El último en leer a Fernández Mallo

Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo

Mi relación con Nocilla, más allá de las meriendas, se había limitado hasta ahora a la documentación de un nuevo fenómeno a base de reseñas, reportajes, entrevistas y todo tipo de producción informativa alrededor de un objeto literario, objeto que empezaba a brillar tanto que a veces tenía que frotarme los ojos para poder seguir observando a una distancia prudencial. Al menos en la parte de la blogosfera que yo habito, Fernández Mallo había aparecido como un mesías, su forma de aparecer en las fotos me dejó fascinado y tomé la costumbre de escuchar atentamente todo lo que decía, con la cabeza apoyada en las manos y los codos apoyados en un lugar cómodo. Quizá la virtud que logró subyugarme fue su capacidad de darle coherencia a todo discurso que se formaba alrededor de él y de su obra. Todo encajaba (todo encaja). Fernández Mallo apareció ante mí como un señor extremadamente congruente. Esto hizo que yo acabara consumiendo compulsivamente todo su merchandising teórico, aunque cometí el error de saciarme con esto y no llegué a consumir el objeto literario en el momento de su apogeo mediático.

Esta es una de las razones por las que no había leído Nocilla Dream hasta este momento. La otra es complementaria y más frívola: no leer lo que se había puesto de moda hacía sentirme todavía más guay que los demás.  Pero volvamos a la primera opción. Es admirable cómo Fernández Mallo ha logrado crear una obra literaria que bien podría subtitularse Praxis de la literatura posmoderna (sin saltarse ni un solo paso). Y también hay que aplaudir el haber puesto en boga la palabra rizoma, del mismo modo que en otra época molaba mucho decir estructuralismo. Esto suena a broma, pero lo digo en serio, es admirable. De ahí que lo considere un escritor extremadamente congruente.

Ahora me siento como si hubiera sido el último en leer a Fernández Mallo. Pero por fin lo he hecho. Ya un poco distanciado de su big bang, pero, sin embargo, enmarañado por toda la información que he ido recopilando hasta hoy. Desde este punto, mi primera conclusión es clara: Nocilla Dream es una obra que funciona perfectamente sin tener que dar ningún tipo de explicación sobre ella, no necesita de ningún corpus teórico que la sostenga, porque se sostiene por sí misma; su intención es clara desde el principio y sus propósitos se cumplen con éxito. Pese a que pueda parecer lo contrario, es una obra de pretensiones humildes; quizá gracias a esto consigue llegar a donde se propone.

Al fin y al cabo, Nocilla Dream es sencillamente una actualización de un modo de narrar ya existente. Eso sí, una actualización práctica e inteligente, como una nueva versión de un software. Nocilla Dream, de hecho, consigue que sonriamos nostálgicamente cuando miramos atrás, del mismo modo que sonreímos si estamos acostumbrados a la última versión de Photoshop y, de repente, nos encontramos con un ordenador que aún tiene instalada una de las primeras versiones (pensamos, inevitablemente, yo aprendí con esta versión, eso es lo que había entonces y con eso había que apañarse, y ahora ya se puede hacer de todo con los nuevos adelantos). Esta lógica de la literatura como actualización permite que no encuentre demasiada distancia entre los planteamientos de El pintor de la vida moderna de Charles Baudelaire y Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo, por ejemplo. Así po9dríamos ver a Fernández Mallo como un gran downloader de pluggins literarios (por inventar una definición pegadiza).

Algunos de estos pluggins pueden ser la manía referencial integrada mediante el estilo directo, en contraposición a autores como Rodrigo Fresán o Enrique Vila-Matas, que todavía parecen conservar el pudor de no usar el copy/paste. Aunque a efectos prácticos, yo he disfrutado lo mismo adivinando la biografía de Philip K. Dick en las obras de Fresán, anécdotas de Marcel Duchamp en las obras de Vila-Matas o leyendo, sin mediación, un fragmento de Thomas Bernhard en Fernández Mallo. El resultado es igualmente válido y efectivo en todos los casos.

Por otro lado, y volviendo a la idea de actualizar una forma de narrar ya existente, me llama poderosamente la atención la importancia que parece darle Fernández Mallo a la naturaleza del aglutinante narrativo de la obra. En el capítulo 98 de Nocilla Dream se dice lo siguiente:

Primero fue el acero, luego el vidrio, después otros materiales y aleaciones, y hoy los vidrios más especializados. Pero todos estos materiales modernos tienen comportamientos totalmente diferentes y responden a las acciones térmicas y mecánicas con cambios dimensionales que son mucho más importantes que en los materiales tradicionales. En un edificio formado por elementos tan heterogéneos esos movimientos serán muy importantes y variados. Por ello, la relación (y unión) entre piezas se hace cada vez más difícil. Hace 30 años la respuesta universal a esos problemas era la silicona y en general los sellados elásticos. Se sellaban todas las uniones, incluso entre elementos estructurales. La inmensa confianza en esa panacea llevó a excesos de todo tipo: sellados exteriores que sometidos a la acción de los rayos ultravioleta aceleraban su envejecimiento, etc. Tras esos años de inmensa confianza en un producto con el que se querían suplir las deficiencias en la concepción del proyecto, la silicona sufrió importantes fracasos y se convirtió en un símbolo de la chapuza constructiva. (Ignacio Aparicio. La alta construcción, Espasa, 2002.) O, “A propósito de la novela”.

Entonces cabe preguntarse lo siguiente: por admirable que sea la “concepción del proyecto” de Fernández Mallo, ¿qué tal se le da usar la silicona? Parece ser que en su proyecto se descarta todo tipo de aglutinante. De este modo, uno no se arriesga a ser chapucero, pero tampoco demuestra otras virtudes. En Rayuela, de Julio Cortázar, por ejemplo, hay fragmentación, pero también hay hilo y aguja. En Diccionario Jázaro, de Milorad Pavic, hay fragmentación, pero también hay mucho hilo y aguja (esa novela sí que es posmodernidad por un tubo). Pero en Fernández Mallo hay magma y placas tectónicas.

Esto me lleva a una última idea. A un señor como Agustín Fernández Mallo solo se le podría permitir (si de mí dependieran estas cosas) que usara la palabra experimento o experimental si se decidiera a escribir una novela decimonónica. Es decir, si demostrara ser capaz de trabajar con elementos ajenos a su propia naturaleza. Eso sería, verdaderamente, en su caso, un experimento literario, aunque de cara al lector el resultado fuera otra obra tradicional.

Agustín Fernández Mallo dijo (no recuerdo dónde lo he leído) que entiende la literatura como un laboratorio. Entonces, si hay científicos que se afanan en reproducir las condiciones iniciales del planeta Tierra, con todas las dificultades experimentales que eso supone, pues ¡hala!, a ver si Fernández Mallo se atreve a reproducir las condiciones iniciales de la novela moderna. Sería todo un reto digno de leer.