Jim Dodge cultiva sus novelas en un huerto ecológico

Stone Junction (Una epopeya alquímica), de Jim Dodge

Stone Junction (Una epopeya alquímica), de Jim Dodge

Hace ya varias semanas, mi amadísima Elisa Calatrava estaba leyendo Stone Junction, Una epopeya alquímica, de Jim Dodge, y a menudo la oía emitir toda clase de ruidos que mostraban estar pasándoselo muy bien con la novela. Cuando la terminó, poseída por su euforia, me obligó a empezar a leerla de inmediato, aunque tuviera que robarle tiempo de lectura al libro que ya tenía entre manos. Y cualquiera le decía que no.

Stone Junction es un bildungsroman en donde hay magos y forajidos, maestros capaces de enseñar al protagonista una serie de habilidades dispares y disparatadas, a saber: meditación, saber drogarse a lo bestia, abrir cajas fuertes, jugar al póker, disfrazarse de cualquier persona, etc. En cierto modo, todos los maestros de Daniel Pearse -nuestro protagonista- le abren la puerta de un oficio por el que la novela no discurrirá. Vemos a este excepcional joven como una suerte de Lazarillo de Tormes hippie pasando airosamente a través de distintos mentores. Y, sí, hemos de sustituir inevitablemente la picaresca por un jipismo de espíritu libre.

Estas entradas y salidas a diferentes estadios de conocimiento y experiencia, a veces demasiado distintos entre sí, algo incongruentes y que parecen darle a todo un giro que acaba siendo un cul-de-sac, hacen que Jim Dodge me trajera a la memoria, en ocasiones, las digresiones típicas de algunas novelas de su admirador y prologuista Thomas Pynchon. De hecho, yo quería encontrar un nuevo Thomas Pynchon en estas páginas. En realidad, encontré algo parecido: una versión de dibujos animados de Thomas Pynchon. Es decir, es como si Pynchon estuviera escribiendo un guion para los Loony Tunes, porque para poder disfrutar con Stone Junction es necesario partir del mismo punto que para pasarlo bien con el Coyote y el Correcaminos: todo es posible, nos lo vamos a creer todo y no vamos a hacer demasiadas preguntas sobre lo que no encaje o lo que, sencillamente, sea imposible; tan solo hay que sentarse y disfrutar.

De hecho, entendiendo esta novela como un bildungsroman, haría una comparación que me parece más adecuada que la del Lazarillo. Stone Junction es, para ser más exactos, como Bola de Dragón. Son Goku se parece mucho más a Daniel Pearse, tan precoz, tan habilidoso, tan ávido de aprender y con tanta suerte de rodearse, a lo largo de su vida, de los mejores maestros. En ambos casos, la estética cartoon hace digeribles un sinfín de detalles y, además, ambas historias de aprendizaje persiguen, curiosamente, una bola. No recuerdo exactamente cuándo se venía abajo Bola de Dragón y se hacía intragable, pero, en la novela, la trama acaba derrumbándose cuando la mencionada bola entra en escena. Lo que en un principio seguía a duras penas los cánones de una novela de formación acaba tomando un rollito new age pseudotrascendental que (esto es lo mejor) no va a parar a ningún sitio. Imagino una legión de lectores de Paulo Coelho cortándose las venas por no descubrir finalmente los más íntimos secretos que se sugieren en este tramo de la novela. Por seguir con mi comparación anime, es como si Son Goku ya supiera convertirse en Súper Sayan, tuviera en su poder las bolas del dragón de turno, pero todo esto no consiguiera tocarnos la fibra sensible.

He terminado la novela y mi amadísima Elisa Calatrava estaba preparando una maravillosa ensalada templada de repollo, setas y queso rallado. Le he comentado mi decepción, especialmente, en lo que concierne el final del libro. Pese a que disfrutó tanto la novela, hemos estado de acuerdo en el diagnóstico. Ella insiste en que la obra tiene todos los ingredientes que le gustan, pero aparecen mal explotados, tanto que hacen de la trama un resultado un poco deshilachado. La novela está llena de vitalismo y de personajes de los que se podría sacar oro. Ha llegado a compararlos con Bolaño, y ese señor es sagrado para ella. Yo me he puesto de mal humor al terminar el libro. Ella, en cambio, dice que le gustaría ir al rancho donde vive Jim Dodge y hacer con él lo que Gordon Lish hizo con Raymond Carver. Estoy seguro de que así le saldrían unas novelas redondas a este tipo.

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