Thomas Bernhard y el sufrimiento de los demás

Helada, de Thomas Bernhard

Helada, de Thomas Bernhard

Mi mes de septiembre. Podría ponerlo en un jarrón y esperar a que echara flores. Llegará primero el invierno, pero septiembre trae consigo los cambios y eso incluye las flores y los ciclos y las modas. Llegará el invierno, y yo ya lo atisbo con Helada, de Thomas Bernhard, en una mano y un puñado de cenizas en la otra. Septiembre es el mes en el que la antes conocida como mi-amadísima-Elisa-Calatrava cambia de nomenclatura como yo he cambiado de domicilio.

Dos semanas sin leer, una semana leyendo mal y, a continuación, unos días reventándome el alma contra Thomas Bernhard. Así se sobrevive.

Helada es la exposición del sufrimiento. La contemplación del sufrimiento ajeno. El veneno que palia el dolor propio. Observo durante páginas y páginas las continuas quejas del pintor Strauch sin atreverme a medirme con él. Thomas Bernhard siempre me ha resultado divertido, de una comicidad muy pegadiza, pero en esta ocasión dispongo de mi propio sufrimiento como salón de juegos. Así que me dan ganas de ser el otro personaje, el estudiante de Medicina; me dan ganas de cerrarle la boca con algún gesto desagradable. Pero en la novela no, en esta novela el pintor Strauch posee la voz hipertrofiada del general Kurtz, embauca al joven estudiante de Medicina, pese a ser un descreído. Pero a mí no. Yo no soy el médico, sino el enfermo. Su sufrimiento hoy no me parece atractivo, ni siquiera me parece un espejo más o menos grotesco. No hay comparación, no hay empatía, no hay consuelo.

Por lo demás, bien. Otra gran novela de Bernhard. Hipnótico y desasosegante. Molesto y adictivo. Pero a mí me hace falta un respiro, un impulso, un cambio de canon o de dieta.

Disculpen mi brevedad, pero ¿no creerán, acaso, que a estas alturas me voy a esforzar en convencerles de que lean a Thomas Berhnard? Ustedes sabrán lo que hacen.

Thomas Bernhard x 5

Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Cada dos meses, más o menos, acudo al hospital a que me inoculen hierro. Me inyectan una vía para colocarme un suero y espero una hora y media en una cama a que pase todo ese líquido negruzco que mi cuerpo no es capaz de retener por sí solo. Pese a mi traumático miedo a las agujas, estoy bastante acostumbrado a esta rutina, porque, al fin y al cabo, hago exactamente lo mismo con mis escritores favoritos: los leo por goteo, espaciándolos en el tiempo, para tener siempre las dosis necesarias en el cuerpo y en el ánimo. Pero llevaba demasiado tiempo con las reservas bajas de Thomas Bernhard, y eso le sienta muy mal a mi carácter. Así que decidí tomar una medida extraordinaria sin prescripción médica y he sustituido el pausado gotero por la bomba continua. He leído, del tirón, su pentalogía. El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño: las cinco obras que componen sus Relatos autobiográficos.

¿Cómo es Bernhard cuando habla de Bernhard? No es, para mi sorpresa, igual a sus personajes. Lo he encontrado -activando toda mis suspicacia- un tanto desconocido, más calmadito, pese a que su sintaxis siga dando latigazos enunciado tras enunciado. Me ha parecido verlo apretando los puños y mordiéndose la lengua para no fracasar en este truco de ilusionismo llamado -con mucho sentido del humor- Relatos autobiográficos. Estoy convencido de que sus novelas y estos cinco textos forman un archipiélago similar al triángulo de las Bermudas, y allí, en alguna parte, se encuentra el verdadero Thomas Bernhard.

Quizá el más natural de los mecanismos de ficción es la memoria. Y es posible que el primer personaje literario que inventa cada persona es el niño que fue. Bernhard se aprovecha de todo esto y se porta vilmente con sus lectores al dedicar cerca de quinientas páginas a un jovencito trasunto suyo que no llegará a las veintena en su período de mayor madurez. O Bernhard ha sido injusto conmigo o yo soy un cotilla y un morboso. ¿Y qué pasa después? ¿Qué ocurre en el lapso de cuarenta años de los que no se dice nada? No te pido que sucumbas a la prensa rosa, querido Bernhard, te pido que me reveles tu vida para que me sirva de ejemplo.

Tus primeros años me han dado esperanzas. Todas las páginas que le dedicas a tus estancias hospitalarias, lejos de sumirme en el terror y en la hipocondria, han iluminado, retrospectivamente, mis peores días de hospital. Estas páginas son las mejores, en donde la falta de esperanza de sobrevivir se suple con el deseo de salvación. Si algún día ingresan a algún amigo mío por alguna enfermedad, iré corriendo a visitarlo para regalarle El aliento y, si lo lee durante su convalecencia, luego no tendrá palabras para agradecérmelo.

De todo lo demás, lo que más te envidio es la figura de tu abuelo. Tu abuelo era un tío fantástico que te comprendía y que siempre quería para ti lo extraordinario, y tú creciste con él como punto de autoridad y de referencia. Tu abuelo te defendía de tus demás familiares y te enseñaba a ser tú mismo. Yo he tenido dos abuelos y ninguno de los dos ha sabido ser mi abuelo. Uno era sordo y el otro un egocéntrico. Nunca me enseñaron nada.

Como ya he pasado por la edad de tus Relatos autobiográficos, se podría decir, en realidad, que he llegado tarde. No sé cuál sería el resultado si hubiera leído estos textos hace años, yo que siempre he sido demasiado impresionable. Ante la falta de esa lectura durante aquella época, ahora puedo decir lo mismo que tú sentencias todavía en el primer tramo de esta larga lectura: “Si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado”.

Thomas Bernhard es Homero

En las alturas, de Thomas Bernhad

 

mi perro sabe que lo voy a matar, pero no lo sabe nadie más: nadie tendrá mi perro.
EN LAS ALTURAS, DE THOMAS BERNHARD

 

Una mañana, sin más, decidí hacerlo.
Esa mañana arranqué un cordel del tendal del patio e hice un nudo corredizo. No era fácil con las hebras sintéticas.
Laceé con el cordel el cuello de Renu, mi yorkshire, y lo colgué de la higuera del terruño que rodea mi casa.
SEVRÈS, DE CRISTOF POLO

 

Debí haber empezado a escribir todo esto el fin de semana pasado. Yo quería decir: “Estoy escribiendo esto desde la habitación de un hotel llamado Caballero Errante“. Pero me dolía todo el cuerpo después de un largo día en la ciudad. Uno se niega a salir de casa e inventa excusas todo el tiempo, pero a veces va a la ciudad; uno tiene la mente siempre puesta en la ciudad, pero el cuerpo no acepta nada distinto del sofá, la cama y el cuarto de baño. Yo quería decir Caballero Errante para hablar de En las alturas, de Thomas Bernhard. ¡Hubiera quedado tan simétrico! Pero me dolía todo el cuerpo después de un día maravilloso y demoledor en la ciudad.

El sofá de mi casa. Hablemos de Thomas Bernhard, otra vez.

En las alturas es una epopeya. Del mismo modo que Dostoyevski trajo el psicologismo a la novela rusa, Thomas Bernhard lo trae al género de la epopeya. Ahora la epopeya está en la cabeza, ¿está en las alturas? Bernhard escribe una epopeya psicológica. Bernhard es el Caballero Errante -ahora haré una comparación odiosa-, igual que Odiseo, pero Bernhard no ha necesitado salir de su cabeza.

La única ventaja de Bernhard es que ha leído a Homero y a Dostoyevski. Y Homero no ha leído a ninguno de los dos. Eso define el carácter de esta epopeya. Eso y otras cosas. Por ejemplo, la yuxtaposición construye paisajes parecidos a las pantallas del Super Mario Bross. Hay que saltar de seta en seta, de ladrillo en ladrillo, de tubería en tubería. Vamos irremediablemente hacia adelante y al mismo tiempo adquirimos un sentimiento de digresión continua. Así quizá funcione la epopeya psicológica, y puede que también la cabeza de Thomas Bernhard, ¿quién sabe?

La yuxtaposición y la asociación libre. Escribir hacia adelante e incorporarlo todo. Y, lo más importante, hablar para que nadie te escuche y te interrumpa. Bernhard se tuvo que quedar descansando. ¿Podemos improvisar alguna teoría más sobre la epopeya psicológica? Uno siempre puede seguir inventándose cosas. La epopeya psicológica no puede ser siempre privada. La epopeya fue concebida para ser cantada. La epopeya psicológica también es capaz de tolerar un público. Se me ocurre un caso paradigmático, al menos yo veo en él un epígono de Bernhard en los escenarios: Miguel Noguera y su Ultrashow.

Homero, Virgilio, Thomas Bernhard y Miguel Noguera narrando hacia adelante e incorporándolo todo, adquiriendo al mismo tiempo, ese sentimiento de digresión continua. Por eso, al final o al principio tendremos que matar a nuestro perro. Esto hay que tenerlo claro. Los perros corren y dan vueltas alrededor de nosotros sin reparar ni un momento en que siempre nos movemos hacia un destino. Los perros son mala compañía y eso la literatura ha sabido verlo. Estableciendo diferencias entre géneros, considero que la epopeya necesita matar más perros que la novela o, incluso, más que el cuento. ¿Cuántos perros habrán muerto en la literatura? Yo también estoy deseando matar al mío.

 

Cápsulas revitalizantes de Thomas Bernhard

El imitador de voces, de Thomas Bernhard

Hace unos días esperaba la llegada del autobús en la, así llamada, parada de autobús, que no es más que un punto tácito y conocido por todos los lugareños en una de las aceras de una calle principal de mi pueblo, autobús que me llevaría hasta Antequera para volver a ver después de muchos años a M., ya que, en esta época del año, yo resido en mi pueblo y ella en el suyo. Durante mi espera, en la, así llamada, parada de autobús, me cobijé bajo una sombra y me entregué a la lectura de El imitador de voces, de Thomas Bernhard. Un anciano que paseaba por aquel mismo punto, donde el autobús hacia Antequera hace la primera de sus paradas, se detuvo a escaso medio metro de mí y me dio las buenas tardes, a lo que yo respondí educadamente esperando con todas mis ganas que aquel trato de cortesía no interrumpiera mi lectura. Pero el anciano, después de haber respondido a su saludo, me preguntó con el mismo tono amable e imposible de soslayar que tienen los ancianos que mejor han sabido explotar su vejez, qué libro estaba leyendo, a lo que yo respondí “un libro”, queriendo insinuar con mi tono de voz que para él podría ser cualquier libro. El anciano, insatisfecho por mi respuesta o quizá por el tono de mi voz, me dijo, “¿me permite, por favor?”, y tomó mi libro y lo examinó durante un momento sin esperar ningún consentimiento por mi parte. A continuación, el anciano me devolvió el libro, me miró con la misma mirada amable e imposible de soslayar que tienen los ancianos que mejor han sabido explotar su vejez y volvió a usar el mismo tono de voz, una vez más, para decirme: “Este libro es de vuestra época, no de la mía”. Tras lo dicho, el anciano siguió su camino.

Esto es un hecho real, y contado así (teniendo en cuenta mis limitaciones a la hora de imitar el estilo de Thomas Bernhard), podría ser uno de los microacontecimientos relatados en El imitador de voces. Me ocurrió tal y como lo cuento y creí vivir un texto de Thomas Bernhard, porque lo percibí mediante la estructura que impone su sintaxis, después de haber estado sobremedicándome durante largo rato con El imitador de voces.

Desligarse de Bernhard es muy complicado. Es un autor que nos hace ver el mundo a través del lenguaje que él impone, y eso nos obliga a ver el mundo de un modo determinado. De hecho, cuando llegué a Antequera y vi, por fin, a M. le conté esta anécdota de un modo que ya se parecía vergonzosamente a Bernhard. Además, ella vio el libro en mi mano y comentó: “¡Ah, tu Bernhard!”. Y luego, más adelante, ya hablamos de otras cosas y nos olvidamos del anciano y de Bernhard al menos durante el resto de la tarde.

Me gustaría saber qué llevó a Thomas Bernhard a escribir El imitador de voces; quiero decir, a detenerse en un acontecimiento descrito en no más de una página y no continuar, con las dos o tres ideas de cada microacontecimiento, hasta conseguir una novela completa del estilo, por ejemplo, de Tala. Quiero pensar que los alrededor de 100 microrrelatos de este libro son el primer chispazo de novelas que decidió no desarrollar, por lo que, quiero pensar, que Bernhard siempre estaba apuntando la posibilidad de una nueva novela. Curiosamente, planteados estos microrrelatos así, a modo de acontecimiento o anécdota, adquieren el componente más aterrador de lo periodístico, me refiero a esa primera impresión en donde falta un juicio moral por parte del emisor, esa impresión falsa y deshonesta que pretende el periodismo en sus noticias y que en Bernhard se convierte en algo todavía más aterrador que el argumento de cada una de las piezas, sobre todo cuando se cuentan en primera persona. Y, por supuesto, cuando en Bernhard algo resulta aterrador, en realidad, está siendo tremendamente divertido. No olviden que para mí Bernhard es un cachondo, el mejor humorista de su época, quizá el escritor más desternillante de todos los tiempos.

Por eso, El imitador de voces funciona como un recipiente de cápsulas revitalizantes de acción inmediata, mucho menos publicitario que la Aspirina, pero igualmente efectivo en multitud de casos. Supongo que ahora, una vez hecha esta comparación evidente y carente de toda originalidad, habría de ponerme a hablar de su posología. Pero me considero el menos indicado, ya que no he sabido aplicar ningún tipo de mesura conmigo mismo, así que cada uno se automedique como le dé la gana. Aunque, ya puestos, me veo en la obligación de recomendar la lectura de cualquier novela de Thomas Bernhard antes de hacer uso de El imitador de voces, solo así sus beneficios serán completos, porque solo así el lector habrá podido conseguir la complicidad requerida para que cada microacontecimiento dé de sí su máxima eficacia.

Ahora me pregunto si mi encuentro con M., después de varios años sin vernos las caras, fue tan satisfactorio gracias a mi sobredosis bernhardiana, que quizá ella supo advertir cuando pronunció su nombre con una familiaridad extraña. ¿Qué habré de hacer en mi próximo encuentro con M.? Quizá el secreto de una larga y consistente amistad podría ser la lectura desmesurada y previa de Thomas Bernhard.

 

 

Quizá el Thomas Bernhard más positivo

Sí

Hace unos días, un amigo me hablaba de su situación al borde del colapso y de la inesperada aparición de una pareja. Esta pareja logró detener su colapso ya inminente. Entre ambos consiguieron encauzar el ánimo de mi amigo. Hasta cierto punto, mi amigo se sintió salvado. Esto duró seguramente poco, pero la idea de salvación apareció para quedarse con él durante algunos días, quizá semanas. De esto me he acordado al terminar de leer , de Thomas Bernhard. Es muy probable que se trate de su única obra en la que la salvación se contemple como posibilidad, o al menos como esperanza que alumbra durante instantes algunas páginas de la novela. La aparición de personas puede salvar a otras personas, ¿quién diría eso en la poética de Thomas Bernhard? Es más, la salvación se revela como una condición que atañe a ambas partes.

Este es el Bernhard más filantrópico que me he encontrado hasta la fecha, pese a ser, al mismo tiempo, el Bernhard más desesperanzador y desalentador de todos los Bernhard posibles. Porque no es una novela que pueda darnos ejemplo a todos los que pataleamos continuamente en nuestro sillón. no es capaz de demostrarnos nada, no nos da ninguna lección moral, porque Thomas Bernhard, por fortuna, es incapaz de hacer una cosa así. El que aparece en el título de esta novela no es un positivo, ni tampoco es un que pretenda afirmar la salvación de la que he estado hablando. Es, probablemente, el más catastrófico de todos.

es una novela corta que ilustra el refrán de “la esperanza es lo último que se pierde”. Porque en hay esperanza, del mismo modo que también hay fin de la esperanza. Como en todas las obras de Thomas Bernhard, aquí tampoco hay escapatoria. No hay por donde salir de aquello en lo que uno haya entrado con el paso de los años, si es que uno quiere salir de algún lugar, o de algún estado de ánimo, o de lo que uno ha hecho de sí mismo. Bernhard, en cierto modo, demuestra a lo largo de toda su obra cómo se construye la literatura de terror si la necesidad de factores paranormales. Pero, al mismo tiempo, su literatura resulta balsámica cuando el miedo está aquí (discúlpenme por no saber situar este aquí). Leer a Bernhard cada cierto tiempo ayuda a no encontrarse al borde del colapso, pese a que ese estado de ánimo sea el tema central de su literatura. Resulta paradójico y saludable.

Un Thomas Bernhard cada seis meses como mínimo

La Calera, de Thomas Bernhard

La Calera, de Thomas Bernhard

Hace algunos años, en una época posterior a Toulouse, estábamos Cristof y yo sentados en la puerta de la facultad. Hablábamos de cosas. Al final llegamos a algo parecido a una certeza pequeñita que nos valió durante un tiempo. Decidimos adoptar un nuevo canon acuñado allí mismo. Decidimos convertirnos en unos intrépidos y firmar un manifiesto. El manifiesto fue un zapato rojo paseado por todo Teatinos. El manifiesto fue cambiar el ¡ay, ay, ay! por una audacia hasta entonces desconocida. El manifiesto fue rasurarnos la cabeza. A continuación, invadimos el piso de Lucas y entre los tres montamos una opereta. Lucas acabó gritando que él también era un intrépido y se rasuró al igual que nosotros. Por fin, el ritual se había completado. Los tres portamos el zapato rojo, que ahora debe de estar en Lituania. Y la intrepidez sigue siendo un manifiesto al que recurrir en ocasiones. Al menos eso quiero creer.

Entiéndase todo lo contrario para leer La Calera de Thomas Bernhard. Quedémonos con el ¡ay, ay, ay!, pero no nos engañemos. Aquí sólo hay desapego hacia uno mismo. En los libros de Thomas Bernhard siempre es demasiado tarde. Es demasiado tarde para La Calera del mismo modo que es demasiado tarde para el resto de su obra. Tendríamos que haber nacido con Bernhard y así quizá todo hubiera sido distinto. Si hubiéramos llegado a la obra de Bernhard desde el principio, nos hubiéramos ahorrado muchos fallos, muchos problemas, muchas decepciones. Ya da igual. Existe un paliativo, leer la obra de Thomas Bernhard en plazos no superiores a los seis meses. Mediante este método podemos hablar de constancia, podemos justificar una cierta frecuencia, pero también podemos dilatar el proceso, podemos pensar que Thomas Bernhard nunca se acabará del todo. Me consta que Cristof aceleró los plazos y ve cómo mengua la obra de Bernhard de una forma desconcertante. Y me parece que Lucas también ha optado por espaciarlo todo lo posible. De momento, debido al aniversario de su muerte o de su nacimiento o de algún otro acontecimiento que poco importa ahora, se están editando obras que hasta la fecha no habían sido traducidas. Por cierto, cada vez que digo Thomas Bernhard también quiero decir Miguel Sáenz, porque hablar de Miguel Sáenz es hablar de un Thomas Bernhard que no existiría con ningún otro traductor. Haced la prueba con Los comebarato, editado en Cátedra y traducido por otro.  ¿Dónde está Thomas Bernhard cuando no lo traduce Miguel Sáenz?

En resumen, La Calera me parece una de las mejores obras de Thomas Bernhard, quizá por el modo de negar aquel día del zapato rojo con Lucas Martín y Cristof Polo.