Primerizo y abrupto Lem

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem

El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem

Empecé a leer a Stanislaw Lem gracias a mi amigo Lucas. Él me habló fervorosamente de Vacío perfecto y de Magnitud imaginaria. Me habló de su sentido del humor, de su síntesis filosófica y de su carácter borgeano. De hecho, en cuanto lo leí, Lem se convirtió en uno de mis escritores favoritos y me atrevería, incluso, a incluirlo en mi hipotético top ten. El mismo día en que Lucas y yo comíamos algo rápidamente en un bar de la Plaza Uncibay, vaya usted a saber por qué precisamente allí, y él hablaba acaloradamente de Lem y gesticulaba e hiperbolizaba y glosaba y, en fin, desplegaba todo su espectáculo verborreico-armamentístico y embaucador pro gran descubrimiento literario para nuestra órbita personal; ese mismo día, en su antiguo apartamento, curioseando entre las pilas de libros que inundaban su salón, me topé con otra obra de Stanislaw Lem, El hospital de la transfiguración. Le pedí opinión esperando nuevos fuegos artificiales que lo adornaran, pero solamente recibí un gesto de disgusto y un laconismo sorprendente.

Cuando comencé la lectura de El hospital de la transfiguración, primera novela de Stanislaw Lem, me acordé de todo esto. En las primeras páginas, encontré a un jovencito Stanislaw que abría la novela con cierta soltura, sonando un poquito a Dostoyevski y un poquito a Kafka, pareciéndose mucho a lo que se supone que entenderíamos por un escritor del Este. Me acordé del ceño fruncido de Lucas y fui preparando mis argumentos para rebatir su mohín. Pero, tras las primeras cien páginas, Lem ya no pudo aguantarse más, y tuvo que empezar a teorizar sobre lo humano y lo divino, rompiendo el ritmo de la novela y desertizando su prosa. En realidad, para mí, una de las cosas más apreciables de Stanislaw Lem es, precisamente, su capacidad de discurrir intelectualmente de un modo suave y fluido dentro de un maravilloso pulso narrativo. En Lem, las ideas se diseminan y se congracian perfectamente con una prosa magnífica. Pero en esta su primera novela, El hospital de la transfiguración, este don ensayístico-narrativo todavía no estaba desarrollado, por lo tanto, el resultado es árido y abrupto, ya que, cuando pretende transmitirnos alguna opinión filosófica, encaja a dos personajes soltándose parrafadas mutuamente e invitando al lector, molesto por la incompatibilidad, a saltarse páginas sin pudor alguno.

De todos modos, he decir algo a su favor. O, mejor dicho, he decir algo a favor de la literatura mediocre. Voy a decir una obviedad, porque me apetece decirla después de una comprobación casi de método científico. El otro día, llegué al hospital para someterme a una prueba. Llegué muy pronto y, para hacer tiempo, bajé a la cafetería para tomarme un té con miel, porque esa mañana me dolía mucho la garganta. Me tomé mi Earl gray de sobre frente al televisor de la cafetería y en ese momento emitían Mujeres y hombres y viceversa. Le dediqué veinte minutos a Telecinco, tras lo cual me di cuenta de que El hospital de las transfiguración no estaba tan mal, hubiera sido mejor leerlo durante esos veinte minutos. ¡Qué perogrullada!, ¿no? Pues yo creo que no está mal recordar este tipo de cosas.

Escribo esta reseña porque he terminado de leer la novela, en contra de mi costumbre de dejar a medias prácticamente todo aquello que no me convence. En realidad, me alegro de haberla terminado, porque el final mejora el conjunto. De hecho, he de confesar que hay un motivo que me obligó a terminarla, y no es solamente mi profundo e incondicional amor a Lem, sino que en estos días estoy recopilando una serie de novelas que traten, de algún modo, el ámbito de la enfermedad, la relación médico-paciente y temas similares. Los necesito para incluirlos como parte de una pequeña ponencia que haré en un congreso de Nefrología. Mi intención es que la literatura cultive en los médicos un sentimiento de empatía. El hospital de las transfiguración, en relación con esto, puede mostrar una idea impactante y devastadora de cómo los médicos pueden llegar a ver solamente enfermedades, olvidándose de la humanidad de los pacientes, obsesionándose con la cura del problema concreto sin valorar el conjunto de la persona. Los pacientes aparecen aquí como cosas y eso llega a convertir a algunos médicos en seres crueles y despiadados. Solamente un paciente, un poeta y filósofo, embauca a uno de los médicos con sus ideas, gracias a su carácter y a su nivel intelectual es capaz de mostrarse ante él como una persona y no como un objeto. La novela se sitúa a comienzos de la ocupación nazi, por lo que, al final de la novela, los nazis, por fin, llegan al sanatorio. Los médicos se ven obligados a reaccionar ante el peligro de que los nazis maten a todos sus enfermos y, de repente, empiezan a pensar en ellos como personas. Sus enfermedades psiquiátricas pasan a un segundo plano, porque la misión de los médicos ya no es curar, sino salvar. La reacción de los médicos es sorprendente, por el salto categorial que se produce y por el cambio de actitud ante una escala de valores distinta. Las enfermedades, de repente, se transfiguran en seres humanos.

Ahora que lo pienso, este último párrafo podría ser, en cierto modo, un espoiler. Por eso nunca me siento cómodo hablando del argumento de las novelas. O no, no lo es. Es evidente, desde el principio, que los nazis van a llegar y que va a pasar algo.

Imagino que mis lecturas sucesivas tratarán estos temas hasta el día de la ponencia. Si tuviera todo el tiempo del mundo frente a ellos, les enchufaría mi blog en el power point, porque lo voy a usar en las próximas incursiones para pensar sobre la enfermedad. Si ustedes, hipotéticos lectores, tienen sugerencias de lectura al respecto, no duden en hacérmelas llegar, por favor. Yo me esforzaré en preparar una intervención bonita y en ir lo suficientemente arreglado y aseado como para que mi madre se sienta orgullosa.

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Stanislaw Lem es tan listo que parece un superordenador

Golem XIV, de Stanislaw Lem

Golem XIV, de Stanislaw Lem

Cuando uno escribe ficción, puede hacer que sus personajes sean más valientes, más ágiles, más fuertes que uno mismo. Tan solo hay que ponerlos a dar saltos que uno no podría dar o a meterlos en agujeros en los que uno no se metería. El verdadero problema llega cuando se quiere crear personajes que sean más listos de lo que uno es. No es nada fácil hacer que tus personajes hagan comentarios más inteligentes de los que tú serías capaz de hacer. Se me ocurre, a bote pronto, que uno puede recurrir a la Wikipedia y similares para hacerles hablar de un tema en concreto que el escritor no domina, pero de este modo el escritor estaría a la misma altura de conocimientos del personaje, porque previamente ha estado informándose. Como mucho, se podría ejecutar el trampantojo de hacer que el personaje diga algo sobre un tema, cite algo al respecto y que con ello sugiera que sabe mucho más aunque no se explaye en ello (porque en la cabeza del escritor no hay más material con el que explayarse). Esto situaría al personaje, gracias a un débil juego de sombras, por encima de la sabiduría de su creador. Aunque, de todos modos, eso tampoco es ser más inteligente.

Si esto es difícil, lo que hace Stanislaw Lem en Golem XIV es el más difícil todavía. Supongo que Stanislaw Lem estaría un día en su casa con ganas de filosofar a lo bestia sobre la condición humana y, como él es más de ficción que de ensayo, se le ocurrió la brillante, compleja y arriesgada idea de este libro. Golem XIV es el nombre de un superordenador que los científicos consiguen construir en un futuro cercano después de muchos intentos (los Golem anteriores al catorceavo). Con él, construyen un ser con una inteligencia que rebasa por completo la del ser humano. Es decir, la máquina que han conseguido construir es muchísimo más lista y más sabia que sus creadores.

Si la premisa acabara aquí, se trataría de un libro de ciencia-ficción común y corriente, como en los que aparecen máquinas que viajan en el tiempo o que teletransportan objetos. Pero Stanislaw Lem hace que esta Superinteligencia hable, y no precisamente para que opine sobre si va a llover mañana, sino que se dedica a disertar largo y tendido sobre el ser humano desde un punto de vista antropológico, biológico y filosófico. De hecho, el grueso del libro consta de dos conferencias pronunciadas por Golem ante un público de científicos y filósofos. Llevar a cabo semejante discurso, teniendo en cuenta que ha de parecer que está construido por una Inteligencia superior a la del propio Lem, es un truco de prestidigitador que me ha dejado embobado. Para que esta hazaña tenga éxito han tenido que suceder al menos dos cosas: 1) que Stanislaw Lem es realmente muy, pero que muy, muy listo y 2) que yo soy tan torpe que no encuentro ninguna distinción entre el pensamiento de Lem y un Superordenador ultrainteligente.

En las dos conferencias pronunciadas por Golem XIV se habla, sobre todo, de que los seres humanos no somos el gran éxito de la Evolución, sino que tan solo somos más complejos y más imperfectos que nuestros antepasados unicelulares, porque nuestra capacidad de sobrevivir es mucho menor. Aunque, al fin y al cabo, da igual, ya que los organismos solo son recipientes temporales del código (genético), cuya transmisión es lo único que importa a la Evolución. Es decir, este superordenador pone de vuelta y media la imagen que el ser humano tiene de sí mismo.

Quizá este sea el libro más arduo que he leído de Stanislaw Lem, lo que es comprensible, porque la temática lo requiere. Empecé a interesarme por este autor cuando Impedimenta comenzó a publicarlo y, hasta la fecha, solo he leído los títulos de esta editorial (a falta de El hospital de la transfiguración, que tengo en casa, esperando su turno). Le agradezco a esta editorial que me haya hecho descubrir al que se ha convertido en uno de mis escritores favoritos, porque ha sido Impedimenta y no el consejo de algún amigo mío o la reseña de algún crítico quien me ha hecho llegar a él y bucear en su obra. Sencillamente, intento decir que me siento feliz de que una editorial -sea Impedimenta en este caso u otra cualquiera en otros muchos- se tome tan en serio esto de creer en un autor y hacer lo posible para ponerlo en boga, porque al final los lectores se llevan grandes alegrías.

Las tres vías de la mística de Santislaw Lem

Solaris, de Stanislaw Lem

Solaris, de Stanislaw Lem

En la época que conocí a mi amadísima Elisa Calatrava también descubrí a Andréi Tarkovski. Pero ambos contactos se dieron por separado. En el caso del cineasta, vi Solaris apoltronado en un sofá y cubierto con las enaguas de una mesa camilla. Pasé miedo viendo la película, por un momento me arrepentí de estar solo en casa y de haber apagado la luz. Aunque me gustó pasar miedo, porque no había tenido la sensación de asustarme con el cine desde que era pequeño. Esto es lo único que contaré acerca de esta versión cinematográfica de la novela de Stanislaw Lem. La que realizó Soderbergh ni siquiera la he visto. Antes de empezar a leer Solaris había planeado revisar ambas películas para tener una visión más amplia de no sé muy bien qué. Pero la única visión que quiero tener en mente es el texto de Lem.

Si hay una verdadera versión cinematográfica de Solaris ha de estar escondida entre la filmografía de Ingmar Bergman. Lem y Bergman se preocupan de los mismos asuntos, solo que Bergman prefiere los escenarios terráqueos. Es fácil centrar la atención que uno pone en Solaris en la relación entre Kelvin y Harey, pero esto no tiene nada que ver con una historia de amor, sino con los conflictos de identidad que abren una brecha entre ellos. Harey es una víctima de un terrorismo simbólico del que nadie reclama su autoría y Kelvin es un espectador en estado de shock abocado a un reinicio espiritual.

Dicho esto, me siento en la necesidad de hablar de San Juan de la Cruz para referirme a Solaris, porque no puedo dejar de ver en esta novela una variación intergaláctica de Noche oscura del alma:

NOCHE OSCURA DEL ALMA

 

En una noche escura,

con ansias en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

 

A escuras y segura

por la secreta escala, disfrazada,

¡oh dichosa ventura!,

a escuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada.

 

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

 

Aquesta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía,

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche, que guiaste;

oh noche amable más que el alborada;

oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada, con el Amado transformada!

 

En mi pecho florido,

que entero para él solo se guardaba,

allí quedó dormido,

y yo le regalaba

y el ventalle de cedros aire daba.

 

El aire del almena,

cuando yo sus cabellos esparcía,

con su mano serena

en mi cuello hería

y todos mis sentidos suspendía.

 

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

Este poema tiene una lectura erótica y una lectura mística. La lectura erótica me parece evidente. Resumiendo mucho: una chica se escapa de su casa por la noche para encontrarse con su amado en secreto y nos cuenta, finalmente, lo a gusto que estuvo con él.

Resumamos la otra lectura posible: Nos describe el proceso de unión entre el alma del poeta y Dios. En la analogía de símbolos del poema, la amada es el alma y el amado es Dios. El alma del místico, habiendo dejado su casa sosegada (las pasiones han sido purgadas) busca dentro de su fuero interno (la noche oscura) esa luz (fe) que lo guíe hacia el Amado (Dios), hasta que se produce la unión, el éxtasis místico, la experiencia inefable que requiere todo este proceso metafórico para poder referirse a ella.

Y ahora pensemos en Solaris. La solarística es una disciplina científica que persigue lo mismo que la mística, el Contacto con un ser no humano. Durante su estancia en la Estación Espacial, Kris Kelvin pasa por las tres vías de la mística. Su vía purgativa consiste en haber dejado la Tierra atrás, con todas las preocupaciones y culpas de su vida anterior. Su vía iluminativa es su trabajo científico, es la prueba de cordura a la que se ve sometido cuando encuentra a Harey. Su vía unitiva es, precisamente, ella. Harey es el Contacto, Harey es el éxtasis místico. Kelvin no tiene que mirar a través de las cristaleras de la Estación Espacial para intentar comunicarse con el planeta Solaris, sino que tiene que buscar en su noche oscura, de allí procede Harey, hasta allí ha llegado el planeta Solaris.

Si entendemos que el Contacto es una experiencia tan inefable como el éxtasis de San Juan de la Cruz, podemos ver en esta novela la misma doble lectura de Noche oscura del alma. Se hace necesaria una metáfora erótico-antropomórfica para poder aprehender el Contacto; de lo contrario, cualquier experiencia que se aleje de los parámetros humanos se hace inasumible.

Hasta la fecha, solo he conocido casos en donde se puede empatizar con la figura del extraterrestre porque este funciona como doppelgänger de la especie humana. E.T. sería un caso paradigmático. Pero si el extraterrestre, como es el caso del planeta Solaris, no aparece como trasunto nuestro nos enfrentamos ante una de las mayores tragedias humanas: aceptar nuestra finitud ante la presencia del otro. Esta idea de lo sublime aporta al planeta Solaris un componente de divinidad que lo hace inalcanzable y aun más maravilloso y que, por tanto, requiere de una visión mística del mundo.

Ojalá yo hubiera escrito Solaris. Supongo que eso mismo pensaron Tarkovski y Soderbergh cuando se atrevieron a llevar esta novela al cine. Pero Solaris ya está escrita, y se trata de una lectura absolutamente imprescindible. A mí, al menos, me ha dejado marcado.

 

Stanislaw Lem cantando boleros

La investigación, de Stanislaw Lem

Estoy desconsolado. Hoy he vuelto a casa después de haberme terminado La investigación, de Stanislaw Lem, en una hora que tenía libre y no encontraba la forma de recuperar la alegría del fin de semana recién comenzado. He tenido que irme a un Foster Hollywood a comerme una hamburguesa y unos nachos con guacamole. Ahora me siento mejor. Ahora puedo hablar de Stanislaw Lem con el estómago lleno. Quizá me tome un whisky para completar la tarde.

Intentando editar el texto de este post he acabado acordándome de los familiares de los programadores de wordpress. Por suerte, me he vuelto a tranquilizar gracias a Nat King Cole. Se me ocurre que hay una canción suya que explica con bastante precisión esta novela:

QUIZÁS, QUIZÁS, QUIZÁS, de Nat King Cole

Siempre que te pregunto
qué, cuándo, cómo y dónde,
tú siempre me respondes
quizás, quizás, quizás.
 
Y así pasan los días,
y yo desesperando,
y tú, tú contestando
quizás, quizás, quizás.
 
Estás perdiendo el tiempo
pensando, pensando;
por lo que tú más quieras
hasta cuándo, hasta cuándo.
 
Y así pasan los días,
y yo desesperando,
y tú, tú contestando
quizás, quizás, quizás.

Imagínense que Philip Marlowe fuera meteorólogo. Imagínenselo, con toda su intuición y su experiencia, llegando por la mañana al Instituto Nacional de Meteorología (si es que acaso existe un organismo así). Allí le tendrían un nuevo caso preparado. ¿Va a hacer sol el día tal del año tal?, porque saberlo nos es de suma importancia. Philip Marlowe, rodeado de informes estadísticos, de probabilidades que soslayan la verdad, acabaría llorando de desesperación en la mesa de su despacho. La meteorología es así de cruel. Al fin y al cabo, todo meteorólogo con sentimientos debería acabar suicidándose.

Nat King Cole y la meteorología nos hablan de lo mismo: en la ciencia moderna, la búsqueda de la verdad ha sido sustituida por la estadística. Decía más arriba que estoy desconsolado, y es porque mi capacidad para tener convicciones es prácticamente nula y esta novela no me ha dado mejores expectativas. Esa es la contundente virtud de La investigación. Lo que podría ser una novela fallida dentro del género negro tradicional, se convierte en un postulado revelador para los amantes del género. Solemos suponer con demasiada frecuencia que se puede llegar a la verdad de los hechos a través de la investigación adecuada. Stanislaw Lem toma una investigación policial como si fuera un método científico, y nos descubre que solo podemos aspirar a delimitar una probabilidad estadística. En un mundo criminal imaginado por Stanislaw Lem, los investigadores privados acabarán abandonando todas las certezas que consigan reunir, y la mejor orientación no los llevará a ninguna parte.

De hecho, el género policíaco me gusta especialmente el día de carnaval. Cuando los escritores abandonan su atuendo habitual y se visten con un traje negro y exploran las posibilidades de esta prenda. Me gusta, por ejemplo, cuando Friedrich Dürrenmatt se pone el traje negro y se deja los calzoncillos de la filosofía, o cuando Alain Robbe-Grillet se pone el traje negro y se deja los calzoncillos de la nouveau-roman, o cuando, en el caso que nos ocupa, Stanislaw Lem se pone el traje negro y se deja los calzoncillos de la ciencia-ficción. Me gusta mucho, mucho cómo le sienta a este señor el traje negro, y no me importaría bajarle los pantalones.

Hagamos un Teletienda para Stanislaw Lem

Magnitud imaginaria, de Stanislaw Lem

 

Borges ya no está solo, al menos no en mi confusa idea de lo que es o debería ser Borges. Para mí, Borges ya no puede ser el único en ser Borges después de leer a Stanislaw Lem. Ahora está Jorge Luis Borges y está Stanislaw Lem. Y cualquiera de los dos me sirve para ilustrar lo que antes predicaba de Borges en exclusiva. Ahora, el paradigma ha ampliado su catálogo, como si se tratase de la última novedad de un Teletienda al que nos enganchamos todas las noches cuando todos se han ido ya ha dormir.

¿Y cuál es esa naturaleza borgeana que creo haber encontrado en otros planetas? Pues no lo sabría decir. Pero, como alternativa, se me ocurren cosas sobre Stanislaw Lem.

Hace tiempo, hablé en otro post de la posibilidad de una Literatura de Alto Rendimiento (o LAR en sus siglas habituales), solo practicable por autores como Lem, Borges o Ende. La literatura de alto rendimiento consiguió sacarme de un bache espacio-temporal provocado por mi mala organización y un sinfín de tareas. Ahora, más allá de esta indudable cualidad práctica de la literatura representada por Lem & Co, me veo abocado a insistir en otra de las cualidades fundamentales de su literatura: el placer; el placer y sus extrañas características cuando se trata de una obra como Magnitud imaginaria.

Uno disfruta leyendo por varias razones. Por ejemplo, cuando uno lee a un tipo que es notablemente más listo, uno disfruta muchísimo si consigue seguirle el hilo y si al final uno adopta alguna nueva idea capaz de cambiar una escala de valores. Eso es disfrutar hasta reventar de gusto. También disfruta uno cuando encuentra en un texto una serie de técnicas narrativas que nos hacen pasar la tarde como en una montaña rusa. Uno, al fin y al cabo, busca encontrarse con situaciones que lo hagan flipar hasta decir basta. Uno lee y lo pasa bien, a veces por unas cosas y a veces por otras. Pero con Stanislaw Lem nos encontramos ante uno de esos casos de los anuncios de Teletienda, esos que te dicen: “¿por qué renunciar a lo que te gusta cuando puedes tenerlo todo en uno?”.

Magnitud imaginaria sería el producto estrella de Teletienda, anunciado por una Cindy Crowford siempre hermosa gracias a la ingeniería genética. Y un realizador malhumorado repetiría una y otra vez los mismos planos. Solo a veces le dedicaría un primerísimo primer plano a la comisura izquierda de los labios para recordarnos que ahí hay un lunar que podría haber sido descrito por Stanislaw Lem con precisión científica. Los hechos serían más o menos así si consiguiéramos hacernos con el guión de este prodigioso spot publicitario:

PLANIFICACIÓN AUDIO/TEXTO
P.G.: Cindy Crowford aparece trabajando en un laboratorio. Viste bata blanca y gafas de protección. Música de fondo.
P.A.: Realiza un experimento con un mechero bunsen. Parece sentirse acalorada y se quita la bata y las gafas. Debajo lleva puesto un bikini. Música de fondo que desciende mediante un suave fade out.
P.P.: Mira a cámara. C.C.: Hola amigos, el secreto de una supermujer como yo está en fomentar una mens sana en un corpore sano.
P.M.: Saca Magnitud imaginaria y lo muestra a cámara. C.C.: Y para cultivar el espíritu, no hay nada como leer a Stanislaw Lem. En este conjunto de prólogos a libros inexistentes, cualquier lector podrá disfrutar en poco tiempo de varios libros imposibles.
P.D.: Portada del libro. C.C.: Adéntrese en una de las mentes más brillantes del s. XX, capaz de guiarnos por los caminos de la ciencia y la filosofía a través de la ficción más delirante.
P.G.: Abre Magnitud imaginaria y se sumerge en la lectura con las piernas cruzadas. Voz en off: Efectivamente, Stanislaw Lem es la opción más completa. Otros escritores intentarán satisfacerte, pero no te arriesgues a quedarte a medias; con Stanislaw Lem abarcarás todo el placer que la lectura es capaz de dar.
P.P.: Mira a cámara e introduce el libro dentro de plano paulatinamente. C.C.: Recuerda, ¿por qué renunciar a lo que te gusta cuando puedes tenerlo todo en uno?
P.D.: Lunar de Cindy Crowford en la comisura izquierda de unos labios sonrientes. Jingle de Teletienda.

 

La eficiencia de Stanislaw Lem

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

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Mi tiempo de lectura ha caído en picado. Y, por desgracia, este año soy un ejemplo a seguir. He encontrado un trabajo de portero nocturno en un hotel, duermo por las mañanas hasta la hora del almuerzo y dedico las tardes a preparar unas oposiciones. Adelante, siéntanse orgullosos de mí. Pueden alabar mi constancia, mi dedicación y mi autosuficiencia. Dada mi situación, la culpa rechina los dientes cada vez que cojo una novela en mis horas de estudio. Tengo que aprovechar la nocturnidad de mi trabajo para leer, aunque en ocasiones me vea interrumpido por clientes borrachos o por parejas que bajan de madrugada a preguntar si en el hotel hay preservativos. Por eso, en mi caso viene bien un tipo de literatura que mantenga mi cabeza en funcionamiento con transcursos cortos de lectura, que me dé horas de satisfacción a partir de pocas páginas. En otras palabras, necesito “literatura de alto rendimiento”, o LAR en sus siglas habituales. Quizá el mayor paradigma de la literatura de alto rendimiento sea Borges, capaz de construir un universo literario expansivo en un relato breve. Pero no vamos a hablar de Borges. A mí no se me ocurriría hablar de Borges, porque luego pasa lo que pasa.

Aunque cueste creerlo, es posible encontrar escritores que consiguen encajar en este paradigma borgiano sin dejar de ser originales. No todo escritor que se acerca a los postulados de Borges es anulado por Borges. Por ejemplo, Elisa diría que Michael Ende es uno de ellos (si no la creen, lean El espejo en el espejo y ya verán). Por lo tanto, me atrevo a asegurar que existe toda una extirpe de escritores de LAR o literatura de alto rendimiento. Los cánones de este subgénero no están del todo claros y se basan en lo anteriormente predicado sobre Borges, supongo. ¿Quién sabe si en realidad la literatura de alto rendimiento no es una alternativa extraoficial y, por supuesto, secretísima al canon de Harold Bloom? Quizá Shakespeare ya no funcione como paradigma dentro de una taxonomía LAR. Debido a mi trabajo y a mis oposiciones, estoy pensando seriamente pasarme al canon LAR a la hora de entender el mundo, aunque puedan tildarme de conspirardor.

Un escritor que ha traído literatura de alto rendimiento a mi vida es Stanislaw Lem con su obra Vacío perfecto. Stanislaw Lem es otro de esos escritores que puede acercarse a Borges sin ser anulado. Del mismo modo que Borges usaba sus cuentos para hablar de novelas apócrifas, Lem plantea una serie de reseñas sobre libros inexistentes. En el caso de Lem, cada reseña es un prototipo para obra maestra. Pero Lem sabe que sus prototipos contienen en sí mismos la posibilidad de una obra maestra y que, a la vez, no plantean las mismas dificultades de tiempo y esfuerzo; es decir, Lem decide no meterse en camisas de once varas por unos resultados que ya ha logrado, porque, en cierto modo, en Lem también se trasluce la frustración del escritor ante el intento de crear una gran obra. Además, este planteamiento es el mismo desde el lado del lector. Uno obtendría de los textos de Vacío perfecto lo mismo que de las obras no escritas por Stanislaw Lem. Por eso nos encontramos ante una literatura de alto rendimiento.

Y aquí no acaba todo. ¿Quién desaprovecharía la oportunidad de reírse de los errores, de los tics, de las pretensiones de los escritores? ¿Quién no ha querido reírse de Joyce y de todos los grandes logros literarios, quién no ha querido reírse de sí mismo una vez puestos a reírnos? Stanislaw sí, por supuesto. Y todos deberíamos seguir su ejemplo.