Una hagiografía de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Llevo todo el mes de agosto viviendo solo en casa. Mi amadísima Elisa Calatrava está en su tierra -en régimen de tapitas y playeo- poniendo al día su felicidad. Yo me ocupo de que a nuestros gatos no les falte comida, agua y un poco de cariño mientras pongo al día mi cabeza. Estoy ordenando los sinsabores de este año y preparándome para una nueva época, si acaso llega. Entre semana paso la mayor parte del día encerrado conmigo mismo, casi sin hablar con nadie. En cambio, los fines de semana, cojo un tren y viajo a varios puntos de la península para reconocerme en mi propio discurso y reiniciar relaciones que habían quedado entumecidas o que merecen un bis después del espectáculo. Ambas cosas le sientan bien a mi cabeza, pero confieso que incluso así echo de menos a mi amadísima Elisa Calatrava. Por eso he decidido, de forma impulsiva y no premeditada, leer Vidas de santos, de Rodrigo Fresán.

Ya saben que hubo una época en la que mi amadísima Elisa Calatrava dedicó su atención al estudio de Rodrigo Fresán. Podrán imaginar que el ejemplar de Vidas de santos está subrayado, garabateado y anotado hasta la extenuación. Tendré que reconocer que esta vez no me apetecía tanto leer a Fresán (con el que, ya lo he dicho otras veces, siempre me siento cómodo) como seguirle el rastro a mi amadísima Elisa Calatrava para poder bocetarla justo donde llevo sentado casi todo el mes, en el sillón de su despacho.

Pero sigamos ordenando piezas. Bajo este rastro de lápiz hay un texto del que hay que hablar para tratar de encajarlo en alguna parte.

Repito -una vez más- que me siento tremendamente cómodo en manos de Rodrigo Fresán. Algunos amigos míos frucen el ceño, pero mi gesto es plácido entre sus páginas. Vuelvo a él de vez en cuando y casi siempre en momentos importantes, y casi siempre me da un empujoncito. Me entran ganas de hacer un top five de lo que he leído hasta ahora de él (precisamente cinco obras), pero me conformo con posicionar Vidas de santos más o menos en el medio de la tabla.

Vidas de santos es diez años anterior al celebérrimo y vilipendiado Código Da Vinci, novela que no he leído, entre otras razones, porque he decidido pensar que Dan Brown es un capullo (por ejemplo), pero ateniéndome a las aventuras que Tom Hanks me trajo hasta el televisor de mi casa una noche en la que estaba demasiado cansado como para cambiar de canal, me gustaría pensar que la obra de Fresán es lo que Dan Brown hubiera querido escribir para tocarle realmente los huevos a la Iglesia y lo que lo hubiera convertido en un ser humano digno de respeto y consideración. Pero Fresán se le adelantó y a Dan Brown no le quedó más remedio que sacarse de la manga una intriga mal balbuceada e incapaz de competir ante el festival de Cristianismo Pop multirreferencial y resignificado que es, entre otras muchas y alocadas cosas, Vidas de santos. Ustedes dirán que Dan Brown tuvo más éxito comercial, pero eso solo es un espejismo. En realidad, existe un Tom Hanks leyendo el guion adaptado de Vidas de santos y pensándose la posibilidad de interpretar el papel de Judas Tomás para asegurarse así su tercer Óscar. En fin, la historia se puede contar de muchas formas.

“Dios no existe, pero es un gran personaje”, dicen unos y otros a lo largo de los distintos capítulos-cuento que forman esta suerte de novela coral. La verdad es que no se me ocurre otro personaje tan atractivo, menos aun si ejerce de pareja dramática con su hijo: Dios y Jesucristo, la mejor versión jamás contada del poli malo y el poli bueno. A mí, si me preguntan, los prefiero en las películas Jesucristo Superstar, de Norman Jewison, y La vida de Brian, de los Monty Python. En otro tono, también lo hacen muy bien en la novela de José Saramago, El evangelio según Jesucristo. Además, siempre han sabido rodearse de unos personajes de reparto muy carismáticos.

No crean que estoy frivolizando, estoy en éxtasis pop. El otro día viajaba en metro por Barcelona e iba pensando en comprarme una camiseta con una crucifixión en donde Jesucristo dijera: “Kill your idols”. Todo por culpa de Rodrigo Fresán y de este libro. Al fin y al cabo, de algún modo habrá que salpimentar ese vacío existencial de serie que padecemos los ateos. Mucha literatura y alguna que otra camiseta ingeniosa.

Rodrigo Fresán acabará mandando al paro a todos sus críticos literarios

El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán

Si yo fuera un crítico literario me sentiría en verdaderos apuros a la hora de escribir sobre esta novela. Se supone que la crítica literaria desvela claves de una obra que dejan ver con mayor transparencia su valor. Pero con Rodrigo Fresán este análisis se vuelve casi innecesario gracias a sus acostumbrados epílogos. Al final de cada una de sus obras, Fresán se asoma al proscenio y dice algunas palabras al público en un gesto de complicidad y agradecimiento. Pero en el caso de El fondo del cielo, Fresán se ha traído una silla consigo, se ha puesto cómodo y le ha contado al público todo lo que siempre quiso saber acerca de la novela que acaba de leer y que nunca se atrevió a preguntar. Ya me imagino grandes hordas de investigadores universitarios y de críticos especializados saliendo a la calle con pancartas que rezan: “Déjenos a nosotros el trabajo de explicar su obra”.

Pero a Fresán no le gusta solamente escribir literatura sino que también parece pasárselo pipa escribiendo sobre literatura. No hay más que leer sus reseñas. Y si habla de todos los demás, ¿por qué no hablar también de  sí mismo? Al fin y al cabo, las lecturas de Rodrigo Fresán son tan importantes como su propia imaginación a la hora de crear novelas. Todo va en un mismo paquete. Para escribir una nueva novela hay que servirse de las novelas que ya se han escrito y de las que ya se han leído. Esto parece obvio, pero algunos escritores pretenden que no nos demos cuenta de ello. Fresán, al contrario, prefiere convertirlo en un juego.

¿Qué quieren que les diga? Cuando leo una obra de Rodrigo Fresán siempre tengo una leve sensación de estar haciendo un sudoku o un crucigrama. Parece como si estuviera poniendo a prueba mi talento al intentar resolver lo que falta en cada fila o en cada columna. Me creo un tipo muy listo cuando reconozco una escena de alguna novela de Vonnegut o cuando algún personaje comparte rasgos biográficos con Philip K. Dick, o cuando veo a alguien tirándose a todas las piscinas y ya sé de dónde se ha sacado eso. Para cerciorar mi inconmensurable inteligencia tan solo tengo que ir al apartado de “soluciones”, que en el caso de El fondo del cielo es el epílogo de Fresán. Allí está todo bien estipulado, veo que se me han escapado muchas cosas, a lo mejor es que no soy tan listo.

Pero lo bueno de todos los libros de Fresán es que se parecen al cine de Woody Allen. No hace falta conocer a Fellini ni a Bergman para partirse de risa con sus películas. Sus obras están creadas por capas y en todas ellas hay cosas interesantes. Hay chistes sobre Fellini y hay chistes sobre matrimonios convencionales. Hay diversión para todo el mundo. Y estoy seguro de que construir una obra con varios niveles de profundidad tiene que ser realmente difícil. Una obra para todos los públicos, entendiendo por todos los públicos tanto los lectores más avezados como los ocasionales. Y a Fresán esto se le da muy bien.

El fondo del cielo es una novela que podría leerse este verano en la playa. Mientras toman el sol. Mientras los demás se acaban la trilogía de Stieg Larsson. Así podrían ostentar una suerte de identidad secreta entre bañistas, como si fueran un Thomas Pynchon entre sombrillas y toallas.