Broch y el gusano de agujeros negros

LOS INOCENTES

LOS INOCENTES

Imagínense que se coge un personaje (Andreas) y que se le lanza al espacio exterior pidiéndole que se establezca allí lo más cómodamente que pueda. Entonces, vean al pesonaje atravesando un agujero negro tras otro, irremediablemente, cada vez más hacia dentro, cada vez más cerca de un perdón que no había pedido, cada vez más cerca de una desaparición que no había previsto. Hasta donde yo sabía, la salvación siempre hay que buscarla por uno mismo, pero Andreas ha tomado la determinación de seguir fielmente su destino. Por eso consigue expiar todo lo que él nunca había imaginado. Ahora bien, abramos un poco el plano. Nos daremos cuenta de que los agujeros negros son realmente úteros, úteros malvados como ventosas que intentan arrastrar hacia sí mismos todo aquello que puede hacerles sentirse necesarios para la existencia humana. Úteros burgueses y mujeriles. ¡Ay, qué miedo! Además, cambiemos el espacio exterior por la Alemania de entreguerras, y démonos cuenta de que el final del gusano de agujeros negros es la ascensión del nacismo. Para ese momento, Andreas ya habrá sido perdonado, pese a ser, quizá, el inocente. Lo único que le reprocho a Andreas o lo único que le rerpocho a Hermann Broch es su fastidiosa voluntad de articular un discurso filosófico. La filosofía no hace que el viaje de su protagonista sea mejor, ni más provechoso. La filosofía hubiera sobrado a Los inocentes, tan sólo agujeros negros, eso sí, muchos agujeros negros.

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