Cómo leer una obra maestra de William Gaddis en cómodos plazos

Jota Erre, de William Gaddis

Jota Erre, de William Gaddis

Si ya resulta heroico enfrentarse a una lectura que te supera en algunos tramos o en algunos aspectos, más descabellada es, si cabe, la intención de escribir sobre tal lectura. Pero, ¡qué demonios!, me siento henchido de Jota Erre, y si no abro la boca y muevo los dedos para decir algo es probable que reviente, es probable que el libro me explote por dentro. Reconozco antes de nada que Jota Erre, de William Gaddis, es un libro tan grande (y no me refiero a su tamaño) que me ha dibujado como lector, me ha perfilado, me ha delimitado, revelándome finito e imperfecto ante el caudal torrencial que supone navegarlo.

Quizá esta sensación de esfuerzo y de exigencia junto a la gratificación de haber convertido el enredo en ilación y los tropiezos en ritmo es lo que define la experiencia con una obra maestra. De hecho, no recuerdo una aventura parecida desde que leí Los hermanos Karamazov. Quizá Jota Erre sea leído, en algún momento, como obra maestra. Yo no tengo perspectiva ni autoridad, pero sí un barrunto por el que haría una apuesta.

¿Y cómo se lee Jota Erre cuando uno se siente tan apocado? A falta de tiempo o -como en mi caso- disposición anímica y voluntad férrea, uno decide repartirse Jota Erre en cómodos plazos, como quien entra y sale de un flashmob en donde lo desconocido se alinea para ejecutar una complejísima coreografía. En los interludios, uno vive, se relaciona con otros seres humanos e incluso afronta lecturas menores.

¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? o insertar a Helen Lovejoy en el discurso capitalista 

Siempre me ha parecido alucinante que la clase obrera se apropie del discurso capitalista y se identifique con quien la domina. Supongo que es una cuestión de educación. Entre los banqueros y los empresarios siempre hay una Helen Lovejoy de Los Simpsons que les recuerda con su famosa sentencia dónde hay que poner una especial atención. El resultado, hoy día, es la nueva asignatura de Educación Financiera que algunos institutos imparten en la ESO. Jodi Évole le dedicó un programa en Salvados, en donde bisoños alumnos aprendían que antes de comer hay que pagar la hipoteca:

Esta asignatura se imparte hoy día; Jota Erre se escribió en los años setenta y parte de la premisa de un chico (incluso más joven que los chavales del vídeo), cuyo nombre titula la novela, que logra montar un imperio de especulación financiera a partir de lo aprendido en una asignatura sobre economía y sirviéndose del teléfono público de su colegio. El paralelismo es escalofriante y la sensación de actualidad da vértigo. La educación como constructor ideológico que propague el capitalismo. Los chicos que entrevista Évole, como futuros integrantes de la clase obrera, prefieren pagar la hipoteca a asegurar su sustento. Jota Erre Vansant, más listo que los demás niños de su clase, imagina negocios según las mismas reglas que le han enseñado.

El valor del arte donde todo tiene precio

Pero Jota Erre, en realidad, no es más que un personaje que ayuda a vertebrar una novela coral. La idea de que el capitalismo sea un juego en manos de un niño convive con otro juego, el del arte, porque esta novela también trata sobre la relación entre la creación artística y la producción capitalista. Mis personajes favoritos son esos artistas desdoblándose en obreros (o, incluso, en ejecutivos) para subsistir dentro de un sistema en donde no se contempla el valor de su obra.

-Me pidió que le contara lo de Johannes Müller, ¿no? Le dije que no me estaba escuchando, hablo de Johannes Müller, el anatomista alemán del siglo XIX, Johannes Müller cogió una laringe humana, le puso cuerdas y pesos para sustituir a los músculos, intentó tocar una melodía soplando por ella, qué le parece. ¿Bast? -Sí, suena bastante… -Pensaba que las compañías de ópera podían comprar laringes de cantantes muertos, prepararlas para que cantaran arias, ahorrarse los sueldos de ese modo, librarse del artista, joder, sacarlo del arte de una vez por todas, mientras esté ahí destruirán todo lo que se encuentren en su camino, en eso consiste el arte en realidad. […](Pág. 444)

Esta relación entre arte y capitalismo se plantea como insalvable, pero imposible de encajar. Tanto es así que en la novela encuentro dos tipos de personajes: los que se suben al carro del capitalismo y sacan tanto provecho como el sistema les permite y los que son atropellados por ese carro.

Venga, va, tengo que reconocer que en parte me he sentido identificado. Me he acordado de aquella época de mi vida en donde yo era el responsable de Publicidad y Comunicación de una mediana empresa con escasa infraestructura pero tremendo crecimiento. Cada jornada laboral era el Apocalipsis. Dejé de escribir y, poco a poco, de leer. Y es que en Jota Erre comprobamos cómo trabajar en una empresa te produce una cantidad tan apabullante de anodinos inputs que resulta casi imposible centrarse en un proyecto artístico. En esta novela, la música de Bast o la escritura de Gibbs se desmoronan por culpa de las innumerables interrupciones de la esfera empresarial que los rodea.

Por suerte, siempre hay huecos en los que esconderse. No saben ustedes cuánto he disfrutado de las escenas en el apartamento de la calle 96, en donde Thomas Eigen y Jack Gibbs se comportan como una versión sofisticada de Calac y Polanco, aquellos entrañables personajes de 62/Modelo para armar, de Julio Cortázar. Pero en el otro lado, he de reconocer que me he sentido verdaderamente incómodo y desasosegado en las farragosas páginas de discurso financiero que pueblan la novela. La culpa es mía por haber elegido bando.

Una señalética para no perderse durante el camino

Jota Erre está escrito con esa técnica dialógica que tanto le gusta a William Gaddis (véase Gótico carpintero), en donde uno no siempre tiene completamente claro quién habla y a quién se dirige. Su habilidad para los diálogos lo pone a la altura del mejor dramaturgo que se nos ocurra, pero el hecho de que aparezcan tantos personajes se convierte en un verdadero reto para nuestra atención y nuestra memoria. Por eso, esta guía de personajes resulta un agradable y reconstituyente apoyo:

http://www.williamgaddis.org/jr/jrcast.shtml

Asimismo, al creador de esta web, se le ocurrió dividir la novela en escenas espaciales o temáticas y hacer breves sinopsis de cada una. A mí esto me ha servido de utilísima señalética cada vez que me he sentido desorientado entre tantos saltos, interrupciones, digresiones y giros:

http://www.williamgaddis.org/jr/jrscenes.shtml

Aviso, no obstante, de que la paginación corresponde a la edición americana, así que he tenido que encontrar la correspondencia con paciencia y tesón. Pero vale la pena, porque se trata de una herramienta muy útil para la lectura de semejante ballena blanca.

Lean esta obra maestra de William Gaddis en cómodos plazos -como yo- o del tirón -como los valientes-, pero no se pierdan este texto por tal de no abandonar esa zona de confort en la que a veces se convierte la lectura.

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Un William Gaddis hogareño

Gótico carpintero, de William Gaddis

Gótico carpintero, de William Gaddis

La parte positiva de que la lectura de una novela se dilate más de lo deseable, más de lo esperado, es que estoy poniéndola inevitablemente a prueba. Si una novela mantiene mi interés durante una lectura fragmentada y espaciada, una lectura a trompicones, se está ganando a pulso toda mi admiración. Este es el caso de Gótico carpintero, de William Gaddis, del mismo modo que me ocurrió, por ejemplo, con Residuos, de Tom McCarthy, otra obra que me mantuvo pegado a ella pese a que, debido a que a veces hay que hacer otras cosas en la vida, tardé demasiado tiempo en terminarla.

En realidad, para hablar de Gótico carpintero podría remitirles a la reseña de La medicina de Tongoy. Al fin y la cabo, él ha dicho ya, más o menos, lo que yo iba a decir al respecto. Lo mejor sería callarme, pero si me callo reviento. Así que voy a intentar contar alguna que otra cosa.

Hace unos años, un amigo leía a Blaise Pascal y me mostró un aforismo suya que a veces parafraseo con más o menos exactitud: “La mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa”. Quizá esto es lamentable, pero llevo un estilo de vida que incluye esta cita como un precepto. De hecho, siempre he pensado que los libros te ayudan a evitar todos esos problemas que hay fuera de casa. Pero Gótico carpintero cuenta una de esas historias en donde todos esos problemas están siempre dentro de casa, anclados al hogar, y de puertas para fuera todo parece una ficción.

Esta novela está construida casi en su totalidad por diálogos, con escasos fragmentos narrativos, y se desarrolla prácticamente en un solo escenario -en el hogar de Paul y Liz-, como si se tratase de una obra de teatro hipervitaminada, imposible de llevar a escena por su extensión o porque quizá público y actores acabarían agotados y con miedo de volver a casa y enfrentarse con sus propios problemas. Eso es lo peligroso de las obras de teatro y de las películas en el cine, luego hay que volver a casa. En cambio, los libros funcionan al revés, ya estás en casa, y el miedo se orienta hacia el exterior.

Cuando le comenté cómo era la estructura de esta novela a mi amadísima Elisa Calatrava, ella me recordó La Celestina. El símil es muy bueno, pero Fernando de Rojas, al menos, tenía la decencia de introducir cada intervención con el nombre del personaje, a diferencia de William Gaddis, que entrelaza los diálogos y el lector, o el oyente, porque así me he sentido, tiene que descifrar quién está hablando por las escasas referencias que los personajes van haciendo unos de otros. Este mecanismo comienza en nivel rookie, pero con el paso de las páginas la dificultad sube hasta el nivel master of the universe. En esta novela, William Gaddis lo está dando todo, eso sí, el lector se verá obligado a dar también lo mejor de sí mismo.

De hecho, creo que sería justo decir que Gótico carpintero puede ser una de esas novelas que podrían ser la gran novela americana. Estamos acostumbrados a pensar que las obras que aspiren a ese calificativo han de tener, como mínimo, setecientas páginas. Gótico carpintero tiene solamente doscientas ochenta y tres, pero nos habla de las miserias humanas con un tacto único. Además, consigue hablar de ese gran problema que azota el exterior de las casas y que igualmente se mete en ellas y las destruye, no hablo del crimen ni de los ácaros, me refiero a la religión, que funciona como articulación para desentrañar las miserias y la locura de sus personajes. Lo de la gran novela americana es, sin duda, un tópico, pero me sirve para expresar que Gótico carpintero me parece una obra maestra, tanto que no comprendo por qué no se habla más de Gaddis o, mejor dicho, por qué no he oído hablar más de Gaddis. Sé que Ágape se paga, de este mismos autor, no me gustó demasiado, pero donde dije digo, digo Diego.

La pianola suena de fondo

Ágape se paga

Ágape se paga

Se me ocurre una fórmula química para explicar Ágape se paga. Imaginen al personaje de El innombrable de Samuel Beckett, en la misma cama, invadido por la voz de Thomas Bernhard para hablar de La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica. Esa fórmula química, en realidad, no es mía. Algo así se esboza en el prólogo de Rodrigo Fresán, o en el del traductor, o en algún sitio. Esos tres elementos siempre funcionarán mejor por separado, pero sí es cierto que este libro de William Gaddis tiene mucho que ver con todo eso, muy en especial con Thomas Bernhard y con Walter Benjamin. En el caso de Beckett tan sólo se puede reconocer la enfermedad de un hombre postrado, con El Innombrable la semejanza sólo aparece como punto de partida. Lo demás es otra cosa bien distinta.

Gaddis leyó a Bernhard bastante tarde. Pero, por suerte para él, lo leyó. ¿Se puede decir que es “una suerte” y no otra cosa leer a Bernhard? Eso no importa ahora. Gaddis tuvo tiempo de dejarse invadir por la voz de Bernhard, como no puede ser de otra forma cuando uno se encuentra con este escritor, y lo demostró asumiendo en su última obra el mismo discurso feroz y radical. El problema es que Bernhard sólo hay uno y que, además, yo no había leído antes a William Gaddis, por lo tanto no conozco a Gaddis haciendo de él mismo. De todas formas, es muy comprensible que el estilo Bernhard sea el más apropiado para hilar un texto de las características de Ágape se paga. El tema, condenadamente obsesivo, lo requiere así.

El tema estaba en la cabeza de William Gaddis desde hace varias décadas. Era necesario hablar acerca de la pianola. Había que hablar de una época en la que un aparato con forma de instrumento es capaz de reproducir lo que un hombre podría hacer con un instrumento. William Gaddis empezó a plantearse el tema como un posible ensayo. Pero ¿quién se atreve a hablar de algo así a finales del siglo XX cuando ya en 1936 Walter Benjamín había dicho todo lo necesario? A William Gaddis le hubiera gustado escribir La obra de arte  en la era de su reproductibilidad técnica. No pudo ser. Así que decidió inventarse una historia en la que quizá se podría haber escrito un ensayo así. Una historia en la que, además, se pudiera hablar sobre Thomas Bernhard y de su libro El malogrado en el que un hipotético Glenn Gould se lamenta de interponerse entre Bach y el piano (¿eso lo dijo de verdad Gould, aparece en la novela de El malogrado o sólo aparece en Ágape se paga? No lo recuerdo).

Comparto lo que dice el traductor sobre la forma de leer este libro, hay que hacerlo como quien oye una conversación ajena. Es algo así como, para explicarlo de otra forma, cuando uno ve un cuadro: tiene que ponerse a la distancia adecuada para contemplar las formas definidas, porque si uno se acerca demasiado tan sólo ve pinceladas de óleo que no se parecen a nada.