Henry James es más listo que yo

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Yo en realidad no pensaba volver todavía a Henry James. Quería darle su tiempo después de nuestro primer y maravilloso encuentro. La opción A era otra en mi historia de la lectura personal. Pero unos amigos decidieron por mí en una cena, justo cuando iba a meter la que hubiera sido la opción A en mi bolso. Henry James estaba en la recámara, pero se hizo con el siguiente turno y la otra opción ha quedado relegada hasta que me vuelva a apetecer contemplarla.

Así que de esta forma llegamos a Otra vuelta de tuerca. Uno abre bien los ojos y lee con detenimiento. Uno sigue el argumento capítulo a capítulo sin perder detalle. Uno llega al final del libro y se queda con esa sensación de cuando nos vamos a caer al suelo pero finalmente alguien nos sujeta y todo queda en un susto y en la visión de un golpe no ocurrido. Algo así me pasó a mí con Otra vuelta de tuerca. Lucas me criticaría mucho (con toda la razón del mundo), como me criticó cuando le expliqué cómo me había sentido al principio con los cierres que David Foster Wallace le da a sus cuentos. Henry James y Foster Wallace son dos buenos ejemplos para reconocer que no siempre soy capaz de asimilar una nueva estructura de inmediato. Althusser decía algo así como que la ideología es una estructura que solapa a otras estructuras ajenas (esto no es una cita, sino el vago recuerdo de lo que una profesora comentó un día sobre Althusser). En el caso de ser así, el amigo Althusser explicaría porqué me quedé boquiabierto cuando terminé de leer Otra vuelta de tuerca. Pero no sólo lo dice Althusser, también lo dice mi padre. Mi padre, que afortunadamente no es Althusser, ha predicado durante toda su vida la importancia de la empatía, es decir, la capacidad de ponerse en la posición del otro. ¡Uno tiene que aprender tanto del padre!

En Otra vuelta de tuerca, Henry James pone en práctica su teoría del punto de vista. De este modo, construye varias historias dentro del mismo relato. En la economía de una sola narración encontramos lecturas paralelas dependiendo de la posición de los personajes. La idea es más o menos esa, lo hizo Henry James en 1898 y me la ha intentado inculcar mi padre desde que tengo uso de razón. Pero supongo que mi visión egocéntrica del mundo me hizo seguir nada más que una de las alternativas posibles. Por eso quedé así cuando cerré Otra vuelta de tuerca.

Una vez recuperado de la conmoción, ya más fresco y con el libro bien masticado, vamos a otra cosa. Henry James no es sólo más listo que yo, sino que también es uno de los más listos de todos los escritores del siglo XIX (y en ese siglo hubo muchos listos). Si en el siglo XIX se puede decir que la novela alcanzó su plena madurez, con Henry James ocurrió algo más. Uno lee Otra vuelta de tuerca y se da cuenta de que hay una autoconciencia de la novela. Henry James ha visto y ha comprendido los mecanismos de este género literario y se dedica a hacer pruebas de laboratorio para ver qué resultados consigue. Me atrevería a decir que en Otra vuelta de tuerca se empieza a vislumbrar la necesidad de las vanguardias en la literatura. A partir de obras así, solo existe la posibilidad de desmontarlo todo y tener la pretensión de inventar cosas nuevas. Al fin y al cabo, una vanguardia literaria podría definirse como “otra vuelta de tuerca” de la literatura de una época (menudo juego de palabras chorra, pero creo que la idea se entiende, ¿no?).

 

 

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Los papeles de Aspern

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Comencemos aclarando que en ocasiones me tiembla el labio inferior cuando alguien dice siglo XIX. Eso se debe a que una antigua novia me hizo leer a Jane Austen porque perdí una apuesta futbolística. Traumas aparte, algunos escritores decimonónicos tienen la hermosa cualidad de airear mis estados de ánimo, e incluso me hacen dormir mejor. Ese es el caso de Henry James. Leer a Henry James es como sentarse al fresco por la noche y atreverse a no saludar a los vecinos, porque con Henry James uno siempre está ocupado y distraído de todo tipo de cortesías. Si alguna vez no os saludo, sabed que estoy leyendo a Henry James, sabed que alguna de sus tramas me tiene obnubilado. Ese podría ser el caso, por ejemplo, de Los papeles de Aspern, novela corta que se acerca a un género metaliterario que tanto les gusta a los modernetes como yo. Si a uno le gustan las novelas que tratan de escritores, no puede decir menos de las que tratan de editores. Sobre todo, del editor retratado como animal carroñero. ¿Cuántos sobrinonietos de un gran artista habrán sido expoliados por quien pretende ensalzar un puñado de migajas? Eso también le da vidilla y cotilleos a la historia de la literatura y, afortunadamente, da pie a novelitas así de cucas.

 

 

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