Recordando a Max Jacob

El cubilete de dados, de Max Jacob

El cubilete de dados, de Max Jacob

Lucas Martín me invitó a pasar unos días en casa de sus padres, en Úbeda. Era feria, creo, porque nos recuerdo en una caseta con música pachanguera mientras él bebía compulsivamente un cubata tras otro y yo hablaba con una de sus amigas con toda la torpeza y la ineptitud que me caracterizan. Recuerdo que nos montamos en un coche con un expresidiario que nos acercó al centro. Nos recuerdo a los dos en el portal de su casa, de madrugada, él casi no podía sostenerse en pie y yo me eché a llorar desconsoladamente cuando me dijo que su amiga hubiera querido enrollarse conmigo si yo se lo hubiese sugerido; me eché a llorar porque, durante toda la noche, fui incapaz de ver nada en ella que me llevara a esa conclusión, porque me sentía incapacitado para captar los rituales más básicos. También recuerdo el día siguiente. Recuerdo los libros de Lucas. Lo recuerdo mostrándome El cubilete de dados, de Max Jacob, leyéndome algo al azar y comentando algo acerca de Gertrude Stein.

Hace poco me encontré en una librería este mismo libro y me acordé de Lucas, no solo de ese día, sino de todos los días con Lucas.

El cubilete de dados es un libro intermitente. A veces enciende una luz en mi cabeza y a veces la apaga. Max Jacob parece estar muy seguro de lo que hacía, tanto es así que adjuntó un prólogo-manifiesto haciéndonos saber lo que es y lo que no es un poema en prosa. Yo no estoy muy seguro de estar del todo de acuerdo con Max Jacob. Lo miro con ternura, me acuerdo de Lucas, lo leo con paciencia. En ocasiones, meneo bien los dados y saco una buena puntuación. Me río de sus bufonadas o me dejo retorcer por esa suerte de surrealismo que él llamaba cubismo poético. Pero luego hay otro texto, y otro, y otro, y siempre acabo cansándome de la dinámica del juego. Entonces, cierro el libro y espero a que se dé un momento más propicio.

Max Jacob fue alumno de Picasso. La pintura no se le daba demasiado bien y se propuso trasladar el discurso pictórico de su maestro a la literatura. Pretendió mostrarnos todos los ángulos del texto en cada una de sus piezas poéticas, pero yo sufro de mala orientación y, a causa de esto, he de confesar que me he quedado anclado en más de un vértice sin saber dónde estoy ni de qué trata lo que leo. Más de una vez he tenido la sensación de no estar leyendo este ejemplar de El cubilete de dados, sino aquel que me mostró Lucas hace ya muchos años, sin poder entrar de lleno en él porque me queda demasiado lejos, sin comprender su propósito, como si a veces El cubilete de dados se comportara como aquella amiga de Lucas.

Y ahora me siento un poco mal al contar todo esto. Me siento mal por El cubilete de dados y me siento mal por Lucas, porque la lectura y los recuerdos pueden convertirse en un combinado difícil de digerir.