Andrea Camilleri tras la ventanilla

La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri

La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri

Hace años, mi padre consiguió comprar -de segunda mano y a muy buen precio- un cochecito de golf. De esos que hemos visto tantas veces en la tele, conducidos por un caddie que transporta a su golfista por entre los dieciocho hoyos. La intención de mi padre era transformarlo en un vehículo de cuarenta y nueve centímetros cúbicos para poder legalizarlo como tal. El problema es que esto jamás se había hecho en España. Ni siquiera las autoridades públicas tenían claro qué pasos había que seguir. Imagínense cuántas peripecias burocráticas y cuántos dolores de cabeza vivió mi padre. Finalmente no lo consiguió, pero, hasta cierto punto, podríamos decir que la intención fue toda una aventura.

Creo que esta anécdota fue la que me llevó a leer La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri. Un compañero de trabajo me habló del argumento de esta novela, en donde su protagonista, en la Sicilia de finales del XIX, se le mete en la cabeza montar en su casa una línea telefónica privada, proyecto tremendamente costoso, extravagante y polémico en el contexto donde transcurre esta historia. Imaginé cuántas peripecias burocráticas y cuántos dolores de cabeza viviría este personaje a lo largo de las páginas y, bueno, ya me entienden, vi el paralelismo y me animé a leerla.

Andrea Camilleri construye el desarrollo de esta aventura administrativa a partir de epístolas y diálogos. Renuncia a la figura de narrador para darle todo el protagonismo a los comentarios y declaraciones de los distintos personajes. De esta forma, poco a poco, vemos cómo el protagonista se va dirigiendo a las autoridades pertinentes y cómo va recibiendo todo tipo de respuestas escandalizadas y desconsoladoras. Pero, gracias a un tesón envidiable y a la ayuda de gente influyente, va acercándose a su propósito, pese a las disparatadas consecuencias de su deseo. El recurso de la hipérbole convierte esta odisea en una sucesión de momentos bastante divertidos, hasta el punto de convertir al protagonista en sospechoso de acciones políticas subversivas.

Aunque, por desgracia, a Camilleri parece faltarle pericia para sostener todo este tinglado hasta el final sin que se pierda el interés. Me he reído mucho durante las cien primeras páginas, hasta que la gracia se ha convertido en hastío y en un mareo constante. He sido capaz, no obstante, de acabar la novela. Supongo que uno se esfuerza especialmente en terminar de leer un libro cuando alguien te lo ha prestado y luego va a pedirte una opinión. Este es, al fin y al cabo, el horrible problema que aparece cuando uno acepta libros de los demás. No dejen que nadie les preste un libro. Pese a lo que pudiera parecer, no favorece el hábito de lectura, porque no nos da opción de dejar a medias lo que leemos. Esta tarde le devolveré la novela a mi compañero, le daré mi opinión y me prometeré a mí mismo no volver a aceptar un libro ajeno.