Julio Mas Alcaraz y la realidad virtual

El niño que bebió agua de brújula, de Julio Mas Alcaraz

El niño que bebió agua de brújula, de Julio Mas Alcaraz

Estoy deseando comprarme unas gafas de realidad virtual. El día que las vendan en el Fnac a buen precio me hago con unas. Estoy convencido de que acabaría convirtiéndome en un yonki del simulacro, podría desfigurar la realidad mirándola a la cara, tendría mi Matrix personal, mi locus amoenus, mi útero materno. Hasta que llegue ese momento, tengo otros recursos para alterar el mundo, siempre quedará la poesía. Por desgracia, la poesía tiene sus desventajas respecto de la realidad virtual. Para alterar el mundo solamente hay que alterar el lenguaje, pero resulta bastante complicado percibir estas alteraciones en un poema, a veces es culpa del lector y a veces es culpa del poeta. No es fácil que se den las conexiones apropiadas.

El caso de Julio Mas Alcaraz en El niño que bebió agua de brújula ha sido una experiencia desigual. Quizá no he ajustado bien el cableado y eso ha causado muchas interferencias en mi contemplación o quizá el poeta no ha resultado tan evocador en todos sus intentos. De hecho, “contemplación” me parece una palabra muy acertada para referirme a la lectura de Julio Mas Alcaraz, pues muchos de sus poemas presentan una escena con una fuerte carga simbólica, una escena en la que la connotación trata de sepultar el rastro de lo denotativo para que el lector se sienta impresionado ante la presencia de tantos sentidos añadidos floreciendo entre palabras. Por ejemplo, algo así:

No hay por qué ni cómo si las mujeres jirafa colocan sus tacones finísimos en los surcos de vinilo que giran esta noche.

Luego es junio y los bulevares ensanchan sus aceras hasta las puertas de las casas siguiendo el dibujo del sonido de la pólvora en el aire. Y entonces mueven alegres sus colas los perros policía, carteros reparten gatos azules con ramos de artemisas, los macarras colocan saxos como tubos de escape y las salamandras escriben en la arena los círculos del cielo frente al mar. En seguida las muchachas ponen pinzas y broches a las curvas de las mantillas, ajustan sus corpiños al modo de los templos y se van a desfilar pasacalles con la sonrisa de los gajos en los pomelos gigantes.

En realidad, por decirlo de un modo más sencillo, siempre se trata de pellizco, o de clic, o de como quieran ustedes llamarlo. Se trata de si hay pellizco o de si no lo hay. Al fin y al cabo, eso también pasa con la narrativa, pero en el caso de la poesía la virtud estriba precisamente en el pellizco, además, en un pellizco que no puede hacerse esperar.  Es curioso cómo el pellizco nos obliga a alinearnos en un bando. Yo soy de ese poeta y no del otro, podría decir. Para mí el pellizco está aquí y no allí. Por ejemplo, hoy hablaba en Facebook con una amiga de la universidad. Ella decía Benedetti sí y Gamoneda no, no y no. Yo decía Gamoneda siempre y Benedetti… si acaso dos cucharadas y remover bien. Y ambos podríamos haber lanzado nuestras hordas asesinas contra el otro por tal de mantener nuestra bandera enarbolada. ¿Quién dijo que ser hincha de un equipo de fútbol es de tontos? Leer poesía nos cruza los cables por completo, porque el pellizco nos enloquece.

En cuanto a Julio Mas Alcaraz, no sé qué opinión le merecerá a mi amiga. Pese a que lo he disfrutado, no voy a llegar al punto de matar por defenderlo. No ha habido tanto pellizco para eso.