Leer orientado por Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

Hace varias noches me llamó mi amigo H. por teléfono. En lugar de comenzar con el tradicional hola, ¿qué tal?, me preguntó, a bocajarro, si había leído un poema de José Hierro sobre San Juan de la Cruz, titulado Yepes Cocktail. No crean ustedes que mi amigo H. no cuida sus modales, comprendan que en ese preciso instante se sentía alucinado (al fin y al cabo el poema pertenece al Libro de las alucinaciones) con un texto y necesitaba compartirlo, revisarlo, contrastarlo con alguien que ejerciera de cómplice. La fascinación que le producía el texto (y, sobre todo, lo que él había encontrado ahí dentro) se imponía, por suerte, a todo lo demás. En nuestra conversación, ya no solo sobre el poema o sobre San Juan de la Cruz, sino sobre nuestra relación con los textos (el verdadero leitmotiv de la llamada), mencioné, inevitablemente, un pequeño ensayo sobre Roland Barthes que estaba leyendo, El placer del texto / Lección inaugural.

Llevo días, gracias a Barthes y gracias a H., tratando de pensar en cómo leo, en cómo me enfrento, como ya he dicho, a los textos. No he logrado sacar grandes conclusiones (ni pequeñas), pero el primero de los ensayos de este libro me ha ayudado a tomar conciencia sobre ciertos aspectos. Por ejemplo, que no todos los lectores nos comportamos del mismo modo pese a que a mí me parezca que no hay otra forma de leer distinta a la mía.

Le tendría que haber preguntado a H. qué tipo de lector es él, según esta taxonomía de Barthes; yo, en cambio, no habría sabido qué contestar; como tampoco supe contestar a mis contactos de Facebook cuando les lancé una pregunta a propósito de Barthes y me negué a participar en mi propia encuesta.

“El libro hace el sentido, el sentido hace la vida”. Temblé al leer esto, porque me doy cuenta de que no dejo de vivir todo lo que me acontece en el mundo buscando, continuamente, puntos de referencia, de apoyo, de partida, en textos que me den un norte, una dirección, un sentido por el cual obrar, por el cual interpretar, por el cual comprender qué diantres ocurre y por qué. No contesté a mis amigos en Facebook porque soy incapaz de localizar un libro que haga de intertexto continuo con la vida. Las afinidades son, diría yo, varias, distintas entre sí y , a menudo, contradictorias, pero siempre conforman una extraña unidad de sentido: este interxtexto vital es, por tanto, un armazón complejo y, además, mutante.

Tengo un montón de citas con las que incordié en Facebook a medida que iba leyendo el ensayo -que, al estar construido de modo fragmentario, lo convertí fácilmente en un picoteo para compartir- y podría seguir haciendo copy/paste hasta parecer un lector fetichista de esos de los que hablaba Barthes en la primera cita que he pegado. Tampoco me quiero extender, porque me siento ridículo tratando de comentar a Barthes. Solo quiero hacer una última mención al segundo ensayo, Lección inaugural, que le sirvió de discurso cuando le dieron una cátedra en el Collège de France. En ella habla del poder, de literatura y de semiología. En la parte relacionada estrictamente con la literatura logró emocionarme y hacerme suspirar. El temblor comenzó cuando llegué al siguiente punto y con lo que vendría después (sí, una cita más, no me puedo resistir, la última y acabo):

Si llamamos libertad no solo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad sino fuera del lenguaje. Desgraciadamente, el lenguaje humano no tiene exterior: es un recinto clausurado. Solo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística, según la describió Kierkegaard cuando definió el sacrificio de Abraham como un acto inaudito, vaciado de toda palabra incluso interior, dirigido contra la generalidad, la gregariedad, la moralidad del lenguaje; o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua, a eso que Deleuze llama su manto reactivo. Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, solo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.