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Lucas Martín escribiendo sobre mi padre y otras cabriolas

Lucas Martín escribiendo sobre mi padre y otras cabriolas: Vértigo

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Joseph Roth en los tiempos de Bankia

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

Cuando me marche de Segovia, es probable que en el Top-10 de mis costumbres y hábitos segovianos favoritos estén los gin tonics con J. (o, en su defecto, las cañas a media mañana con J.) En una de las últimas ocasiones estuvimos en el bar el Casco Viejo hasta las tantas, hablando de adaptaciones cinematográficas de obras literarias. Aparecieron muchos títulos. Yo fui apuntando algunos. Días más tarde, en mi cumpleaños, unas buenas amigas me regalaron una preciosa edición ilustrada de La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth, obra de la que me había hablado J. aquella noche, animado por la ginebra.

He vuelto a hablar con J. después de leer a Roth, y su opinión -hay que decir que difuminada por lo lejos que queda su lectura- coincide con la de todas las reseñas que he leído en la blogosfera (en donde, por cierto, hay varios blogueros que ensalzan la vertiente autobiográfica con un romanticismo avinagrado). Encuentro una aceptación unánime, pero a mí, en este caso, me ha dado por el pataleo.

Mi pataleo estriba en que, al comienzo, donde Joseph Roth introduce un filántropo que ha encontrado la fe, yo veo un banco. Da igual las vueltas que le dé al libro. Veo a un señor con la inminente necesidad de crearle una deuda a los demás. El protagonista (Andreas), hasta entonces, no era más que un clohard que sobrevivía con lo puesto y con lo poco que iba logrando aquí y allá; si bien es cierto que se trata de un borracho, también hay que recalcar su capacidad para mantener una economía de subsistencia. No debía nada a nadie, solo estaba condenado por sus necesidades primarias: en su caso, el alcohol. Cuando Andreas se topa con el filántropo, este consigue sacarlo del ostracismo y reinsertarlo en la sociedad parisina haciéndolo responsable de una deuda, como cualquier otro hijo de vecino que viva dentro de la lógica bancaria del capitalismo. Andreas nos habla del honor como quien habla hoy día de avalistas, convirtiéndose en santo de esta nueva religión.

Es bien sabido que el verdadero negocio de los bancos no es tanto guardar el dinero de los trabajadores como el de conceder créditos, endeudando así a quien necesita el dinero para vivir y medrar en nuestra sociedad (de hecho, es de horrible actualidad el decretazo del Gobierno que propone grados de tres años y másteres de dos para abrirle la puerta de los estudiantes a los bancos, tal y como tan bien explica el catedrático de Economía Juan Torres aquí). Por eso no me parece casual que el filántropo de esta obra dé un crédito por razones de fe y pida que se restituya el dinero a un sacerdote:

[…] Mas, a pesar de ello, le ruego que tenga la amabilidad de aceptar los doscientos francos, al fin y al cabo una suma ridícula para un hombre como usted. Y en lo referente a la restitución, habré de extenderme algo más para poderle hacer entender por qué no ingresar el importe. Resulta que me he convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux. Y ahora venero muy especialmente la estatuilla de la santa que se guarda en la capilla de Sainte Marie des Batignolles, que usted podrá localizar con facilidad. Así que, tan pronto tenga reunidos los doscientos francos y su conciencia le obligue a zanjar esta ridícula deuda, diríjase por favor a Sainte Marie des Batignolles y entregue la suma en manos del sacerdote cuando este termine de oficiar la misa.

Me refiero a que el término griego pistis servía para referirse tanto a la fe como al crédito, ya que, al fin y al cabo, ambos funcionan mediante mecanismos parecidos y alimentan, asimismo, estructuras similares. Esto lo explica fenomenalmente bien Giorgio Agamben en un artículo publicado aquí, del que aconsejo fervientemente su lectura para intentar comprender mi pataleo con La leyenda del santo bebedor, además de otras cosas de verdadero calado. No obstante, como aperitivo, copio un extracto:

David Flüsser, un gran estudioso de la ciencia de las religiones –pues existe una disciplina de tan extraño nombre– estaba hace poco trabajando en la palabra pistis, que es el término griego que Jesús y los apóstoles usaban para “fe”. Aquel día, que iba paseando por casualidad por una plaza de Atenas, en un momento dado alzó la vista y vio ante sí escrito con grandes caracteres: Trapeza tes pisteos. Estupefacto por la coincidencia, miró mejor y a los pocos segundos se dio cuenta de que se encontraba simplemente a la puerta de un banco: trapeza tes pisteos significa en griego “banco de crédito”. Ese era el sentido de la palabra pistis, que llevaba meses tratando de entender: pistis, “fe”, no es más que el crédito del que gozamos ante Dios y el crédito del que goza la palabra de Dios ante nosotros, a partir del momento en que la creemos.

Es la segunda vez que me enfrento a Joseph Roth y en ambas ocasiones he tenido la sensación de oír el soniquete de una parábola moral. Mi otra lectura fue Job, donde, por supuesto, el título ya resulta explícito en este sentido. No conservo un gran recuerdo de aquella lectura y ya me imagino el recuerdo que guardaré de esta. Para colmo, ciñéndome a lo estrictamente narrativo, Roth ha logrado tocarme las narices una y otra vez optando por todos los deus ex machina que le han salido de los mismísimos para resolver los distintos tramos narrativos de la obra. Hay quien se toma esas cosas como si todo fuese un cuento de hadas o una ensoñación que embellece el relato; yo me lo he tomado, en cambio, como si Joseph Roth tuviera muy poca vergüenza.

Y ya no da más de sí este breve cuento, inflado con una tipografía grande y con unas bonitas ilustraciones de un tal Pablo Auladell para poder ser publicado por separado. Me voy a mis asuntos, a contar mi dinero, y a respirar aliviado, porque -de momento- no tengo deudas.

Yuri Herrera Cartoon Show

La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

Cuando me pongan un riñón que me dé independencia quiero hacer un viaje a México. También a otros sitios, pero, sobre todo, me queda pendiente ese México que Roberto Bolaño se inventó para mí y que yo me sigo creyendo a pies juntillas. Ahora también quiero ir a México por Yuri Herrera. Quiero coincidir allí con mi amigo Gabo y con mi amiga Adri y preguntarles por Yuri Herrera, y pedirles que me lleven a donde el mundo se entreteje con el mismo lenguaje que el de La transmigración de los cuerpos.

Viajar a México quizá algún día sea posible, pero no contemplar la realidad como la propone Yuri Herrera fuera de su relato. Si pudiera presenciar lo que se cuenta en La transmigración de los cuerpos, asistiría a la labor de un hábil y cabizbajo gestor de la diplomacia callejera que logra que un conflicto entre dos familias no vaya a más. Sería una historia escueta pero potente. Me serviría como anécdota para repetir varias veces. Pero Yuri Herrera trabaja el lenguaje hasta hacer de esta historia la versión definitiva e improbable de lo que yo deseo contemplar, y no existe más allá que en el modo de ser contado.

Reconozco que me he sentido irrefrenablemente cautivado por la distancia dialectal que me propone, como quien ve un pájaro exótico y se le pone cara de bobo sorprendido; pero también he de confesar que me he emocionado como un niño con un juguete casual e improvisado cuando Yuri Herrera instala su registro casi en lo vulgar y, con ello, toca teclas que al nivel culto de la lengua se le escurre entre los dedos. Yuri Herrera trabaja el lenguaje sin complejos, adecuándolo a su propia escala, y el resultado es una contorsión que ensancha el pecho del lector y la historia que se cuenta. Todavía estoy paladeando las piruetas, las páginas, los recovecos de una historia muy corta que se tiene que acabar porque el movimiento ya está hecho.

Como si fueran dibujos animados, así es la literatura de Yuri Herrera. Como si hiciera falta inventar Hora de aventuras o Historias corrientes para mostrar lo que la cámara cinematográfica no ha enfocado. Creo en la importancia de los dibujos animados porque -ahora tengo un argumento- existe literatura como la de Yuri Herrera. Diego Zaitegui me recomendó esta obra y sospecho que a él también le gustan los dibujos animados.

Cristian Crusat y mi vida haciendo origami

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Hay quien dice que la vida es un pañuelo y yo prefiero ver un extraño origami cuando la vida se pliega sobre sí misma para que ciertas épocas inalcanzables y distantes se solapen entre sí y formen una nueva figura. Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat, podría ser, precisamente, esa figura papirofléxica formada por la conjunción de varios vértices de mis últimos años. Para contar la historia de este libro en mis manos no solo habría que mencionar a su autor, sino que aparecerían en escena otros compañeros de la universidad, alguna reseña leída en el periódico y, por supuesto y ante todo, la participación de Paul Viejo. La torsión de los hechos que me ha traído este conjunto de cuentos merece ser pregonada, pero no me veo capaz de explicarla con la justicia poética que merece. Así que he optado por la solución más esquemática y, a la vez, más críptica; la más reveladora y, además, la más chapucera: he hecho un dibujo:

No sé si ustedes entienden algo, pero yo me he divertido mucho garabateando este folio. ¿Me creerían si les dijera que no me ha llevado más de cinco minutos realizar estos trazos tan precisos? Y lo mejor es que no pienso rehacerlo. No pienso decir más al respecto. Pasemos ahora al texto, a mi reencuentro con Cristian, pese a que no lo he vuelto a ver desde la época de la carrera.

En los relatos de Crusat me ha parecido encontrar algo de Kjell Askildsen, no en el estilo, sino en la manera de configurar las relaciones entre los personajes. Crusat, como Askildsen, nos plantea conflictos entre personas -quizá diminutos, pero incómodos- que el lector percibe y en los que se ve irremediablemente obligado a poner de su parte para completar el significado de la historia, porque con el relato no basta del todo. Uno se asoma a estos cuentos sabiendo que pasa algo más de lo que ve, creyendo que ha llegado tarde, pero que todavía puede intuir lo que nadie le ha contado respirando la atmósfera del texto.

Pero este parentesco que le atribuyo con Askildsen acaba ahí, en el mero juego de tensiones entre los actantes. Por lo demás, nos encontramos con un uso del lenguaje tan pulido y ejercitado que dan ganas de sentarse en los hombros del enunciado y dejarse llevar a cuestas. Por ejemplo, muestra cierta exuberancia en la atención por los colores, en el apego hacia las posibilidades de la luz en el espacio narrativo. De algún modo, parece que a Crusat le interesa que el lector esté allí mismo, junto a los personajes, para descifrar de primera mano lo que no se va a decir nunca.

De hecho, he de reconocer que el primer relato del libro, Parcelas, me causó tal sensación que tardé un par de días en volver a retomar su lectura porque me estaba a gusto sintiéndome en aquel ambiente de rulot desvencijada en medio de ninguna parte. A la vez, me veo obligado por poderosos motivos emocionales a destacar el cierre, que da título al libro, por tratarse del desierto de Almería. ¿Han estado ustedes en Tabernas? Cojan el coche y adéntrese en el desierto, y luego lean este libro.

Lo que media entre Breve teoría del viaje y el desierto y aquel joven y tímido Cristian Crusat que conocí en la carrera para mí es un absoluto misterio, pero me siento feliz de que estos dos extremos del cordel se hayan atado gracias a la mano de Paul Viejo (al que espero haber retratado bien pese a no haberlo visto nunca en persona).

Max Frisch promueve mi vida contemplativa

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

En el mes de julio estuve en Tenerife. Uno de los rincones que más recuerdo es Masca, en lo más recóndito de un valle, en el mismísimo culo del mundo, en donde, según me contó alguien, no se enteraron de que en España había tenido lugar una Guerra Civil hasta bastantes años después. Hoy día es un pueblecito muy visitado, abierto al turismo; hay, de hecho, un restaurante absolutamente maravilloso, regentado por un siciliano, con unas vistas espectaculares, llamado La Pimentera, que bien merece el viaje. Más allá de mis consejos gastronómicos, menciono la actual Masca porque es donde he imaginado al viejo Geiser, el protagonista de El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch, como sustitución empática de su verdadera ubicación en el cantón de Tesino. Lo he imaginado allí porque necesitaba un marco reconocible y coherente con su historia para imaginarme a mí, sintiéndome en el lugar del viejo Geiser, sospechando que Max Frisch habla con inquietante tino del estilo de vida que trato de seguir actualmente

El hombre aparece en el Holoceno es como leer la biografía de un místico, es un manual para el ascetismo. Actualmente, hago esfuerzos por convertirme en un anacoreta, por llevar con diligencia una vida contemplativa, reconozco que me permito demasiadas licencias, pero hay una voluntad clara en mí. Otra cosa sería explicar lo que yo entiendo por ser, en mi caso, un anacoreta. No voy a hacerlo, pero puedo poner de ejemplo esta novela de Frisch. Como novela es un texto corto, parco y contenido, pero tiene tanta fuerza que funciona como una instalación artística dentro de la cabeza del lector.

El viejo Geiser vive aislado en su casa, en un pueblo recóndito en donde apenas se relaciona con nadie. A veces, en verano, viene gente de fuera. Sale poco. Llueve mucho (aquí me valdría Segovia en lugar del valle de Masca). Le preocupa que haya un desprendimiento de tierra, siente ese peligro en el exterior. Por lo demás, vive tratando de retener las cosas importantes que hay que saber en la vida, pegando hojas de diccionarios y enciclopedias en las paredes para no olvidar lo esencial, para construir y mantener su mundo allí dentro, para aprovechar la poca memoria y la poca vida que le quedan.

A veces el señor Geiser se pregunta qué es en realidad lo que quiere saber, qué es lo que se promete del saber.

Solamente hace una excursión y casi le cuesta caro. En cambio, en su casa logra controlar todos los parámetros. El viejo Geiser proyecta su saber sobre las paredes empapelándolas con recortes. Allí dentro, tranquilo, es feliz, y no siente demasiadas ganas de salir afuera a comprobar que el mundo es como dicen sus libros. Por eso este extraño artefacto de Max Frisch me ha recordado a la máxima 139 de los Pensamientos de Blaise Pascal, que un amigo me leyó hace años y que, por supuesto, he tenido que buscar para poder citar (pero la idea permanecía fija en mi cabeza):

[…] he descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación. Un hombre que tiene suficientes medios de vida, si supiera estar en casa a gusto, no se marcharía para ir al mar o sentarse en una plaza. No se compraría tan caro un puesto en el ejército si no fuera insoportable el no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y los divertimentos de los juegos sino porque no se puede permanecer en casa a gusto.

Yo no sufro esa desgracia, ni el viejo Geiser tampoco.

Después de haberlo intentado hace años con Max Frisch leyendo Homo Faber y de que pasara sin pena ni gloria por mi cabeza, he logrado reencontrarme y conectar con este autor. Tengo una sonrisa tontorrona, provocada por la complicidad y por el sueño a estas horas. Me gustaría hablar del peculiar uso de la tercera persona, que casi parece primera y hace sentir al lector en la casa del viejo Geiser, pero mejor no digo más.

Leer orientado por Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

Hace varias noches me llamó mi amigo H. por teléfono. En lugar de comenzar con el tradicional hola, ¿qué tal?, me preguntó, a bocajarro, si había leído un poema de José Hierro sobre San Juan de la Cruz, titulado Yepes Cocktail. No crean ustedes que mi amigo H. no cuida sus modales, comprendan que en ese preciso instante se sentía alucinado (al fin y al cabo el poema pertenece al Libro de las alucinaciones) con un texto y necesitaba compartirlo, revisarlo, contrastarlo con alguien que ejerciera de cómplice. La fascinación que le producía el texto (y, sobre todo, lo que él había encontrado ahí dentro) se imponía, por suerte, a todo lo demás. En nuestra conversación, ya no solo sobre el poema o sobre San Juan de la Cruz, sino sobre nuestra relación con los textos (el verdadero leitmotiv de la llamada), mencioné, inevitablemente, un pequeño ensayo sobre Roland Barthes que estaba leyendo, El placer del texto / Lección inaugural.

Llevo días, gracias a Barthes y gracias a H., tratando de pensar en cómo leo, en cómo me enfrento, como ya he dicho, a los textos. No he logrado sacar grandes conclusiones (ni pequeñas), pero el primero de los ensayos de este libro me ha ayudado a tomar conciencia sobre ciertos aspectos. Por ejemplo, que no todos los lectores nos comportamos del mismo modo pese a que a mí me parezca que no hay otra forma de leer distinta a la mía.

Le tendría que haber preguntado a H. qué tipo de lector es él, según esta taxonomía de Barthes; yo, en cambio, no habría sabido qué contestar; como tampoco supe contestar a mis contactos de Facebook cuando les lancé una pregunta a propósito de Barthes y me negué a participar en mi propia encuesta.

“El libro hace el sentido, el sentido hace la vida”. Temblé al leer esto, porque me doy cuenta de que no dejo de vivir todo lo que me acontece en el mundo buscando, continuamente, puntos de referencia, de apoyo, de partida, en textos que me den un norte, una dirección, un sentido por el cual obrar, por el cual interpretar, por el cual comprender qué diantres ocurre y por qué. No contesté a mis amigos en Facebook porque soy incapaz de localizar un libro que haga de intertexto continuo con la vida. Las afinidades son, diría yo, varias, distintas entre sí y , a menudo, contradictorias, pero siempre conforman una extraña unidad de sentido: este interxtexto vital es, por tanto, un armazón complejo y, además, mutante.

Tengo un montón de citas con las que incordié en Facebook a medida que iba leyendo el ensayo -que, al estar construido de modo fragmentario, lo convertí fácilmente en un picoteo para compartir- y podría seguir haciendo copy/paste hasta parecer un lector fetichista de esos de los que hablaba Barthes en la primera cita que he pegado. Tampoco me quiero extender, porque me siento ridículo tratando de comentar a Barthes. Solo quiero hacer una última mención al segundo ensayo, Lección inaugural, que le sirvió de discurso cuando le dieron una cátedra en el Collège de France. En ella habla del poder, de literatura y de semiología. En la parte relacionada estrictamente con la literatura logró emocionarme y hacerme suspirar. El temblor comenzó cuando llegué al siguiente punto y con lo que vendría después (sí, una cita más, no me puedo resistir, la última y acabo):

Si llamamos libertad no solo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad sino fuera del lenguaje. Desgraciadamente, el lenguaje humano no tiene exterior: es un recinto clausurado. Solo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística, según la describió Kierkegaard cuando definió el sacrificio de Abraham como un acto inaudito, vaciado de toda palabra incluso interior, dirigido contra la generalidad, la gregariedad, la moralidad del lenguaje; o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua, a eso que Deleuze llama su manto reactivo. Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, solo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.

 

Por qué Mark Strand no es uno de mis poetas de cabecera

Casi invisible, de Mark Strand

Casi invisible, de Mark Strand

Mark Strand murió hace unos días. En ese momento, apareció en mi radar. No vi sus señales de humo hasta entonces, hasta que Facebook se llenó de pataleos y de vestiduras rasgadas y en la prensa tradicional se impuso la poesía como agenda-setting. A mí me palpitaba el pulso apresuradamente cada vez que se hacía referencia a Mark Strand, porque yo ya estaba llegando demasiado tarde a su fiesta. Por suerte, una vez más, Book Cake acudió en mi ayuda.

Casi invisible es su undécimo libro de poemas, y me acojo al texto de la contraportada para desear que se trate del poeta “que ha desarrollado una mayor variedad de registros expresivos, el que tiene una mayor capacidad de reinventarse.” Así podré seguir indagando en su camaleónica obra hasta dar con aquellos textos que comulguen con mi sentido de lo poético, porque -verán ustedes- aquí el problema lo tengo yo, y no Mark Strand.

Este es mi eterno impedimento, esta es una de las razones por las que reseño poca poesía. Con poco que lean en este blog, se darán cuenta de que mi capacidad de objetivación en la literatura deja mucho que desear. A veces me esfuerzo en parecer razonable y coherente, pero creo que soy más de partirme la cara por los escritores que hacen clic en mi cabeza y, al final, siempre me paso de la raya. Pese a todo, logro articular discursos con los suficientes meandros como para que buena parte del campo quede regado. Pero con la poesía no. Mi obstáculo es que, para mí, lo poético es, ante todo, ideológico. Es decir, un texto es un poema si comulga con mi poética; de lo contrario, es otra cosa. No entro a discutir qué, pero otra cosa. Tampoco voy a esforzarme en desarrollar aquí una poética. Creo que es fácil adivinarla echándole un vistazo a la poca poesía reseñada durante estos años.

Todo este preludio obtuso y farragoso solamente tiene el propósito de esquivar Casi invisible, de Mark Strand, un escritor que en ocasiones me ha hecho tilín, pero no clic, y aquí el clic es lo único que importa. Cabe decir que las piezas de Casi invisible son altamente sugestivas, a veces divertidas, intrigantes y que poseen un fuerte simbolismo; cabe decir que he doblado la esquina superior de bastantes páginas para mantenerlas marcadas. Pero, siendo honesto conmigo mismo, he de reconocer que en términos poéticos no me ha reportado prácticamente nada. Y, por supuesto, el microrrelato no es la mejor camisa que les deseo a estos textos. En todo caso, funcionan como algo autónomo, como guiños que se retienen con más o menos suerte en la percepción del lector.

Hay algo en Mark Strand que convertirá el tilín en el clic, al menos eso espero, pero todavía está por llegar.

 

Vigilando a Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

En mi época de oposiciones, trabajé como recepcionista nocturno de un hotel. Pasaba las noches solo, apoltronado en mi sitio, vigilando el sueño de los clientes, previendo que, en el momento menos esperado, podría darse cualquier incidente que truncara la calma de mi turno. Me sentaba a esperar y nunca pasaba nada, noche tras noche, pero mi inquietud siempre era la misma. Imaginen, conservando esa experiencia de meses en mi recuerdo, cómo se puede leer una novela como El vigilante, de Peter Terrin (Rayo verde, 2014).

En esta novela, como en todas partes, caben muchas interpretaciones, hay distintos pálpitos, se alcanzan asideros incompatibles. Pero me atrevo a asegurar que El vigilante no provocará ninguna pelea de bar por motivos hermenéuticos; con este texto y una panda de amigos se disfrutará más de las discrepancias y las contradicciones que del mutuo acuerdo y el consenso general, porque se trata de un texto sugestivo, de los que sigues contándote a ti mismo cuando cierras el libro, tratando de calcular la deriva de la narración.

Y esa extraña virtud me hace no saber por dónde empezar. Quizá por el engranaje de las tres partes, por la idea de que El vigilante, en realidad, es un tríptico que, visto en conjunto plantea tres niveles de una lógica que ya en su primer estadio podría parecer condenada a un cul de sac, pero que, como demuestra Terrin, convierte el tradicional planteamiento/nudo/desenlace en un ejercicio acrobático sobre un fino alambre.

Trato de mantener mi hábito de no hablar apenas sobre el argumento de la obra, pero me apetecería contar de qué va la historia de cabo a rabo. Me apetecería -lo confieso- dar mi propia versión de los hechos. Me apetecería sentarme al lado de Peter Terrin y decirle, sin un ápice de rubor, que lo he calado desde el principio. Me voy a tener que aguantar y que atenerme a otras estrategias. Por ejemplo, durante casi toda la primera mitad de la novela pensé, una y otra vez, en El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, además de en una versión obrera de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. ¿Hasta qué punto estuvieron en la cabeza de Peter Terrin estas dos obras? ¿En qué momento decidió dejarlas atrás y seguir adelante solo? Fue, seguramente, en la segunda parte de este tríptico.

También pensé mucho en Kafka. Pero me mordí la lengua del discurso mental para no decirme Kafka y solucionar la propuesta que plantea El vigilante. En realidad, no vale decir Kafka, porque Kafka vale para casi todo, porque Kafka sirve como desatascador de referencias. Me parece mucho más preciso y acertado decir Cervantes, decir Don Quijote y Sancho sin el colchón de la comedia. Harry y Michel, en este caso, prometiéndose la villa blanca del señor Van der Burg-Zethoven como si se tratrase de la ínsula de Barataria.

Y también pensé en los supermercados Mercadona. Pensé en Sánchez Gordillo y los suyos entrando en uno de ellos para llevarse por la fuerza comida para los necesitados. Pensé, sobre todo, en esas imágenes que vi en las noticias de unos trabajadores del Mercadona defendiendo los productos de su empresa como si ellos fueran los dueños, poniendo en juego su integridad física para salvaguardar unas minucias de las que no dependen sus sueldos. Pensé en la estupidez supina del empleado haciendo el trabajo sucio del empresario, identificándose con él, queriendo complacerlo en todo, pensando en su bienestar como si ese fuera un verdadero sentido del deber. Pues bien, El vigilante también es esto, una lectura política de nuestro capitalismo, en donde la clase obrera afianza y perpetúa la lógica de quien vive a su costa.

El vigilante, de Peter Terrin, también está enhebrado con muchos otros hilos que darían para muchas cervezas en una charla distendida en una terracita. Como en Segovia hace mucho frío, me atengo al solipsismo de mi blog, pero si alguno de ustedes quiere alcoholizarse conmigo, lea la novela y quedemos en algún sitio con sol.

La guerra a la manera de Wajdi Mouawad

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Dejé de trabajar y me apunté al Taller de Teatro Municipal de Segovia. Era una espinita que tenía clavada desde hace tiempo. Poder medirme según los parámetros de un personaje inventado por otro; permitirme el lujo de no hacer de mí mismo durante un buen rato. Todavía estamos buscando el texto definitivo con el que trabajaremos hasta final de curso. Mientras tanto, poco a poco, mis lecturas se inclinan hacia lo teatral, abriendo una veta a la que todavía le queda mucho por ensanchar.

Aparecen multitud de posibilidades que desearía que lleváramos a escena. La última es Incendios, de Wajdi Mouawad. Esta lectura me ha dejado muy tocado, y me pregunto si lograría tocar con el mismo pulso a un hipotético público en el caso de que nos atreviéramos a construir tanta desolación y tanta tristeza sobre el escenario.

Quizá no hay tristeza más grande que la que describe Incendios, quizá no hay mayor horror, quizá no hay mejor paradigma del fundido en negro dentro de la propia vida. Podría describir en pocas palabras esa tristeza a la que me refiero, pero trato de morderme la lengua para no escupir el espoiler que se me acumula en la garganta. A lo sumo, me aclaro la voz y confieso que Sófocles estaría orgulloso de semejante vuelta de tuerca. Ustedes no quieren saber de qué va Incendios, y sus personajes tampoco hubieran querido saberlo. Todos éramos más felices antes de conocer esta historia.

Wajdi Mouawad es un autor canadiense de origen libanés, y nos habla de la guerra entre cristianos y musulmanes en su país natal. Pero eso es lo de menos. Incendios trabaja con el recorrido de la memoria y del descubrimiento personal para reconstruir la identidad (algo similar al funcionamiento de la película Vals con Bashir, de Ari Folman, que ha planeado sobre mi cabeza durante la lectura de esta obra). Pero eso es lo de menos. El meollo de la cuestión duele más que la suma de estas dos desgracias. Me parece que Incendios es un título muy apropiado, porque tras la lectura uno queda hecho cenizas.

Imagino a Carlos Tongoy leyendo esta obra. ¿Se le haría a él también un nudo en la garganta? Él siempre dice que la poesía no es lo suyo. Pero me acordé mucho de él leyendo el texto, porque para Wajdi Mouawad lo poético resulta imprescindible para poder afrontar ciertas realidades. De hecho, me doy cuenta de que me interesa ese tipo de teatro que se apoya en la metáfora y en lo simbólico para verbalizar de un modo más amplio, rotundo y certero con que solemos decir en nuestras vidas con un código practicable pero insuficiente. Incendios posee un lirismo arrollador, un lenguaje que excede los lugares comunes de la guerra.

¿Y qué se puede hacer con un texto así? Pues a Denis Villeneuve se le ocurrió hacer una película, darle mayor importancia a las imágenes y cercenar el texto. Se le ocurrió cambiar ciertos elementos, resumir ciertas piezas. Se le ocurrió darle una extravagante coherencia al conjunto. El resultado, para quien haya visto Incendies, de Denis Villeneuve, es una versión Disney del texto original. Un acercamiento comedido y despojado del desgarro que propone Wajdi Mouawad. No creo en eso de que el libro siempre es mejor que la película, pero en este caso no hay color. Comparen ustedes.

 

Mi primer y querido Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

C. tomó el libro de la estantería y lo levantó para mostrármelo. Aquí se resumen todos mis miedos actuales, me dijo. Yo tan solo me veía capaz de situar a Iván Turguénev en el marco de la Literatura para quedar bien en una hipotética conversación con alguna rusófila que se atreviera a sonreírme, pero reconozco que Turguénev ni siquiera había entrado todavía en la esfera de autores de los que tenía previsión de leer cuanto antes. C. me alcanzó un ejemplar de Rudin y lo acompañó de su propia faja publicitaria y anímica. Yo me había propuesto no comprar nada en la librería aquel día, pero salí con Rudin bajo el brazo y con la promesa de que no leería la contraportada ni trataría de averiguar nada antes de abrir aquella novelita.

Y así conocí a Dmitri Nikolaich (Rudin), así entró a casa de Daria Mijailovna ya en el capítulo III, tomándose su tiempo para irrumpir en la vida de los demás personajes al tiempo que en mi propia vida. Tanto Daria Mijailovna como los demás asistentes de su casa no tardaron en maravillarse ante el discurso ágil, torrencial y seductor de Rudin, pero a mí no se me hizo tan fácil tomar partido. ¿De qué va el Rudin este?, pensé. Está creando muchas expectativas, pero ¿a dónde quiere llegar con todo esto?, me dije. Ya mucho más adelante sentí pena por él, porque todo ese despliegue discursivo, toda esa prosodia llena de fuegos artificiales, acabó por convertirlo en un mono de feria dentro de una casa decente, llena de gente biempensante, donde todos aplaudían las piruetas de un joven que venía a hacer ruido y no lograba más que entretener las veladas.

Pobre Rudin, cuando sus palabras surtieron efecto, él no supo estar a la altura. Rudin tenía más miedo de sus propias ideas que del que pudo causarle a su asombrado y encandilado auditorio. A la hora de la verdad, ni fue capaz de integrarse y ser uno más entre la buena sociedad ni tuvo el valor de ser él mismo con todas sus consecuencias. Solamente supo envenenarse a sí mismo, acabó siendo un desahuciado de su propia cabeza. Ni fue un héroe ni fue un mártir.

Acabar como Rudin es una putada. Las medias tintas y el miedo a lanzarse de cabeza hacia una dirección pueden jodernos la vida mucho más que el fracaso más estrepitoso. Turguénev construye en Rudin un arquetipo que parece pensado para nuestros días, porque Rudin es el petardo en el culo que a tanta gente le haría falta.

Osamu Tezuka en Antena 3

El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka

El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka

A lo mejor es que la neumonía y el manga no se llevan bien. A lo mejor es que Osamu Tezuka es, de hecho, considerado como el “dios del manga” y yo, en cambio, un ateo militante. A lo mejor es que El libro de los insectos humanos no es el manual de entomología que yo buscaba. En los hospitales trato de leer cómics, porque, de lo contrario, los compañeros de habitación que me tocan no dejan de entreverar sus chácharas entre líneas. A lo mejor es que la fiebre no me ha bajado. A lo mejor es que el pijama me queda grande. A lo mejor es que no he sabido interpretar el amarillo y el negro de la portada.

No sumo nada si yo también doy fe de que el típico trazo de los personajes Disney con los que me he criado está en el giro de muñeca de Osamu Tezuka. Personajes humanos adoptando posturas de Mickey Mouse, Pato Donald y demás panda de animalitos para hablar sobre la identidad y la empatía; líneas de dibujos reconocibles que se prenden a mi infancia y que prometen llevarme a un lugar oscuro. Si resumiera las preguntas fundamentales que dan pie a la premisa de El libro de los insectos humanos, correría el riesgo de que ustedes quisieran leerlo, y esa no es mi intención, porque el cómo de este relato me ha quitado las ganas. Esto iba a ser una dieta de sordidez para mis cuatro comidas hospitalarias. Al principio, tanta ingenuidad en los personajes, tanta simpleza y tanta frivolidad, parecían el agujero perfecto donde meter la cabeza cuando las cosas se torcieran. Pero solamente he podido asistir (esperando un catapum, o un crash, o un boom, o un crack, o cualquier otra onomatopeya que hiciera trizas las páginas) a una trama que he creído estar viendo en una película de sobremesa de Antena 3; ustedes saben a qué películas me refiero, a esas que tratan de cosas horribles pero que son aptas para todos los públicos, a esas que están hechas con violines estridentes en lugar de violencia, a esas con las que uno puede dormirse con la tranquilidad de que eso solo pasa en las películas.

La culpa, por cierto, también la tiene Perdida, de David Fincher. He querido que El libro de los insectos humanos sea como esta película (ambas obras podrían haberse rozado y yo me hubiera estremecido). Podría haber sido posible si Osamu Tezuma hubiera crecido viendo El club de la lucha en lugar de los dibujos Disney. Nada de esto ha ocurrido, solo una lectura rápida e insípida, una película de Antena 3 para matar el tiempo hasta que me den el alta.

Bret Easton Ellis por culpa de Miguel Alcázar

American psycho, de Bret Easton Ellis

American psycho, de Bret Easton Ellis

Podríamos empezar echándole la culpa a Miguel Alcázar, a sus frecuentes referencias a Bret Easton Ellis como si de una soterrada campaña publicitaria se tratase. Hace poco pasé delante de una librería de segunda mano y vi un ejemplar de American psycho. Lo compré, le hice una foto y la subí a Facebook etiquetando a Miguel para que se diera cuenta de mi hallazgo. Esto provocó la siguiente conversación virtual:

MIGUEL ALCÁZAR: Wala! Tío, pues ya creo que son una rareza… Yo solo la tengo en inglés! A ver si te gusta… lo más seguro es que no, quizás.

YO: Bueno, habrá que leerlo para descubrirlo. A ver si le meto mano pronto. Sé que a ti te encanta, pero ¿por qué crees que a mí no me va a gustar? Quizá sea bueno estar prevenido.

MIGUEL ALCÁZAR: No, no: no sé. Solo que últimamente con todos los que hablo que se la han leído recientemente echan pestes de ella: que si ha envejecido mal, que si es superficial, que si aburre y demás etcéteras con los que no estoy nada de acuerdo. Pero bueno, siempre ha sido así: este escritor tiene el mismo número de detractores que de admiradores incondicionales.

YO: Entonces, se me ocurre preguntarte si hay alguna clave que tenga que tener en cuenta con él. Seguro que tú has visto algo que los demás no han visto.

MIGUEL ALCÁZAR: No, no: soy muy contrario a ese tipo de pensamiento por el cual “hay que saber” leer a un autor. Tú ve con tu bagaje cultural y con tus experiencias y ya veremos si surge el amor o el odio. En princpio, si te gustan las etiquetas “existencialismo”, “sátira social”, “narrador complicado”, “minimalismo”, “ironía”, “violencia”, te debería gustar. Y a ver, que la novela es muy famosa y respetada y le encanta a medio mundo, no creo que mi pasión por ella sea solitaria o rara. ¿Has visto la película? Aunque no está nada mal (es una buena adaptación convencional y comercial, tampoco mucho que ver con la novela, pero bien) espero que no, por temas de argumento y tono general. Creo recordar que te gustaba DeLillo, que es el maestro de Ellis, así que tienes probabilidades de que te guste.

YO: Sí, sí he visto la peli, qué le vamos a hacer. En cuanto a tu pasión, no es que sea solitaria y rara, sino que tengo en consideración tu opinión y no la de ese medio mundo del cual no me puedo fiar. Delillo me chifla. Eso es un indiscutible punto a favor en mi predisposición.

MIGUEL ALCÁZAR: Genial. Ponte a leer. Está excelentemente escrita, con un estilo elegantísimo, y tiene uno de los mejores narradores en primera persona que he leído nunca. A ver si te gustara. Yo la he leído cuatro veces ya.

YO: Pues mira, en cuanto termine “La mirada del observador”, es muy probable que le hinque el diente a Ellis. Puede ser una buena lectura para esta época de microviajes que tengo pendiente.

[…]

Y la conversación sigue. También intervienen otras personas. Pero lo dejamos aquí, porque ya se han hecho ustedes una primera idea. Además, ahora que la he leído, yo también quiero decir algunas cosas al respecto:

¿Por qué hay quien le reprocha a esta novela que ha envejecido muy mal, Miguel? Es cierto que se centra en una generación muy concreta, la de los yuppies, en donde hay quien vive con la convicción de que el triunfo ha llegado para quedarse, de que ya nada puede salir mal y de que la inmortalidad es un bien de mercado. Un capitalismo pletórico que hoy le parecería desarticulado e ingenuo incluso a un ser con tanta pose como Steve Jobs. Hagamos un ejercicio de expansión.

Empecemos retrocediendo, porque a mí me ha parecido ver a Patrick Bateman treinta años antes en Don Draper. El capitalismo en un estadio previo nos da un protagonista -igualmente guapo, rico, mujeriego y triunfador- que también oculta un secreto. Ni Draper ni Bateman son la persona que dicen ser. Ambos se ven obligados a mimetizarse entre los demás para sobrevivir como predadores. Ambos sufren por su secreto y, de hecho, lo que ocultan toma mayor peso cuanto más se esfuerzan en comportarse como les han dicho que hay que hacerlo. Entonces, ¿cuál es la relación entre Mad Men y American psycho? La novela de Ellis alcanza el paroxismo y, con ello, multiplica los síntomas de Don Draper hasta obligarlos a manifestarse a la manera de Patrick Bateman.

¿Y puede ser peor? Bueno, ya he mencionado antes a Steve Jobs. O, dicho de otro modo, a un psicópata como Patrick Bateman le puede dar por convertirse en místico y recorrer la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva encapsulado en una limusina a lo Erick Parker en Cosmópolis. Lo que viene después ya lo conocemos, toda esa paranoia autojustificativa de la siguiente escena de Margin call (imaginen ahora a Patrick Bateman en este coche):

American psycho seguirá siendo una novela de actualidad mientras sigamos creyendo que Patrick Bateman no es el peor de los personajes que aparecen en ella. Y, a riesgo de resultar un pesado, vuelvo a la carga con Jean Genet. Su literatura es el único antídoto que encuentro a mano contra la ética y la estética que propone Ellis. Genet creó una obra capaz de paliar lo que se nos venía encima. Hay que leer más a Genet, Ellis nos lo recuerda. El ostracismo de Genet es el mejor remedio contra la homogeneidad que sufre Bateman.

Todos se confunden unos a otros. Todos son iguales. Todos son gente de éxito intercambiable:

-¿Por qué no echaste a Price?

-Dios mío, Patrick -dice ella, con los ojos cerrados-. ¿Qué pasa con Price? -Y dice esto de un modo que me hace pensar que se ha acostado con él.

-Es rico -digo yo.

Todo el mundo es rico -dice ella, concentrada en la pantalla del televisor.

-Y es guapo -le digo.

Todo el mundo es guapo, Patrick -dice ella, ausente.

-Tiene un cuerpo estupendo -digo.

– Ahora todo el mundo tiene un cuerpo estupendo -dice ella.

Todos se esfuerzan en seguir las reglas inclusivas del vencedor; todos se esfuerzan en ser la misma persona. Resulta tan extremo, patético, histérico y gracioso que, a pesar de haber perdido toda señal de civismo, se agarran a un libro llamado Elegancia: Guía de la ropa masculina de calidad como manual de comportamiento social. En toda la novela no apere ninguna otra brújula que describa buenas conductas, es fácil comprender que Bateman se sienta tan desorientado. Y, sí, he dicho gracioso, la novela es tan cruel y despiadada que resulta tremendamente divertida. Hay que parpadear mucho para discernir entre lo grotesco y el hiperrealismo de sus páginas.

¿Pero qué le pasa a Patrick Bateman, Miguel? ¿Por qué no es feliz?, ¿por qué necesita matar a esas pobres personitas para no sentirse vacío? ¿Acaso quiere llamar nuestra atención?

Da igual lo que lloriquee Bateman. Lo peor es que la culpa no es suya (no solo suya, quiero decir), porque sus amigos no van a ir a abrazarlo. Como he dicho más arriba, esta novela seguirá estando de actualidad mientras sigamos creyendo que Patrick Bateman no es el peor de los personajes que aparecen en ella.

Mi necesidad de seguir… un comportamiento homicida a escala masiva no se puede, bueno, corregir -le digo, midiendo cuidadosamente cada palabra-. Pero… no tengo otro modo de expresar mis… necesidades bloqueadas.

El cinismo de todo el mundo es tan amplio que Bateman puede hacer declaraciones de esta índole entre los suyos sin que ni uno solo de ellos pierda la naturalidad y la compostura. Es exactamente igual que la escena del coche de Margin call. Uno puede comportarse como un verdadero sociópata y luego quedarse tan ancho.

Patrick Bateman, además, podría ser un personaje de Thomas Bernhard. Los separa un estrecho lapso. Los separa el preciso momento en el que desahogarse verbalmente ya no funciona. Los personajes de Bernhard están a un paso de Patrick Bateman. Y viceversa. Es decir, a medida que reconoce su locura, que toma conciencia, que la asume, que se resigna a ella, Patrick Bateman va cobrando humanidad y se va alejando de los demás a los que se parece tanto, convirtiéndose, poco a poco, en un ser sin esperanza ni aliento dentro de una novela de Thomas Bernhard.

Y ya me van pesando los párpados de tanto darle vueltas a este personaje. Acabo de regresar de un concierto de Albert Pla -¿qué tal se llevaría con Bateman, Miguel?- y quiero acostarme. No he podido hasta ahora porque necesitaba ordenar un poco todo esto. He pasado demasiadas horas a solas con Patrick Bateman. Y me dejo cosas en el tintero. Lo de la peli, y hacer un juego de palabras entre los dos psicópatas interpretados por Christian Bale: Bateman/Batman. Pero, sobre todo, hablar de David Foster Wallace, intentar encontrar pasadizos entre ambos. Pero me da pereza, Miguel, seguro que no te voy a impresionar con eso. Ni a ti ni a nadie. Si no fuera tan tarde, releería Señor blandito, porque algo me dice que ahí hay conexión. Esto se ha convertido en un texto demasiado largo. Lo dejamos aquí, ¿vale?

Oler la psicoesfera de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

En realidad, me gusta que mis amigos acaben conociendo mis preferencias literarias. En ocasiones me he quejado de que la gente me recomiende, me preste o me regale libros que no he pedido. Pero, no nos vamos a engañar, me hace muy feliz que alguien descubra de qué rollo voy, qué me mola y qué no soporto, por qué literatura me partiría la cara con alguien. La otra mañana me tomé unas cervezas con J. Llevaba todo el verano sin verlo. Me recomendó La mirada del observador, de Marc Behm, me dijo que me iba a gustar a mí. Compré el libro sin preguntar mucho más, porque dijo te va a gustar a ti, y con eso me bastó. Más tarde, supe que ya había leído una reseña de Carlos Tongoy. Es decir, la novela estaba presentando buenos avales.

Atreverse a recomendarme una novela negra inmediatamente después de haber visto True detective.

Yo creo que también he podido oler la psicoesfera en La mirada del observador. Agudizando un poco el olfato, distingo un cierto aroma a novela de fantasmas. De principio a fin, ambos protagonistas cruzan la narración de forma espectral. Están y no están. Son cuerpo presente y materia que traspasa las paredes. Hay quien los ve y hay quien no. Parpadeamos y no siempre damos crédito a lo que ven nuestros ojos. Pero así son las novelas de fantasmas, más negras que la novela negra. Por supuesto, para que funcionen, hay que creer en los fantasmas, del mismo modo que hay quien cree en Humphrey Bogart. La diferencia es inapreciable. Marc Behm solo les pedirá un poco de fe.

Y si no es una novela de fantasmas, al menos se parece a Otra vuelta de tuerca. Yo, al menos, me he tirado media novela pensando en Henry James. He estado haciendo cábalas y eso me ha mantenido bien entretenido entre asesinato y asesinato. Aposté a varios finales y, por suerte o por desgracia, me equivoqué en todos. También, hacia el final, pensé en Lolita, de Nabokov. Pensé en una versión de Lolita contada en tercera persona, en donde el discurso de Humbert Humbert no solapara la visión del mundo de Dolores Haze. Pensé en la posibilidad de situarse alternativamente a un lado y a otro y de tener miedo de trastabillar y de hacerse daño entremedias. Ese, quizá, sea un gran logro de Marc Behm con el perseguidor y la perseguida.

Porque, además, aunque Marc Behm no sea un tío con el glamour de Hemingway (por suerte) ni con la fama de Faulkner (por desgracia), tiene una prosa formidable que te deja pegado a la página y solo te suelta cuando te pegas a la siguiente. Es capaz de administrar con mucho tino la tensión de las escenas y luego golpearte duro con metáforas bastante bestias.

También tengo un apartado de reproches o, si acaso, dudas sobre esta novela, pero no puedo airearlos aquí, porque están directamente relacionados con la trama. Y de esas cosas está muy feo hablar en público. Por lo tanto, invítenme a tomar unas cervezas y lo comentamos en privado. Yo, de momento, voy a llamar a J. y a quedar con él para charlar sobre todo esto.

Thomas Mann se gusta a sí mismo

La montaña mágica, de Thomas Mann

La montaña mágica, de Thomas Mann

Estando en la universidad, aquella novia húngara que tuve me regaló un libro de Thomas Mann, Tonio Kröger. Yo, por aquel entonces, me debí creer tan a la vanguardia y tan experimental, que la lectura de aquel pequeño texto me pareció infumable y eso conllevó algunas palabras tirantes con mi exhúngara. Esperaba, hoy día, que mi regreso a Thomas Mann fuera una reconciliación con un autor consagrado, ya que mi visión de la literatura podría considerarse más madura y más amplia. Pues bien, a lo mejor me sigo creyendo demasiado listo, porque mi relación con Thomas Mann no ha parecido mejorar mucho con el tiempo.

 Me atreví, poniendo carita sonriente y abriéndole los brazos y el pecho, con las mil ciento cincuenta páginas de La montaña mágica porque habría de ser la piedra angular de mi diminuta recopilación bibliográfica sobre la enfermedad en la literatura, de la cual podrán encontrar el rastro en varias entradas de meses anteriores. Pude decir de ella -mientras todavía me anegaba en las primeras decenas de páginas- en el congreso de Nefrología al que fui invitado como ponente, que era una mina de oro para entender la relación médico-paciente y el proceso de identidad del enfermo. Personajes de la talla de Lodovico Settembrini me iban dejando perlas como esta:

Y es que, en verdad, La montaña mágica se puede escalar desde dos de sus flancos. El que a mí me interesa es el concerniente a la sociología del enfermo que se crea allá arriba en el sanatorio, el proceso de aceptación de la enfermedad y de inclusión en la identidad como elemento que determina la vida. Este es el propósito de Thomas Mann que a mí me ha encandilado y me ha dado fuerzas para seguir leyendo, pese a los diversos descansos que le he dado al libro; este es el camino en el que me he sentido iluminado y comprendido y querido y conectado al poder de la literatura para explicar el mundo.

Pero hay otra cara de esta lectura, un montón de páginas por las que he transitado y otro buen tanto que ya ni siquiera me da vergüenza confesar que me he saltado (quizá me dé vergüenza en el futuro, cuando tenga que hacerme el interesante delante de los demás o cuando pretenda ligar con alguna  chica enumerándole mi exquisito calendario de lecturas). Me refiero al otro propósito palpable de Thomas Mann, a esa necesidad de demostrar su erudición a lo Saber y Ganar y sus tibias y continuas reflexiones filosóficas absolutamente carentes de chispa. Seguramente, Thomas Mann sabía todo lo que había que saber en su época y estaba empeñado en demostrarlo a toda costa, aunque para no dejarse nada atrás tuviera que someter a algunos de sus personajes más relevantes -por ejemplo, Settembrini y Naphta- a un duro estado de marionetización. En la novela, con mucha frecuencia, le dan delirios de ventrílocuo y los pone a dialogar como si le hubiera metido una mano por dentro a cada uno y las moviera a modo de teatrillo durante páginas y páginas. Asistiendo a cómo Thomas Mann “aparece” una y otra vez en su propia novela sin que nadie lo haya invitado, solo puedo suponer que este señor se gusta mucho a sí mismo. De hecho, apostaría algo a que, hoy día, Thomas Mann sería opinólogo y tertuliano de la tele, y hablaría con igual autoridad del caso de las tarjetas Black como del virus del ébola.

Después de todo esto, podría atenuar mis palabras recordando que Thomas Mann escribe muy bien. Y es cierto, ¿por qué no?, pero en su estilo también se ve ese ser anfitrión constante para el lector, recordándonos de vez en cuando que estamos en una narración y que es él -usando un plural de cortesía- quien se encarga de organizar el cotarro narrativo que tanto estamos disfrutando. Tanto es así que me atrevería a decir que se trata de una prosa que envejecerá mal.

De todos modos, recordemos que, hoy día, La montaña mágica es considerada un clásico indiscutible y, para colmo, a Mann le concedieron el premio Nobel; por eso, sería sensato avisarles de que aquí el problema estriba en que yo sigo creyéndome un listillo y un modernete con un criterio despiadado y un gusto literario mitomaníaco. Prueben ustedes, si se atreven, a meterse entre pecho y espalda La montaña mágica, pero luego no digan que yo no les advertí de lo que se iban a encontrar.

Georges Perec o 1+1=3

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec

Asistí, por fin, a mi primera conferencia de las organizadas por la Academia de San Quirce, aquí en Segovia. Mi motivación era oír, entre otros, a César Rendueles, del que había leído algunos artículos en el periódico y que últimamente estaba en boca de muchos tras su última obra, Sociofobia (Capitán Swing), y que, al fin y al cabo, era un tío que me llamaba la atención, del que me seducía su discurso y que me caía -de algún modo- bien. Rendueles, entre otras cosas, habló de capitalismo y, sobre todo, contra el capitalismo. Su ponencia, con voz apresurada y de una vocalización en ocasiones reprochable, me alegró el día. Y no fue -o, al menos, no solamente- por la tesis que planteara, sino porque usó como recurso de apoyo un hábil resumen de W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec, obrita que tenía yo aguardando en mi biblioteca a que llegara un tipo así y me pusiera los dientes largos.

Intentaré desarmar las piezas para que se hagan una idea de cómo, al final, todo encaja y hace clic. Perec trata de seguir dos caminos en este libro. Ambos van en paralelo, pero, a priori, no parece que vayan al mismo lugar oscuro y doloroso. Vamos alternando nuestros pasos de uno a otro, dando saltitos como si estuviésemos jugando a la rayuela.

El recuerdo de la infancia

Perec trata de llevar a cabo un elaborado ejercicio de memoria. Busca sus primeros recuerdos y de ahí va tirando, tratando de bordear las lagunas; de señalarlas, bordearlas y seguir adelante. Se nos muestra cuidadoso y artesanal, a la manera de aquel otro libro suyo, Pensar, clasificar. Leyéndolo, se me ocurre que Perec tiene dos cosas en cuenta: 1) que la memoria también es ficción, por lo tanto, hay que avanzar a sabiendas de que puede trastabillar y caer en la red de lo imaginado y 2) que su condición de judío que habla de su infancia lo condena a ser un testimonio más del Nazismo, pero que no es necesario decir algo nuevo y representativo al respecto, sino que solo hay que ser honesto con la propia memoria, quede donde quede la sombra del Holocausto.

Por lo demás, asistimos a su infancia, a los restos del mosaico. Perec niño nos arroja luz desde su ingenuidad y su candidez. Nosotros -él ya adulto y nosotros los lectores-, conocedores de la Historia, no podemos evitar contemplar la oscuridad que se cierne sobre la historia que nos está contando. Hasta aquí, esto sería una biografía. Pero lo más importante no es el texto en sí, sino las fuerzas gravitatorias que se crean con el otro texto.

W

Georges Perec escribió a los doce años su primer cuento. Una historia a lo Stevenson sobre una isla perdida en donde existía una sociedad de atletas. Para llevar a cabo este experimento literario, reescribe el cuento de su infancia como senda alternativa a su proceso de memoria. En W se nos plantea un mundo donde el ideal olímpico es el sentimiento más arraigado en la sociedad y en donde la victoria es el mayor propósito de todos los ciudadanos atletas. Lo que en un primer momento parece un cuento borgeano con tesis filosófica imbricada en una prosa precisa y preciosa se va extendiendo y ordenando de manera que se alza ante nosotros todo un sistema de pensamiento, un sistema sociocultural estructurado como las reglas del juego de un gran Risk del Deporte. Algo que excede la propia historia y que, sin embargo, funciona como un reloj. La sensación más cercana que se me ocurre es aquel maravilloso pasaje de La broma infinita en donde se habla del Escatón, ese juego de estrategia sobre pista de tenis.

A medida que vamos conociendo la sociedad de W, nos damos cuenta de que todas sus reglas podrían resumirse en la ley del más fuerte o en un sálvese quien pueda. El atletismo está desempeñado por verdaderos sociópatas que nos hacen recordar, capítulo a capítulo, los postulados neocon del libre mercado que tanto se predican lejos de W, es decir, aquí mismo.

¿Y para esto tanto rollo?

No, todavía no se han vuelto a unir los caminos. A medida que seguimos en W, a medida que se abre más y más nuestro ángulo de visión, nos damos cuenta de que, más que el reflejo del capitalismo salvaje, lo que allí vemos, en última instancia, es un campo de concentración. Es en el último capítulo, dedicado al camino de la memoria y no al de la ficción donde Perec añade un texto de un tercero y por fin todo encaja. Y el libro nos da en la cara con todo el lomo, y las dos historias que hemos ido recorriendo chisporrotean y crean un fuerte oleaje entre sí. Ahí es cuando sabes que cada parte hubiera valido la pena por separado, pero que la relación entre ambas es el experimento vital que Georges Perec estaba persiguiendo.