El western fluvial de Haroldo Conti

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Hace unos días terminé de leer Sudeste, y todavía no he dicho nada. En realidad, no me apetece decir mucho. Sudeste es una novela que no he comprado. Me la prestó un compañero del instituto, un profesor de biología al que le encanta recordarme cuánto detesta las nuevas tecnologías –por lo que estoy seguro de que no leerá esta reseña– y que ha leído todo lo que se me podría haber ocurrido para tratar de impresionarle. A los dos nos gusta detenernos en el pasillo y hacer algún comentario aislado sobre lo que estamos leyendo, dilatamos el momento aunque lleguemos tarde a clase, luego seguimos nuestro camino, habiendo ratificado el punto en que se encuentran nuestras respectivas lecturas.

De Haroldo Conti le he dicho varias cosas. No lo hubiera leído, al menos de momento, si él no me hubiera prestado la novela. Sudeste podría empezar como aquel cuadro barato que había en el salón de mi casa cuando yo era un bebé. Todavía vivíamos en aquel piso. Mis padres se turnaban para alimentarme, porque yo me negaba a comer y llegué a provocar una situación crítica. Me han confesado en más de una ocasión cuánto llegaron a asustarse y a desanimarse. Tuvo que ser una época horrible, con un hijo que escupía todo lo que se le metía en la boca, pero, afortunadamente, descubrieron un arma maravillosa, podríamos decir que la literatura me salvo la vida ya desde pequeño.

En el salón de aquella casa había un cuadro en donde aparecía una cabaña junto a un lago, había un embarcadero con una sola barca. No aparecía ningún personaje, y ahí entraba la narración de mi padre, que me contaba cómo el dueño de aquella barca estaba preparando su próximo viaje dentro de la cabaña o estaba recogiendo algunas cosas importantes detrás de la cabaña, y cómo, en breves momentos, aparecería con el equipaje e iría colocándolo debidamente en la barca. Una vez preparado para partir, soltaría amarras y desaparecería rápidamente del sector de lago que podíamos contemplar dentro de la escena, continuaría navegando lago adentro, quién sabe hacia dónde. Mi imaginación seguía a aquel navegante más allá de la imagen del cuadro, activando el único resorte que abría mi boca y que me permitía tragar todo aquello que mi madre me introducía con una cuchara.

Aquellas narraciones de mi padre coinciden con el comienzo de Sudeste. El punto de partida es prácticamente el mismo. He tenido que esperar casi treinta años para poder saber cómo continúa la historia. Resulta que el dueño de aquella barca es como el llanero solitario, se mueve a través de los distintos ríos del delta como si se tratase de un cowboy a lomos de su caballo, viajando indefinidamente. El western se respira en cada uno de los planos panorámicos que nos ofrecen las doscientas primeras páginas de la novela, donde el personaje mantiene una estrecha relación con lo salvaje, una coyuntura armónica que permite que el personaje se encuentre en paz siempre y cuando siga solo. Ahora que lo pienso, una de las cosas que más me fascinan de los personajes de western es su transformación cuando abandonan la soledad y se encuentran con “el otro”, dejan de ser pacientes anacoretas para convertirse en guerreros impulsivos.

Como es de imaginar, pasé estas doscientas primeras páginas de Sudeste disfrutando del ascetismo de un cowboy fluvial, pero esperando, sin embargo, que se produjera el inevitable envite contra cualquier otra alma descarriada que habitara los ríos. Ese punto llegó, ya cerca del final, y me decepcionó profundamente, me jodió el final de la novela. En lugar de violencia, obtuve confusión. En lugar de un duelo, encontré un plan mal trazado. Los planos panorámicos no fueron cerrándose debidamente y me fue muy difícil vislumbrar qué diantres estaba pasando allí al fondo. Todo lo que pude ver, desde mi posición de lector, fueron algunos gestos altaneros y algunas muertes incomprensibles. Poco más. Es una pena. Quizá, el final de esta historia también me la tendría que haber contado mi padre.

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