Robert M. Pirsig y la literatura como termostato

Zen y el arte del mantenimiento de la bicicleta, de Robert M. Pirsig

Zen y el arte del mantenimiento de la bicicleta, de Robert M. Pirsig

Y finalmente hice crack. Hace tres meses lancé por la borda todos mis hábitos de lectoescritura y me dediqué a ver la tele. Salí del hospital y me compré un Smart TV y un sofá reclinable. Mi cuerpo es un lastre y mi cabeza un globo deshinchándose. Vivo en una nueva ciudad y llevo muchas semanas dejándome llevar por la inercia. Por suerte, hoy mis padres me han llevado a dar un paseo por la playa con ellos. Las olas han masajeado mis varices y han debido activar mi circulación, porque creo que vuelvo a tener sangre en el cerebro. Al menos, la suficiente para haber empleado mi ánimo en terminar de leer las últimas páginas de Zen y el arte del mantenimiento de la bicicleta, de Robert M. Pirsig, una lectura postergada durante tanto tiempo que creí no poder volver a entrar en el libro. Pero no hay forma de salir de esta obra, especialmente si considero que Pirsig también hizo crack y tuvo que escribir su novela. Mi crack ha sido infinitamente más suave, pero he de reconocer que me está costando rehacerme. Estoy muy cansado. Al final, terminar un libro es lo que te indica que todavía hay algo por lo que luchar.

¿Y cómo sé que me estoy rehaciendo? La literatura es el termostato. Si soy capaz de leer, mi cabeza está a medio rendimiento; si soy capaz de escribir, mi cabeza está en plenas facultades; si me dedico exclusivamente a ver la tele, mi cabeza está en ralentí. Confesado esto, ahora busco la forma de no plantear las cosas según esta dualidad que me está perjudicando tanto. A saber, mi cuerpo se me presenta como un gran impedimento, así lo percibo. Pero no puedo permitir que mi cabeza sucumba así a los achaques del cuerpo. Y tampoco debo tolerar la vida como si estuviese inscrita en dos ejes cartesianos. Pirsig me ha hablado mucho en contra de esa dualidad. Podría, al menos, tratar de predicar con su ejemplo.

Porque Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta tiene título de libro de autoayuda y, en el mejor de los sentidos, es un libro de autoayuda. Si uno hace crack quizá encuentre una dirección en esta novela. Yo no dejo de preguntarme si seré capaz de seguir sus directrices ahora que intento centrarme en arreglar mi propia motocicleta. Reconozco que suena muy divertido hablar en estos términos, como si Pirsig me hubiera iluminado de alguna manera a través de su narración, pero no me cabe duda de que me ha servido como termostato, de que ha hecho más por mí que todo lo visto en Netflix hasta ahora.

Soy consciente de que este texto no llega a reseña de Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta. Solo estaba intentando arrancar, reiniciar, retomar. Me conformo con que estas palabras se parezcan al primer parpadeo que hacemos al despertar de golpe, justo antes de ponernos a vivir otra vez.

Anuncios

Georges Perec o 1+1=3

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

Asistí, por fin, a mi primera conferencia de las organizadas por la Academia de San Quirce, aquí en Segovia. Mi motivación era oír, entre otros, a César Rendueles, del que había leído algunos artículos en el periódico y que últimamente estaba en boca de muchos tras su última obra, Sociofobia (Capitán Swing), y que, al fin y al cabo, era un tío que me llamaba la atención, del que me seducía su discurso y que me caía -de algún modo- bien. Rendueles, entre otras cosas, habló de capitalismo y, sobre todo, contra el capitalismo. Su ponencia, con voz apresurada y de una vocalización en ocasiones reprochable, me alegró el día. Y no fue -o, al menos, no solamente- por la tesis que planteara, sino porque usó como recurso de apoyo un hábil resumen de W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec, obrita que tenía yo aguardando en mi biblioteca a que llegara un tipo así y me pusiera los dientes largos.

Intentaré desarmar las piezas para que se hagan una idea de cómo, al final, todo encaja y hace clic. Perec trata de seguir dos caminos en este libro. Ambos van en paralelo, pero, a priori, no parece que vayan al mismo lugar oscuro y doloroso. Vamos alternando nuestros pasos de uno a otro, dando saltitos como si estuviésemos jugando a la rayuela.

El recuerdo de la infancia

Perec trata de llevar a cabo un elaborado ejercicio de memoria. Busca sus primeros recuerdos y de ahí va tirando, tratando de bordear las lagunas; de señalarlas, bordearlas y seguir adelante. Se nos muestra cuidadoso y artesanal, a la manera de aquel otro libro suyo, Pensar, clasificar. Leyéndolo, se me ocurre que Perec tiene dos cosas en cuenta: 1) que la memoria también es ficción, por lo tanto, hay que avanzar a sabiendas de que puede trastabillar y caer en la red de lo imaginado y 2) que su condición de judío que habla de su infancia lo condena a ser un testimonio más del Nazismo, pero que no es necesario decir algo nuevo y representativo al respecto, sino que solo hay que ser honesto con la propia memoria, quede donde quede la sombra del Holocausto.

Por lo demás, asistimos a su infancia, a los restos del mosaico. Perec niño nos arroja luz desde su ingenuidad y su candidez. Nosotros -él ya adulto y nosotros los lectores-, conocedores de la Historia, no podemos evitar contemplar la oscuridad que se cierne sobre la historia que nos está contando. Hasta aquí, esto sería una biografía. Pero lo más importante no es el texto en sí, sino las fuerzas gravitatorias que se crean con el otro texto.

W

Georges Perec escribió a los doce años su primer cuento. Una historia a lo Stevenson sobre una isla perdida en donde existía una sociedad de atletas. Para llevar a cabo este experimento literario, reescribe el cuento de su infancia como senda alternativa a su proceso de memoria. En W se nos plantea un mundo donde el ideal olímpico es el sentimiento más arraigado en la sociedad y en donde la victoria es el mayor propósito de todos los ciudadanos atletas. Lo que en un primer momento parece un cuento borgeano con tesis filosófica imbricada en una prosa precisa y preciosa se va extendiendo y ordenando de manera que se alza ante nosotros todo un sistema de pensamiento, un sistema sociocultural estructurado como las reglas del juego de un gran Risk del Deporte. Algo que excede la propia historia y que, sin embargo, funciona como un reloj. La sensación más cercana que se me ocurre es aquel maravilloso pasaje de La broma infinita en donde se habla del Escatón, ese juego de estrategia sobre pista de tenis.

A medida que vamos conociendo la sociedad de W, nos damos cuenta de que todas sus reglas podrían resumirse en la ley del más fuerte o en un sálvese quien pueda. El atletismo está desempeñado por verdaderos sociópatas que nos hacen recordar, capítulo a capítulo, los postulados neocon del libre mercado que tanto se predican lejos de W, es decir, aquí mismo.

¿Y para esto tanto rollo?

No, todavía no se han vuelto a unir los caminos. A medida que seguimos en W, a medida que se abre más y más nuestro ángulo de visión, nos damos cuenta de que, más que el reflejo del capitalismo salvaje, lo que allí vemos, en última instancia, es un campo de concentración. Es en el último capítulo, dedicado al camino de la memoria y no al de la ficción donde Perec añade un texto de un tercero y por fin todo encaja. Y el libro nos da en la cara con todo el lomo, y las dos historias que hemos ido recorriendo chisporrotean y crean un fuerte oleaje entre sí. Ahí es cuando sabes que cada parte hubiera valido la pena por separado, pero que la relación entre ambas es el experimento vital que Georges Perec estaba persiguiendo.

Rafael Pinedo no tiene ni idea del frío que hace en Segovia

Frío, de Rafael Pinedo

Frío, de Rafael Pinedo

Después de leer, hace cosa de un año. Plop, de Rafael Pinedo, quedé tan fascinado que acabé escribiendo un post sobre mi visión del apocalipsis. Pinedo había sido capaz de esbozar un paradigma tremendamente sugestivo y en mi cabeza se sucedían toda clase de ensoñaciones sobre el fin del mundo. Tiempo después, descubrí que Pinedo había vuelto a probar suerte imaginando que el mundo se iba al garete con dos novelas más. Una de ellas es Frío, la obra que acabo de leer; la otra es Subte, que, pese a todo, leeré si me la encuentro en alguna librería.

Frío es una novela tibia si uno tiene que joderse con el invierno segoviano. Después del frío que he pasado estos días y después de que los segovianos se jacten de que esto no es nada si se compara con el clima de hace quince años, yo no me dejo impresionar por una novela donde haya mucha nieve y donde  se desplomen las temperaturas, por muchas migraciones que hagan las monjitas de la novela.

Pese a que Plop y Frío pueden enmarcarse dentro de la ciencia ficción apocalíptica, entre ambas hay una sensible diferencia de género. Mientras que Plop representa un paradigma que se sostiene a sí mismo, Frío pertenece a ese subgénero al que podríamos llamar Qué pasaría si…, es decir, una trama basada en imaginar cómo reaccionaría el ser humano en una condición determinada. Aquí el ejemplo está claro: una descomunal bajada de las temperaturas hace que vivir, tal y como lo hacemos hoy día, se haga imposible, así que todo el mundo decide migrar hacia tierras más cálidas, a excepción de una joven que, por alguna razón indeterminada, se queda en la escuela de monjas de la que es profesora. Todas las monjitas se van y no sabemos si logran tener éxito. En cambio, el lector se queda presenciando cómo se las arregla esta chica para sobrevivir entre tanto frío y para comer todos los días. Es decir, la novela se parece a un capítulo del programa televisivo, protagonizado por Bear Grylls, El último superviviente.

En el prólogo de la novela, Elvira Navarro afirma que la trilogía de Pinedo trata sobre la destrucción de la cultura. Después de leer las dos primeras obras, mi impresión es justamente la contraria. Pinedo escribe sobre la insistente pervivencia de la cultura en los seres humanos. Siempre que quede un ser humano que haya vivido alguna vez en sociedad habrá hábitos culturales que se seguirán reproduciendo. En Plop quedaba patente dentro de esas microsociedades llenas de tabúes y rituales. En Frío, nuestra protagonista se queda sola; pese a esto, ella misma se encarga de reproducir los ritos culturales que le fueron enseñados cuando vivía en sociedad. Cuando las estructuras sociales desaparecen, la cultura pervive, pese a que tenga que mutar y cambiar sus símbolos.

En el caso de la protagonista de Frío, nos encontramos ante un personaje ultrarreligioso que reparte su tiempo entre la supervivencia estrictamente animal y los deberes de una cristiana devota. Supongo que esta contraposición, esta tensión entre el instinto de supervivencia y un insoslayable sentimiento religioso deberían constituir el punto fuerte de esta obra. ¿Cómo es posible que en condiciones tan adversas uno le dedique tanto tiempo a estar bien con Dios? Este tema, tal y como se desarrolla a lo largo de la obra, se torna, a mi entender, absurdo e incomprensible. Pese al intento de Pinedo de jugar a pervertir los símbolos tradicionales del cristianismo, el resultado es tosco y no llega a pellizcarme. Es más, en lugar de resultarme un planteamiento atractivo, consigue, desde las primeras páginas, que la protagonista me caiga mal y que desee que se muera pronto. Quizá el problema estribe en el escaso desarrollo psicológico del personaje. Pinedo se sirve de tan pocos recursos narrativos que acaba haciendo girar la trama alrededor de un personaje plano, estereotipado y mal definido.

Del mismo modo que consideré Plop muy superior a la otra obra apocalíptica que estaba de moda en ese momento, La carretera, de Cormac McCarthy; creo que Frío queda bastante por debajo. Es una pena que esta segunda tentativa no tenga la lucidez y el genio de la primera. Ojalá con Subte haya más suerte.

 

Leopoldo María Panero muy breve

Contra España y otros poemas no de amor, de Leopoldo María Panero

Contra España y otros poemas no de amor, de Leopoldo María Panero

Este año, entre los nuevos compañeros, ha aparecido uno con el que estoy congeniando. El otro día me dejó un librito de Leopoldo María Panero, Contra España y otros poemas no de amor, que creo recordar que está incluido en la poesía completa que editó Visor y que leí en la época de la Universidad. Me pidió que le prestara atención a este poema, porque a él le había gustado mucho cuando lo leyó y le seguía gustando:

ETA MILITARRA
 
Tengo la costumbre de matar en la mano
en la mano y en los pies que se mueven
lentamente bajo la cúpula del cuerpo.
Hábil como un espectro recorro la ciudad
borracho como un vivo, sereno como un muerto,
y me asombro ante aquellos que viven.
Y me excitan sus labios sonrosados
cuando dicen “ven”
“ven a matarme ya que soy un espíritu”.
 

A mí también me ha gustado mucho leer este poema ahora y estoy seguro de que me encantó la primera vez que lo leí. Supongo que me he estado preguntando desde hace tiempo qué impresión me causaría hoy un poeta tan visceral y oscuro como Leopoldo María Panero. Quizá el malditismo que antes me obnubilaba se me antojaría en esta ocasión como un gesto pasado de tuerca. Eso me ha pasado con otros muchos poetas al releerlos, pero he de reconocer que Panero ha vuelto a pellizcarme, no me ha dejado indiferente. No me he topado con ningún cantamañanas haciendo posturitas, sino con un tipo que pretende hablar y solamente le salen muecas extrañas que todavía me intimidan. Ahora estoy empezando a leer La cosa del pantano, de Alan Moore, y la sensación es esta: la poesía de LMP es como cuando Abby se mete en el pantano buscando lo que queda de Alec Holland y se encuentra con La Cosa.

**********

Esto es lo más que soy capaz de decir. Dejé la reseña a medias en el hospital y no pude seguir porque no estaba de humor, porque entró alguna enfermera con una jeringuilla en la mano o porque había que cenar a las ocho de la tarde. Cuando intenté escribir esta reseña, hace unos días, LMP solo me daba recursos para regodearme en mis penas hospitalarias y hoy, ya en casa, se me ocurren los mismos argumentos. Como siempre, hablar de un libro es hablar de uno mismo.

Como, en realidad, no voy a decir nada más, aquí dejo otro material: Además de sus libros, hay dos documentales imprescindibles en torno a él: El desencanto, de Jaime Chávarri, y Después de tantos años, de Ricardo Franco. Hoy día, Leopoldo María Panero es este señor: