierta mi curiosidad.

Por el camino de la mitología: Mi amadísima Elisa Calatrava es una entusiasta de la mitología. Ella me hizo leer a Esquilo, a Sófocles y a Eurípides. Ella preparó y me hizo estudiar para las oposiciones de Lengua y Literatura el tema referido a las fuentes culturales de Europa (la literatura grecolatina, la literatura hindú, la literatura hebrea, el Corán y la Biblia), tema que nos cayó en el examen y que ambos hicimos y que nos permitió sacar la nota que nos dio la plaza. Ella, por cierto, conseguirá que lea cualquier día de estos el Ramaiana, después de haberla visto flipar con él. Y, últimamente, ella está muy interesada en la mitología judeocristiana y ha logrado que a mí también me pique el gusanillo. Si ella ha comenzado con el Génesis yo no podía quedarme atrás.

Por el camino de Robert Crumb: En uno de los viajes Berlín-Almería de nuestra amiga María Torres, en los que siempre hay un hueco para hacer escala en Madrid y venir a Segovia, mi amadísima Elisa Calatrava le preguntó a mi queridísima María Torres: “¿Qué dibujantes de cómic me aconsejas?” María nos habló de Thomas Ott y de Robert Crumb. Ambos entusiasmaron a Elisa, pero ha sido Robert Crumb quien la ha fascinado por completo, influyéndola en su forma de dibujar y conectando con ella a varios niveles. Nuevos libros de Robert Crumb entran en casa cada cierto tiempo; antes o después tendría que prestarle atención.

El encuentro de ambos caminos tiene como resultado una obra magnífica. ¿Cómo se puede mejorar una pieza fundamental de nuestra cultura? Dejándola en manos de un artista de la talla de R. Crumb.

A partir del texto original (sea lo que sea eso de “texto original” si tenemos en cuenta que se trata de una amalgama de mitos solapados que confluyen en un texto que pretende maquillar, según nos cuenta Crumb en su anexo, el posible matriarcado de aquella época), Robert Crumb agiliza la historia convirtiéndola en un cómic inspirado y revelador. Además, añade al final una serie de comentarios a partir de las lecturas complementarias que hizo para poder desempeñar semejante labor y contextualiza muchos fragmentos del texto original que no parecen tener ni pies ni cabeza para los lectores desconocedores de la materia.

El Génesis -yo lo sé ahora, pero hasta hace poco no tenía ni idea- tiene dos partes claramente diferenciadas: la parte de la Creación y la parte de los cinco patriarcas (Noé, Abraham, Isaac, Jacob y José).

En la parte de la Creación a Dios le da por crear el mundo y, de paso, a alguien que lo habite (como si necesitara a alguien más con autoconciencia capaz de admirar sus habilidades). Todos conocemos esta historia. Adán y Eva son expulsados por querer perder su ignorancia, luego empiezan a procrear, con lo que llenan el mundo de gente, Dios es un ser al que le gusta dejarse ver y, de hecho, no es el único, porque en la Tierra también existen otros seres divinos. De hecho, en ningún momento, en todo el Génesis, se dice que Dios sea el único Dios de la tierra (en todo caso, más adelante, será el Dios de los Judíos). A Dios se le va de las manos su invento, se da cuenta de que ya no le hacen tanto caso: “Viendo el Señor cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber puesto al hombre sobre la tierra, doliéndose grandemente en su corazón. Y dijo: ¡Voy a exterminar de la faz de la tierra al hombre que creé y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho!” Decidió salvar a Noé y a su familia porque este era lo que hoy en día llamaríamos un pelota, creyendo que así podría hacer borrón y cuenta nueva. 

En la parte de los patriarcas, Dios comprende (un poquito tarde, diría yo) que el hombre que ha creado tiende al mal por naturaleza y que no por ello tiene que matarlos a todos, así que resuelve no volver a cometer un genocidio y, como recordatorio, coloca un arcoiris después de cada lluvia para no volver a diluviar el mundo. Es muy interesante comprobar cómo a partir de aquí Dios deja de ser el Dios de la Creación para ser el Dios de unos cuantos hombres, aquellos que más lo admiran, lo idolatran y lo obedecen, como Noé y sus descendientes por la vía de Sem. Este punto de inflexión se ve claramente con Abraham. Parece que Dios ha decidido pasar del resto de la Humanidad y realiza un pacto con Abraham y con su descendencia (después de que a Dios se le ocurriera la broma de pedirle que sacrificara a su hijo, Isaac, y no lo detuviera hasta el último momento). El resto de los mortales puede adorar a otros dioses, porque este ha puesto sus ojos en un pequeño grupo de personas, cuyo primogénito es Isaac y de este lo es Jacob (que, pese a ser menor que su hermano, logró engañarlo y quedarse con la herencia y la bendición de su padre). El Génesis termina con José, el último patriarca, el penúltimo hijo de Jacob, que conduce a su familia hasta Egipto y los deja vivir en las tierras del faraón pese a que sus hermanos lo vendieron como esclavo. El pueblo judío está en Egipto, para saber cómo sigue el cuento habría que seguir leyendo el Pentateuco, supongo.

Si cuento de qué trata el Génesis es porque asumo que todos creemos saber de qué va. Sugiero que se convierta en lectura obligatoria en las clases de Religión. Estoy seguro de que la lectura de un Dios caprichoso, incoherente y vengativo ayudaría a comprender alguna cosas de los pilares de nuestra civilización a los jóvenes estudiantes y, de paso, fomentaría el ateísmo en lugar de la fe. En la Biblia hay mucho más, en el Nuevo Testamento de la Biblia canónica (acordada en el Concilio de Trento), Dios se vuelve amoroso e invisible. Todo esto lo dejaremos para posteriores lecturas. Me interesan, especialmente, los Evangelios apócrifos. De todos modos, ya puestos a hablar del Nuevo Testamento, mi amadísima Elisa Calatrava y yo nos quedamos con esto:

 

Joyce Mansour aguardando en la nevera

Islas flotantes, de Joyce Mansour

Islas flotantes, de Joyce Mansour

He pasado una temporada leyendo algunos libros que, de un modo u otro, hablaban sobre la enfermedad y, claro, mi amadísima Elisa Calatrava estaba empezando a preocuparse al presenciar cómo la enfermedad se estaba convirtiendo en mi tema predilecto y recurrente y, sobre todo, cómo podía yo sacar tanta diversión y tanto entusiasmo de algo que debería ahuyentarme. Creí haber dejado el tema a un lado y ahora no sé cómo decirle que Islas flotantes, de Joyce Mansour, reincide en lo mismo y me devuelve el código que he estado manejando últimamente.

Yo solo quería leer a Joyce Mansour porque lo vi en el último tweet de Cristof Polo:

nevera

Un último tweet de hace ya año y medio. Una de sus últimas señales de humo para todos los públicos. A mí, por el contrario, sí que me han llegado otras señales de humo, de un humo destinado a aposentarse exclusivamente en el techo de mi cocina. Pero ya saben ustedes cómo es el humo, el humo lo emborrona todo y no hay quien entienda un carajo con tanto humo. De ahí mi intención de leer a Joyce Mansour, para descifrar la nevera de Cristof Polo, para saber si hay algo que descongelar.

Y, por supuesto, Islas flotantes me trae un trasunto del Cristof Polo que yo conocí antes de ser Cristof Polo y también me trae a mí mismo, porque este libro habla de lo que yo querría haber escrito durante estos últimos años. Joyce Mansour fue una de los surrealistas y se tomó muy en serio eso de liberar el Ello freudiano mediante su escritura para reflejar los impulsos del Eros y del Tánatos, porque, a su lado, Breton y compañía parecen un grupo de mariachis. El surrealismo de Joyce Mansour duele, no hay forma de encararlo con la conciencia tranquila. El sexo y la enfermedad están anudados en sus textos, gravitan uno sobre el otro y se influyen del mismo modo que lo hacen los planetas. El sexo es la única respuesta a morirse y morir es la única calma que puede encontrar el deseo.

El narrador en primera persona de Islas flotantes nos recuerda que el lector no asiste a una historia sino a un relato, a una decodificación particular del mundo, a una interpretación que convierte a los Otros en algo necesariamente distinto. He dicho “voz narradora” y podría haber dicho “yo lírico”, da igual, porque las pautas terminológicas son herramientas imprecisas con textos como los de Joyce Mansour, que nos recuerdan qué es literatura, qué es asistir al mundo a través de la literatura. No es un conjunto de poemas ni una novela, es un artefacto para posicionarse de un modo particular y determinado ante las cosas, es ser Joyce Mansour o, mejor dicho, es ser lo que a Joyce Mansour le dé la gana que seamos.

Puede sonar incómodo, desagradable, confuso, pero a mí me tranquiliza y me hace respirar hondo. A saber, la noche previa al día de San Juan habían programado en Segovia un maratón de teatro al aire libre. Salí de casa con Islas flotantes en el bolsillo de la chaqueta sin haber empezado a leerlo todavía. Iba acompañado y sabía que no iba a tener oportunidad de comenzar la lectura, pero, por alguna razón, llevar este libro en el bolsillo de la chaqueta me hizo salir a la calle más despreocupado y más sereno. A mitad de la primera función se puso a llover y volvimos a casa. Me metí en la cama, buscando el calor de las sábanas tras zafarme de la ropa mojada. Soñé con un reencuentro con Cristof Polo. Conversábamos. Había más gente. A la mañana siguiente, día de San Juan, empecé a leer a Mansour, abrí la nevera. El resto ya lo he contado.

Tres planos yuxtapuestos de Miguel Alcázar

Bulevar 20, de Miguel Alcázar

Bulevar 20, de Miguel Alcázar

A Miguel Alcázar, de momento, me atrevo a filetearlo en tres planos de la realidad, tres lonchas espacio-temporales y fuertemente simbolizadas, tres discursos yuxtapuestos (y compatibles) que configuran una identidad a la que me acerco con cara de curiosidad.

Miguel Alcázar es Mike & Libros. Soy un visitante asiduo de su blog desde hace mucho. Mike & Libros es en verdad una puerta interdimensional que me lleva hasta mis librerías habituales, porque sus post me empujan directamente hacia la compra compulsiva de novelas y más novelas. Ya he celebrado varias veces en mi blog las virtudes de Mike & Libros. Y, por si todavía no había quedado claro, deberían inventar un Miguel Alcázar liliputizado para que nos hable a todos de sus lecturas desde la mesita de noche.

Miguel Alcázar es un tipo más alto que yo con el que me tomé unas cervezas en la Feria del Libro. Es un tipo mucho más guapo que en su foto de perfil y que en la foto de la solapa de su novela. Miguel Alcázar todavía no lo sabe, pero después de compartir unas pizzas, unas risas y unas cervezas voy a querer ser su amigo y querré volver a quedar con él cuando se tercie (¡pobrecito, lo que le ha caído encima!)

Miguel Alcázar es el autor de Bulevar 20, una novela de poco más de ciento cincuenta páginas que acabo de leer en dos mañanas, así, del tirón, y que voy a tratar de digerir en este texto.

¿Pero dónde pongo los puntos de sutura entre todo esto? Soy fan del blog de Miguel Alcázar / Quiero hacerme amigo de Miguel Alcázar / Soy lector de Miguel Alcázar. Si acaso sospechan de que mi opinión acerca de Bulevar 20 va a ser subjetiva y sesgada no estarán descubriendo América. No he dejado de ser en ningún momento desvergonzadamente subjetivo, parcial y prejuicioso desde mi primer post, así que no voy a empezar a guardar el decoro ahora con este hombre.

El caso es que Bulevar 20 habla de mi pasado. Por supuesto, todas las novelas que he leído en mi vida hablan de mí, pero esta, además, es generacional y, por supuesto, Bulevar 20 podría ser un bar de mi pueblo hace quince años.

De hecho, me recuerdo hace quince veranos saliendo a la discoteca de mi pueblo y preguntándome si alguna hija catalana de algún charnego de vacaciones en el Sur o si alguna despistada del pueblo de al lado que hubiera venido para cambiar de ambiente se fijaría en mí y me ahorraría sufrir el suplicio de ser feliz los sábados por la noche. Yo no lo sabía, pero yo no quería pasármelo bien cuando salía de fiesta, yo solamente quería un poco de comprensión en este mundo. Ahora leo Bulevar 20 y me encuentro de nuevo en el bar que es todos los bares de mi adolescencia y miro a mi alrededor y encuentro a todos aquellos que me rodeaban sin mostrarme un ápice de entendimiento. Al fin y al cabo, yo era tan miserable y tan mediocre como todos ellos y esa es la razón por la que todos salíamos al mismo lugar, para compartir nuestra desesperación y para llenar los huecos que iba dejando el absurdo con embriaguez y con el calor del deseo de colarnos en el escote de alguna chica. ¿Es esto la Posmodernidad, Miguel? ¿Agrupar a un montón de gente que se cree especial en una sola fiesta para que todos acaben sucumbiendo con igual estupor ante la más absoluta falta de sentido? ¿Nuestra adolescencia ha sido posmoderna, Miguel? Te pregunto por esto, porque no sé si tienes mucho sentido del humor o mucha mala leche. Tus personajes han logrado que me balancee entre la vergüenza ajena y la nostalgia. ¿Acaso quieres arruinarme el día sacándome el álbum de fotos?

  O, dicho de otra forma, Bulevar 20 es como hacer la película de Torrente con mis fines de semana en el pueblo. A todos nos jode vernos reflejados de esa manera. Podrías haberme alegrado el día, Miguel, y haber convertido ese bareto en el local de Abierto hasta el amanecer. He estado esperando toda la novela a que aparezcan los vampiros -o llámalo como quieras-, a que la tierra se abra y se lo trague todo; he estado esperando, por lo menos, a que esos mínimos guiños metaficcionales se propagaran y lo pusieran todo patas arriba. Pero no, no te has dignado a intervenir. Has dejado que la noche siga y se consuma, has dejado que vuelva a dolernos la esperanza. Y cuando me he dado cuenta de ello he querido irme de tu novela como quise irme de todos los bares de mi adolescencia.

Pero la he terminado de leer. Le doy la vuelta al libro y vuelvo a leer la sinopsis y pienso que me lo he buscado yo solito. Podrías haber hecho como otros y haberte emparentado con los grandes. Por ejemplo: el multiperspectivismo y la épica de esta obra nos traen a la memoria Mientras agonizo, de William Faulkner. O mejor aun: el fluir de conciencia de los personajes se va entreverando como solo lo supo hacer Virginia Woolf en Mrs Dalloway. Pero nada, tú no, tú has mostrado desde la sinopsis lo que íbamos a encontrar dentro y a mí me has dado una noche más de mi adolescencia.

Jean-Luc Nancy habla y yo muevo los labios

El intruso, de Jean-Luc Nancy

El intruso, de Jean-Luc Nancy

No sé muy bien cómo afrontar el comentario o la reseña de un texto que dice aquello que yo hubiera querido decir, o que yo tendría que haber dicho ya a los que me rodean. Si Jean-Luc Nancy expresa con lucidez, precisión e incluso lirismo en El intruso parte de mi actual experiencia vital con la Medicina y, por supuesto, lo que habré de afrontar el día que logre un trasplante de riñón, mi discurso se convierte en un balbuceo sobrante. Comenté aquí hace ya unos meses que iba a hacer una serie de lecturas que conformaran una pequeña bibliografía de la enfermedad; mi intención era incluirla en una ponencia que habría de dar en un congreso de Nefrología (esa ponencia tuvo lugar y subiré aquí el vídeo en cuanto me lo envíen). Ahora sé que ante aquel público de médicos y enfermeros debí haber abierto este minúsculo ensayo de Jean-Luc Nancy y haberlo leído de cabo a rabo. Eso sí que hubiera sido de ayuda para que todo aquel que se mueve en el ámbito de la Medicina tome una perspectiva distinta de lo que supone su trabajo.

A Jean-Luc Nancy le trasplantaron nada más y nada menos que un corazón. Esto ocurrió, según he podido calcular, a finales de los ochenta o principios de los noventa, hace ya veinticinco años. La Medicina ha evolucionado mucho desde entonces. Si ahora un trasplante es algo extremadamente traumático, en aquel entonces habría que sumarle unos medios técnicos mucho menos desarrollados. Lo que se mantiene vigente es la percepción que Nancy tiene sobre tal experiencia. En parte, puedo dar fe de ello. A mí todavía no me han trasplantado nada, aunque en algún momento pasaré por ese trance. De momento puedo hablar de la intrusión en otros términos bastante similares. He llevado alojado durante años un desfibrilador (por lo cual, por cierto, me sentía un cyborg). He sido abierto en canal -tal y como nos relata Nancy- en diversas ocasiones. Hoy en día he de asumir que hay un catéter bajo mi clavícula -del cual Nancy también habla- para afrontar periódicamente una diálisis. También llegué a conocer cómo el cuerpo te rechaza por culpa de los inmunodepresores con la aparición de pequeños ataques internos -y esto también lo explica Nancy magistralmente-. En resumen, todo este aparataje técnico y todo este rollo de enfermito solamente tienen dos consecuencias nefastas: 1) la disfunción de la identidad y 2) la conciencia permanente de la muerte. Y es aquí donde Jean-Luc Nancy da en el clavo en cada palabra que escribe, es en estos términos en donde a los médicos les queda tanto por aprender. Y es que Jean-Luc Nancy no se limita a hablar de su propia experiencia, como podría hacer yo o cualquier otro enfermo, sino que hace filosofía a partir de su experiencia. O, dicho de otro modo, no viene a brindar respuestas sino a incluir interrogantes que quizá hayan pasado inadvertidos en este ámbito.

En este blog siempre hablo de mí a través de los libros o de los libros a través de mí. Ahora no sé muy bien qué estoy haciendo. No sé cuál es el orden, la dirección de mis palabras. El texto de Nancy está hablando a través de mí. Para él, el intruso es un corazón; para mí, Nancy se ha convertido en mi propio intruso. Siento contar sobre mí mismo más de lo que podría parecer necesario, reconozco que tanta información personal puede llegar a resultar abrumadora, pero es Jean-Luc Nancy quien toma la palabra y quien me hace hablar en su lugar, quien me hace hablar hasta el momento de que ustedes lean su texto, El intruso, que se ha colado aquí y que no deja de predicar una idea demoledora tras otra.

Por cierto, este texto ha llegado a mis manos gracias al comentario de un lector de este blog. Se llama Jose (hasta donde yo sé) y pueden encontrarlo en http://elarcoflechero.blogspot.com.es/ (según el enlace en su comentario). Cabe añadir que Jean-Luc Nancy ya estaba en mi órbita, acercándose a mí lentamente, gracias a mi queridísimo amigo Fran, del que aprendo toneladas cada vez que comparto mi tiempo con él. Fran ya me había hablado de Nancy y con ello había colocado una placa de Petri dentro de mí, en la cual ha ido creciendo mi curiosidad. Les doy las gracias a ambos, porque este texto es una gozada autoexaminadora.

El amor en los tiempos de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

Antes a mí no me daba corte -cuando me ponía a leer en una cafetería, en el autobús o en un parque- dar rienda suelta a mis gritos de entusiasmo, lanzar el libro hacia arriba para celebrar sus páginas o dar golpes de satisfacción contra cualquier objeto inerte. No me importaba que los demás me miraran con cara de sorpresa o estupor y se preguntaran que qué diantres le ocurre al tío ese montando tanto jaleo con su dichoso librito. Con el tiempo, he ido sintiéndome más y más idiota y hace mucho que ya no hago esas cosas. Pero acabo de leer La casa de la fuerza / Te haré invencible con mi derrota / Anfaegtelse y me han entrado unas ganas locas durante su lectura de dar saltos en el asiento, de aullar como un mono feliz y de lanzarle el libro a la cabeza a alguien para que se dé cuenta de lo que se está perdiendo por no leer a Angélica Liddell. Me he zampado las tres obras de teatro del tirón, en un bar mientras esperaba a mi amadísima Elisa Calatrava, en la biblioteca del instituto mientras le hacía el examen a una alumna que se tenía que ir pronto y en clase mientras mis demás alumnos hacían el mismo examen. No me he atrevido a gritar y a revolcarme en el suelo de gusto ante el discurso brutal y sangrante de Angélica Liddell porque mis alumnos, pese a que me han visto hacer ya muchas payasadas, no tienen por qué soportar eso. A cambio, he usado Facebook para desfogarme y, al mismo tiempo, parecer un tipo civilizado.

 Todo este regocijo podría ser entendido como la consecuencia de leer una obra maestra, pero no. Estos tres textos no son una obra maestra, si acaso, algo mejor: una obra con la que identificarme, con la que conectar, con la que sentirme a gusto en sus virtudes y sus defectos. Una obra-líquido amniótico. Una obra por la que partirme la cara en los mentideros de las redes sociales y en las tertulias más sofisticadas. Por ejemplo, el próximo que me cite a Shakespeare para hablarme del amor le meto entre pecho y espalda un parrafazo de Angélica Liddell.

Y es que esta señora habla de amor, y con él define al sujeto de nuestros días en tensión con lo femenino y con una sociedad globalizada e intolerable. La histeria de los personajes de Angélica Liddell parece el resultado de un amor que ya no nos hace sentirnos unidos a nadie y tampoco sirve para sentirnos diferentes a los demás. En sus textos hay una brecha, una crisis, hay algo irreparable y no tengo ni idea de si el amor podría servir de sutura o de apoyo o si solo es un fantasma que nos atraviesa y que nos hace sentir un calambre o un escalofrío.

Le dije a un querido compañero de trabajo: “Angélica Liddell me recuerda a Jean Genet” y él me miró valorando y ya casi desaprobando mi ocurrencia. Entonces rectifiqué: “De hecho, no. Angélica Liddell es todo lo contrario a Jean Genet y por eso me recuerda a él”. Porque Angélica Liddell no se posiciona en el afuera y desde ahí destruye, sino que Angélica Liddell es, más bien, una autoinmolación emocional desde el mismo centro de la vida que tenemos montada; es una contradicción que agita los códigos de conducta que usamos habitualmente; es un espejo que refleja desde dentro.

A mí esta señora me ha pellizcado y me ha convencido. Me ha hecho sentir más vivo, más persona; incluso me ha hecho sentirme como una mierda, y yo se lo agradezco. La seguiré leyendo para descubrir más cosas de mí mismo y de todos ustedes. Y, sí, lo sé, estoy eufórico, pero es que estoy arrastrándome como puedo hacia el fin del curso y estos subidones me sirven de catapulta.

El silencio antes de Billie Holiday

Lady sings the blues, de Billie Holiday

Lady sings the blues, de Billie Holiday

Veníamos de ver The Artist en unos multicines de Segovia. La película nos había sobrecogido tanto que ni siquiera intercambiamos opiniones. Nos metimos en el coche sonriendo, felices de haber compartido un rato tan bueno. Nada más arrancar, mi amadísima Elisa Calatrava rebuscó en el compartimento de los cedés y metió en el lector un disco de Billie Holiday. El camino a casa fue extraordinariamente placentero. Yo no quería llegar, sino que ella condujera indefinidamente mientras Lady Day cantaba y el sabor de boca de la película se convertía en una explosión de bienestar en el estómago. Oíamos a Billie Holiday, callados y serenos, y el coche era una burbuja.

En estos días, en los que leía Lady sings the blues, la autobiografía de Billie Holiday, he visto en casa El silencio antes de Bach, de Pere Portabella y me he acordado de este otro silencio, anterior a Billie Holiday. En el caso de Portabella, cuando el silencio se rompe aparecen la abstracción y el malabarismo, el puzzle musical y visual en donde de nuestra cabeza hemos de sacar las piezas que faltan. El el caso de Holiday, cuando el silencio se rompe no solo hay armonías, también está su confesión descarnada, su visión del mundo, su ternura infinita hacia la vida, su valor de hablar sobre sí misma en este libro. Cuando Billie Holiday habla están todas las piezas dispuestas sobre la mesa, solo hay que observar el dibujo.

La vida de Billie Holiday fue realmente jodida, como si se tratase de una nueva versión del Lazarillo de Tormes, salpimentada con un intento violación cuando solo era una niña, prostitución, heroína, cárcel, racismo, más cárcel, más racismo, falta de familia, mala suerte con los hombres y más racismo si cabe. Con todo ello, Lady Day logró medrar en la vida, salió del agujero más hondo de su ciudad y se fue elevando como si su voz fuera una soga por la que poder trepar.

Lady sings the blues llegó a mis manos, porque un querido compañero de trabajo me lo trajo un día de improviso, a colación de una conversación que tuvimos hace tiempo. Ayer me decía que quizá haya algo de exagerado en una vida tan tormentosa y, a la vez, en la ternura y el optimismo con el que Billie Holiday seguía viendo el mundo después de todo, pero yo ya he conocido esa mirada transformadora. Yo conocí a Billie Holiday hace unos años, cuando vivía en Barcelona. No se llamaba B. H. sino V. L. Su vida, por suerte, no ha sido tan exageradamente trágica, pero V. L. ha pasado por situaciones que harían temblar a la mismísima B. H. Ambas comparten, por supuesto, la misma actitud ante el mundo, la que te recuerda que a lo mejor merece la pena estar vivo después de todo. Ambas te muestran las piezas del puzzle, ordenadas sobre la mesa, conformando la imagen de una felicidad posible.

A V. L. le he perdido un poco la pista y he vuelto a encontrarla en las páginas de Lady sings the blues. A lo mejor debería hacer un viaje y llevarle un ejemplar de la autobiografía de Billie Holiday.

Morirse con Tolstói

La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tostói

La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tostói

Hace un par de días me acordé de mi profesor Jorge Vicente Arregui. Me dio Antropología filosófica, una de las primeras (y pocas) asignaturas que hice de la carrera de Filosofía. Arregui fue el profesor que más y mejor removió mi cabeza durante mi época universitaria. Llegué a sus clases creyendo que no podría ponerme a la altura de los estudiantes de Filosofía y, al final, logré sacar una matrícula de honor (aunque luego confesó Arregui que mi matrícula y la de otro compañero eran debidas a que se trababa de los dos únicos exámenes que más o menos se sostenían). Arregui me marcó profundamente como profesor. Yo pertenecí a la última generación a la que dio un curso completo, porque al año siguiente murió de cáncer. Me acordé de él porque, en un momento del curso, nos dio un pequeño seminario acerca de la muerte. Acostumbraba a ejemplificar la filosofía con obras literarias y en este caso se sirvió de La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tolstói. “Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal”, recuerdo que nos decía para empezar a hablar de Tolstoi y de la idea de morirse. Gracias a aquel seminario leí La muerte de Ivan Ilich, obra que me impresionó muchísimo.

El ejemplo del silogismo que había estudiado en la Lógica de Kizevérter: “Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal”, le pareció toda su vida correcto en relación con Cayo, pero no en relación consigo mismo. Se trataba de Cayo como hombre en general, y eso resultaba totalmente justo; pero él no era Cayo ni hombre en general, sino que siempre fue un ser distinto por completo del resto: él había sido Vania con mamá y papá, con Mitia y Volodia, con los juguetes y el cochero, con las niñeras, y luego con Kátenka, con todos los entusiasmos, alegrías y dolores de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Es que para Cayo existió aquel olor de la pelota de cuero que tanto agradaba a Vania? ¿Es que Cayo había besado así la mano de su madre y es que para él había crujido así la seda de los pliegues del vestido de su madre? ¿Es que había armado un motín en la Escuela de Jurisprudencia a causa de ciertos pasteles? ¿Es que Cayo había estado enamorado como él? ¿Es que Cayo pudo presidir una reunión como él lo hacía?

“Cayo era mortal, en efecto, le correspondía morir; pero, en lo que a mí se refiere, a Vania, a Ivan Ilich, con todos mis sentimientos e ideas, es algo distinto. No puede ser que deba morir. Esto sería demasiado horroroso”. Tal era su estado de ánimo. “Si tuviese que morir como Cayo, lo sabría, me lo diría una voz interior; pero no ha ocurrido nada de eso; todos mis amigos, lo mismo que yo, comprendíamos que lo de Cayo era algo completamente distinto. ¡Y ahora salimos con estas! -se decía-. No puede ser, no puede ser, pero es. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hay que entenderlo?”

Ahora que releo esta obra, no he podido resistirme a la tentación de copiar, palabra por palabra, este pasaje, a partir del silogismo que mi profesor Arregui citaba como si estuviese soltando una pesada piedra sobre nuestros pupitres. Pienso en la ponencia de la próxima semana y pretendo mencionarles a los médicos a Ivan Ilich y contarles de de qué manera vivió su enfermedad hasta el día de su muerte. En un primer momento, su sentimiento de incertidumbre llegó a hacerle desconfiar de su médico, del tratamiento, del diagnóstico y comenzó a dar tumbos, preguntándole a otros médicos, tomando o no lo recetado, según el ánimo etc. (Y les puedo asegurar que esa desconfianza es un tormento equiparable a la propia enfermedad). Más adelante, se dio cuenta de que el problema no estribaba en que su dolencia fuera de riñón o de colon, sino en la posibilidad real y cercana, casi palpable, de su propia muerte. (Es entonces cuando la ansiedad nos consume). Y cuando ya le quedaba poco para morirse se dio cuenta de lo peor: toda su vida, llena de comodidad y de éxito social, había sido una mentira, se había equivocado viviendo, porque siempre había hecho exclusivamente lo que se esperaba de él. (¡Menuda putada!). Sus últimas palabras, las que sonaron en su cabeza en el último momento fueron: “Se acabó la muerte. La muerte no existe”.

Desde hace unos días, no dejo de reseñar La muerte de Ivan Ilich en todas las conversaciones que he tenido. El problema es que no he logrado que a mis amigos y compañeros les llame la atención esta obra y vayan corriendo a leerla antes de decidir cómo quieren seguir viviendo sus vidas. Yo tampoco les he insistido demasiado por miedo a joderles la cervecita en la terraza o el cafelito en el bar del instituto con la idea de que van a morirse. A ustedes, en cambio, les aseguro que leer esta breve obra de Tostói -apenas ochenta páginas- es más importante que la mayoría de cosas que vayan a hacer este fin de semana. Sean felices.

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Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,           de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMO 3: UN PEQUEÑO PASO

- El último hombre es el nuevo petróleo. Podría haber guerras en su nombre.

- Los clichés sexistas adquieren una cierta extravagancia sin hombres. Se convierten, quizá, en gestos irónicos. Hay quien los dice con nostalgia. Se revelan absurdos, tal y como ya lo eran antes.

- Metaficción: Contar la historia de un último hombre dentro de la historia del último hombre. El cambio de perspectiva desarrolla la trama de distintas formas. La historia no es la misma si el punto de partida es ficticio o si, por lo contrario, se está viviendo.

- Se menciona una novela de Mary Shelley, El último hombre, ciencia ficción apocalíptica en pleno Romanticismo y, seguramente, sustrato para este cómic.

- En una biblioteca, Yorick coge, entusiasmado, El día de la langosta, de Nathaniel West. Parece ser su novela favorita.

Mijaíl Bulgákov y la importancia del M.I.R.

Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

Hoy, en la estación de tren de Atocha, una chica muy guapa me ha sonreído y me ha ofrecido una tarjeta gratuita de Citibank llena de ventajas. Por un momento, he querido explicarle mi opinión política acerca de los bancos, he querido convencerla de que ambos sabemos que su regalo no es más que un truco artero de captación de clientes que, a posteriori, me supondrá un gasto indeseado, he querido preguntarle si estaba estudiando una carrera para animarla a que amueblara bien su cabeza y así, con suerte, podría dejar algún día este trabajo frustrante en donde sus potenciales clientes caminan con mucha prisa y le dicen que no sin detenerse a contemplar su candor y sus buenos modales. Pero a la hora de ensayar los enunciados apropiados me ha faltado el valor, o el entusiasmo, o la desfachatez. Yo también he sonreído y, tras un instante plantado delante de ella, no he sido capaz de entablar una conversación que podría haber amenizado un trecho de mis tres horas de espera en Atocha.

En una mano he tenido agarrada la maleta y en la otra Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov. Podría haber probado a romper el hielo hablándole del libro del que me quedaban por leer veinte páginas.

Le diría: “Mijaíl Bulgákov te ofrece, más o menos, las mismas ventajas que tu tarjeta de Citibank.”

Le diría: “De Bulgákov te puedes fiar, porque está muerto; no como tu banco, lleno de ejecutivos audaces y vigorosos dispuestos a hacer números con mi paciencia en una estación de tren.”

Estoy seguro de que ella habría sacado papel y bolígrafo y hubiera anotado autor, título y editorial y, además, habría apuntado la dirección de mi blog tras prometerme que me leería asiduamente y que me dejaría comentarios de vez en cuando.

Me diría: “Me engañaste en la estación de Atocha. Diario de un joven médico sí pide algo a cambio. La literatura también se vale de trucos arteros.”

Me diría: “Bulgákov pide tu miedo a ir al médico, pide el miedo a ponerte en las manos de otra persona, pide tu inseguridad y tu desconfianza, pide reconocer que los médicos son humanos y que pueden equivocarse.”

Diario de un joven médico es un conjunto de nueve cuentos encadenados, en donde un joven médico es enviado, recién salido de la Facultad de Medicina, a un recóndito e incomunicado pueblecito ruso. El médico jamás ha puesto una mano sobre un paciente y, de repente, toda la responsabilidad sanitaria de los alrededores recae sobre él. El médico tiene mucho miedo a equivocarse, el médico cree que lo van a despedir en cuanto mate a alguien por error, el médico no quiere que nadie descubra sus inseguridades, el médico le dice a los lectores lo que no puede decirle a los pacientes.

He gritado en el sofá de mi casa, he reído a carcajadas y me he puesto tenso, me he tapado los ojos, en ocasiones he abandonado la lectura con un extraño nudo en el estómago. Diario de un joven médico es una obra fundamental para hipocondriacos y para los pacientes que creen que buscando en Google se aprende Medicina. Debería ser una lectura obligatoria en los hospitales, como un protocolo que incluyera el libro en la medicación diaria junto al gotero o junto a los analgésicos. Los médicos, a su vez, también deberían leerlo sin excusas. Deberían leer cada uno de los nueve cuentos antes de hacer sus visitas de planta. Deberían mirar a los ojos a su pacientes, después de haber leído a Bulgákov y a sabiendas de que ellos han hecho lo mismo, así se produciría un brillo en los ojos o un entendimiento instantáneo o un gesto consolador que hiciera más fácil una relación tan íntima.

Podré vivir sin volver a leer a Helen Garner

La habitación de invitados, de Helen Garner

La habitación de invitados, de Helen Garner

La librera entendió el tipo de libros que andaba buscando. Puse en su mostrador La montaña mágica y Diario de un joven médico y ella se atrevió a aconsejarme dos títulos de dos escritoras completamente desconocidas para mí. Dejé mis prejuicios a un lado en pos de mi pequeña investigación literaria y le hice caso. Me llevé los cuatro libros, dos elegidos por mí y dos por ella. El primero que he leído es una de sus propuestas: La invitación de invitados, de Helen Garner.

Pensé en buscar información sobre la autora. Pero, en realidad, me da igual quién sea Helen Garner. Puedo imaginármelo: Es una señora que hizo un máster en escritura creativa. De hecho, era la empollona de la clase, había asimilado muy bien cómo se plantea una escena y cómo se desarrolla una trama. Sabía que era importante que el argumento tuviera gancho. Con todos esos conocimientos aprendidos en un curso universitario o en una escuela privada se puso a escribir una novela, porque tenía una buena idea para una novelita de ciento cincuenta páginas. Así me gusta pensar que salió La habitación de invitados. La realidad será otra, pero no es mejor.

La idea, por supuesto, es muy buena. De ella podría salir una gran novela, desgarradora, sutil, ambigua, dolorosa, redentora, qué se yo, habría que dársela a un buen escritor para que la explotara. Ni si quiera a un buen escritor, incluso me atrevo a decir que yo mejoraría esa novela. Porque, pese a que en La habitación de invitados hay una gran idea, la novela me ha resultado indiferente, insulsa, falta de estilo, en resumen, no ha habido pellizco.

Pero la idea me interesa mucho, en especial para mi pequeña investigación sobre la enfermedad y la literatura. Cuando hablo de mi relación personal con la enfermedad y de mis estancias hospitalarias con la gente, intento comentar siempre que los que verdaderamente sufren son los que están a mi lado. Yo, al fin y al cabo, soy un resignado. Mi situación es aguantar la enfermedad o morirme. Los demás lo tienen más difícil, han de buscar razones por las cuales estar o no estar a mi lado, sufriendo mi enfermedad conmigo, decidiendo que ellos también quieren compartir la enfermedad y tratar de sacarme adelante. A la gente siempre le digo que mis padres y mi pareja (sobre todo mi pareja, porque con mis padres hay un vínculo de sangre) podrían decidir no inmiscuirse tanto en mi enfermedad para que sus vidas sean más llevaderas y, sin embargo, meten la cabeza hasta el fondo y se joden como el que más para que ahora esté aquí en buenas condiciones, en condiciones de escribir esto. Ellos se deberían llevar la mayor parte del mérito de superar mi enfermedad. Por otro lado, también suelo decir que los enfermos tienden a convertirse en seres egoístas y egocéntricos. No nos culpo por ello, porque es comprensible, pero es interesante darse cuenta cuanto antes y no pretender que el mundo gire a nuestro alrededor, porque el mundo tiene que seguir funcionando pese a que nosotros no podamos seguir su ritmo.

De todo esto trata La habitación de invitados, pero yo creo que lo he dicho mejor en un solo párrafo. Una enferma terminal de cáncer se hospeda, en principio, durante dos semanas en casa de una amiga de toda la vida para recibir una terapia alternativa, pero su amiga de toda la vida no lleva del todo bien la implicación vital que supone estar al lado de una moribunda, necesita seguir con su vida y su amiga moribunda es un impedimento. La verdad es que la amiga con cáncer es odiosa, es una señora madura, muy espiritual y muy New Age, de esas de las que tanto se reía Michel Houellebecq en Las partículas elementales. Pretende curarse metiéndose tonterías en el cuerpo a cambio de varios miles de dólares y eso entra en confrontación con la escala de valores de su amiga anfitriona. En esta novela, el conflicto está cantado desde la primera página, pero en la vida real, en los momentos extremos, los conflictos llegan en situaciones mucho más sutiles. Los conflictos llegan cuando el enfermo y la familia escuchan valoraciones complejas de un mismo médico y e incluso un mismo diagnóstico es difícilmente interpretable al unísono. Cuando uno enferma gravemente, siempre se instala en una habitación de invitados en el instinto de supervivencia de los más allegados. Los demás tratan de sobrevivir/los demás tratan de sobrevivirte/los demás tratan de hacerte sobrevivir. Y uno tiene que atreverse a instalarse en otra parte.

La novela de Helen Garner es una oportunidad desperdiciada de contar algo transcendental.

Primerizo y abrupto Lem

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem

Empecé a leer a Stanislaw Lem gracias a mi amigo Lucas. Él me habló fervorosamente de Vacío perfecto y de Magnitud imaginaria. Me habló de su sentido del humor, de su síntesis filosófica y de su carácter borgeano. De hecho, en cuanto lo leí, Lem se convirtió en uno de mis escritores favoritos y me atrevería, incluso, a incluirlo en mi hipotético top ten. El mismo día en que Lucas y yo comíamos algo rápidamente en un bar de la Plaza Uncibay, vaya usted a saber por qué precisamente allí, y él hablaba acaloradamente de Lem y gesticulaba e hiperbolizaba y glosaba y, en fin, desplegaba todo su espectáculo verborreico-armamentístico y embaucador pro gran descubrimiento literario para nuestra órbita personal; ese mismo día, en su antiguo apartamento, curioseando entre las pilas de libros que inundaban su salón, me topé con otra obra de Stanislaw Lem, El hospital de la transfiguración. Le pedí opinión esperando nuevos fuegos artificiales que lo adornaran, pero solamente recibí un gesto de disgusto y un laconismo sorprendente.

Cuando comencé la lectura de El hospital de la transfiguración, primera novela de Stanislaw Lem, me acordé de todo esto. En las primeras páginas, encontré a un jovencito Stanislaw que abría la novela con cierta soltura, sonando un poquito a Dostoyevski y un poquito a Kafka, pareciéndose mucho a lo que se supone que entenderíamos por un escritor del Este. Me acordé del ceño fruncido de Lucas y fui preparando mis argumentos para rebatir su mohín. Pero, tras las primeras cien páginas, Lem ya no pudo aguantarse más, y tuvo que empezar a teorizar sobre lo humano y lo divino, rompiendo el ritmo de la novela y desertizando su prosa. En realidad, para mí, una de las cosas más apreciables de Stanislaw Lem es, precisamente, su capacidad de discurrir intelectualmente de un modo suave y fluido dentro de un maravilloso pulso narrativo. En Lem, las ideas se diseminan y se congracian perfectamente con una prosa magnífica. Pero en esta su primera novela, El hospital de la transfiguración, este don ensayístico-narrativo todavía no estaba desarrollado, por lo tanto, el resultado es árido y abrupto, ya que, cuando pretende transmitirnos alguna opinión filosófica, encaja a dos personajes soltándose parrafadas mutuamente e invitando al lector, molesto por la incompatibilidad, a saltarse páginas sin pudor alguno.

De todos modos, he decir algo a su favor. O, mejor dicho, he decir algo a favor de la literatura mediocre. Voy a decir una obviedad, porque me apetece decirla después de una comprobación casi de método científico. El otro día, llegué al hospital para someterme a una prueba. Llegué muy pronto y, para hacer tiempo, bajé a la cafetería para tomarme un té con miel, porque esa mañana me dolía mucho la garganta. Me tomé mi Earl gray de sobre frente al televisor de la cafetería y en ese momento emitían Mujeres y hombres y viceversa. Le dediqué veinte minutos a Telecinco, tras lo cual me di cuenta de que El hospital de las transfiguración no estaba tan mal, hubiera sido mejor leerlo durante esos veinte minutos. ¡Qué perogrullada!, ¿no? Pues yo creo que no está mal recordar este tipo de cosas.

Escribo esta reseña porque he terminado de leer la novela, en contra de mi costumbre de dejar a medias prácticamente todo aquello que no me convence. En realidad, me alegro de haberla terminado, porque el final mejora el conjunto. De hecho, he de confesar que hay un motivo que me obligó a terminarla, y no es solamente mi profundo e incondicional amor a Lem, sino que en estos días estoy recopilando una serie de novelas que traten, de algún modo, el ámbito de la enfermedad, la relación médico-paciente y temas similares. Los necesito para incluirlos como parte de una pequeña ponencia que haré en un congreso de Nefrología. Mi intención es que la literatura cultive en los médicos un sentimiento de empatía. El hospital de las transfiguración, en relación con esto, puede mostrar una idea impactante y devastadora de cómo los médicos pueden llegar a ver solamente enfermedades, olvidándose de la humanidad de los pacientes, obsesionándose con la cura del problema concreto sin valorar el conjunto de la persona. Los pacientes aparecen aquí como cosas y eso llega a convertir a algunos médicos en seres crueles y despiadados. Solamente un paciente, un poeta y filósofo, embauca a uno de los médicos con sus ideas, gracias a su carácter y a su nivel intelectual es capaz de mostrarse ante él como una persona y no como un objeto. La novela se sitúa a comienzos de la ocupación nazi, por lo que, al final de la novela, los nazis, por fin, llegan al sanatorio. Los médicos se ven obligados a reaccionar ante el peligro de que los nazis maten a todos sus enfermos y, de repente, empiezan a pensar en ellos como personas. Sus enfermedades psiquiátricas pasan a un segundo plano, porque la misión de los médicos ya no es curar, sino salvar. La reacción de los médicos es sorprendente, por el salto categorial que se produce y por el cambio de actitud ante una escala de valores distinta. Las enfermedades, de repente, se transfiguran en seres humanos.

Ahora que lo pienso, este último párrafo podría ser, en cierto modo, un espoiler. Por eso nunca me siento cómodo hablando del argumento de las novelas. O no, no lo es. Es evidente, desde el principio, que los nazis van a llegar y que va a pasar algo.

Imagino que mis lecturas sucesivas tratarán estos temas hasta el día de la ponencia. Si tuviera todo el tiempo del mundo frente a ellos, les enchufaría mi blog en el power point, porque lo voy a usar en las próximas incursiones para pensar sobre la enfermedad. Si ustedes, hipotéticos lectores, tienen sugerencias de lectura al respecto, no duden en hacérmelas llegar, por favor. Yo me esforzaré en preparar una intervención bonita y en ir lo suficientemente arreglado y aseado como para que mi madre se sienta orgullosa.

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Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,           de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMO 2: CICLOS

- Siempre hay alguien para quien el Apocalipsis resulta una buena oportunidad para reiniciar y hacer las cosas mejor. Esto suena a utopía o a religión.

- ¿Y qué pasa con los astronautas? Estar en órbita no es estar en el planeta Tierra.

- Cada vez más, esto se parece a una novela bizantina.

Como si David Foster Wallace fuera mi amigo

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Hace unos meses, con motivo del no sé cuántos aniversario del suicido de David Foster Wallace, la revista malagueña Manual de uso cultural supuso que yo estaría capacitado para decir algo mínimamente interesante o revelador sobre DFW por el simple hecho de que es uno de mis autores predilectos y me pidió que escribiera un artículo al respecto. No sé si la idea de que hiciera un breve recorrido a través de su obra fue mía o de la revista, pero el título pomposo, autoparódico y efectista está más que claro que se me ocurrió a mí y que fue el desencadenante de lo que se desarrollaría a continuación. Si quieren leerlo en su totalidad, este es el enlace, si prefieren que lo limitemos a unas cuantas referencias necesarias para las posteriores disertaciones de esta reseña, sigan leyendo y hagan caso omiso al hipertexto. A la hora de abordar un artículo sobre las obras completas de DFW me topé con un hándicap evidente pero no por ello insoslayable: a saber, no he leído todos sus libros publicados en español. Mi estrategia, como podrán suponer, fue la de incidir en las obras que conozco bien y pasar de puntillas, apoyándome en obviedades o en datos que había leído previamente en alguna parte, sobre la bibliografía fosterwalliana que aún me quedaba por leer. El libro de ensayos y opiniones Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer pertenecía a este segundo grupo que me haría caer en una suerte de vergüenza o al menos pudor intelectual si mi ego estuviera capacitado para caer en semejantes pozos. Sobre él -y sobre Hablemos de langostas- dije lo siguiente:

Si, en cambio, le apetece variar el tono, sepa que DFW puede ofrecerle otras experiencias distintas, como sus artículos y ensayos, en donde nuestro autor es enviado por varias revistas a diversos eventos para que escriba sobre ellos. Los resultados serán prodigiosos, llenos de ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad; por lo que en ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ y en ‘Hablemos de langostas’ usted podrá disfrutar de una serie de ejercicios periodísticos ideados en las antípodas del periodismo.

No se preocupen. No sientan agitación si acaso leyeron aquel artículo en su momento y fueron corriendo a su librería de confianza a por un ejemplar de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Lo hicieron muy bien porque a) DFW siempre es ir sobre seguro y b) acerté de lleno en lo que me atreví a decir acerca de esta obra. Encontrarán, tal como les prometí un tanto a ciegas en aquella ocasión pero anticipando a DFW como si ya me hubiera tomado muchas cervezas con él, “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”, así como unos “resultados prodigiosos”. Y es ahora cuando he de suponer que ustedes estarán esperando una prueba fehaciente de mi vaticinio. Quizá este fragmento podrá aplacar esa ceja alzada que mantienen desde hace varias líneas:

[...] Un porquerizo despierta de una patada a una cerda para añadir más serrín a su corral. La Compañera Nativa [amiga oriunda de DFW que lo acompaña a la feria de ganado] deja escapar un gemido de dolor. Está claro que hay exactamente dos partidario de los Derechos de los Animales en este establo. Los dos podemos apreciar una especie de pericia huraña e insensible en los profesionales agrícolas de por aquí. Un ejemplo perfecto de alienación de la tierra entendida como factoría, postulo. Pero ¿por qué tomarse la molestia de criar, entrenar y cuidar un animal de características especiales y traerlo a la Feria Estatal de Illinois si no te importa un comino?

Luego se me ocurre que ayer comí tocino y hoy ya tengo ganas de comerme mi primera salchicha rebozada de maíz de la Feria. Estoy aquí de pie retorciéndome las manos por culpa de un cerdo angustiado y luego me voy a zampar una salchicha rebozada. Por esta razón me resisto a ir corriendo a buscar a un cuidador de cerdos y pedirle que aplique reanimación de emergencia a este Hampshire agonizante. Me imagino cómo me iba a mirar el granjero.

No es nada profundo, pero en medio de los chillidos y jadeos del cerdo me llama la atención el hecho de que estos profesionales agrícolas no ven a sus animales como mascotas ni como amigos. Lo único que les preocupa es el rollo agrícola del peso y la carne. No sienten ninguna conexión ni siquiera en esta ocasión Especial autoconsciente para sentirla. ¿Y por qué no habría de ser así? Aunque estén en la Feria, sus productos continúan babeando, oliendo mal, tragándose sus propios excrementos y chillando, y el trabajo no se detiene. Me imagino lo que estos profesionales agrícolas deben de pensar de los que estamos aquí haciéndoles arrumacos a los cerdos: los visitantes de la Feria no tenemos que ocuparnos de criar y alimentar nuestra carne. Nuestra carne simplemente se materializa en el puesto de salchichas rebozadas, permitiéndonos separar nuestros apetitos saludables del pelo, los chillidos y los ojos en blanco. Los turistas nos podemos permitir nuestra simpatía por los Derechos de los Animales con las barrigas llenas de tocino. No sé qué sentido de la ironía deben de tener estos granjeros huraños, pero el mío se me ha curtido en la Costa Este y en este Establo Porcino me siento como un gilipollas.

He de reconocer que jamás me he tomado una cerveza con David Foster Wallace. Tampoco hemos salido a pasear juntos ni hemos sido compañeros en clases de yoga, cocina o cualquier otra actividad semanal que nos haga sentirnos mejores personas. De hecho, solamente lo conozco por sus libros. No obstante, siempre lo he tratado con cierta familiaridad, porque me recuerda, en muchas ocasiones, a un par de amigos míos muy queridos, que no voy a sacar a colación por no ruborizar a nadie innecesariamente. Esto no me da para escribir una tesis sobre DFW, pero sí para creerme con derecho a poner la mano en el fuego por él.

Y bien, después de haber leído Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, puedo tirarme al charco sin miedo y decirles que, en todo caso, me quedé corto cuando mencioné aquello de la “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”. DFW es sarcástico y corrosivo, pero sin aspavientos que lo hagan parecer ridículo, es lúcido y brillante y, para colmo, es un cabroncete con mucha gracia. Además, con DFW he aprendido cosas. Incluso me atrevería a decir que he aprendido cosas prácticas, por ejemplo, he aprendido algo acerca de cómo funcionan los torneos de tenis profesional; he aprendido que Carretera perdida es la película que estaba catalogada en mi memoria como Terciopelo azul, ambas de David Lynch, y he podido poner remedio a semejante confusión este fin de semana; he aprendido por qué diantres tanta gente ve tanta mierda en televisión; he aprendido por qué no acepté, hace unos años, la invitación de mis padres a hacer un crucero familiar y qué argumentos podrían haber sido consecuentes; he aprendido, sobre todo, que la vida diaria es mucho más interesante cuando uno la observa atentamente a través del prisma de Foster Wallace.

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TOMO 1: SIN HOMBRES

- Todos los varones del mundo mueren instantáneamente, menos Yorick y su mono Ampersand.

- ¿Qué hacen las mujeres en una sociedad construida y dirigida por hombres que se ha quedado sin hombres? Cualquier escala de valores ha de ser revisada.

- Hay quien trata de reconstruir el mundo tal y como era y hay quien trata de construir un mundo distinto. Dos vertientes del feminismo.

- Yorick es un secreto de Estado. Yorick, para colmo, es un tipo enamorado de una chica que está en el culo del mundo.

- Esto no es solamente un apocalipsis, sino una crisis de identidad a nivel mundial.

- Brian K. Vaughan, creador de este cómic, fue guionista de la teleserie Perdidos.