Ya era hora de leer a H. G. Wells

 

El hombre invisible, de H.G. Wells

Si damos por buena la idea de que hay libros, o autores, que en una edad determinada son idóneos, a mí se me pasó el arroz para leer a H.G. Wells. A esa edad, que no sé muy bien cuál es, yo era de los que lo flipaban con Miguel Hernández, Blas de Otero, Gabriel Celaya y gente así, ya saben. Quizá los leía porque ellos querían cambiar el mundo con sus obras, sin tener ni idea de que, en realidad, era Wells quien verdaderamente conseguía cambiar el mundo, al menos, dentro de su obra. Por suerte, me he negado a dar por buena esa idea y H.G. Wells ha llegado a mi vida cuando a mí me ha parecido oportuno, porque lo mejor de leer quizá sea que uno elige lo que lee en cada momento.

Todos conocemos al hombre invisible, lo hemos visto en todas partes. Es omnipresente en nuestro imaginario. La última vez que me topé con él, fue en La liga de los caballeros extraordinarios, de Alan Moore. El caso es que el hombre invisible a quien yo creía conocer tan bien no se parece del todo a El hombre invisible, de H.G. Wells. Físicamente es igual, pero podríamos decir que su personalidad cambia mucho si se lee el texto original. El hombre invisible que encontré, por ejemplo, en Alan Moore, se parece mucho al Batman que vi en Año Uno, de Frank Miller. Es decir, Batman tenía potencial para ser un tipo complejo, un tío interesante; pero tuvo que ser Frank Miller, después de muchos años de batmans y batmans, quien consiguiera sacarle todo el jugo que escondía bajo la capa. Del mismo modo, El hombre invisible es una novela a la que se le puede sacar un jugo rico en vitaminas, pero a posteriori, visto con perspectiva, dejándose analizar por otros después de pasado el tiempo.

Me atrevo a decir que la novela escrita por Wells es mucho más ingenua que todas las derivaciones filosóficas a las que ha dado lugar; el texto en sí mismo no da para tanto. Afortunadamente, una obra literaria no está conformada solamente por un texto. Hay, por ejemplo, interpretaciones que van llegando después y que se van incorporando a él como parte de la obra. Por eso, la grandeza de El hombre invisible seguramente reside en su capacidad de sugestión.

Me fue inevitable comparar esta novela, mientras la leía, con El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, de Stevenson. Coinciden, si mal no recuerdo, en que la extraña verdad del personaje se mantiene velada hasta que se hace inevitable la confesión de los hechos. Lo que en el caso de Stevenson da lugar a una intriga que te sumerge de lleno en el libro, en el caso de Wells te hace resoplar porque ya sabes qué hay detrás de los vendajes, las gafas oscuras y el abrigo largo. Supongo que esto es inevitable cuando se trata de una obra cuyo tema es conocido por quien la va a leer. Pero eso no afectó a mi lectura de Stevenson y sí a la de Wells. No estoy diciendo, de ningún modo, que Wells me parezca un mal escritor. Todo lo contrario. Sabe muy bien lo que tiene que hacer para que su brillante idea funcione. Pero en absoluto es comparable con Stevenson. Ahí está la diferencia entre ser buen escritor y ser muy buen escritor.

Confieso que la idea de El hombre invisible me gusta tanto que no he podido evitar el imaginarme cómo hubiera sido desarrollada en manos de otros escritores y, sobre todo, de otros escritores en el siglo XX (o XXI). Pienso en mis dos candidatos favoritos para ese hipotético e innoble proyecto: Stanislaw Lem y Philip K. Dick. ¿Qué hubiera hecho cada uno de ellos con esta idea?

Lo bueno del paso del tiempo, como he dicho antes, es que se van sedimentando sobre el texto todas sus posibles interpretaciones. A mí me gustaría ver esta novela como una obra estrictamente política, porque H.G. Wells ha sido capaz de plantear con antelación la estrategia de poder de nuestros días. Cada vez que alguien intenta describir el capitalismo actual diciendo que, hoy día, los verdaderos jefes del mundo no están en la política sino en el mercado, hay otra persona que pregunta: “¿Pero quiénes son ellos?, ¿a quién acusas si no eres capaz de señalarlos?” Ese reproche se va a acabar gracias a H.G. Wells. En mi caso, a partir de ahora alegaré: “Son invisibles, joder, por eso se sienten impunes para hacer lo que quieran”. Y a ver quién me quita ahora la razón.

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