Ryszard Kapuscinski versus Indiana Jones

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

Acabo de pasar unos días en el hospital, donde comencé a leer Ébano, de Ryszard Kapuscinski. En los hospitales, en realidad, solo deberían leerse cómics. Pero uno de mis cardiólogos me aconsejó hace tiempo que leyera este libro de viajes y, ya que él iba a ser el artífice de mi cateterismo, quería tener algo que hablar con él que fuera distinto de cómo me había metido un catéter desde la ingle hasta el corazón para hacerme una microquemadura en el tejido cardiaco. La matanza entre tutsis y hutus fue un buen tema, por ejemplo, para hablar de algo con él mientras luchaba por salir de las fauces de la anestesia general.

Lean Ébano cuando ustedes se sientan sanos y fuertes. Pero no durante una convalecencia, y mucho menos dentro de un hospital. La debilidad no es una buena condición para pensar en África, porque África no es un continente, sino la revelación de un estadio anímico y social que podemos descubrir constantemente a nuestro alrededor. Kapuscinski me ha enseñado que África está en todas partes, porque, en realidad, este libro no es un viaje a África; sino un viaje hacia una evidencia que habita, bajo distintas formas, en todas las sociedades que ha construido la especie humana.

Recuerdo ahora mismo a mi amiga Inma. Era periodista y hablaba a menudo de Kapuscinski. Estaba preparándose para hacer las pruebas de Inspector de policía. Sin embargo, en un breve lapso de tiempo le dio un giro radical a su vida. Se marchó a Asia. Dejó su trabajo, su familia, sus amigos, sus novietes y se cogió un avión a Camboya o a algún sitio así. De esto hace ya varios años y ella sigue por allí. Ahora me alegro de que Kapuscinski pudiera más en su vida que la ley y el orden.

Pero vamos a concretar un poco cuando decimos Á-fri-ca. En este libro se habla sobre golpes de estado, costumbres tribales, matanzas, el calor, el hambre, el agua, los señores de la guerra, el colonialismo, la selva, los medios de transporte, las creencias, etc. Todo ello nos lo cuenta un reportero occidental.

Mi primera impresión, por lo tanto, fue pensar en la tara de una visión occidental ante un mundo radicalmente distinto, quizá porque el libro comienza señalando algunas diferencias culturales. Pensé en Indiana Jones, el superhéroe cinematográfico de la otredad cultural. Pensé en cómo Kapuscinski iba a lograr superar el fiasco universal de Indiana Jones y si acaso era superable para alguien tan occidental y posmoderno como yo. Pensé que estaba leyendo un texto que zozobraba entre una antropología amateur y una narrativa más o menos fluida. En realidad, era yo el que pretendía ver el mundo a través de los ojos de Indiana Jones, pero, por suerte, la mirada de Kapususcinski se impuso, dominó mi propia visión del libro, me mostró algo que yo no esperaba.

Ébano nos da un esquema probable de cómo funcionan las relaciones más básicas entre los seres humanos. Nos ayuda a pensar en Occidente, porque África plantea los mismos problemas, pero con menos artificios. Por ejemplo, cuando Kapuscinski nos cuenta cómo sobrevive cualquier tribu, uno no puede dejar de pensar en que no existe un instinto de conservación del ser humano, como lo hacemos cuando nos referimos a los demás seres vivos, sino un instinto de ampliación. Los comportamientos humanos explicados en este libro van dirigidos, de un modo u otro, no ya a conservar la vida sino a ampliarla, aunque sea a costa de otras vidas. Para ello, nos identificamos con unos y nos diferenciamos de otros. Este mecanismo mueve las sociedades africanas con tanta claridad como lo hace en las europeas, por eso encuentro una inercia común entre, por ejemplo, la matanza entre tutsis y hutus que comentaba más arriba y las imposiciones económicas de Alemania al resto de países europeos. Por supuesto, buena parte de los problemas de pobreza y hambre en África es causada por Occidente; pero no somos, ni mucho menos, los únicos que debemos portar esa culpa. Los africanos se destruyen entre ellos con tanta pericia como pueda hacerlo un ejército europeo, con la misma pericia con la que aquí nos destruimos unos a otros.

Ébano, al fin y al cabo, ha avivado mi desconfianza hacia cualquier ser humano que ostente más poder que yo y que pueda ejercerlo sobre mí. Y me vuelve a hacer pensar que la democracia participativa es el único sistema posible que puede mantenernos a todos en una posición socialmente saludable.