Club de lectura con Marian Engel, Enrique Redel y Pilar Adón en Intempestivos

Oso, de Marian Engel

Oso, de Marian Engel

Malos tiempos para mi lectura. Estoy en la recta final antes del estreno de la obra que estamos montando en el Taller Municipal de Teatro de Segovia. Demasiado texto que consolidar en mi memoria a última hora. Demasiados cambios sobre la marcha. Demasiada implicación como para que la relajada y placentera lectura sea una opción. La culpa. La culpa cada vez que tomo un libro en lugar de ponerme a estudiar mis interminables líneas de diálogo.

De todos modos, abrí un hueco para una iniciativa en la que quería participar. Intempestivos organizó su primer club de lectura en colaboración con Impedimenta. Solo hay dos ideas que quiero señalar en este post. Seré breve, porque me tengo que poner a estudiar después.

1) Oso, de la canadiense Marian Engel, fue la obra elegida por la editorial para llevar a cabo este encuentro entre lectores y editores. No me gustó la novela. O peor aún, me resultó una lectura indiferente, que poco tenía que ver con mis expectativas como lector. Una novela -por cierto, muy bien escrita- que yo no hubiera elegido leer.

Esto me daría para una reseña de pataleo. Pero no la voy a llevar a cabo porque trato de ser breve y, ante todo, por lo que respecta a la segunda idea que quiero expresar.

Poniendo cara de desacuerdo mientras los demás me miran como si lo que yo dijera fuera importante. Fuera de campo están Redel y Adón, lo juro.

Poniendo cara de desacuerdo mientras los demás me miran como si lo que yo dijera fuera importante. Fuera de campo están Redel y Adón, lo juro.

 

2) Me lo pasé pipa en el club de lectura. Compartir una mala lectura con un grupo de señoras y con los editores Enrique Redel y Pilar Adón da mucho juego y hace que un texto se pueda abordar desde distintos ángulos. Sigue gustándome lo mismo: nada. Pero ahora comprendo un poco mejor por qué, ya que lo que tendría que aparecer en esta reseña lo dije ayer entre galletitas con forma de oso (con mucho más tacto y decoro del que suelo destilar aquí). Ya saben que uno es u lector visceral, prejuicioso y desmedidamente subjetivo y que se niega a bajarse de su burra. Uno es así y, pese a todo, se hace querer. He de reconocer que las discrepancias fueron un gustazo, porque a las demás participantes les encantó la novela, los editores se entregaron a fondo en la conversación y me fui de allí pensando que, al menos, el tiempo que le dediqué a esta lectura se compensó, en buena parte, con todo aquel debate.

¡Cómo mola la librería Intempestivos!

¡Cómo mola la librería Intempestivos!

Ya no tengo tiempo para más. Por desgracia, ahora me asaltan tres opciones: ponerme a estudiar el texto de teatro (como había asegurado al principio), seguir leyendo La doctrina del shock, de Naomi Klein o seguir leyendo Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. En este momento no tengo ni idea de si me comportaré de modo responsable o si optaré por aguantar la culpa de disfrutar leyendo. Lo descubriré enseguida.

(Fotos extraídas de la página Facebook de Intempestivos)

Mathias Enard es la bomba

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

A un tío como yo no se le puede dejar que lea este tipo de libros, porque me tomo demasiado en serio la literatura, siento una exacerbada fe por la ficción y, luego, me lo tomo todo al pie de la letra. Me deberían haber visto ustedes el jueves en la estación de Atocha, con esta barba que dejó de ser hipster para emparentarme con un fervoroso ayatolá, terminando de leer en público Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard, e imaginando toda una galería de atentados que iban desde la mera intervención artística a la quema del Congreso. ¡Que alguien me quite este libro de las manos, por el bien del orden y de la estabilidad y de todas esas pamplinas!

Mathias Enard ya me dio vuelta y media en nuestro primer encuentro, con La perfección del tiro, y ahora me atrevería a decir que me tiene ganado de aquí en adelante. Me extraña no haber leído mucha reseñística sobre él en la blogosfera, no sale mucho a relucir en los mentideros de internet, está ahí y parece que pocos lo mencionan. O a lo mejor soy yo, que ocupo menos tiempo del debido en enredarme entre u-erre-eles.

Quizá lo que me resulta más atractivo de este Manual del perfecto terrorista es el tono cínico de la novela. Resumiendo (porque, en este caso, me apetece resumir), un discípulo nos cuenta cómo conoció a su maestro y cómo le fue enseñando este, paso a paso, todos los fundamentos teóricos del arte del terrorismo. En mi caso, me vi ante un verdadero predicador tocando alguna oscura tecla dentro de mí; pero, desafortunadamente para mi pulsión destructora, Mathias Enard utiliza un sutil tono con el maestro que me hizo sentir que se estaba riendo de mí en todo momento. Las palabras del maestro producen perplejidad, porque hablan de un fin con el que empatizar pero, al mismo tiempo, todo suena ridículo. De algún modo, este manual no da instrucciones, sino que provee desconcierto.

A lo largo de sus discursos, no he podido evitar ver en el maestro un trasunto de Alonso Quijano. Piensen en cualquier pasaje en donde Don Quijote alecciona a Sancho explicándole cómo son las cosas según su visión del mundo, cómo adecuaba la realidad a su mirada. La mirada de Don Quijote siempre me ha parecido revolucionaria; la mirada del maestro quizá lo sea en el mismo grado.

Para colmo, Manual del perfecto terrorista es una obra con ilustraciones, y todas ellas sirven para aclarar y precisar las ideas del maestro. Recuerdan mucho más a las ilustraciones de una enciclopedia que a las de un artista que pretenda adornar la novela; el resultado de este apoyo gráfico es muy jocoso y convierte el conjunto, como ya he intentado advertir, una experiencia verdaderamente gozosa, dicharachera y, a la vez, contestataria.

Bret Easton Ellis por culpa de Miguel Alcázar

American psycho, de Bret Easton Ellis

American psycho, de Bret Easton Ellis

Podríamos empezar echándole la culpa a Miguel Alcázar, a sus frecuentes referencias a Bret Easton Ellis como si de una soterrada campaña publicitaria se tratase. Hace poco pasé delante de una librería de segunda mano y vi un ejemplar de American psycho. Lo compré, le hice una foto y la subí a Facebook etiquetando a Miguel para que se diera cuenta de mi hallazgo. Esto provocó la siguiente conversación virtual:

MIGUEL ALCÁZAR: Wala! Tío, pues ya creo que son una rareza… Yo solo la tengo en inglés! A ver si te gusta… lo más seguro es que no, quizás.

YO: Bueno, habrá que leerlo para descubrirlo. A ver si le meto mano pronto. Sé que a ti te encanta, pero ¿por qué crees que a mí no me va a gustar? Quizá sea bueno estar prevenido.

MIGUEL ALCÁZAR: No, no: no sé. Solo que últimamente con todos los que hablo que se la han leído recientemente echan pestes de ella: que si ha envejecido mal, que si es superficial, que si aburre y demás etcéteras con los que no estoy nada de acuerdo. Pero bueno, siempre ha sido así: este escritor tiene el mismo número de detractores que de admiradores incondicionales.

YO: Entonces, se me ocurre preguntarte si hay alguna clave que tenga que tener en cuenta con él. Seguro que tú has visto algo que los demás no han visto.

MIGUEL ALCÁZAR: No, no: soy muy contrario a ese tipo de pensamiento por el cual “hay que saber” leer a un autor. Tú ve con tu bagaje cultural y con tus experiencias y ya veremos si surge el amor o el odio. En princpio, si te gustan las etiquetas “existencialismo”, “sátira social”, “narrador complicado”, “minimalismo”, “ironía”, “violencia”, te debería gustar. Y a ver, que la novela es muy famosa y respetada y le encanta a medio mundo, no creo que mi pasión por ella sea solitaria o rara. ¿Has visto la película? Aunque no está nada mal (es una buena adaptación convencional y comercial, tampoco mucho que ver con la novela, pero bien) espero que no, por temas de argumento y tono general. Creo recordar que te gustaba DeLillo, que es el maestro de Ellis, así que tienes probabilidades de que te guste.

YO: Sí, sí he visto la peli, qué le vamos a hacer. En cuanto a tu pasión, no es que sea solitaria y rara, sino que tengo en consideración tu opinión y no la de ese medio mundo del cual no me puedo fiar. Delillo me chifla. Eso es un indiscutible punto a favor en mi predisposición.

MIGUEL ALCÁZAR: Genial. Ponte a leer. Está excelentemente escrita, con un estilo elegantísimo, y tiene uno de los mejores narradores en primera persona que he leído nunca. A ver si te gustara. Yo la he leído cuatro veces ya.

YO: Pues mira, en cuanto termine “La mirada del observador”, es muy probable que le hinque el diente a Ellis. Puede ser una buena lectura para esta época de microviajes que tengo pendiente.

[…]

Y la conversación sigue. También intervienen otras personas. Pero lo dejamos aquí, porque ya se han hecho ustedes una primera idea. Además, ahora que la he leído, yo también quiero decir algunas cosas al respecto:

¿Por qué hay quien le reprocha a esta novela que ha envejecido muy mal, Miguel? Es cierto que se centra en una generación muy concreta, la de los yuppies, en donde hay quien vive con la convicción de que el triunfo ha llegado para quedarse, de que ya nada puede salir mal y de que la inmortalidad es un bien de mercado. Un capitalismo pletórico que hoy le parecería desarticulado e ingenuo incluso a un ser con tanta pose como Steve Jobs. Hagamos un ejercicio de expansión.

Empecemos retrocediendo, porque a mí me ha parecido ver a Patrick Bateman treinta años antes en Don Draper. El capitalismo en un estadio previo nos da un protagonista -igualmente guapo, rico, mujeriego y triunfador- que también oculta un secreto. Ni Draper ni Bateman son la persona que dicen ser. Ambos se ven obligados a mimetizarse entre los demás para sobrevivir como predadores. Ambos sufren por su secreto y, de hecho, lo que ocultan toma mayor peso cuanto más se esfuerzan en comportarse como les han dicho que hay que hacerlo. Entonces, ¿cuál es la relación entre Mad Men y American psycho? La novela de Ellis alcanza el paroxismo y, con ello, multiplica los síntomas de Don Draper hasta obligarlos a manifestarse a la manera de Patrick Bateman.

¿Y puede ser peor? Bueno, ya he mencionado antes a Steve Jobs. O, dicho de otro modo, a un psicópata como Patrick Bateman le puede dar por convertirse en místico y recorrer la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva encapsulado en una limusina a lo Erick Parker en Cosmópolis. Lo que viene después ya lo conocemos, toda esa paranoia autojustificativa de la siguiente escena de Margin call (imaginen ahora a Patrick Bateman en este coche):

American psycho seguirá siendo una novela de actualidad mientras sigamos creyendo que Patrick Bateman no es el peor de los personajes que aparecen en ella. Y, a riesgo de resultar un pesado, vuelvo a la carga con Jean Genet. Su literatura es el único antídoto que encuentro a mano contra la ética y la estética que propone Ellis. Genet creó una obra capaz de paliar lo que se nos venía encima. Hay que leer más a Genet, Ellis nos lo recuerda. El ostracismo de Genet es el mejor remedio contra la homogeneidad que sufre Bateman.

Todos se confunden unos a otros. Todos son iguales. Todos son gente de éxito intercambiable:

-¿Por qué no echaste a Price?

-Dios mío, Patrick -dice ella, con los ojos cerrados-. ¿Qué pasa con Price? -Y dice esto de un modo que me hace pensar que se ha acostado con él.

-Es rico -digo yo.

Todo el mundo es rico -dice ella, concentrada en la pantalla del televisor.

-Y es guapo -le digo.

Todo el mundo es guapo, Patrick -dice ella, ausente.

-Tiene un cuerpo estupendo -digo.

– Ahora todo el mundo tiene un cuerpo estupendo -dice ella.

Todos se esfuerzan en seguir las reglas inclusivas del vencedor; todos se esfuerzan en ser la misma persona. Resulta tan extremo, patético, histérico y gracioso que, a pesar de haber perdido toda señal de civismo, se agarran a un libro llamado Elegancia: Guía de la ropa masculina de calidad como manual de comportamiento social. En toda la novela no apere ninguna otra brújula que describa buenas conductas, es fácil comprender que Bateman se sienta tan desorientado. Y, sí, he dicho gracioso, la novela es tan cruel y despiadada que resulta tremendamente divertida. Hay que parpadear mucho para discernir entre lo grotesco y el hiperrealismo de sus páginas.

¿Pero qué le pasa a Patrick Bateman, Miguel? ¿Por qué no es feliz?, ¿por qué necesita matar a esas pobres personitas para no sentirse vacío? ¿Acaso quiere llamar nuestra atención?

Da igual lo que lloriquee Bateman. Lo peor es que la culpa no es suya (no solo suya, quiero decir), porque sus amigos no van a ir a abrazarlo. Como he dicho más arriba, esta novela seguirá estando de actualidad mientras sigamos creyendo que Patrick Bateman no es el peor de los personajes que aparecen en ella.

Mi necesidad de seguir… un comportamiento homicida a escala masiva no se puede, bueno, corregir -le digo, midiendo cuidadosamente cada palabra-. Pero… no tengo otro modo de expresar mis… necesidades bloqueadas.

El cinismo de todo el mundo es tan amplio que Bateman puede hacer declaraciones de esta índole entre los suyos sin que ni uno solo de ellos pierda la naturalidad y la compostura. Es exactamente igual que la escena del coche de Margin call. Uno puede comportarse como un verdadero sociópata y luego quedarse tan ancho.

Patrick Bateman, además, podría ser un personaje de Thomas Bernhard. Los separa un estrecho lapso. Los separa el preciso momento en el que desahogarse verbalmente ya no funciona. Los personajes de Bernhard están a un paso de Patrick Bateman. Y viceversa. Es decir, a medida que reconoce su locura, que toma conciencia, que la asume, que se resigna a ella, Patrick Bateman va cobrando humanidad y se va alejando de los demás a los que se parece tanto, convirtiéndose, poco a poco, en un ser sin esperanza ni aliento dentro de una novela de Thomas Bernhard.

Y ya me van pesando los párpados de tanto darle vueltas a este personaje. Acabo de regresar de un concierto de Albert Pla -¿qué tal se llevaría con Bateman, Miguel?- y quiero acostarme. No he podido hasta ahora porque necesitaba ordenar un poco todo esto. He pasado demasiadas horas a solas con Patrick Bateman. Y me dejo cosas en el tintero. Lo de la peli, y hacer un juego de palabras entre los dos psicópatas interpretados por Christian Bale: Bateman/Batman. Pero, sobre todo, hablar de David Foster Wallace, intentar encontrar pasadizos entre ambos. Pero me da pereza, Miguel, seguro que no te voy a impresionar con eso. Ni a ti ni a nadie. Si no fuera tan tarde, releería Señor blandito, porque algo me dice que ahí hay conexión. Esto se ha convertido en un texto demasiado largo. Lo dejamos aquí, ¿vale?

Warren Ellis y Mark Millar demuestran distinta autoridad

The Absolute Authority, de Warren Ellis y de Mark Millar

The Absolute Authority, de Warren Ellis y de Mark Millar

El otro día fui a La Casa del Libro sin darme cuenta de que vestía una camiseta verde. Los demás clientes me paraban y me preguntaban por la ubicación de distintos libros a medida que yo iba moviéndome por varias secciones. Yo les replicaba que no era librero, sintiendo una mezcla de incomodidad y adulación por el malentendido. Mi camiseta verde, pese a tener estampada la cara de Woody Allen con el cuerpo de Alien, bajo el cautivador apelativo de “Woody Alien”, coincidía con el tono Pantone usado por La Casa del Libro como color corporativo. Al llegar a la sección de cómics, mi camiseta verde, ya convertida en tótem bibliómano, me hizo más sagaz que la librera que debía asesorarme. Encontré, en un recoveco de una estantería, la edición de The Absolute Authority, ya descatalogada y que, además, la librera me aseguró que no tenían.

The Authority es un buen cómic para leer cuando Mario Draghi aparece en televisión con aspecto de tener la conciencia tranquila. Hay pocas cosas que me preocupen más que su serenidad. Zizek hablaba de que vivimos en un mundo “autocolonial”, en donde entidades privadas colonizan los países a los que pertenecen. Para que una sociedad pueda mantener semejante tensión autodestructiva es necesario un índice de violencia de mayor envergadura que las ruedas de prensa desde las que los políticos nos humillan. Por eso, ante tal coyuntura entiendo que es necesaria una pieza más, a elegir entre estas dos: A) terroristas o B) superhéroes. Como el terrorismo es un timo y, dentro de un capitalismo global, no dista mucho de los objetivos empresariales de un banco o de una agencia de calificación de riesgos, solo nos queda agarrarnos a la opción B. Pero, por desgracia, aún no tengo noticias de que los superhéroes existan.

En The Authority aparece la pieza del superhéroe que faltaba en el juego, pero funciona de modo distinto según la perspectiva de Warren Ellis o la de Mark Millar. Ambos guionistas dan su propia versión de la misma idea y la cimentan, supongo, a partir de su visión del mundo. Veamos:

The Authority según Warren Ellis

Ellis enmarca la figura del superhéroe en un mundo reconocible, en el mundo de hoy día, abriendo, de este modo, la posibilidad de alcanzar una mayor empatía con un puñado de personas con superpoderes. Incluso para alguien como yo, que no sabe casi nada acerca de superhéroes, es fácil observar que, tanto en los cómics como en el cine, existe una fuerte tendencia a insertar esta mitología dentro de una problemática actual. Por ejemplo, en la trilogía sobre Batman dirigida por Christopher Nolan, la Gotham paradigmática y atemporal se transforma en un lugar concreto y localizable dentro del mapa geopolítico.

Pero esta apuesta requiere de una fuerte dosis de hiperrealidad. Si el superhéroe es la pieza que falta en la estructura global ha de interactuar de un modo verosímil con el resto de factores que componen el mundo que conocemos. Aquí es donde Warren Ellis se equivoca o -con ánimo de ser menos drástico- donde se queda corto. Pese a que establece los lazos pertinentes con el mundo real (gobiernos, Naciones Unidas, etc.), su grupo de superhéroes parece trabajar al margen de todo y de todos, sin proponer un análisis de las relaciones que se establecerían entre este grupo de superhombres y los distintos planos sociales; tanto es así que la sociedad queda reducida a una sombra al fondo de la trama, cuyo único protagonismo reside en su condición de víctima.

Si hay una víctima es necesario un salvador. Los superhéroes existen porque hay alguien a quien salvar. Lo interesante sería saber de quién hay que salvar al mundo. Y es aquí donde la propuesta de Ellis me parece más deficiente, porque considero imperdonable que se permita, tratando un tema fundamentalmente ético, un ápice de maniqueísmo. Ya no porque los buenos sean muy buenos, sino porque los malos son seres absolutamente malos, aparecidos deus ex machina, para hacer daño por motivos que superan la comprensión humana.

Otro aspecto reprochable es que no se haya sabido sacar más tajada de algo tan suculento como la presentación de los personajes. En lugar de ir mostrándonoslos a través de urdimiento de la trama, el guionista los pone delante de nosotros y permite que se justifiquen a sí mismos, casi como si estuvieran entregándonos un currículum vitae.

En definitiva, no he visto esta primera parte a cargo de Warren Ellis a la altura de la idea que representa, mucho más ambiciosa y con más potencial. Por suerte, The Authority fue a parar a manos de Mark Millar, y aquí cambiaron las tornas.

The Authority según Mark Millar

Millar se dedica a intentar resolver algunas de las preguntas que me surgieron al leer los capítulos de Ellis. Creo que para escribir una buena historia hay que saber hacerse las preguntas que le vayan a asaltar al lector, y luego hay que decidir cuáles se responden y cuáles no. Las respuestas a esas preguntas son un material magnífico para construir una estructura narrativa sólida. Mark Millar no solo hace que estos superhéroes salven el mundo, sino que, para que esto ocurra, él salva a estos superhéroes.

En la versión de Ellis ya resonaba la idea de que un grupo superpoderoso capaz de controlar el mundo puede traer consigo grandes dilemas morales y democráticos. Pero esta idea era un latido que jamás llegó a oírse con estetoscopio. Para auscultar estos entresijos del poder, Mark Millar se decanta por enemigos a los que el lector pueda temer. Los superhéroes de The Authority se dedican ahora a resolver conflictos armados, a desmantelar dictaduras o a paliar desastres naturales, por ejemplo. Y, como cabría esperar en un mundo mediático, estos superhéroes, lejos de buscar el anonimato, se convierten en personajes de fama mundial, en modelos a seguir para los adolescentes y copan todas las portadas como si fuesen jugadores de fútbol o estrellas del pop. El superhéroe recibe el máximo reconocimiento social y es ahí donde encuentra su legitimación, mucho más allá que en el apoyo de los gobiernos.

De hecho, estos nuevos objetivos deberían poner en duda la neutralidad de este grupo, porque para luchar contra unos han de estar de parte de otros. Pero The Authority persigue un ideal de independencia que los acerca a la idea de Gran Hermano. Al principio de la trama de Millar, el líder de The Authority mantiene la siguiente conversación con el presidente de los EEUU:

PRESIDENTE.- No le voy a mentir, señor. Realmente le agradecemos todas las veces que ha salvado el mundo a las órdenes de la coronel Sparks, pero su injerencia en los asuntos del sudeste asiático nos tiene tremendamente preocupados. ¿Se da cuenta de que su actuación ha convertido a los EEUU en blanco de posibles represalias terroristas?

JACK HAWKSMOOR.- Bobadas. The Authority es un grupo multicultural sin vinculación especial con ninguna nación en concreto, y el resto del mundo es muy consciente de ello. Cualquier represalia nos tendría a nosotros como objetivo, y estoy seguro de que podemos con cualquier cosa que nos echen encima.

PRESIDENTE.- Maldita sea, Hawksmoor. Los asuntos internacionales son demasiado delicados para este enfoque tan torpe que vosotros les habéis dado. Este tipo de situaciones quedan fuera de vuestra jurisdicción.

JACK HAWKSMOOR.- No está en posición de definir cuál es nuestra jurisdicción, señor presidente. Nuestra principal meta puede ser la defensa de la Tierra, pero eso no quiere decir que nos vayamos a quedar cruzados de brazos mientras se violan los derechos humanos delante de nuestras narices. No somos un supergrupo de cómic que se ve inmerso en peleas sin sentido con supercriminales absurdos mes tras mes para preservar el orden establecido. Si mis colegas y yo vamos a estar en primera línea arriesgando por él nuestras vidas, este tiene que ser un mundo que merezca la pena ser salvado.

PRESIDENTE.- Tenga cuidado con lo que hace, señor Hawksmoor.

JACK HAWKSMOOR.- Sinceramente, podríamos darle el mismo consejo, señor presidente.

Tras esta declaración de intenciones, Mark Millar propone un desarrollo bien distinto al de Warren Ellis. El problema no es que The Authority ponga en peligro la democracia, sino que, desde su posición, revela su verdadero funcionamiento. El enemigo ya no viene de fuera, sino que forma parte de la sociedad, por eso la democracia sirve para transformar al enemigo en un ser con poder legítimo. La democracia legitima al enemigo, y el enemigo no va a permitir que The Authority cuestione este mecanismo perverso.

Este planteamiento nos deja una pregunta en el aire: ¿Qué ocurre cuando el brazo ejecutor del poder no actúa como el poder desea? Imagínense, para poder visualizar esta idea en el marco de nuestras vidas, que los policías antidisturbios decidieran no golpear a la gente que se manifiesta reclamando sus derechos. Pues de eso, más o menos, trata el The Authority de Mark Millar.