Cara y Cruz de Richard Ford

Canadá, de Richard Ford

Canadá, de Richard Ford

Me doy cuenta de que las reseñas hospitalarias son notablemente más complicadas. Uno está pachucho, sensiblón y se emociona con cualquier cosa. Leer y escribir en el hospital debería ser un género aparte en el mundo de la reseñística. Por ejemplo, cuando uno lee en una habitación de hospital, la lectura pasa por una extraña lente de aumento. Lo bueno se vuelve tan bueno que se convierte en una salvación y lo mediocre, lo malo o, sencillamente, lo que no se ajuste al estado de ánimo hospitalario se percibe como un coñazo tan grande como un compañero de habitación que te pregunta por tu salud. Así que no se fíen mucho de mí durante mis épocas de ingreso. O no lo hagan nunca. Al fin y al cabo, qué mas da lo que yo diga.

He logrado terminar Canadá, de Richard Ford. Regalo hecho con amor por gente a la que quiero un montón y que tiene un gran criterio literario. Yo quería leer en algún momento a Ford y ellos me lo pusieron en bandeja. Buscar intersecciones entre sus preferencias y las mías es un juego laberintístico y divertido, y Ford podría ser una tangente entre nuestros gustos literarios.

Digamos que Canadá, de Richard Ford, consta de dos partes. En realidad son tres, pero la última casi no cuenta, el narrador trata de justificarse porque ya está viejo y pone las cosas en su sitio y tranquiliza un poco al lector; además, es muy cortita. Por eso, digamos que esta novela consta de dos partes:

La primera parte ha sido jodidamente buena. He estado a punto de proclamar en Facebook que uno sería muy feliz escribiendo como Richard Ford. La primera parte trata -y lo cuento porque queda claro en las primeras páginas- de cómo los padres de una familia de modesta clase media acaban atracando un banco. El narrador es uno de los dos hijos, un tierno e ingenuo adolescente que ha de encajar que sus padres han hecho algo contrario a la educación recibida y que con ello todo va a cambiar.

Durante este tramo de lectura, pensé mucho en A sangre fría, de Truman Capote. Novela que he dejado dos veces a medias y que me parece tremendamente sobrevalorada. De algún modo, vi en esta primera parte un análisis del crimen mucho más humanizado, más complejo. Ford hace que el narrador dé vueltas alrededor de su relación familiar intentando entender cómo y por qué, aportando matices en cada vuelta, haciendo comprender al lector detalles que él no podía entender todavía por su juventud. Me pareció una narración llena de sutileza, pero que, poco a poco, iba iluminando a los personajes.

Luego llegó la segunda parte. Aquí el narrador está solo, dado el cambio que ha dado su vida. Tiene que enfrentarse al trauma de hacer de su vida algo muy distinto de lo que esperaba. La premisa me parece maravillosa, pero el resultado es un verdadero despropósito. Quiero pensar que no está escrita por la misma persona. Propone dos personajes como puntos de referencia que, por muy pintorescos que sean, parecen hechos de cartón piedra. Lo que debería convertirse en un verdadero bildungsroman se queda en un narrador protagonista plano que va perdiendo interés página a página. Para colmo, acabé muy nervioso por el abuso que hace de la raya de paréntesis para intercalar todo tipo de comentarios que podrían fluir perfectamente en la narración. Tal torpeza no me ha ayudado a avanzar en mi lectura.

Soy consciente de que casi toda esta segunda parte ha sido leída en el hospital. Eso, ya he confesado, puede variar los parámetros de mi criterio. Pero, en realidad, si lo vuelvo a pensar, me niego a creerme lo que he dicho al respecto. Si yo fuera un tipo muy feliz y sano como una pera tampoco hubiera disfrutado de este segundo tramo.

Siento si he hablado demasiado del argumento de la novela. No es mi costumbre. Pero no sé dónde rascar más en esta obra. Lo dejamos aquí. Voy a aprovechar que ahora no tengo ningún compañero de habitación para ver cualquier programa de la tele a falta de una lobotomía para aguantar las movidas hospitalarias que me quedan por delante.

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