Donald Barthelme y papá

El padre muerto

El padre muerto

Uno de los aspectos más divertidos de mi historia personal de la lectura es cómo les sigo la pista a esos autores de los que apenas sé nada y que, por supuesto, se encuentran descatalogados, pero que, sin embargo, sé que tengo que esperar pacientemente mi oportunidad de hacerme con ellos porque me han hecho tilín por alguna razón poco clara. Por supuesto, con Internet mi búsqueda se vuelve extremadamente sencilla. Pero por norma me sirvo de un método distinto. Prefiero hacer mi búsqueda in situ, voy a la librería y los acecho. Obviamente, al estar descatalogados o mal distribuidos, no los encuentro en ninguna librería, pero, de todos modos, yo sigo acechando porque sé que van a aparecer un día de estos. Visito asiduamente las librerías y siempre compro otros libros, pero sigo acechando, atento, por si en alguna estantería aparece repentinamente uno de estos autores tan extrañamente deseados por mí. En la actualidad, voy persiguiendo, entre otros, a John Barth, a Steven Millhauser y a Donald Barthelme. Del primero sigo sin saber nada (sólo que me apetece mucho leer La ópera flotante); del segundo ya encontré una pequeña edición de una de sus novelas cortas en una pequeña editorial argentina; del tercero acabo de recibir la merecida recompensa por mi tenacidad. Sexto Piso ha publicado El Padre muerto de Donald Barthelme, y es una maravilla.

¿Se pueden utilizar hoy mecanismos del absurdo al estilo de La cantante calva, por ejemplo? Quizá escribir ahora así podría parecer ingenuo, porque una vez que hemos tomado conciencia del absurdo de todas las cosas ya no nos queda más absurdo que nos dé placer. O dicho de otro modo, una vez que hemos aprendido a desarticular nuestros códigos para privarles de su sentido común no nos va sorprender ver un vacío en donde debería haber una realidad. No estoy diciendo que ya venimos de vuelta. Estoy pensando en Ionesco y en Barthelme. También estoy pensando en Boris Vian y en El otoño en Pekín, no he podido dejar de pensar en esa obra mientras leía El padre muerto, del mismo modo que no pude dejar de pensar en La cantante calva cuando leí El otoño en Pekín (aunque, en realidad, leí estas dos obras en sentido contrario, pero eso no importa, porque en mi cabeza funcionan así). El otoño en Pekín se servía del absurdo con una ingenuidad plenamente consciente y, además, con esa ligereza y esa frivolidad pretendidas que disimulaban una crueldad inmensa y exquisita.

En el caso de Donald Barthelme, el absurdo se usa como si fuera una solución fijadora de la realidad. Somete la idea del padre al absurdo para poder ir desmontándola, ordenándola por capas y midiendo su potencial. Barthelme no toma al padre y hace de él un reducto ad absurdum, sino todo lo contrario: despliega todas sus posibilidades desarrollándolo mediante el absurdo. Barthelme, por así decirlo, construye significados a partir del absurdo.

Además de hacer todo esto (y otras cosas), Donald Barthelme es un tipo divertidísimo. Tengo que decir que me cae muy bien Donald Barthelme y que estoy muy contento de haber estado acechando pacientemente hasta el momento de su aparición. Ahora me queda encontrar algo más voluminoso de Steven Millhauser y alguna novela de John Barth. Los improbables lectores de este blog podrían pensar en regalarme algún libro de ellos para mi cumpleaños.

Anuncios