La madre que parió a John Barth

El plantador de tabaco, de John Barth

El plantador de tabaco, de John Barth

Quizá esta sea una de las mejores novelas que lean en sus vidas. Me atrevería a apostar a que podría entrar en sus TOP-50. Cualquiera de ustedes ha leído mucho y ya tiene sus obras favoritas, pero nadie va a dejar en una mala posición a El plantador de tabaco, porque -quizá todavía ustedes no lo saben- esta novela deja el mismo regusto que un cuento bien contado en la cama, justo antes de dormir. Por supuesto, si ustedes no ansían esa sensación de la infancia, es que no tienen corazón.

A mí John Barth no me caía muy bien. Intenté leer, hace años, Sabático, y lo dejé a medias porque me aburrió de tan posmoderno que pretendía ser. ¡Me cansó a mí, que me gusta ir de posmoderno por la vida! Me pareció, además, que esos mismos recursos narrativos ya los usaba Cervantes y que a este le salían mejor, con más gracia, y sin tener ni pajolera idea de qué es eso que hoy día llamamos Posmodernidad. Tiempo después, volví a toparme con John Barth por culpa de La Medicina de Tongoy y me volvieron a picar las ganas (le doy las gracias en público, señor González Peón, por esta recomendación, porque me lo he pasado pipa). Me enteré de que John Barth era un flipado de El Quijote y le perdoné nuestro último encontronazo.

Y es, precisamente, en El plantador de tabaco donde John Barth puede masturbarse con El Quijote sin manchar a nadie, es aquí donde lo borda, es aquí donde lo clava, es aquí donde demuestra un amor y un respeto profundísimos hacia el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Sí, esto ya lo han dicho otros, pero mencionarlo se me hace inevitable. Ebenezer Cooke, nuestro querido protagonista, es un Quijote al que, en lugar de darle por las armas, le ha dado por las letras; en lugar de convertirse en caballero andante de la Mancha se ha convertido en Poeta Laureado de Maryland. A pesar de esta mínima diferencia, su carácter y su hechura recuerdan constantemente a las de Don Alonso Quijano. Si este defendía la preeminencia de las armas sobre las letras en el capítulo XXXVIII de la primera parte, Ebenezer Cook, en cambio, demostró el poder de la poesía escribiendo La Marylandíada.

Tampoco es mi intención convertir esto en el juego de los parecidos razonables. En realidad, basta con la idea de que El plantador de tabaco es un puente fenomenal hacia la lectura de El Quijote, si la novela no tuviera mil ciento setenta páginas, se la recomendaría a mis alumnos de Bachillerato como digno preámbulo cervantino, porque -pese a que esto todavía no haya quedado claro en los institutos- la literatura no ha de leerse en el mismo orden en que fue escrita a lo largo de la Historia. No obstante, si señalo la obra de Cervantes, no puedo dejarme atrás la otra fuente de la que es deudor John Barth. Me refiero a Las mil y una noches, obra también mencionada en todas las reseñas de El plantador de tabaco, puesto que esa arquitectura de historias dentro de historias y esa sensación constante de oralidad las emparentan.

He dicho mil ciento setenta páginas. Por supuesto, es una de las novelas más largas que jamás he leído. Casi alcanza a La broma infinita, de David Foster Wallace, y no la supera por las dichosas últimas páginas de las notas al pie. Esto me sirve para confesar algo verdaderamente vergonzoso: las novelas largas me resultan pesadas, por muy buenas que sean, quiero que se acaben para pasar a otra cosa. Por ejemplo, recuerdo que, pese a que me entusiasmó la novela, se me hicieron pesadas las últimas cien páginas de Los hermanos Karamazov, quería que Dostoyevski resumiera un poco y acabáramos pronto, me iba apetenciendo centrar mi atención en otro libro, me iba apetenciendo “cambiar el chip”. Nunca he tenido una gran capacidad de atención, ni mucha constancia, ni mucha paciencia, ni mucha disciplina. Pues bien, con El plantador de tabaco todo ha sido diferente. En este caso, quería que la historia no se acabara, con esta novela me he sentido un lector distinto, un lector mejor.

Y es que El plantador de tabaco es multitud de historias que van y vienen dentro de un mismo surco. Los personajes desaparecen y reaparecen creando continuos golpes de efecto y dando inusitadas vueltas de tuerca. Se me ocurre definir esta obra del siguiente modo: lo que ahora es A, más adelante será B y, probablemente, acabe siendo C o nuevamente A. Por eso, es frecuente verse con las manos en la cabeza y exclamando sorpresa cuando se está leyendo El plantador de tabaco, porque para Ebenezer Cooke la realidad y la ficción no solamente se entrecruzan, sino que, al fin y al cabo, pueden llegar a ser una misma cosa, sobre todo si provienen de su tutor, Henry Burlingame III. La realidad y la ficción tienen un nexo en esta novela y, por ende, en la vida de todas las personas; me refiero a la mentira, esa herramienta que concilia esos dos aspectos que, a priori, pueden parecer tan enfrentados. La mentira es un mutuo acuerdo entre la realidad y la ficción.

A estas alturas, creo que John Barth es un superhombre, porque, al final de la novela, logra que todo encaje, que todo haga clic, que me sienta sobrepasado pero pletórico, que haya sido feliz durante varias horas.

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