Gordon Lish o el “yo contra todos”

Epígrafe, de Gordon Lish

Si fuera capaz de tener en cuenta las efemérides, debería señalar que hace un año, en realidad hace más o menos once meses, leí por primera vez a Gordon Lish. Vale, esto no es exactamente una efeméride, pero ustedes no pueden esperar que mi memoria retenga algo que haya ocurrido hace más de algunos meses. A mí me sirve, de todos modos, para acordarme de lo distinta que era mi situación de la de ahora. Dos lecturas de Gordon Lish en dos momentos radicalmente distintos y, sin embargo, uno consecuencia del otro.

Me gusta ese tópico de que Gordon Lish es el padre o el protector de un montón de escritores norteamericanos (Carver, Delillo y toda esa banda de pájaros). Siempre se dice que fue un gran editor y un maestro capaz de corregir a los grandes. Yendo más allá, este señor me ha convencido de que sabe escribir como hay que escribir en cada momento. Su estilo es, para mí, el que más agradezco para aquello que me está contando, ahora y cuando lo leí hace once meses.

Epígrafe es una novela epistolar. Al narrador protagonista -llamado Gordon Lish- se le muere la mujer y empieza a escribirle cartas a todo el mundo. Al principio lo hace para dar aviso de su muerte, pero poco a poco empieza a desvariar. Y cuando digo desvariar me estoy refiriendo a un comportamiento que no tiene que ver estrictamente con la locura. Cuando digo desvariar estoy pensando, en realidad, en Thomas Bernhard. Estoy pensando en ese punto en donde dejamos de ser civilizados para alcanzar -presuntamente- un nivel superior (no sé muy bien de qué), en donde el sentido común se convierte en egolatría autodestructiva, en donde el discurso del personaje es muy atractivo siempre y cuando se trate de un personaje y no de alguien que viva cerca de ti. A eso me refiero.

Gordon Lish -su personaje- lleva a cabo una suerte de terrorismo postal, su intención es la de dinamitar todo su círculo social (o el que le había dejado su esposa) inmolándose, de paso, a sí mismo. Epígrafe nos muestra el camino más rápido para alcanzar la verdad de aquello que nos haya ocurrido, ya que, al fin y al cabo, el mejor modo de llevar razón es quedarse solo. Epígrafe podría servir para explicar un modo de entender la literatura, el de yo contra todos. No sé hasta qué punto me gusta esa forma de entender la literatura, pero he de confesar que me resulta tremendamente divertida. Quizá sepan ustedes que Thomas Bernhard, por ejemplo, es para mí uno de los grandes humoristas de todos los  tiempos y que, además, es uno de mis escritores favoritos. Y Gordon Lish, tras este segundo round, está cerca de colarse en mi hipotético y voluble top ten. ¡Ojalá sigan traduciendo y publicando sus obras!

Mi encuentro a solas con Gordon Lish

 

Perú, de Gordon Lish

Acabo de terminar los últimos compases de Perú, de Gordon Lish, cuando ya no me creía capaz de terminar ningún propósito. Espero, sin ninguna intención de mostrarme paciente, a que salga una información X en una web Z, y mientras tanto hago lo posible por leer a Gordon Lish, porque a lo largo de este día es lo único que ha demostrado ser lo suficientemente hipnótico como para retenerme. Mucho más que mi teleserie favorita de las mañanas, Alerta Cobra, donde el actor turcoalemán Erdogan Atalay nos demuestra temporada tras temporada que Alemania ha llegado a alcanzar cotas altísimas de bienestar ciudadano gracias a la Brigada de Carreteras. Sobre todo si somos capaces de ver las autopistas alemanas como sinécdoque de un país. El narrador de Perú, en cambio, nos plantea una idea radicalmente distinta a la que experimentamos junto al personaje que interpreta Erdogan Atalay en Alerta Cobra. En pleno estado del bienestar puede darse, inopinadamente, una tragedia, pero esta tragedia deja de serlo al no estar expresada bajo ninguna moral. En Perú -que no transcurre en Perú- las cosas implosionan sin que haya consecuencias; en Alerta Cobra las cosas explotan con consecuencias que hacen avanzar la trama.

Atreverse a comprar Perú, de Gordon Lish, es como cuando quedan dos amigos para hacer algo juntos y no llaman a un tercero, y ese tercero es Raymond Carver. Yo creí que leyendo a Gordon Lish solo iba a pensar en Carver, en cómo Lish inventó el estilo de Carver, en cómo cercenaba sus frases y lo convertía en lo que todos conocemos. Todos sabíamos que Carver es un tío genial porque siempre va acompañado de su amigo Lish. ¿Pero qué iba a pasar cuando Gordon Lish y yo quedáramos a solas? Es como aquel capítulo de Seinfeld, cuando Jerry Seinfeld ha quedado, como de costumbre, con George y con Elaine y al final no puede ir; entonces, estos dos se ven obligados a salir solos y no saben de qué hablar porque siempre que se ven lo hacen con Seinfeld, y se sienten violentos, y al final descubren que si hablan todo el rato de él y se ríen juntos de él son capaces de salvar una velada incómoda. Sí, he destripado todo el episodio. Pero este capítulo merece ser visto una y otra vez. Así me sentía yo antes de ponerme a leer a Gordon Lish.

Lo que ocurrió, sin embargo, fue que se dio entre nosotros una complicidad distinta a la que yo ya tenía con Carver. Si me preguntan diré: “fue otro rollo“. Algo distinto, algo que no me esperaba. Perú está construida a partir del proceso de recordar un hecho de la infancia y se sostiene entre dos hechos secundarios que lo flanquean desde el presente. La estructura parece sencilla, pero da pie a una serie de permutaciones entre los tres acontecimientos que posibilitan que Lish ensaye todos los modos posibles de expresarlos, aunque siempre dentro de un mismo tono. O, dicho de otro modo, esta es una novela acerca de las posibilidades del lenguaje dentro de un contexto. Yo apuesto porque la literatura siempre debería ser eso, aunque, por norma, la literatura trate sobre las posibilidades de un contexto dentro del lenguaje. No sé si se entiende la diferencia. Tampoco me voy a extender en ello, corro el riesgo de que ni siquiera yo sepa lo que estoy diciendo.

De todos modos, qué importa lo que yo diga. Perú es un novelón impresionante. Y, además, está aderezado con esa crueldad que yo siempre tanto disfruto.  Para mí, Gordon Lish es un gran descubrimiento o, mejor aún, es un gran redescubrimiento. Primero vino de la mano de Carver y ahora ya salimos solos y hablamos de nuestras cosas. ¡Ay, debería aprovechar este verano y volver a leer a Carver para aclararlo todo!