Por qué Mark Strand no es uno de mis poetas de cabecera

Casi invisible, de Mark Strand

Casi invisible, de Mark Strand

Mark Strand murió hace unos días. En ese momento, apareció en mi radar. No vi sus señales de humo hasta entonces, hasta que Facebook se llenó de pataleos y de vestiduras rasgadas y en la prensa tradicional se impuso la poesía como agenda-setting. A mí me palpitaba el pulso apresuradamente cada vez que se hacía referencia a Mark Strand, porque yo ya estaba llegando demasiado tarde a su fiesta. Por suerte, una vez más, Book Cake acudió en mi ayuda.

Casi invisible es su undécimo libro de poemas, y me acojo al texto de la contraportada para desear que se trate del poeta “que ha desarrollado una mayor variedad de registros expresivos, el que tiene una mayor capacidad de reinventarse.” Así podré seguir indagando en su camaleónica obra hasta dar con aquellos textos que comulguen con mi sentido de lo poético, porque -verán ustedes- aquí el problema lo tengo yo, y no Mark Strand.

Este es mi eterno impedimento, esta es una de las razones por las que reseño poca poesía. Con poco que lean en este blog, se darán cuenta de que mi capacidad de objetivación en la literatura deja mucho que desear. A veces me esfuerzo en parecer razonable y coherente, pero creo que soy más de partirme la cara por los escritores que hacen clic en mi cabeza y, al final, siempre me paso de la raya. Pese a todo, logro articular discursos con los suficientes meandros como para que buena parte del campo quede regado. Pero con la poesía no. Mi obstáculo es que, para mí, lo poético es, ante todo, ideológico. Es decir, un texto es un poema si comulga con mi poética; de lo contrario, es otra cosa. No entro a discutir qué, pero otra cosa. Tampoco voy a esforzarme en desarrollar aquí una poética. Creo que es fácil adivinarla echándole un vistazo a la poca poesía reseñada durante estos años.

Todo este preludio obtuso y farragoso solamente tiene el propósito de esquivar Casi invisible, de Mark Strand, un escritor que en ocasiones me ha hecho tilín, pero no clic, y aquí el clic es lo único que importa. Cabe decir que las piezas de Casi invisible son altamente sugestivas, a veces divertidas, intrigantes y que poseen un fuerte simbolismo; cabe decir que he doblado la esquina superior de bastantes páginas para mantenerlas marcadas. Pero, siendo honesto conmigo mismo, he de reconocer que en términos poéticos no me ha reportado prácticamente nada. Y, por supuesto, el microrrelato no es la mejor camisa que les deseo a estos textos. En todo caso, funcionan como algo autónomo, como guiños que se retienen con más o menos suerte en la percepción del lector.

Hay algo en Mark Strand que convertirá el tilín en el clic, al menos eso espero, pero todavía está por llegar.

 

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Shakespeare, Shakespeare, Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

 

/1/ SHAKESPEARE

Hace un mes o así, en una de mis sesiones de diálisis, me apeteció ver una película en la pantalla de mi ordenador, sirviéndome de unos auriculares para no molestar. De entre todas las posibles, elegí una por la cual no tuviera especial interés en verla con el proyector; sencillamente pretendía ver una película que no perdiera muchos puntos dentro del pequeño marco en la que iba a ser reproducida y que me hiciera más llevadero el tiempo en la cama de hospital. Me decanté por Coriolano porque no preveía nada a favor ni en contra de la ópera prima de Ralph Fiennes y porque jamás había oído hablar de esta obra de William Shakespeare.

Observar sin expectativas es un regalo del que en contadas ocasiones disfruto. Pese a las incómodas interrupciones provocadas por el escaso flujo de megas del internet hospitalario y pese a las necesarias interrupciones del personal sanitario, presencié cómo dentro de mi ordenador crecía un portentoso monstruo y se hacía fuerte. La experiencia fue tan inesperada y sobrecogedora que no supe distinguir con claridad los miembros que conformaban al monstruo. ¿Cuánto era de Shakespeare y cuánto de Fiennes?

/2/ SHAKESPEARE

Por supuesto, a continuación fui a una librería a hacerme con un ejemplar para conocer el texto. Coriolano es una de de las llamadas obras romanas de William Shakespeare, pero está claramente emparentada con sus tragedias. Si me preguntan, me parece superior a las dos o tres que ya he leído (Romeo y Julieta, Otelo y Hamlet). De hecho, ahora me siento impaciente por devorar sus demás tragedias para comprobar si hay alguna que supere esta maravilla.

Quizá me encuentro entusiasmado porque este Shakespeare hace mejor sociología política que todos los programas de análisis de la actualidad que puedan verse en la parrilla televisiva. Que Shakespeare siempre acierta con la esencia humana es un lugar común, pero que también refleje el comportamiento de una sociedad es un lugar en el que no había estado antes. El personaje de Coriolano representa todo lo que odio, él -por unas razones- y el resto del reparto de políticos -por otras- son lo que hoy en día desearía derrocar y sepultar; sin embargo, también he gritado de emoción dejándome embaucar por la épica, me he conmovido ante la madre de Coriolano, he suspirado por la suerte de todos los personajes.

Tuve un compañero de trabajo con el que procuraba llevarme bien pese a nuestras discrepancias. Me dijo un día, tomando una cerveza, que para él existían dos pilares fundamentales: la familia y la patria. Logré no reírme en su cara. Me mostré muy educado. No fui capaz de contemporizar con él, pero, al menos, pude añadir mis “matices ideológicos” con delicadeza y elegancia. Pues bien, esta vez no tengo por qué repetir mi postura: la perdición de Coriolano es fundamentar su vida en las mismas ideas que mi compañero de trabajo. Coriolano es un personaje espectacular y grandioso, pero también es un mulo, un animal de poca inteligencia. Ahora puedo reírme de él como no lo hice de ese compañero de carne y hueso que me soltaba semejantes chorradas mientras sostenía una caña y sonreía con autocomplacencia. Gracias, Shakespeare, por darme una segunda oportunidad para no callarme.

/3/ SHAKESPEARE

Nada más terminar el libro, vuelvo a ver la adaptación cinematográfica de Ralph Fiennes. Esta vez en el proyector, esta vez con los altavoces de mi home cinema. Y ahora me gusta tres veces Coriolano. Lo he descubierto, lo he leído atentamente y, por último, he disfrutado de todas las decisiones a la hora de adaptar cada escena. Por supuesto, Fiennes se deja atrás algunos pequeños pasajes un tanto irrelevantes, pero, a cambio, logra enriquecer el texto en cada una de las soluciones que propone, haciéndolo más ágil en la pantalla gracias a partir de acertadas elipsis y condimentándolo con imágenes que iluminan el sentido del texto original.

Para más placer, todavía suena en mi cabeza el timbre de voz de Ralph Fiennes. Todos los actores ponen el listón muy alto, pero, además de este en el papel protagonista, tengo que subrayar con un estuche entero de rotuladores la interpretación de Vanessa Redgrave, haciendo de Volumnia, madre de Coriolano.

En conjunto, una auténtica gozada. Por separado, también.

Quiero ser profeta de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

¿Y qué digo yo ahora? Procuro siempre escribir estos textos inmediatamente después de haber terminado el libro que los provoca, por aprovecharme de la inercia. Pero a veces no es fácil. Por ejemplo, en esta ocasión. Me siento -¿cómo diríamos?- subyugado por el efecto que La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy, ha tenido en mí. Intentaré hacerlo por partes. A lo mejor así cuadro y ordeno toda esta maraña convulsa de sensaciones que bailan foxtrot en mi cabeza, o en mi estómago, no sé exactamente dónde.

El extraño arte de dar un título insulso a una gran obra para convertirla en un secreto

Esto ya me había pasado antes, hace muchos años. Un día llegó Lucas con un libro a cuestas, un buen tocho, de portada fea, titulado La ciudad de los cazadores tímidos. Se lo había recomendado una amiga (una chica a la que yo odiaba, por cierto). Un título insulso, una portada insulsa, sin embargo, un texto que marcó una época para todos nosotros, que nos desgarró y nos alucinó por completo. Tom Spanbauer había escrito un novelón para metérselo en vena y lo había escondido bajo un título en el que jamás me hubiera fijado si lo hubiera visto en una librería.

Lo mismo podría haber ocurrido con La niña que amaba las cerillas. Gaétan Soucy demuestra la misma extravagante habilidad que posee Tom Spanbauer de escribir obras brutales y fulminantes disimuladas bajo un título que suena a best-seller chapucero. Y, por supuesto, la portada ayuda en el propósito. Si acaso, en favor de Soucy puedo decir que, ya casi al final, descubrí el sentido del título y me estremecí por no decir que me eché a temblar.

Por suerte, me fío de Lucas y también me fío de Carlos -más conocido en la blogosfera como- Tongoy. Con compañeros lectores de este tamaño el-extraño-arte-de-dar-un-título-insulso-a-una-gran-obra-para-convertirla-en-un-secreto no es rival para mí.

El mundo de la vida

Parece ser que la expresión el mundo de la vida es de Husserl, vendría a ser la traducción del vocablo lebenswelt, al menos eso dice internet. Recuerdo esta expresión por una anécdota que no viene al caso (sería un rollazo tremendo contarla aquí y ahora), pero que me ha asaltado en cuanto he comprendido la situación de la protagonista y de su hermano dentro de esta historia. La protagonista nos relata su mundo de la vida; su texto no pretende ser solamente una suerte de testamento, sino un modo de significar su universo diminuto pero bien delimitado. Esta idea es importante, el texto que se nos brinda es todo lo que existe para la protagonista, fuera de sus palabras ya no hay nada. Pero este universo pequeño y bien medido tiene una lógica interna que, desde dentro, parece justa y necesaria, y que se rige por dos factores: 1) la biblioteca y 2) el padre. La biblioteca amplía el universo más allá del pinar que hay frente a su casa y las reglas de su padre lo ordenan y le dan sentido.

Al lector esa lógica le parece intolerable porque uno es de afuera, de más allá de las palabras de la protagonista. Uno mira ese mundo y esa vida desde nuestro universo, que es otro, y ahí quería yo llegar: esta novela no implica solamente, como toda literatura, trasladarse a otro lugar o a otro tiempo, sino que nos lleva, de lleno, a otro universo, a otro código, a lo imposible y a lo intolerable, y nos obliga a presenciarlo con placer y con estremecimiento.

¿Recuerdan ustedes Canino, la película de Yorgos Lanthimos? Pues eso no es nada comparado con lo que uno va a encontrar en esta obra. De todas formas, sí hay que matizar que desde el comienzo hay una ruptura. Quiero decir, una ruptura del universo, un punto de fuga. Eso queda claro en el primer enunciado de la novela:

Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del universo, pues una mañana, sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu.

Solaris dentro del planeta Tierra

Una de las novelas aspirantes a mi top ten for ever es Solaris, de Stanislaw Lem. Entre sus muchas virtudes está la de reflexionar sobre la idea del contacto con el otro y de las limitaciones a la hora de comprendernos, de comunicarnos. Al fin y al cabo, venir de otro planeta imposibilita las cosas más de lo que Steven Spielberg nos ha hecho creer. Pues bien, La niña que amaba las cerillas trata de lo mismo que Solaris, pero no necesita de naves espaciales. Aunque ella no venga de otro planeta sí que viene de otro mundo.

La llegada de la protagonista al pueblo en busca de un ataúd para su padre (vale, sí, por fin me he dignado a contar un poquito de la trama) provoca una colisión o, más bien, una distorsión tan inaprensible como lo que ocurre en Solaris y tan fecunda y fructífera como lo que ocurre en El enigma de Kaspar Hauser. De hecho, podríamos verlo así: Imaginen a una joven Kaspar Hauser con incontinencia verbal, pero con la misma lucidez ingenua y misteriosa que el personaje de Herzog. El hecho de que en esta novela dos mundos contiguos compartan la misma lengua no los sitúa más cerca, sino que los hace temblar a causa de las constantes fricciones simbólicas.

Mi papá lo arregla todo, todo y todo

Mi padre es de los que lo arreglan todo, todo y todo. Me ocurre como a aquellos niños pequeños del anuncio publicitario. A veces pienso que este mundo me resulta mínimamente estable y transitable porque cuento con mis padres para desfacer entuertos. Al mismo tiempo, me repito lo importante que es desprenderse del poder ilimitado y omnímodo de los padres para no acabar siendo un ser espiritualmente entumecido. Como persona adulta e independiente que soy, puedo envalentonarme y jugar a eso del libre albedrío, pero la protagonista de esta novela lo tiene un poquito más difícil que yo. Cuando hablo de que vive en su propio universo me refiero a que su padre ha sido el creador de tal universo, como un dios bajado de los cielos que ha perfilado los límites de lo Real alrededor de su hogar. Más arriba he dicho que el padre imponía normas que daban orden y sentido; habría que hablar, quizá, de una religión unifamiliar.

Hablo de la protagonista (y no crean ustedes que no soy consciente de estar usando la palabra “protagonista” en lugar de algún nombre propio), pero también debería hablar del hermano para triangular esta familia. Y podría hablar de algo más, pero me muerdo la lengua, porque me niego a desvelar nada. Prefiero que ustedes pasen y vean y les dé un vuelco el corazón. He dicho que también debería hablar del hermano, sobre todo, porque La niña que amaba las cerillas es el relato de uno de los dos protagonistas, ¡a qué otros fabulosos prodigios hubiéramos asistido si él hubiera tomado la palabra! Hay otra novela escondida en su silencio. De hecho, me parece remarcable las opinión al respecto de nuestra protagonista:

Omití mencionarlo, pero soy el más inteligente de los dos. Mis razonamientos te dan como garrotazos. Si mi hermano estuviera redactando estas líneas, la pobreza del pensamiento saltaría a la vista, nadie comprendería casi nada.

Poderes hipnóticos

Si hace dos o tres entradas hablaba en este blog de la habilidad de George Saunders para lograr que estilo y trama comulgaran a la perfección, no puedo decir menos de Gaétan Soucy. Es cierto que no puedo comparar este texto con otros del mismo autor, pero no se me ocurre un estilo más original y genuino para un personaje que usa el lenguaje para sí mismo, que ejerce como secretario de su padre y, por tanto, de su universo y que, por primera vez, trata de arrojar un texto hacia ese otro mundo recién descubierto.

Desde el primer enunciado al último, me ha costado avanzar mi lectura porque no he podido evitar entretenerme en tantas y tantas oraciones construidas para quedarse allí con ellas y dejar que el tiempo pase de largo. Es un gustazo de prosa, extraña y embaucadora. En fin, solo se me ocurren dos grandes historias sobre ataúdes: Mientras agonizo y La niña que amaba las cerillas. Ambas me parecen imprescindibles. A Faulkner lo conoce todo el mundo, a Soucy deberían prestarle más atención.

Todos los George Saunders en un George Saunders

Diez de diciembre, de George Saunders

Diez de diciembre, de George Saunders

Este último fin de semana lo he pasado verdaderamente bien. Hemos hecho un montón de cosas. Podría contarlo, pero da igual. Eso sí, con tanto ajetreo no he leído ni una sola página. Salir y vivir no le hace bien a mis lecturas. Por suerte, vivo poco y sin grandes novedades. Mi fin de semana lo ha compensado George Saunders, con su libro de relatos Diez de diciembre, diez relatos que me han ocupado vida a cambio de ensanchármela. Gran alivio.

Se trata de mi primer George Saunders, y mi primera experiencia con él ha sido la de estar leyéndolo y querer adquirir su siguiente libro para tenerlo ya en casa, para que no me lo quite nadie. Ha sido un gran oh, sí, si me está gustando ahora imagínate cuando vuelva a leerlo más adelante. Habrá más momentos en mi vida como este, pero con el plus de que podré saborear previamente lo que me espera.

Pero en realidad no ha sido del todo así. Nunca puede ser así con un tipo como George Saunders, porque, si lo pienso un poco mejor, es uno de esos escritores del y con qué me vas a sorprender ahora, es que todavía no te has quedado contento. De hecho, voy a esforzarme por no usar el apelativo de camaleónico (quedaría estúpido, ¿no creen?). Voy a darle vueltas al asunto.

He mirado por ahí y parece que Saunders no ha publicado ninguna novela. Solo cuentos. Yo quiero pensar que con la ficción solo ha hecho cuentos, porque eso encaja con el Saunders de Diez de diciembre. Solo cuentos porque en cada uno se propone usar un registro distinto para alcanzar un resultado diferente, porque la forma de narrar está unida mediante cordón umbilical con lo narrado. El cuento -en Saunders- no es tanto una historia que contar sino el modo de acercarse a ella, así que no soy capaz de imaginarlo estirando la misma voz durante páginas y páginas. En cada uno de sus relatos me da la misma y constante impresión de que George Saunders no quiere llegar muy lejos, sino que prefiere las canciones, las buenas canciones, en donde la melodía y la letra han de encajar desde el principio y el conjunto tiene que estar resuelto y cerrado antes de que suene repetitivo.

¿De qué modo si no se pueden perfilar los bordes de nuestras locuras diarias? Sus cuentos son la forma en la que trato de imaginar a mis vecinos, siempre al Otro. He intentado por todos los medios no verme reflejado en sus textos, por eso prefiero creer que lo que cuenta es la vida de los demás, de los que quizá estén demasiado cerca y puedan llegar a influirme con su fuerza gravitatoria, pero siempre de los demás, para darme un respiro a mí mismo.

Se me ocurren comparaciones con tal y con cual en esto y en lo otro, pero me las ahorro, porque en Diez de diciembre cada cuento deja obsoleta la referencia del cuento anterior. Y así termino, sin haber dicho camaleónico, ¿verdad?

Mis más y mis menos con Anna Starobinets

El vivo, de Anna Starobinets

El Vivo, de Anna Starobinets

Ayer, después de un mes y medio y después de haber perdido toda esperanza, apareció nuestro gato desaparecido, Groucho. Ha sobrevivido, contra todo pronóstico, gracias a su zalamería y a su amor incondicional hacia todo ser humano, pues, durante todo este tiempo, ha sido alimentado por varias vecinas de un bloque de pisos cercano a un descampado en donde trataba de seguir adelante, desorientado y muy lejos de su hogar. Pues bien, si Groucho -nuestro gato- fuera uno de los muchos animales que aparecen en El Vivo, de Anna Starobinets, le tendría pánico a los seres humanos, miedo que padecen todos los animales después de la Gran Reducción, cuando el número de seres humanos baja a tres mil millones y siempre se mantiene estable.

A lo mejor, de estos detalles ya podemos intuir que El Vivo es una novela de ciencia ficción. Su autora no solo está vivita y coleando, sino que es muy joven. Es decir, está escribiendo ciencia ficción desde mi presente, y eso -no me había dado cuenta hasta ahora- determina mucho la óptica de este género. Anna Starobinets escribe desde muy cerca, tanto que consigue meter el dedo en algunas de mis llagas. Por ejemplo, después de leer El Vivo me estoy pensando seriamente (por primera vez) la idea de abandonar Facebook y, por lo tanto, Twitter y, ya que estamos, este blog. Pueden llamarme lo que quieran, pero les pediría que antes leyeran la novela y comprobaran cómo funciona el Socio; a mí, personalmente me ha dado tanto miedo como para plantearme cerrar el chiringuito. Los procesos de identificación con las distopías son muy viscerales, al menos en mi caso.

El Vivo, en realidad, no es una novela de ciencia ficción, sino una novela sobre una religión (porque yo no veo ciencia por ningún sitio, sino una ferviente fe en una forma de entender el mundo). O, pensándolo mejor, quizá sí sea una novela de ciencia ficción, porque la religión siempre es capaz de encajar en este género.

Hasta ahora, mi dream team de la sci-fi estaba conformado por Orwell, Huxley, Ballard, Dick y Lem (sí, soy consciente de cuántas ausencias imprescindibles hay en esta mini lista). Estoy pensándome si meter a esta chica en el equipo, aunque solo sea de suplente. La verdad es que El Vivo empezó con mucha fuerza, prometiendo un mundo que dejaría a Matrix en calzoncillos, planteando una estructura sugerente y embaucadora, pero ya en las últimas ochenta páginas hubo algún cortocircuito entre la trama y mi entendimiento, empezaron a ocurrir cosas que no me convencían, que empezaron a apagar mi fervor (esto iba a ser, en un principio, una gran reseña laudatoria). Además, el final lo he visto o leído tantas veces que casi me dan ganas de contarlo aquí.

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Hasta aquí la reseña. Ahora tengo que hablar de otro aspecto del libro. La traductora es una tal Raquel Marqués García. La editorial es Nevsky (especialista en literatura rusa). No sé de quién es la culpa, pero he contado en todo el libro (contando muy por lo bajo) un mínimo  de veinte adverbios de modo formando interrogaciones indirectas parciales  (es decir, me refiero a la palabra “cómo” con tilde diacrítica) a los que les falta su correspondiente acentuación gráfica. No una ni dos, sino muchas, muchas, muchas. Demasiadas como para haberme decidido a comentarlo aquí. Creo que no debería ser tan difícil diferenciar “cómo” de “como” para un profesional de la traducción o de la edición. Veamos un ejemplo: Os diré cómo se escribe correctamente (lleva tilde porque se está preguntando indirectamente de qué manera se escribe correctamente) / Lo digo como lo pienso (en este caso la tilde diacrítica no es necesaria porque no se está haciendo ninguna pregunta).

Lucho todos los días para que mis alumnos no cometan estas -y otras tantas- faltas ortográficas. Quería incluir esta novela en el listado de lecturas que les propongo, pero no lo voy a hacer, porque sería tirar piedras sobre mi propio tejado.

¿Demasiado tarde para Shakespeare?

Hamlet, de William Shakespeare

Hamlet, de William Shakespeare

¿Cuántos libros les da a ustedes vergüenza reconocer que todavía no han leído? ¿Cuáles son? Si los leen ahora, ya demasiado tarde como para que luzcan en sus currículums de lectores, ¿lo confesarán en público? En mi caso, uno de ellos es Hamlet, de William Shakespeare. He tardado treinta y un agostos en leerlo. Hasta ahora, cuando Hamlet salía en una conversación, yo hablaba sobre la obra solo de oídas, estrujando la información que he ido pillando al vuelo por aquí y por allí, derivando las charlas hacia Romeo y Julieta (que me dejaba a la altura de cualquier hijo de vecino), Otelo (que me dejaba en mejor lugar) y La tempestad (que me hacía parecer un entendido en Shakespeare). Por supuesto, nada de Macbeth, ni de Rey Lear, ni de todo lo demás. No obstante, Hamlet, de algún modo, era el hueco más inconfesable.

¿Y qué diantres he estado yo esperando durante tanto tiempo para leer esta obra? Ha sido una lectura maravillosa, con una trama tan bien hilada que no tiene nada que envidiarle a las virtudes propias del género de la novela. El príncipe Hamlet es un personaje carismático, con el que nos tomaríamos un whiskazo si nos lo encontráramos en un bar a las tres de la mañana. Me he pasado toda la obra siendo uno de los personajes amigos de Hamlet, por lo que me ha tenido de su parte en todo momento. Pero, claro, ustedes ya lo saben, en las tragedias de Shakespeare muere hasta el apuntador. Por suerte, Shakespeare siempre espera hasta el final para hacer sangre, para que al lector-espectador no le ocurra lo que a mi amadísima Elisa Calatrava con las teleseries, que a veces pretende dejar un capítulo a medias, encolerizada e indignadísima, cuando matan demasiado pronto a un personaje con el que haya empatizado.

Por otra parte, me ha entusiasmado el uso del teatro dentro del teatro. Shakespeare plantea un juego metaliterario que encaja perfectamente dentro de la trama y sirve como efectiva y original herramienta para contar la historia con una mayor economía narrativa. Shakespeare y Cervantes utilizando la metaficción en Hamlet y El Quijote a principios del siglo XVII, y a nosotros se nos llena la boca hablando de la Posmodernidad -y a mí el primero.

Hasta cierto punto, me siento ridículo haciendo una reseña sobre Hamlet. No voy a descubrirle nada a nadie. Pero, al menos, puedo vocear que por fin sé quién es Yorick.