Baudrillard again

El crimen perfecto, de Jean Baudrillard

Cuando regreso, por la noche, del trabajo suelo encontrar la siguiente escena:

Mi amadísima Elisa Calatrava está trabajando en su despacho. Pese a que tiene la mesa llena de libros y papeles, solo usa un flexo. Suele haber música de fondo. Los gatos duermen a su lado y le hacen compañía.

El otro día encontré que por fin había comenzado a leer a Jean Baudrillard. Me siento muy contento porque se lo recomendé yo. Me leyó varios pasajes y ocurrió lo inevitable. Tuve una recaída, he vuelto a leerme El crimen perfecto. Ahora que lo tengo fresco en la cabeza, es agradable poder hablar con ella de todo esto:

Por fin, un estilo mesiánico al que poder seguir

En contra del aspecto que debería mostrar un filósofo o un científico, Jean Baudrillard escribe como si fuese un predicador. Su discurso no parece aspirar a la verdad (aunque está tan habilitado como cualquiera para llegar a ella), sino a la necesidad de que las cosas que contemplamos en el mundo sean así.  No sé muy bien cuál es la diferencia entre estas dos pautas, pero es inevitable intuir que hay un salto cualitativo en las expectativas que nos ofrece su lectura.

Un predicador tiene la facultad de incluirse a sí mismo en su discurso como valor de seducción. O, dicho de otro modo más llano, un predicador tiende a engatusarnos con sus encantos. Cuando leo a Baudrillard, imagino cómo gesticula. ¿Me ha pasado eso antes con otros escritores? Con pocos, muy pocos. Se me ocurre, así de repente, Thomas Bernhard. En el estilo de Baudrillard hay implícito un paralenguaje. Esto ha de demostrar, de algún modo, una declaración de intenciones.

Asimismo, Baudrillard se sirve de otro mecanismo reconocible en los predicadores. Una vez que te tiene en donde quiere se vuelve un auténtico incendiario. Su pensamiento es como una telaraña que, en lugar de inmovilizarte, consta de una serie de resortes que te lanzan hacia un lado y hacia otro, te centrifugan, te bambolean, te hacen sentir vértigo y, a veces, incluso náuseas. La misión es no dejar títere con cabeza, y que el lector no se quede de brazos cruzados.

Huelga decir que a mí me tiene donde quiere, a mí me tiene a su disposición, quemaré las naves si él me lo pide.

Mi primer apocalipsis

El crimen perfecto se publicó en los años noventa y habla de un mundo que coincide con mi adolescencia. Por tanto, pretende desentrañar unas claves que de algún modo englobaban y fagocitaban mi interpretación púber del mundo, sin que yo tuviera, obviamente, la más mínima sospecha. No leí a Baudrillard -fue, precisamente, El crimen perfecto mi primera lectura de su obra- hasta bien entrados los años universitarios. Pero en seguida me sentí emparentado con él, sentí que le debía algo, porque me estaba hablando de un mundo que yo era capaz de reconocer.

Jean Baudrillard -como todo buen predicador- siempre habla del apocalipsis. El apocalipsis bajo todas sus formas, ese es su tema, sin importar el ámbito de la realidad que esté distinguiendo. Y, ¿no es acaso el apocalipsis el tema predilecto de cualquier adolescente occidental de clase media? Cuando leí por primera vez a Baudrillard yo ya estaba en una era postapocalíptica de la adolescencia (a la espera, sin embargo, de apocalipsis venideros) y era inevitable que me dejara seducir por la idea de que El crimen perfecto también contaba mi historia.

Un nuevo género literario

No os voy a engañar. En mi relectura de El crimen perfecto mis sensaciones no distan mucho de las que he comentado más arriba. Acabo de cumplir treinta años, por lo que ya no tengo edad para el malditismo, pero miro el mundo de esta época y sigo viendo un apocalipsis frente a todos nosotros (antes solo lo veía frente a mí).

Mi amadísima Elisa Calatrava también ha tenido esa sensación apocalíptica ante esta obra, y ella ha sabido definirlo mucho mejor que yo. Ella comentaba que la escritura de Jean Baudrillard pertenece al género del terror. Esto no quiere decir que su pensamiento trate sobre el terror, sino que provoca, mediante sus mecanismos y sus desenlaces, un terror sobrenatural, capaz de llevarnos al mayor de los desconsuelos.

Lo que en un primer lugar podría entenderse como un libro de carácter sociológico o filosófico, puede verse como una obra de género. Del mismo modo que usamos la literatura y la ciencia dentro de un ámbito al que llamamos ciencia-ficción, podríamos decir que estamos ante una obra de filosofía-terror. Ese es el término. No sé quién más lo cultiva, pero Baudrillard es un maestro en él.

Soy un cyborg

Creo que ya ha quedado claro que estoy asustado después de releer El crimen perfecto. Lo que describe este libro asusta a mucha gente que no lo ha leído. Por ejemplo, este año estoy conociendo a muchas personas que plantan su propio huerto o que compran comida ecológica. Supongo que ellos también temen lo mismo que yo, pero concentran sus temores en puntos visibles como los transgénicos, la polución o el cambio climático. A mí esas cosas también me dan miedo, pero les digo a estos amigos, con un sarcasmo que en realidad recae sobre mí mismo, que soy una persona abocada a los “designios” de una época. Yo no pretendo forzar una marcha atrás. No hay vuelta atrás. He dicho que estoy asustado, pero me asustaría mucho más regresar a un mundo pre-Baudrillard. Si lo natural acaba agotándose -en el caso, por ejemplo, de la alimentación saludable, que tanto preocupa a mis amigos-, lo artificial nos sostendrá unos instantes más antes del apocalipsis. La comida basura es artificial, ¿eso debería darme miedo? Pero también llevo más de un implante artificial en mi corazón, y lo que me daría verdadero miedo sería mi corazón al natural. Ante esta perspectiva del mundo debería decirme a mí mismo: “Soy un cyborg”. Baudrillard ha intentado explicármelo y yo he acabado aceptándolo, por lo tanto, el próximo apocalipsis no puede ser tan malo para mí.

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