Mircea Cartarescu en duermevela

Lulu, de Mircea Cartarescu

Lulu, de Mircea Cartarescu

Este comienzo de curso me está creando algunos trastornos, por ejemplo, duermo más de lo que desearía. He terminado Lulu, de Mircea Cartarescu, entrando en el sueño y, tras la última página me he quedado dormido en el sofá, soñando que quería despertar para hacer un montón de tareas que me quedan pendientes. Duermo demasiado a causa del cambio de horarios, de las clases a veces agotadoras, pero quizá también a causa de Lulu. Mi frecuente somnolencia no se debe, en absoluto, a que esta obra resulte aburrida, sino a que funciona como una ensoñación discontinua. A lo mejor he sucumbido a la empatía con el protagonista. Su narración nos lleva a distintos niveles de conciencia en donde en ocasiones abandonamos cualquier realidad que pueda ser compartida ¿por los demás personajes?, ¿por mí mismo? En esta novela nunca sé donde estoy, pero me dejo llevar.

Quizá Mircea Carterescu es un heredero de la literatura fantástica y se dedica a esparcir niveles de realidad en donde lo imposible hace mella en nuestra credibilidad. Quizá, en realidad, Carterescu sea un simbolista y su prosa una gran alegoría llena de interferencias. Sea como sea, se esfuerza por arrastrarnos hacia Lulu, esa pulsión sexual latiendo en un travesti. He de reconocer que yo he llegado hasta Lulu con mucha ingenuidad, después del gran encuentro que se vislumbraba desde el comienzo de la narración, me he preguntado ¿ya está?, ¿no hay más?, ¿o acaso es que ha ocurrido todo y yo no me he dado cuenta? Posiblemente yo esperaba un encuentro mucho más directo, más terrible y más hermoso, pero no es de extrañar que en esta novela todas los trazos estén difuminados.

De todos modos, ¿qué me importa a mí esta historia? Lulu no me ha cautivado con una buena historia. Ha sido Mircea Cartarescu el que me ha ganado para su causa, porque se ha atrevido a usar una prosa verdaderamente adictiva, una prosa plástica, una prosa que se parece más a una escultura, quizá un poco ampulosa, pero elegante hasta el último tramo. Es peligroso que un narrador se haga notar tanto dentro de una narración, ese es un error típico del poeta que decide contar una historia, y Cartarescu, precisamente, también es poeta. Pero, en este caso, el propósito sale bien. Cartarescu mide sus posibilidades y dosifica sus recursos para no embrollar con molestos malabares. Envidio esa templanza. Supongo que le seguiré la pista a este señor para ver si en posteriores libros lo sigue haciendo así de bien y, sobre todo, si consigue contar una historia que me interese más que esta.

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