Quiero ser profeta de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

¿Y qué digo yo ahora? Procuro siempre escribir estos textos inmediatamente después de haber terminado el libro que los provoca, por aprovecharme de la inercia. Pero a veces no es fácil. Por ejemplo, en esta ocasión. Me siento -¿cómo diríamos?- subyugado por el efecto que La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy, ha tenido en mí. Intentaré hacerlo por partes. A lo mejor así cuadro y ordeno toda esta maraña convulsa de sensaciones que bailan foxtrot en mi cabeza, o en mi estómago, no sé exactamente dónde.

El extraño arte de dar un título insulso a una gran obra para convertirla en un secreto

Esto ya me había pasado antes, hace muchos años. Un día llegó Lucas con un libro a cuestas, un buen tocho, de portada fea, titulado La ciudad de los cazadores tímidos. Se lo había recomendado una amiga (una chica a la que yo odiaba, por cierto). Un título insulso, una portada insulsa, sin embargo, un texto que marcó una época para todos nosotros, que nos desgarró y nos alucinó por completo. Tom Spanbauer había escrito un novelón para metérselo en vena y lo había escondido bajo un título en el que jamás me hubiera fijado si lo hubiera visto en una librería.

Lo mismo podría haber ocurrido con La niña que amaba las cerillas. Gaétan Soucy demuestra la misma extravagante habilidad que posee Tom Spanbauer de escribir obras brutales y fulminantes disimuladas bajo un título que suena a best-seller chapucero. Y, por supuesto, la portada ayuda en el propósito. Si acaso, en favor de Soucy puedo decir que, ya casi al final, descubrí el sentido del título y me estremecí por no decir que me eché a temblar.

Por suerte, me fío de Lucas y también me fío de Carlos -más conocido en la blogosfera como- Tongoy. Con compañeros lectores de este tamaño el-extraño-arte-de-dar-un-título-insulso-a-una-gran-obra-para-convertirla-en-un-secreto no es rival para mí.

El mundo de la vida

Parece ser que la expresión el mundo de la vida es de Husserl, vendría a ser la traducción del vocablo lebenswelt, al menos eso dice internet. Recuerdo esta expresión por una anécdota que no viene al caso (sería un rollazo tremendo contarla aquí y ahora), pero que me ha asaltado en cuanto he comprendido la situación de la protagonista y de su hermano dentro de esta historia. La protagonista nos relata su mundo de la vida; su texto no pretende ser solamente una suerte de testamento, sino un modo de significar su universo diminuto pero bien delimitado. Esta idea es importante, el texto que se nos brinda es todo lo que existe para la protagonista, fuera de sus palabras ya no hay nada. Pero este universo pequeño y bien medido tiene una lógica interna que, desde dentro, parece justa y necesaria, y que se rige por dos factores: 1) la biblioteca y 2) el padre. La biblioteca amplía el universo más allá del pinar que hay frente a su casa y las reglas de su padre lo ordenan y le dan sentido.

Al lector esa lógica le parece intolerable porque uno es de afuera, de más allá de las palabras de la protagonista. Uno mira ese mundo y esa vida desde nuestro universo, que es otro, y ahí quería yo llegar: esta novela no implica solamente, como toda literatura, trasladarse a otro lugar o a otro tiempo, sino que nos lleva, de lleno, a otro universo, a otro código, a lo imposible y a lo intolerable, y nos obliga a presenciarlo con placer y con estremecimiento.

¿Recuerdan ustedes Canino, la película de Yorgos Lanthimos? Pues eso no es nada comparado con lo que uno va a encontrar en esta obra. De todas formas, sí hay que matizar que desde el comienzo hay una ruptura. Quiero decir, una ruptura del universo, un punto de fuga. Eso queda claro en el primer enunciado de la novela:

Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del universo, pues una mañana, sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu.

Solaris dentro del planeta Tierra

Una de las novelas aspirantes a mi top ten for ever es Solaris, de Stanislaw Lem. Entre sus muchas virtudes está la de reflexionar sobre la idea del contacto con el otro y de las limitaciones a la hora de comprendernos, de comunicarnos. Al fin y al cabo, venir de otro planeta imposibilita las cosas más de lo que Steven Spielberg nos ha hecho creer. Pues bien, La niña que amaba las cerillas trata de lo mismo que Solaris, pero no necesita de naves espaciales. Aunque ella no venga de otro planeta sí que viene de otro mundo.

La llegada de la protagonista al pueblo en busca de un ataúd para su padre (vale, sí, por fin me he dignado a contar un poquito de la trama) provoca una colisión o, más bien, una distorsión tan inaprensible como lo que ocurre en Solaris y tan fecunda y fructífera como lo que ocurre en El enigma de Kaspar Hauser. De hecho, podríamos verlo así: Imaginen a una joven Kaspar Hauser con incontinencia verbal, pero con la misma lucidez ingenua y misteriosa que el personaje de Herzog. El hecho de que en esta novela dos mundos contiguos compartan la misma lengua no los sitúa más cerca, sino que los hace temblar a causa de las constantes fricciones simbólicas.

Mi papá lo arregla todo, todo y todo

Mi padre es de los que lo arreglan todo, todo y todo. Me ocurre como a aquellos niños pequeños del anuncio publicitario. A veces pienso que este mundo me resulta mínimamente estable y transitable porque cuento con mis padres para desfacer entuertos. Al mismo tiempo, me repito lo importante que es desprenderse del poder ilimitado y omnímodo de los padres para no acabar siendo un ser espiritualmente entumecido. Como persona adulta e independiente que soy, puedo envalentonarme y jugar a eso del libre albedrío, pero la protagonista de esta novela lo tiene un poquito más difícil que yo. Cuando hablo de que vive en su propio universo me refiero a que su padre ha sido el creador de tal universo, como un dios bajado de los cielos que ha perfilado los límites de lo Real alrededor de su hogar. Más arriba he dicho que el padre imponía normas que daban orden y sentido; habría que hablar, quizá, de una religión unifamiliar.

Hablo de la protagonista (y no crean ustedes que no soy consciente de estar usando la palabra “protagonista” en lugar de algún nombre propio), pero también debería hablar del hermano para triangular esta familia. Y podría hablar de algo más, pero me muerdo la lengua, porque me niego a desvelar nada. Prefiero que ustedes pasen y vean y les dé un vuelco el corazón. He dicho que también debería hablar del hermano, sobre todo, porque La niña que amaba las cerillas es el relato de uno de los dos protagonistas, ¡a qué otros fabulosos prodigios hubiéramos asistido si él hubiera tomado la palabra! Hay otra novela escondida en su silencio. De hecho, me parece remarcable las opinión al respecto de nuestra protagonista:

Omití mencionarlo, pero soy el más inteligente de los dos. Mis razonamientos te dan como garrotazos. Si mi hermano estuviera redactando estas líneas, la pobreza del pensamiento saltaría a la vista, nadie comprendería casi nada.

Poderes hipnóticos

Si hace dos o tres entradas hablaba en este blog de la habilidad de George Saunders para lograr que estilo y trama comulgaran a la perfección, no puedo decir menos de Gaétan Soucy. Es cierto que no puedo comparar este texto con otros del mismo autor, pero no se me ocurre un estilo más original y genuino para un personaje que usa el lenguaje para sí mismo, que ejerce como secretario de su padre y, por tanto, de su universo y que, por primera vez, trata de arrojar un texto hacia ese otro mundo recién descubierto.

Desde el primer enunciado al último, me ha costado avanzar mi lectura porque no he podido evitar entretenerme en tantas y tantas oraciones construidas para quedarse allí con ellas y dejar que el tiempo pase de largo. Es un gustazo de prosa, extraña y embaucadora. En fin, solo se me ocurren dos grandes historias sobre ataúdes: Mientras agonizo y La niña que amaba las cerillas. Ambas me parecen imprescindibles. A Faulkner lo conoce todo el mundo, a Soucy deberían prestarle más atención.