Boris Vian y sus plantas carnívoras

Los constructores de imprerios o el Schmürz, de Boris Vian

Los constructores de imprerios o el Schmürz, de Boris Vian

Porque su novela más afamada, La espuma de los días, sea considerada una historia de amor para adolescentes y se lea con fruición, según dicen, en los institutos de toda Francia, no va a pensar uno que Boris Vian es un cualquiera. La espuma de los días, como otras novelas suyas, por ejemplo, El otoño en Pekín, revelan uno los puntos fuertes de su estilo; a saber, un uso calculado de la frivolidad para poder dar el salto hacia algunos de los gestos más crueles y despiadados que he encontrado en un libro. La literatura de Boris Vian es como alguna de esas flores carnívoras, de colores embaucadores y dispuesta a aplastarte las vísceras; la literatura de Boris Vian es un señor malvado y ladino vistiendo una pajarita elegante.

Pero todo esto no trata sobre sus novelas, sino sobre su recién descubierto teatro -recién descubierto para mí, quiero decir-, ya que, últimamente, el interior de mi cabeza se ha vuelto plano y ahí encima deambulan los personajes de las obras que leo interpretados por mis propios fantasmas. Los constructores de imperios o el Schmürz es una función teatral representada en bucle ahí dentro. ¡Estoy tan entusiasmado! Los textos teatrales de Jean Genet y Peter Weiss llegaron a mi vida gracias a mi compañero Rodrigo. Ayer estuvimos hablando de Pirandello y este lunes quiero hablarle yo de Boris Vian y del descubrimiento que he hecho yo solito.

Dicen por ahí que Los constructores de imperios o el Schmürz es heredero del teatro del absurdo, aunque intuyo que, además, habría que incluir en su árbol genealógico al teatro de la crueldad de Artaud. Boris Vian no abandona aquí sus constantes chascarrillos surrealistas que aderezan sus obras con peripecias y provocan perplejidad y cosquilleo en los lectores más desenfadados. Pero, pese a que pudiera parecer lo contrario, nada es gratuito. Los constructores de imperios es la construcción de un paradigma, en el sentido que lo pueda ser El castillo, de Franz Kafka, por ejemplo. En Kafka todo resulta más árido -sin ser esto mejor ni peor-, mientras que en Vian podemos sonreír, sonreímos y se nos agrietan las comisuras de los labios.

En esta pieza teatral, una familia va subiendo las plantas de un edificio a través de una escalera para huir de un ruido que los atemoriza -el Ruido-; en cada una de las plantas se instalan durante un tiempo, viviendo tranquilos, pero cada piso es más pequeño y precario que el anterior, hasta que el ruido vuelve a acecharlos. Además, en cada uno de ellos encuentran al Schmürz, un ser desvalido y andrajoso, cubierto de vendas, al que golpean brutalmente con toda la naturalidad del mundo al tiempo que hacen caso omiso de su presencia.

ZÉNOBIE (amenazante).- Y ahora, ¿qué va a pasar?

MADRE (cosiendo).- Tu padre se ocupa de eso.

ZÉNOBIE.- Va a ser como antes, solo que un poco peor. Vamos a vivir un poco peor, haremos los mismos gestos, un poco menos vivos, con menos cuidado en los trabajos. Las noches pasarán, los días serán parecidos a las noches y, de repente, escucharemos el ruido, subiremos la escalera, olvidaremos algo… Y no habrá más que un solo cuarto…, donde ya habrá alguien.

La hija es el único personaje capaz de afrontar la situación, mientras que los padres prefieren huir, conservando así al menos un poquito de lo que antes tenían. Esto me recuerda un poco a Ruido de fondo, en la actitud de los padres y de los hijos, en lo que convierte a los adultos en conservadores, cobardes y sumisos. Como toda obra paradigmática, se trata de un texto de un inmenso y revelador simbolismo del que se pueden sacar multitud de lecturas. Dada la coyuntura socioeconómica de nuestros días, una de las opciones sería leer esta pieza como un relato del comportamiento humano ante la pérdida del bienestar. Quizá Los constructores de imperios o el Schmürz explique por qué no hay revolución incluso mejor que el Marat-Sade del post anterior, quizá se comporte como una suerte de Casa tomada cortaziana con brotes de histeria ante la pérdida del status quo.

O quizá no sé lo que digo. Boris Vian me llena la cabeza de colibríes. Solo hay que oírlo cantar, mientras mi amadísima Elisa Calatrava me traduce sus letras cuando viajamos en coche, para que su aliento sinestésico me deje bajo la lengua un extraño sabor agridulce.