Aprender a conducir con J.G. Ballard

La isla de cemento, de J.G. Ballard

La isla de cemento, de J.G. Ballard

En nuestra época salmantina, mi amadísima Elisa Calatrava acuñó un término para definir un horrible fenómeno que nos acuciaba de cuando en cuando. Mi amadísima Elisa Calatrava fundó el concepto del I.T.A., descorazonadoras siglas que responden a Iniciativas Truncadas por el Absurdo. Estos fenómenos ocurrían cuando reuníamos fuerzas para salir de nuestro letargo oposicional y llevar a cabo cualquier cosa necesaria dentro de la vida de los mortales. Nuestras buenas intenciones se veían frustradas, a menudo, por algún impedimento sin pies ni cabeza, como si la realidad, fuera de nuestro hábito y nuestra reclusión, funcionara con unas reglas que no alcanzábamos a entender.

Visto a posteriori, un I.T.A. funciona según una estructura narrativa verdaderamente interesante. Quizá quede adecuadamente ilustrado con el ejemplo del agrimensor K. pretendiendo acceder al castillo. Franz Kafka quizá sea el mejor planteando Iniciativas Truncadas por el Absurdo, pero a mi amadísima Elisa Calatrava no le gana nadie identificándolas desde lejos.

En cierto modo, La isla de cemento, de J.G. Ballard, contiene un I.T.A. que hace despegar la novela. Su protagonista aspira a llegar a casa, aspira a volver a su rutina, al marco familiar compuesto por su esposa y su hijo, a la normalidad, pero todo esto se ve truncado por un accidente de tráfico que lo deja aislado dentro de un lugar interregno entre varias autopistas, sin visibilidad ni accesos. Su codiciada normalidad se encuentra a pocos metros, pero su voluntad es constantemente quebrada, como le ocurría al agrimensor K., como le ocurría a mi amadísima Elisa Calatrava.

Si queremos ver a Maitland, el protagonista de La isla de cemento, como un Robinson Crusoe de nuestros días, tenemos que tener en cuenta una diferencia abismal entre ambos personajes. Robinson Crusoe se enfrentaba, perdido en una isla en mitad del océano, a lo imposible; Maitland se enfrenta, perdido en una isleta de cemento entre autopistas, al absurdo. Si en el primero se revela la finitud del ser humano, en el segundo podríamos adivinar su inconsistencia.

Aunque, por otra parte, La isla de cemento, de J.G. Ballard, sí que recoge la herencia de Robinson Crusoe en lo que tiene de novela de aventuras. Los protagonistas de ambas historias no han elegido su aventura, pero tienen que enfrentarse a ella con determinación, y esto condiciona nuestra empatía con ellos, sitiéndonos atentos a su suerte hasta el final.

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Anoche dejé la reseña escrita hasta el párrafo anterior y me fui a la cama. Recién levantado, continúo escribiendo. Señalo este lapso de tiempo porque, entre medias, he pasado la noche soñando con los paisajes de La isla de cemento, de J.G. Ballard. En aquella isleta, la hierba crece hasta cubrirte casi por completo, hay desechos por todas partes, sobre todo hay trozos de vehículos que forman un cementerio de coches. Esto último -y el accidente de tráfico del principio- me trae al recuerdo la estética de Crash, la gran novela automovilística de Ballard. Crash me sirvió como argumento para no querer sacarme el carné de conducir, y La isla de cemento refuerza esta idea.

El paisaje que leí en esta novela y que anoche vi en sueños parece una escena postapocalíptica, pero no pertenece al fin del mundo -recordemos que por las autopistas circundantes el tráfico fluía con normalidad- , sino que se trata de un apocalipsis personal, del derrumbamiento anímico y moral de Maitland; el paisaje que vemos es estrictamente personal. Por eso, para que Maitland salga de la isla ha de estar preparado, algo así como ocurre, sin que lo sepamos al principio, en las seis temporadas de Lost: salir de la isla es un proceso íntimo que uno ha de recorrer hasta darse cuenta de cómo y por qué.

Espero no haber quedado atrapado en la isla yo también, porque ahora tengo que levantarme de la cama y ponerme a corregir los exámenes de septiembre. Así que haré un esfuerzo por salir.