Vigilando a Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

En mi época de oposiciones, trabajé como recepcionista nocturno de un hotel. Pasaba las noches solo, apoltronado en mi sitio, vigilando el sueño de los clientes, previendo que, en el momento menos esperado, podría darse cualquier incidente que truncara la calma de mi turno. Me sentaba a esperar y nunca pasaba nada, noche tras noche, pero mi inquietud siempre era la misma. Imaginen, conservando esa experiencia de meses en mi recuerdo, cómo se puede leer una novela como El vigilante, de Peter Terrin (Rayo verde, 2014).

En esta novela, como en todas partes, caben muchas interpretaciones, hay distintos pálpitos, se alcanzan asideros incompatibles. Pero me atrevo a asegurar que El vigilante no provocará ninguna pelea de bar por motivos hermenéuticos; con este texto y una panda de amigos se disfrutará más de las discrepancias y las contradicciones que del mutuo acuerdo y el consenso general, porque se trata de un texto sugestivo, de los que sigues contándote a ti mismo cuando cierras el libro, tratando de calcular la deriva de la narración.

Y esa extraña virtud me hace no saber por dónde empezar. Quizá por el engranaje de las tres partes, por la idea de que El vigilante, en realidad, es un tríptico que, visto en conjunto plantea tres niveles de una lógica que ya en su primer estadio podría parecer condenada a un cul de sac, pero que, como demuestra Terrin, convierte el tradicional planteamiento/nudo/desenlace en un ejercicio acrobático sobre un fino alambre.

Trato de mantener mi hábito de no hablar apenas sobre el argumento de la obra, pero me apetecería contar de qué va la historia de cabo a rabo. Me apetecería -lo confieso- dar mi propia versión de los hechos. Me apetecería sentarme al lado de Peter Terrin y decirle, sin un ápice de rubor, que lo he calado desde el principio. Me voy a tener que aguantar y que atenerme a otras estrategias. Por ejemplo, durante casi toda la primera mitad de la novela pensé, una y otra vez, en El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, además de en una versión obrera de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. ¿Hasta qué punto estuvieron en la cabeza de Peter Terrin estas dos obras? ¿En qué momento decidió dejarlas atrás y seguir adelante solo? Fue, seguramente, en la segunda parte de este tríptico.

También pensé mucho en Kafka. Pero me mordí la lengua del discurso mental para no decirme Kafka y solucionar la propuesta que plantea El vigilante. En realidad, no vale decir Kafka, porque Kafka vale para casi todo, porque Kafka sirve como desatascador de referencias. Me parece mucho más preciso y acertado decir Cervantes, decir Don Quijote y Sancho sin el colchón de la comedia. Harry y Michel, en este caso, prometiéndose la villa blanca del señor Van der Burg-Zethoven como si se tratrase de la ínsula de Barataria.

Y también pensé en los supermercados Mercadona. Pensé en Sánchez Gordillo y los suyos entrando en uno de ellos para llevarse por la fuerza comida para los necesitados. Pensé, sobre todo, en esas imágenes que vi en las noticias de unos trabajadores del Mercadona defendiendo los productos de su empresa como si ellos fueran los dueños, poniendo en juego su integridad física para salvaguardar unas minucias de las que no dependen sus sueldos. Pensé en la estupidez supina del empleado haciendo el trabajo sucio del empresario, identificándose con él, queriendo complacerlo en todo, pensando en su bienestar como si ese fuera un verdadero sentido del deber. Pues bien, El vigilante también es esto, una lectura política de nuestro capitalismo, en donde la clase obrera afianza y perpetúa la lógica de quien vive a su costa.

El vigilante, de Peter Terrin, también está enhebrado con muchos otros hilos que darían para muchas cervezas en una charla distendida en una terracita. Como en Segovia hace mucho frío, me atengo al solipsismo de mi blog, pero si alguno de ustedes quiere alcoholizarse conmigo, lea la novela y quedemos en algún sitio con sol.

La guerra a la manera de Wajdi Mouawad

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Dejé de trabajar y me apunté al Taller de Teatro Municipal de Segovia. Era una espinita que tenía clavada desde hace tiempo. Poder medirme según los parámetros de un personaje inventado por otro; permitirme el lujo de no hacer de mí mismo durante un buen rato. Todavía estamos buscando el texto definitivo con el que trabajaremos hasta final de curso. Mientras tanto, poco a poco, mis lecturas se inclinan hacia lo teatral, abriendo una veta a la que todavía le queda mucho por ensanchar.

Aparecen multitud de posibilidades que desearía que lleváramos a escena. La última es Incendios, de Wajdi Mouawad. Esta lectura me ha dejado muy tocado, y me pregunto si lograría tocar con el mismo pulso a un hipotético público en el caso de que nos atreviéramos a construir tanta desolación y tanta tristeza sobre el escenario.

Quizá no hay tristeza más grande que la que describe Incendios, quizá no hay mayor horror, quizá no hay mejor paradigma del fundido en negro dentro de la propia vida. Podría describir en pocas palabras esa tristeza a la que me refiero, pero trato de morderme la lengua para no escupir el espoiler que se me acumula en la garganta. A lo sumo, me aclaro la voz y confieso que Sófocles estaría orgulloso de semejante vuelta de tuerca. Ustedes no quieren saber de qué va Incendios, y sus personajes tampoco hubieran querido saberlo. Todos éramos más felices antes de conocer esta historia.

Wajdi Mouawad es un autor canadiense de origen libanés, y nos habla de la guerra entre cristianos y musulmanes en su país natal. Pero eso es lo de menos. Incendios trabaja con el recorrido de la memoria y del descubrimiento personal para reconstruir la identidad (algo similar al funcionamiento de la película Vals con Bashir, de Ari Folman, que ha planeado sobre mi cabeza durante la lectura de esta obra). Pero eso es lo de menos. El meollo de la cuestión duele más que la suma de estas dos desgracias. Me parece que Incendios es un título muy apropiado, porque tras la lectura uno queda hecho cenizas.

Imagino a Carlos Tongoy leyendo esta obra. ¿Se le haría a él también un nudo en la garganta? Él siempre dice que la poesía no es lo suyo. Pero me acordé mucho de él leyendo el texto, porque para Wajdi Mouawad lo poético resulta imprescindible para poder afrontar ciertas realidades. De hecho, me doy cuenta de que me interesa ese tipo de teatro que se apoya en la metáfora y en lo simbólico para verbalizar de un modo más amplio, rotundo y certero con que solemos decir en nuestras vidas con un código practicable pero insuficiente. Incendios posee un lirismo arrollador, un lenguaje que excede los lugares comunes de la guerra.

¿Y qué se puede hacer con un texto así? Pues a Denis Villeneuve se le ocurrió hacer una película, darle mayor importancia a las imágenes y cercenar el texto. Se le ocurrió cambiar ciertos elementos, resumir ciertas piezas. Se le ocurrió darle una extravagante coherencia al conjunto. El resultado, para quien haya visto Incendies, de Denis Villeneuve, es una versión Disney del texto original. Un acercamiento comedido y despojado del desgarro que propone Wajdi Mouawad. No creo en eso de que el libro siempre es mejor que la película, pero en este caso no hay color. Comparen ustedes.

 

Mi primer y querido Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

C. tomó el libro de la estantería y lo levantó para mostrármelo. Aquí se resumen todos mis miedos actuales, me dijo. Yo tan solo me veía capaz de situar a Iván Turguénev en el marco de la Literatura para quedar bien en una hipotética conversación con alguna rusófila que se atreviera a sonreírme, pero reconozco que Turguénev ni siquiera había entrado todavía en la esfera de autores de los que tenía previsión de leer cuanto antes. C. me alcanzó un ejemplar de Rudin y lo acompañó de su propia faja publicitaria y anímica. Yo me había propuesto no comprar nada en la librería aquel día, pero salí con Rudin bajo el brazo y con la promesa de que no leería la contraportada ni trataría de averiguar nada antes de abrir aquella novelita.

Y así conocí a Dmitri Nikolaich (Rudin), así entró a casa de Daria Mijailovna ya en el capítulo III, tomándose su tiempo para irrumpir en la vida de los demás personajes al tiempo que en mi propia vida. Tanto Daria Mijailovna como los demás asistentes de su casa no tardaron en maravillarse ante el discurso ágil, torrencial y seductor de Rudin, pero a mí no se me hizo tan fácil tomar partido. ¿De qué va el Rudin este?, pensé. Está creando muchas expectativas, pero ¿a dónde quiere llegar con todo esto?, me dije. Ya mucho más adelante sentí pena por él, porque todo ese despliegue discursivo, toda esa prosodia llena de fuegos artificiales, acabó por convertirlo en un mono de feria dentro de una casa decente, llena de gente biempensante, donde todos aplaudían las piruetas de un joven que venía a hacer ruido y no lograba más que entretener las veladas.

Pobre Rudin, cuando sus palabras surtieron efecto, él no supo estar a la altura. Rudin tenía más miedo de sus propias ideas que del que pudo causarle a su asombrado y encandilado auditorio. A la hora de la verdad, ni fue capaz de integrarse y ser uno más entre la buena sociedad ni tuvo el valor de ser él mismo con todas sus consecuencias. Solamente supo envenenarse a sí mismo, acabó siendo un desahuciado de su propia cabeza. Ni fue un héroe ni fue un mártir.

Acabar como Rudin es una putada. Las medias tintas y el miedo a lanzarse de cabeza hacia una dirección pueden jodernos la vida mucho más que el fracaso más estrepitoso. Turguénev construye en Rudin un arquetipo que parece pensado para nuestros días, porque Rudin es el petardo en el culo que a tanta gente le haría falta.

Osamu Tezuka en Antena 3

El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka

El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka

A lo mejor es que la neumonía y el manga no se llevan bien. A lo mejor es que Osamu Tezuka es, de hecho, considerado como el “dios del manga” y yo, en cambio, un ateo militante. A lo mejor es que El libro de los insectos humanos no es el manual de entomología que yo buscaba. En los hospitales trato de leer cómics, porque, de lo contrario, los compañeros de habitación que me tocan no dejan de entreverar sus chácharas entre líneas. A lo mejor es que la fiebre no me ha bajado. A lo mejor es que el pijama me queda grande. A lo mejor es que no he sabido interpretar el amarillo y el negro de la portada.

No sumo nada si yo también doy fe de que el típico trazo de los personajes Disney con los que me he criado está en el giro de muñeca de Osamu Tezuka. Personajes humanos adoptando posturas de Mickey Mouse, Pato Donald y demás panda de animalitos para hablar sobre la identidad y la empatía; líneas de dibujos reconocibles que se prenden a mi infancia y que prometen llevarme a un lugar oscuro. Si resumiera las preguntas fundamentales que dan pie a la premisa de El libro de los insectos humanos, correría el riesgo de que ustedes quisieran leerlo, y esa no es mi intención, porque el cómo de este relato me ha quitado las ganas. Esto iba a ser una dieta de sordidez para mis cuatro comidas hospitalarias. Al principio, tanta ingenuidad en los personajes, tanta simpleza y tanta frivolidad, parecían el agujero perfecto donde meter la cabeza cuando las cosas se torcieran. Pero solamente he podido asistir (esperando un catapum, o un crash, o un boom, o un crack, o cualquier otra onomatopeya que hiciera trizas las páginas) a una trama que he creído estar viendo en una película de sobremesa de Antena 3; ustedes saben a qué películas me refiero, a esas que tratan de cosas horribles pero que son aptas para todos los públicos, a esas que están hechas con violines estridentes en lugar de violencia, a esas con las que uno puede dormirse con la tranquilidad de que eso solo pasa en las películas.

La culpa, por cierto, también la tiene Perdida, de David Fincher. He querido que El libro de los insectos humanos sea como esta película (ambas obras podrían haberse rozado y yo me hubiera estremecido). Podría haber sido posible si Osamu Tezuma hubiera crecido viendo El club de la lucha en lugar de los dibujos Disney. Nada de esto ha ocurrido, solo una lectura rápida e insípida, una película de Antena 3 para matar el tiempo hasta que me den el alta.

Bret Easton Ellis por culpa de Miguel Alcázar

American psycho, de Bret Easton Ellis

American psycho, de Bret Easton Ellis

Podríamos empezar echándole la culpa a Miguel Alcázar, a sus frecuentes referencias a Bret Easton Ellis como si de una soterrada campaña publicitaria se tratase. Hace poco pasé delante de una librería de segunda mano y vi un ejemplar de American psycho. Lo compré, le hice una foto y la subí a Facebook etiquetando a Miguel para que se diera cuenta de mi hallazgo. Esto provocó la siguiente conversación virtual:

MIGUEL ALCÁZAR: Wala! Tío, pues ya creo que son una rareza… Yo solo la tengo en inglés! A ver si te gusta… lo más seguro es que no, quizás.

YO: Bueno, habrá que leerlo para descubrirlo. A ver si le meto mano pronto. Sé que a ti te encanta, pero ¿por qué crees que a mí no me va a gustar? Quizá sea bueno estar prevenido.

MIGUEL ALCÁZAR: No, no: no sé. Solo que últimamente con todos los que hablo que se la han leído recientemente echan pestes de ella: que si ha envejecido mal, que si es superficial, que si aburre y demás etcéteras con los que no estoy nada de acuerdo. Pero bueno, siempre ha sido así: este escritor tiene el mismo número de detractores que de admiradores incondicionales.

YO: Entonces, se me ocurre preguntarte si hay alguna clave que tenga que tener en cuenta con él. Seguro que tú has visto algo que los demás no han visto.

MIGUEL ALCÁZAR: No, no: soy muy contrario a ese tipo de pensamiento por el cual “hay que saber” leer a un autor. Tú ve con tu bagaje cultural y con tus experiencias y ya veremos si surge el amor o el odio. En princpio, si te gustan las etiquetas “existencialismo”, “sátira social”, “narrador complicado”, “minimalismo”, “ironía”, “violencia”, te debería gustar. Y a ver, que la novela es muy famosa y respetada y le encanta a medio mundo, no creo que mi pasión por ella sea solitaria o rara. ¿Has visto la película? Aunque no está nada mal (es una buena adaptación convencional y comercial, tampoco mucho que ver con la novela, pero bien) espero que no, por temas de argumento y tono general. Creo recordar que te gustaba DeLillo, que es el maestro de Ellis, así que tienes probabilidades de que te guste.

YO: Sí, sí he visto la peli, qué le vamos a hacer. En cuanto a tu pasión, no es que sea solitaria y rara, sino que tengo en consideración tu opinión y no la de ese medio mundo del cual no me puedo fiar. Delillo me chifla. Eso es un indiscutible punto a favor en mi predisposición.

MIGUEL ALCÁZAR: Genial. Ponte a leer. Está excelentemente escrita, con un estilo elegantísimo, y tiene uno de los mejores narradores en primera persona que he leído nunca. A ver si te gustara. Yo la he leído cuatro veces ya.

YO: Pues mira, en cuanto termine “La mirada del observador”, es muy probable que le hinque el diente a Ellis. Puede ser una buena lectura para esta época de microviajes que tengo pendiente.

[…]

Y la conversación sigue. También intervienen otras personas. Pero lo dejamos aquí, porque ya se han hecho ustedes una primera idea. Además, ahora que la he leído, yo también quiero decir algunas cosas al respecto:

¿Por qué hay quien le reprocha a esta novela que ha envejecido muy mal, Miguel? Es cierto que se centra en una generación muy concreta, la de los yuppies, en donde hay quien vive con la convicción de que el triunfo ha llegado para quedarse, de que ya nada puede salir mal y de que la inmortalidad es un bien de mercado. Un capitalismo pletórico que hoy le parecería desarticulado e ingenuo incluso a un ser con tanta pose como Steve Jobs. Hagamos un ejercicio de expansión.

Empecemos retrocediendo, porque a mí me ha parecido ver a Patrick Bateman treinta años antes en Don Draper. El capitalismo en un estadio previo nos da un protagonista -igualmente guapo, rico, mujeriego y triunfador- que también oculta un secreto. Ni Draper ni Bateman son la persona que dicen ser. Ambos se ven obligados a mimetizarse entre los demás para sobrevivir como predadores. Ambos sufren por su secreto y, de hecho, lo que ocultan toma mayor peso cuanto más se esfuerzan en comportarse como les han dicho que hay que hacerlo. Entonces, ¿cuál es la relación entre Mad Men y American psycho? La novela de Ellis alcanza el paroxismo y, con ello, multiplica los síntomas de Don Draper hasta obligarlos a manifestarse a la manera de Patrick Bateman.

¿Y puede ser peor? Bueno, ya he mencionado antes a Steve Jobs. O, dicho de otro modo, a un psicópata como Patrick Bateman le puede dar por convertirse en místico y recorrer la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva encapsulado en una limusina a lo Erick Parker en Cosmópolis. Lo que viene después ya lo conocemos, toda esa paranoia autojustificativa de la siguiente escena de Margin call (imaginen ahora a Patrick Bateman en este coche):

American psycho seguirá siendo una novela de actualidad mientras sigamos creyendo que Patrick Bateman no es el peor de los personajes que aparecen en ella. Y, a riesgo de resultar un pesado, vuelvo a la carga con Jean Genet. Su literatura es el único antídoto que encuentro a mano contra la ética y la estética que propone Ellis. Genet creó una obra capaz de paliar lo que se nos venía encima. Hay que leer más a Genet, Ellis nos lo recuerda. El ostracismo de Genet es el mejor remedio contra la homogeneidad que sufre Bateman.

Todos se confunden unos a otros. Todos son iguales. Todos son gente de éxito intercambiable:

-¿Por qué no echaste a Price?

-Dios mío, Patrick -dice ella, con los ojos cerrados-. ¿Qué pasa con Price? -Y dice esto de un modo que me hace pensar que se ha acostado con él.

-Es rico -digo yo.

-Todo el mundo es rico -dice ella, concentrada en la pantalla del televisor.

-Y es guapo -le digo.

-Todo el mundo es guapo, Patrick -dice ella, ausente.

-Tiene un cuerpo estupendo -digo.

- Ahora todo el mundo tiene un cuerpo estupendo -dice ella.

Todos se esfuerzan en seguir las reglas inclusivas del vencedor; todos se esfuerzan en ser la misma persona. Resulta tan extremo, patético, histérico y gracioso que, a pesar de haber perdido toda señal de civismo, se agarran a un libro llamado Elegancia: Guía de la ropa masculina de calidad como manual de comportamiento social. En toda la novela no apere ninguna otra brújula que describa buenas conductas, es fácil comprender que Bateman se sienta tan desorientado. Y, sí, he dicho gracioso, la novela es tan cruel y despiadada que resulta tremendamente divertida. Hay que parpadear mucho para discernir entre lo grotesco y el hiperrealismo de sus páginas.

¿Pero qué le pasa a Patrick Bateman, Miguel? ¿Por qué no es feliz?, ¿por qué necesita matar a esas pobres personitas para no sentirse vacío? ¿Acaso quiere llamar nuestra atención?

Da igual lo que lloriquee Bateman. Lo peor es que la culpa no es suya (no solo suya, quiero decir), porque sus amigos no van a ir a abrazarlo. Como he dicho más arriba, esta novela seguirá estando de actualidad mientras sigamos creyendo que Patrick Bateman no es el peor de los personajes que aparecen en ella.

Mi necesidad de seguir… un comportamiento homicida a escala masiva no se puede, bueno, corregir -le digo, midiendo cuidadosamente cada palabra-. Pero… no tengo otro modo de expresar mis… necesidades bloqueadas.

El cinismo de todo el mundo es tan amplio que Bateman puede hacer declaraciones de esta índole entre los suyos sin que ni uno solo de ellos pierda la naturalidad y la compostura. Es exactamente igual que la escena del coche de Margin call. Uno puede comportarse como un verdadero sociópata y luego quedarse tan ancho.

Patrick Bateman, además, podría ser un personaje de Thomas Bernhard. Los separa un estrecho lapso. Los separa el preciso momento en el que desahogarse verbalmente ya no funciona. Los personajes de Bernhard están a un paso de Patrick Bateman. Y viceversa. Es decir, a medida que reconoce su locura, que toma conciencia, que la asume, que se resigna a ella, Patrick Bateman va cobrando humanidad y se va alejando de los demás a los que se parece tanto, convirtiéndose, poco a poco, en un ser sin esperanza ni aliento dentro de una novela de Thomas Bernhard.

Y ya me van pesando los párpados de tanto darle vueltas a este personaje. Acabo de regresar de un concierto de Albert Pla -¿qué tal se llevaría con Bateman, Miguel?- y quiero acostarme. No he podido hasta ahora porque necesitaba ordenar un poco todo esto. He pasado demasiadas horas a solas con Patrick Bateman. Y me dejo cosas en el tintero. Lo de la peli, y hacer un juego de palabras entre los dos psicópatas interpretados por Christian Bale: Bateman/Batman. Pero, sobre todo, hablar de David Foster Wallace, intentar encontrar pasadizos entre ambos. Pero me da pereza, Miguel, seguro que no te voy a impresionar con eso. Ni a ti ni a nadie. Si no fuera tan tarde, releería Señor blandito, porque algo me dice que ahí hay conexión. Esto se ha convertido en un texto demasiado largo. Lo dejamos aquí, ¿vale?

Oler la psicoesfera de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

En realidad, me gusta que mis amigos acaben conociendo mis preferencias literarias. En ocasiones me he quejado de que la gente me recomiende, me preste o me regale libros que no he pedido. Pero, no nos vamos a engañar, me hace muy feliz que alguien descubra de qué rollo voy, qué me mola y qué no soporto, por qué literatura me partiría la cara con alguien. La otra mañana me tomé unas cervezas con J. Llevaba todo el verano sin verlo. Me recomendó La mirada del observador, de Marc Behm, me dijo que me iba a gustar a mí. Compré el libro sin preguntar mucho más, porque dijo te va a gustar a ti, y con eso me bastó. Más tarde, supe que ya había leído una reseña de Carlos Tongoy. Es decir, la novela estaba presentando buenos avales.

Atreverse a recomendarme una novela negra inmediatamente después de haber visto True detective.

Yo creo que también he podido oler la psicoesfera en La mirada del observador. Agudizando un poco el olfato, distingo un cierto aroma a novela de fantasmas. De principio a fin, ambos protagonistas cruzan la narración de forma espectral. Están y no están. Son cuerpo presente y materia que traspasa las paredes. Hay quien los ve y hay quien no. Parpadeamos y no siempre damos crédito a lo que ven nuestros ojos. Pero así son las novelas de fantasmas, más negras que la novela negra. Por supuesto, para que funcionen, hay que creer en los fantasmas, del mismo modo que hay quien cree en Humphrey Bogart. La diferencia es inapreciable. Marc Behm solo les pedirá un poco de fe.

Y si no es una novela de fantasmas, al menos se parece a Otra vuelta de tuerca. Yo, al menos, me he tirado media novela pensando en Henry James. He estado haciendo cábalas y eso me ha mantenido bien entretenido entre asesinato y asesinato. Aposté a varios finales y, por suerte o por desgracia, me equivoqué en todos. También, hacia el final, pensé en Lolita, de Nabokov. Pensé en una versión de Lolita contada en tercera persona, en donde el discurso de Humbert Humbert no solapara la visión del mundo de Dolores Haze. Pensé en la posibilidad de situarse alternativamente a un lado y a otro y de tener miedo de trastabillar y de hacerse daño entremedias. Ese, quizá, sea un gran logro de Marc Behm con el perseguidor y la perseguida.

Porque, además, aunque Marc Behm no sea un tío con el glamour de Hemingway (por suerte) ni con la fama de Faulkner (por desgracia), tiene una prosa formidable que te deja pegado a la página y solo te suelta cuando te pegas a la siguiente. Es capaz de administrar con mucho tino la tensión de las escenas y luego golpearte duro con metáforas bastante bestias.

También tengo un apartado de reproches o, si acaso, dudas sobre esta novela, pero no puedo airearlos aquí, porque están directamente relacionados con la trama. Y de esas cosas está muy feo hablar en público. Por lo tanto, invítenme a tomar unas cervezas y lo comentamos en privado. Yo, de momento, voy a llamar a J. y a quedar con él para charlar sobre todo esto.

Thomas Mann se gusta a sí mismo

La montaña mágica, de Thomas Mann

La montaña mágica, de Thomas Mann

Estando en la universidad, aquella novia húngara que tuve me regaló un libro de Thomas Mann, Tonio Kröger. Yo, por aquel entonces, me debí creer tan a la vanguardia y tan experimental, que la lectura de aquel pequeño texto me pareció infumable y eso conllevó algunas palabras tirantes con mi exhúngara. Esperaba, hoy día, que mi regreso a Thomas Mann fuera una reconciliación con un autor consagrado, ya que mi visión de la literatura podría considerarse más madura y más amplia. Pues bien, a lo mejor me sigo creyendo demasiado listo, porque mi relación con Thomas Mann no ha parecido mejorar mucho con el tiempo.

 Me atreví, poniendo carita sonriente y abriéndole los brazos y el pecho, con las mil ciento cincuenta páginas de La montaña mágica porque habría de ser la piedra angular de mi diminuta recopilación bibliográfica sobre la enfermedad en la literatura, de la cual podrán encontrar el rastro en varias entradas de meses anteriores. Pude decir de ella -mientras todavía me anegaba en las primeras decenas de páginas- en el congreso de Nefrología al que fui invitado como ponente, que era una mina de oro para entender la relación médico-paciente y el proceso de identidad del enfermo. Personajes de la talla de Lodovico Settembrini me iban dejando perlas como esta:

Y es que, en verdad, La montaña mágica se puede escalar desde dos de sus flancos. El que a mí me interesa es el concerniente a la sociología del enfermo que se crea allá arriba en el sanatorio, el proceso de aceptación de la enfermedad y de inclusión en la identidad como elemento que determina la vida. Este es el propósito de Thomas Mann que a mí me ha encandilado y me ha dado fuerzas para seguir leyendo, pese a los diversos descansos que le he dado al libro; este es el camino en el que me he sentido iluminado y comprendido y querido y conectado al poder de la literatura para explicar el mundo.

Pero hay otra cara de esta lectura, un montón de páginas por las que he transitado y otro buen tanto que ya ni siquiera me da vergüenza confesar que me he saltado (quizá me dé vergüenza en el futuro, cuando tenga que hacerme el interesante delante de los demás o cuando pretenda ligar con alguna  chica enumerándole mi exquisito calendario de lecturas). Me refiero al otro propósito palpable de Thomas Mann, a esa necesidad de demostrar su erudición a lo Saber y Ganar y sus tibias y continuas reflexiones filosóficas absolutamente carentes de chispa. Seguramente, Thomas Mann sabía todo lo que había que saber en su época y estaba empeñado en demostrarlo a toda costa, aunque para no dejarse nada atrás tuviera que someter a algunos de sus personajes más relevantes -por ejemplo, Settembrini y Naphta- a un duro estado de marionetización. En la novela, con mucha frecuencia, le dan delirios de ventrílocuo y los pone a dialogar como si le hubiera metido una mano por dentro a cada uno y las moviera a modo de teatrillo durante páginas y páginas. Asistiendo a cómo Thomas Mann “aparece” una y otra vez en su propia novela sin que nadie lo haya invitado, solo puedo suponer que este señor se gusta mucho a sí mismo. De hecho, apostaría algo a que, hoy día, Thomas Mann sería opinólogo y tertuliano de la tele, y hablaría con igual autoridad del caso de las tarjetas Black como del virus del ébola.

Después de todo esto, podría atenuar mis palabras recordando que Thomas Mann escribe muy bien. Y es cierto, ¿por qué no?, pero en su estilo también se ve ese ser anfitrión constante para el lector, recordándonos de vez en cuando que estamos en una narración y que es él -usando un plural de cortesía- quien se encarga de organizar el cotarro narrativo que tanto estamos disfrutando. Tanto es así que me atrevería a decir que se trata de una prosa que envejecerá mal.

De todos modos, recordemos que, hoy día, La montaña mágica es considerada un clásico indiscutible y, para colmo, a Mann le concedieron el premio Nobel; por eso, sería sensato avisarles de que aquí el problema estriba en que yo sigo creyéndome un listillo y un modernete con un criterio despiadado y un gusto literario mitomaníaco. Prueben ustedes, si se atreven, a meterse entre pecho y espalda La montaña mágica, pero luego no digan que yo no les advertí de lo que se iban a encontrar.

Georges Perec o 1+1=3

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

Asistí, por fin, a mi primera conferencia de las organizadas por la Academia de San Quirce, aquí en Segovia. Mi motivación era oír, entre otros, a César Rendueles, del que había leído algunos artículos en el periódico y que últimamente estaba en boca de muchos tras su última obra, Sociofobia (Capitán Swing), y que, al fin y al cabo, era un tío que me llamaba la atención, del que me seducía su discurso y que me caía -de algún modo- bien. Rendueles, entre otras cosas, habló de capitalismo y, sobre todo, contra el capitalismo. Su ponencia, con voz apresurada y de una vocalización en ocasiones reprochable, me alegró el día. Y no fue -o, al menos, no solamente- por la tesis que planteara, sino porque usó como recurso de apoyo un hábil resumen de W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec, obrita que tenía yo aguardando en mi biblioteca a que llegara un tipo así y me pusiera los dientes largos.

Intentaré desarmar las piezas para que se hagan una idea de cómo, al final, todo encaja y hace clic. Perec trata de seguir dos caminos en este libro. Ambos van en paralelo, pero, a priori, no parece que vayan al mismo lugar oscuro y doloroso. Vamos alternando nuestros pasos de uno a otro, dando saltitos como si estuviésemos jugando a la rayuela.

El recuerdo de la infancia

Perec trata de llevar a cabo un elaborado ejercicio de memoria. Busca sus primeros recuerdos y de ahí va tirando, tratando de bordear las lagunas; de señalarlas, bordearlas y seguir adelante. Se nos muestra cuidadoso y artesanal, a la manera de aquel otro libro suyo, Pensar, clasificar. Leyéndolo, se me ocurre que Perec tiene dos cosas en cuenta: 1) que la memoria también es ficción, por lo tanto, hay que avanzar a sabiendas de que puede trastabillar y caer en la red de lo imaginado y 2) que su condición de judío que habla de su infancia lo condena a ser un testimonio más del Nazismo, pero que no es necesario decir algo nuevo y representativo al respecto, sino que solo hay que ser honesto con la propia memoria, quede donde quede la sombra del Holocausto.

Por lo demás, asistimos a su infancia, a los restos del mosaico. Perec niño nos arroja luz desde su ingenuidad y su candidez. Nosotros -él ya adulto y nosotros los lectores-, conocedores de la Historia, no podemos evitar contemplar la oscuridad que se cierne sobre la historia que nos está contando. Hasta aquí, esto sería una biografía. Pero lo más importante no es el texto en sí, sino las fuerzas gravitatorias que se crean con el otro texto.

W

Georges Perec escribió a los doce años su primer cuento. Una historia a lo Stevenson sobre una isla perdida en donde existía una sociedad de atletas. Para llevar a cabo este experimento literario, reescribe el cuento de su infancia como senda alternativa a su proceso de memoria. En W se nos plantea un mundo donde el ideal olímpico es el sentimiento más arraigado en la sociedad y en donde la victoria es el mayor propósito de todos los ciudadanos atletas. Lo que en un primer momento parece un cuento borgeano con tesis filosófica imbricada en una prosa precisa y preciosa se va extendiendo y ordenando de manera que se alza ante nosotros todo un sistema de pensamiento, un sistema sociocultural estructurado como las reglas del juego de un gran Risk del Deporte. Algo que excede la propia historia y que, sin embargo, funciona como un reloj. La sensación más cercana que se me ocurre es aquel maravilloso pasaje de La broma infinita en donde se habla del Escatón, ese juego de estrategia sobre pista de tenis.

A medida que vamos conociendo la sociedad de W, nos damos cuenta de que todas sus reglas podrían resumirse en la ley del más fuerte o en un sálvese quien pueda. El atletismo está desempeñado por verdaderos sociópatas que nos hacen recordar, capítulo a capítulo, los postulados neocon del libre mercado que tanto se predican lejos de W, es decir, aquí mismo.

¿Y para esto tanto rollo?

No, todavía no se han vuelto a unir los caminos. A medida que seguimos en W, a medida que se abre más y más nuestro ángulo de visión, nos damos cuenta de que, más que el reflejo del capitalismo salvaje, lo que allí vemos, en última instancia, es un campo de concentración. Es en el último capítulo, dedicado al camino de la memoria y no al de la ficción donde Perec añade un texto de un tercero y por fin todo encaja. Y el libro nos da en la cara con todo el lomo, y las dos historias que hemos ido recorriendo chisporrotean y crean un fuerte oleaje entre sí. Ahí es cuando sabes que cada parte hubiera valido la pena por separado, pero que la relación entre ambas es el experimento vital que Georges Perec estaba persiguiendo.

Shakespeare, Shakespeare, Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

 

/1/ SHAKESPEARE

Hace un mes o así, en una de mis sesiones de diálisis, me apeteció ver una película en la pantalla de mi ordenador, sirviéndome de unos auriculares para no molestar. De entre todas las posibles, elegí una por la cual no tuviera especial interés en verla con el proyector; sencillamente pretendía ver una película que no perdiera muchos puntos dentro del pequeño marco en la que iba a ser reproducida y que me hiciera más llevadero el tiempo en la cama de hospital. Me decanté por Coriolano porque no preveía nada a favor ni en contra de la ópera prima de Ralph Fiennes y porque jamás había oído hablar de esta obra de William Shakespeare.

Observar sin expectativas es un regalo del que en contadas ocasiones disfruto. Pese a las incómodas interrupciones provocadas por el escaso flujo de megas del internet hospitalario y pese a las necesarias interrupciones del personal sanitario, presencié cómo dentro de mi ordenador crecía un portentoso monstruo y se hacía fuerte. La experiencia fue tan inesperada y sobrecogedora que no supe distinguir con claridad los miembros que conformaban al monstruo. ¿Cuánto era de Shakespeare y cuánto de Fiennes?

/2/ SHAKESPEARE

Por supuesto, a continuación fui a una librería a hacerme con un ejemplar para conocer el texto. Coriolano es una de de las llamadas obras romanas de William Shakespeare, pero está claramente emparentada con sus tragedias. Si me preguntan, me parece superior a las dos o tres que ya he leído (Romeo y Julieta, Otelo y Hamlet). De hecho, ahora me siento impaciente por devorar sus demás tragedias para comprobar si hay alguna que supere esta maravilla.

Quizá me encuentro entusiasmado porque este Shakespeare hace mejor sociología política que todos los programas de análisis de la actualidad que puedan verse en la parrilla televisiva. Que Shakespeare siempre acierta con la esencia humana es un lugar común, pero que también refleje el comportamiento de una sociedad es un lugar en el que no había estado antes. El personaje de Coriolano representa todo lo que odio, él -por unas razones- y el resto del reparto de políticos -por otras- son lo que hoy en día desearía derrocar y sepultar; sin embargo, también he gritado de emoción dejándome embaucar por la épica, me he conmovido ante la madre de Coriolano, he suspirado por la suerte de todos los personajes.

Tuve un compañero de trabajo con el que procuraba llevarme bien pese a nuestras discrepancias. Me dijo un día, tomando una cerveza, que para él existían dos pilares fundamentales: la familia y la patria. Logré no reírme en su cara. Me mostré muy educado. No fui capaz de contemporizar con él, pero, al menos, pude añadir mis “matices ideológicos” con delicadeza y elegancia. Pues bien, esta vez no tengo por qué repetir mi postura: la perdición de Coriolano es fundamentar su vida en las mismas ideas que mi compañero de trabajo. Coriolano es un personaje espectacular y grandioso, pero también es un mulo, un animal de poca inteligencia. Ahora puedo reírme de él como no lo hice de ese compañero de carne y hueso que me soltaba semejantes chorradas mientras sostenía una caña y sonreía con autocomplacencia. Gracias, Shakespeare, por darme una segunda oportunidad para no callarme.

/3/ SHAKESPEARE

Nada más terminar el libro, vuelvo a ver la adaptación cinematográfica de Ralph Fiennes. Esta vez en el proyector, esta vez con los altavoces de mi home cinema. Y ahora me gusta tres veces Coriolano. Lo he descubierto, lo he leído atentamente y, por último, he disfrutado de todas las decisiones a la hora de adaptar cada escena. Por supuesto, Fiennes se deja atrás algunos pequeños pasajes un tanto irrelevantes, pero, a cambio, logra enriquecer el texto en cada una de las soluciones que propone, haciéndolo más ágil en la pantalla gracias a partir de acertadas elipsis y condimentándolo con imágenes que iluminan el sentido del texto original.

Para más placer, todavía suena en mi cabeza el timbre de voz de Ralph Fiennes. Todos los actores ponen el listón muy alto, pero, además de este en el papel protagonista, tengo que subrayar con un estuche entero de rotuladores la interpretación de Vanessa Redgrave, haciendo de Volumnia, madre de Coriolano.

En conjunto, una auténtica gozada. Por separado, también.

Thomas Bernhard y el sufrimiento de los demás

Helada, de Thomas Bernhard

Helada, de Thomas Bernhard

Mi mes de septiembre. Podría ponerlo en un jarrón y esperar a que echara flores. Llegará primero el invierno, pero septiembre trae consigo los cambios y eso incluye las flores y los ciclos y las modas. Llegará el invierno, y yo ya lo atisbo con Helada, de Thomas Bernhard, en una mano y un puñado de cenizas en la otra. Septiembre es el mes en el que la antes conocida como mi-amadísima-Elisa-Calatrava cambia de nomenclatura como yo he cambiado de domicilio.

Dos semanas sin leer, una semana leyendo mal y, a continuación, unos días reventándome el alma contra Thomas Bernhard. Así se sobrevive.

Helada es la exposición del sufrimiento. La contemplación del sufrimiento ajeno. El veneno que palia el dolor propio. Observo durante páginas y páginas las continuas quejas del pintor Strauch sin atreverme a medirme con él. Thomas Bernhard siempre me ha resultado divertido, de una comicidad muy pegadiza, pero en esta ocasión dispongo de mi propio sufrimiento como salón de juegos. Así que me dan ganas de ser el otro personaje, el estudiante de Medicina; me dan ganas de cerrarle la boca con algún gesto desagradable. Pero en la novela no, en esta novela el pintor Strauch posee la voz hipertrofiada del general Kurtz, embauca al joven estudiante de Medicina, pese a ser un descreído. Pero a mí no. Yo no soy el médico, sino el enfermo. Su sufrimiento hoy no me parece atractivo, ni siquiera me parece un espejo más o menos grotesco. No hay comparación, no hay empatía, no hay consuelo.

Por lo demás, bien. Otra gran novela de Bernhard. Hipnótico y desasosegante. Molesto y adictivo. Pero a mí me hace falta un respiro, un impulso, un cambio de canon o de dieta.

Disculpen mi brevedad, pero ¿no creerán, acaso, que a estas alturas me voy a esforzar en convencerles de que lean a Thomas Berhnard? Ustedes sabrán lo que hacen.

Herman Melville por una camiseta

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

 

El fin de semana pasado, en mi visita a Barcelona, tuve la oportunidad de regresar a La Central del Raval y me atendió un dependiente con esta camiseta:

Ya me había fijado varias veces en ella en La Central de Callao, en la sección de merchandising que hay en el mostrador para pagar. Me había imaginado con ella puesta, fardando por la calle, haciéndome el guay delante de los demás. Pero había algo que me prohibía comprármela, un impedimento moral, unos escrúpulos, no sé. Quizá mi objeción estribara en que todavía no había leído Bartleby, el escribiente y no quería sentirme como esos idiotas que van por ahí con la cara del Che Guevara estampada en el pecho y no tienen ni idea de lo que es la Revolución cubana. Al menos, esos remilgos sí que los tengo.

Por lo tanto, podríamos decir que, a lo largo de mi vida como lector, NO he leído Bartleby, el escribiente hasta el día de hoy, pese a disponer de las siguientes buenas razones que, a bote pronto, se me ocurren:

1. Por tratarse de una obra de contrastado prestigio, escrita por Herman Melville, nada más y nada menos que el autor de Moby Dick.

2. Porque Vila-Matas escribió una obra basándose en el arquetipo de Bartleby, que leí hace años y que me impresionó mucho.

3. Porque mi amadísima Elisa Calatrava me dijo hace unos meses que a qué diantres estaba esperando para leerme semejante maravilla y que me iba a encantar.

4. Porque la obra es muy cortita.

 Digamos que la primera opción es la que menos peso tiene para mí. Otro día confesaré mi atraganto con Moby Dick. El caso es que al final he leído Bartleby, el escribiente por culpa de una simple camiseta.

Aunque al final, como siempre, mi amadísima Elisa Calatrava tenía razón. Bartleby, el escribiente es esa literatura aplicada en una sola dosis que puede cambiarte la vida. Es el ejemplo para atreverse a tomar la decisión de bajarse del carro. Es la única respuesta honesta ante el desencanto. Nos fijamos en Bartleby como si él estuviera en el error, como si padeciera una enfermedad, como si esperáramos que su distanciamiento fuera pasajero y soñáramos con verlo restituido, al fin útil y feliz. Pero esta obra se lee mucho mejor si se hace desde la perspectiva de Bartleby y se ve el despacho, los compañeros, el jefe, en fin, el mundo, desde sus ojos. Ahí es donde todo esto empieza a dar vértigo.

Me ha llamado la atención el hecho de que sus colegas de trabajo acabaran contagiándose del uso incisivo del verbo preferir. Quizá, con un poco más de paciencia, Bartleby los hubiera conquistado a todos, inseminando en ellos la idea de que siempre existe la posibilidad de decidir qué hacer. Imaginen, por un momento, un Bartleby que hubiera aguantado durante más tiempo en su trinchera. Imaginen varios Bartlebys en las oficinas donde se calcula la prima de riesgo, en los despachos donde se especula con el crédito, en los gabinetes donde se diseñan las políticas de austeridad. ¿Qué quieren que les diga? Yo antes era de Batman, ahora soy de Bartleby.

¿Seguiré yo el ejemplo de Bartleby? Cuando nuestro escribiente se limitaba a escribir y a rechazar el resto de las órdenes llegué a pensar que había encontrado mi guía espiritual, pero, un poco más adelante, cuando fue más allá, me dio un vuelco el corazón, me dejó trastocado y falto de equilibrio. A mí todavía me hace falta reunir mucho valor para seguirlo hasta el final, pero me queda bien claro que se trata de un símbolo potentísimo.

En fin, para empezar con buen pie, la próxima vez que me tope con la camiseta me la compraré y, a lo mejor, incluso podré experimentar un atisbo de orgullo.

Una hagiografía de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Llevo todo el mes de agosto viviendo solo en casa. Mi amadísima Elisa Calatrava está en su tierra -en régimen de tapitas y playeo- poniendo al día su felicidad. Yo me ocupo de que a nuestros gatos no les falte comida, agua y un poco de cariño mientras pongo al día mi cabeza. Estoy ordenando los sinsabores de este año y preparándome para una nueva época, si acaso llega. Entre semana paso la mayor parte del día encerrado conmigo mismo, casi sin hablar con nadie. En cambio, los fines de semana, cojo un tren y viajo a varios puntos de la península para reconocerme en mi propio discurso y reiniciar relaciones que habían quedado entumecidas o que merecen un bis después del espectáculo. Ambas cosas le sientan bien a mi cabeza, pero confieso que incluso así echo de menos a mi amadísima Elisa Calatrava. Por eso he decidido, de forma impulsiva y no premeditada, leer Vidas de santos, de Rodrigo Fresán.

Ya saben que hubo una época en la que mi amadísima Elisa Calatrava dedicó su atención al estudio de Rodrigo Fresán. Podrán imaginar que el ejemplar de Vidas de santos está subrayado, garabateado y anotado hasta la extenuación. Tendré que reconocer que esta vez no me apetecía tanto leer a Fresán (con el que, ya lo he dicho otras veces, siempre me siento cómodo) como seguirle el rastro a mi amadísima Elisa Calatrava para poder bocetarla justo donde llevo sentado casi todo el mes, en el sillón de su despacho.

Pero sigamos ordenando piezas. Bajo este rastro de lápiz hay un texto del que hay que hablar para tratar de encajarlo en alguna parte.

Repito -una vez más- que me siento tremendamente cómodo en manos de Rodrigo Fresán. Algunos amigos míos frucen el ceño, pero mi gesto es plácido entre sus páginas. Vuelvo a él de vez en cuando y casi siempre en momentos importantes, y casi siempre me da un empujoncito. Me entran ganas de hacer un top five de lo que he leído hasta ahora de él (precisamente cinco obras), pero me conformo con posicionar Vidas de santos más o menos en el medio de la tabla.

Vidas de santos es diez años anterior al celebérrimo y vilipendiado Código Da Vinci, novela que no he leído, entre otras razones, porque he decidido pensar que Dan Brown es un capullo (por ejemplo), pero ateniéndome a las aventuras que Tom Hanks me trajo hasta el televisor de mi casa una noche en la que estaba demasiado cansado como para cambiar de canal, me gustaría pensar que la obra de Fresán es lo que Dan Brown hubiera querido escribir para tocarle realmente los huevos a la Iglesia y lo que lo hubiera convertido en un ser humano digno de respeto y consideración. Pero Fresán se le adelantó y a Dan Brown no le quedó más remedio que sacarse de la manga una intriga mal balbuceada e incapaz de competir ante el festival de Cristianismo Pop multirreferencial y resignificado que es, entre otras muchas y alocadas cosas, Vidas de santos. Ustedes dirán que Dan Brown tuvo más éxito comercial, pero eso solo es un espejismo. En realidad, existe un Tom Hanks leyendo el guion adaptado de Vidas de santos y pensándose la posibilidad de interpretar el papel de Judas Tomás para asegurarse así su tercer Óscar. En fin, la historia se puede contar de muchas formas.

“Dios no existe, pero es un gran personaje”, dicen unos y otros a lo largo de los distintos capítulos-cuento que forman esta suerte de novela coral. La verdad es que no se me ocurre otro personaje tan atractivo, menos aun si ejerce de pareja dramática con su hijo: Dios y Jesucristo, la mejor versión jamás contada del poli malo y el poli bueno. A mí, si me preguntan, los prefiero en las películas Jesucristo Superstar, de Norman Jewison, y La vida de Brian, de los Monty Python. En otro tono, también lo hacen muy bien en la novela de José Saramago, El evangelio según Jesucristo. Además, siempre han sabido rodearse de unos personajes de reparto muy carismáticos.

No crean que estoy frivolizando, estoy en éxtasis pop. El otro día viajaba en metro por Barcelona e iba pensando en comprarme una camiseta con una crucifixión en donde Jesucristo dijera: “Kill your idols”. Todo por culpa de Rodrigo Fresán y de este libro. Al fin y al cabo, de algún modo habrá que salpimentar ese vacío existencial de serie que padecemos los ateos. Mucha literatura y alguna que otra camiseta ingeniosa.

Quiero ser profeta de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

¿Y qué digo yo ahora? Procuro siempre escribir estos textos inmediatamente después de haber terminado el libro que los provoca, por aprovecharme de la inercia. Pero a veces no es fácil. Por ejemplo, en esta ocasión. Me siento -¿cómo diríamos?- subyugado por el efecto que La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy, ha tenido en mí. Intentaré hacerlo por partes. A lo mejor así cuadro y ordeno toda esta maraña convulsa de sensaciones que bailan foxtrot en mi cabeza, o en mi estómago, no sé exactamente dónde.

El extraño arte de dar un título insulso a una gran obra para convertirla en un secreto

Esto ya me había pasado antes, hace muchos años. Un día llegó Lucas con un libro a cuestas, un buen tocho, de portada fea, titulado La ciudad de los cazadores tímidos. Se lo había recomendado una amiga (una chica a la que yo odiaba, por cierto). Un título insulso, una portada insulsa, sin embargo, un texto que marcó una época para todos nosotros, que nos desgarró y nos alucinó por completo. Tom Spanbauer había escrito un novelón para metérselo en vena y lo había escondido bajo un título en el que jamás me hubiera fijado si lo hubiera visto en una librería.

Lo mismo podría haber ocurrido con La niña que amaba las cerillas. Gaétan Soucy demuestra la misma extravagante habilidad que posee Tom Spanbauer de escribir obras brutales y fulminantes disimuladas bajo un título que suena a best-seller chapucero. Y, por supuesto, la portada ayuda en el propósito. Si acaso, en favor de Soucy puedo decir que, ya casi al final, descubrí el sentido del título y me estremecí por no decir que me eché a temblar.

Por suerte, me fío de Lucas y también me fío de Carlos -más conocido en la blogosfera como- Tongoy. Con compañeros lectores de este tamaño el-extraño-arte-de-dar-un-título-insulso-a-una-gran-obra-para-convertirla-en-un-secreto no es rival para mí.

El mundo de la vida

Parece ser que la expresión el mundo de la vida es de Husserl, vendría a ser la traducción del vocablo lebenswelt, al menos eso dice internet. Recuerdo esta expresión por una anécdota que no viene al caso (sería un rollazo tremendo contarla aquí y ahora), pero que me ha asaltado en cuanto he comprendido la situación de la protagonista y de su hermano dentro de esta historia. La protagonista nos relata su mundo de la vida; su texto no pretende ser solamente una suerte de testamento, sino un modo de significar su universo diminuto pero bien delimitado. Esta idea es importante, el texto que se nos brinda es todo lo que existe para la protagonista, fuera de sus palabras ya no hay nada. Pero este universo pequeño y bien medido tiene una lógica interna que, desde dentro, parece justa y necesaria, y que se rige por dos factores: 1) la biblioteca y 2) el padre. La biblioteca amplía el universo más allá del pinar que hay frente a su casa y las reglas de su padre lo ordenan y le dan sentido.

Al lector esa lógica le parece intolerable porque uno es de afuera, de más allá de las palabras de la protagonista. Uno mira ese mundo y esa vida desde nuestro universo, que es otro, y ahí quería yo llegar: esta novela no implica solamente, como toda literatura, trasladarse a otro lugar o a otro tiempo, sino que nos lleva, de lleno, a otro universo, a otro código, a lo imposible y a lo intolerable, y nos obliga a presenciarlo con placer y con estremecimiento.

¿Recuerdan ustedes Canino, la película de Yorgos Lanthimos? Pues eso no es nada comparado con lo que uno va a encontrar en esta obra. De todas formas, sí hay que matizar que desde el comienzo hay una ruptura. Quiero decir, una ruptura del universo, un punto de fuga. Eso queda claro en el primer enunciado de la novela:

Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del universo, pues una mañana, sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu.

Solaris dentro del planeta Tierra

Una de las novelas aspirantes a mi top ten for ever es Solaris, de Stanislaw Lem. Entre sus muchas virtudes está la de reflexionar sobre la idea del contacto con el otro y de las limitaciones a la hora de comprendernos, de comunicarnos. Al fin y al cabo, venir de otro planeta imposibilita las cosas más de lo que Steven Spielberg nos ha hecho creer. Pues bien, La niña que amaba las cerillas trata de lo mismo que Solaris, pero no necesita de naves espaciales. Aunque ella no venga de otro planeta sí que viene de otro mundo.

La llegada de la protagonista al pueblo en busca de un ataúd para su padre (vale, sí, por fin me he dignado a contar un poquito de la trama) provoca una colisión o, más bien, una distorsión tan inaprensible como lo que ocurre en Solaris y tan fecunda y fructífera como lo que ocurre en El enigma de Kaspar Hauser. De hecho, podríamos verlo así: Imaginen a una joven Kaspar Hauser con incontinencia verbal, pero con la misma lucidez ingenua y misteriosa que el personaje de Herzog. El hecho de que en esta novela dos mundos contiguos compartan la misma lengua no los sitúa más cerca, sino que los hace temblar a causa de las constantes fricciones simbólicas.

Mi papá lo arregla todo, todo y todo

Mi padre es de los que lo arreglan todo, todo y todo. Me ocurre como a aquellos niños pequeños del anuncio publicitario. A veces pienso que este mundo me resulta mínimamente estable y transitable porque cuento con mis padres para desfacer entuertos. Al mismo tiempo, me repito lo importante que es desprenderse del poder ilimitado y omnímodo de los padres para no acabar siendo un ser espiritualmente entumecido. Como persona adulta e independiente que soy, puedo envalentonarme y jugar a eso del libre albedrío, pero la protagonista de esta novela lo tiene un poquito más difícil que yo. Cuando hablo de que vive en su propio universo me refiero a que su padre ha sido el creador de tal universo, como un dios bajado de los cielos que ha perfilado los límites de lo Real alrededor de su hogar. Más arriba he dicho que el padre imponía normas que daban orden y sentido; habría que hablar, quizá, de una religión unifamiliar.

Hablo de la protagonista (y no crean ustedes que no soy consciente de estar usando la palabra “protagonista” en lugar de algún nombre propio), pero también debería hablar del hermano para triangular esta familia. Y podría hablar de algo más, pero me muerdo la lengua, porque me niego a desvelar nada. Prefiero que ustedes pasen y vean y les dé un vuelco el corazón. He dicho que también debería hablar del hermano, sobre todo, porque La niña que amaba las cerillas es el relato de uno de los dos protagonistas, ¡a qué otros fabulosos prodigios hubiéramos asistido si él hubiera tomado la palabra! Hay otra novela escondida en su silencio. De hecho, me parece remarcable las opinión al respecto de nuestra protagonista:

Omití mencionarlo, pero soy el más inteligente de los dos. Mis razonamientos te dan como garrotazos. Si mi hermano estuviera redactando estas líneas, la pobreza del pensamiento saltaría a la vista, nadie comprendería casi nada.

Poderes hipnóticos

Si hace dos o tres entradas hablaba en este blog de la habilidad de George Saunders para lograr que estilo y trama comulgaran a la perfección, no puedo decir menos de Gaétan Soucy. Es cierto que no puedo comparar este texto con otros del mismo autor, pero no se me ocurre un estilo más original y genuino para un personaje que usa el lenguaje para sí mismo, que ejerce como secretario de su padre y, por tanto, de su universo y que, por primera vez, trata de arrojar un texto hacia ese otro mundo recién descubierto.

Desde el primer enunciado al último, me ha costado avanzar mi lectura porque no he podido evitar entretenerme en tantas y tantas oraciones construidas para quedarse allí con ellas y dejar que el tiempo pase de largo. Es un gustazo de prosa, extraña y embaucadora. En fin, solo se me ocurren dos grandes historias sobre ataúdes: Mientras agonizo y La niña que amaba las cerillas. Ambas me parecen imprescindibles. A Faulkner lo conoce todo el mundo, a Soucy deberían prestarle más atención.

A falta de Park bueno es Tsuchiya

Old boy, de Garon Tsuchiya

Old boy, de Garon Tsuchiya

La primera película que vi de Chan-Wook Park fue Old boy, hace ya bastantes años. Me causó una gran impresión, tanto por la fuerza de la historia como por el estilo y los recursos cinematográficos de este director. Fue un amor a primera vista, que, más adelante, se ha ido consolidando con las otras dos cintas de su Trilogía de la Venganza (Simpathy for Lady Vengance y Simpathy for Mr. Vengance), con Soy un cyborg, con Thirst y con Stoker. Sigo la trayectoria de Chan-Wook Park con entusiasmo y admiración, pero todavía tengo la espinita clavada de no haber sido capaz de regresar a Old boy. Aquella película dejó una extraña huella en mi memoria emocional, por lo que he intentado reavivar aquellas sensaciones viéndola de nuevo. Pero me ha sido del todo imposible, no la encuentro por ninguna parte. No hay manera de localizarla (por cierto, si alguien me la envía en un formato compatible con Mac se lo agradeceré muchísimo).

(Esta es siempre la primera escena que se me viene en la cabeza cuando pienso en el Old boy de Chan-Wook Park)

Todo este rollo es para justificar la lectura de Old boy, el cómic, el texto original, la obra de Garon Tsuchiya y para reconocer que no he sido capaz de leer este texto sin borrar la huella emocional de aquel otro texto cinematográfico. Buscar en Tsuchiya lo que hizo Park es un esfuerzo inútil, porque cada uno se mueve de forma distinta (Park lo hace de un modo extremo y desmesurado, pero infalibe; Tsuchiya con templanza y elegancia, como si el protagonista de su cómic estuviese inspirado en Humphrey Bogart), cada cual plantea su propia atmósfera con la que llenarse los pulmones de deseos de venganza. Tsuchiya no es Park y, en realidad, eso no es tan grave. 

Old boy es un juego sobre la construcción de la identidad, la venganza es solo el motor que ayuda a los personajes a autodeterminarse. La venganza, de hecho, es un lazo tan fuerte entre el protagonista y el antagonista que podría tratarse de un cordón umbilical, de un tránsito en doble sentido que nos lleva hasta un doppelgänger forzado por los acontecimientos y las decisiones vitales. El protagonista solo puede construir unas expectativas de futuro en relación con aquel del que desea vengarse y el antagonista ha construido su pasado reciente a partir de una prolongada venganza. Esta historia, pese a los giros de guion y a las vueltas de tuerca un tanto chirriantes, es un callejón sin salida en donde, poco a poco, vamos comprendiendo que no existe otra opción posible, para ambos ya no hay otra forma de ser uno mismo. Cuando uno acepta este destino, las páginas del cómic avanzan raudamente hacia el desenlace.

Y las páginas ayudan a que la lectura transcurra con velocidad. Este ha sido mi primer manga y, pese a mi desconocimiento técnico, me atrevo a asegurar que funciona de un modo distinto al manga europeo y al americano. Es como si el manga fuera un dialecto particular del código del cómic. Me ha parecido mucho más visual, con menos necesidad de diálogos y con mayor número de viñetas por página, muchas de ellas primero planos o planos detalle que sirven para darle amplitud visual a la escena y que, sin embargo, son puntos de apoyo sobre los que saltar rápidamente a la viñeta siguiente. El manga (recordemos que mi generalización se basa en un solo manga leído) se acerca más al lenguaje cinematográfico, tiene más afinidad con el frame que con la página escrita; quizá por eso las casi mil setecientas páginas (distribuidas en tres volúmenes) de Old boy hayan volado delante de mis ojos y me haya zampado semejante tocho en un plis plas.  Ahora bien, me sería de gran ayuda que algún entendido en manga apareciera para hacerme ver que estoy teorizando sin tener ni idea de lo que hablo.

Si me preguntan si, después de haber leído el texto original de Old boy, sigo echando de menos la mano de Chan-Wook Park les confesaré que sí. Park hizo algunos cambios de guion que funcionan verdaderamente bien y que le dan más fuerza y dureza a la historia. Pero eso no le resta valor a la obra de Garon Tsuchiya. Al fin y al cabo, como dicen en mi pueblo, a falta de pan buenas son tortas.

PD1: Acabo de encontrar una especie de making off sin entrevistas ni comentarios del director, una cámara voyeur que nos permite presenciar el rodaje durante tres horas y media.

PD2: Sobre la versión de Spike Lee solo tengo que decir que ni la he visto ni tengo interés en verla.

Minientrada

Pistas para una futura reseña de Y: El último hombre,           de Brian K. Vaughan. Cómic en diez tomos.

TOMOS 4 Y 5: PALABRA DE SEGURIDAD / EL ANILLO DE LA VERDAD

- Con tanta road movie, da tiempo para que Yorick se desarrolle como personaje, tome volumen, evolucione.

- Hay mucho loco en este mundo, y una situación extrema como esta los saca a todos de sus hormigueros.

- Más redes secretas. A veces, esto parece una película de James Bond.

- Cuando ocurre algo muy gordo (el fin de los machos de todas las especies, sin ir más lejos), necesitamos agarrarnos a alguna idea, aunque se trate de algo absurdo y fantasioso.

- Ya sé por qué Yorick está vivo (más o menos).

- El número 4 es un poco flojo de contenidos, el 5 resulta trepidante (incluso demasiado). Aquí Vaughan podría haber medido mejor. Claro, ahora estoy deseando leer el siguiente número, porque me ha dejado con el corazón en un puño.