Ray Bradbury es mi Pepito Grillo

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Por fin me siento embargado por una sensación de ingravidez. He cumplido con mi compromiso con el taller de teatro y hemos representado las funciones previstas de nuestra adaptación de Balas sobre Broadway. Ya no tengo que dedicar mis días a repasar las líneas de diálogo de David Shayne, ni a memorizar exhaustivamente el orden de las numerosas escenas. Ya no me veo obligado a quedar, al menos, dos veces por semana con mis compañeros y con mi profesora, ni a soportar todo tipo de microfricciones ni minidesacuerdos, ni a morderme la lengua o, por el contrario, a convertirme en un tipo antipático. El cómputo general, pese a todo, ha sido positivo, y ni siquiera me apetece explicar por qué. En realidad, la obra ha sido un éxito. El público quedó encantado. Yo debería estar orgullosísimo y debería presumir de mi talento actoral y de bla, bla, bla. Pero hay algo que se impone: lo mejor de esta experiencia es que ya puedo volver a encerrarme en casa y a no tener que compartir mi tiempo y mis energías con nadie.

Qué feliz soy de haberme sentado hoy a terminar de leer Crónicas marcianas. Cuánto bien me ha hecho este libro en el último tramo de los ensayos, raspando el tiempo y apartando la culpa para dedicarme a las páginas de Ray Bradbury, porque los marcianos que él presenta me gustan mucho más que mis compañeros de teatro. No porque tenga nada en contra de mis compañeros, sino porque los marcianos tienen la virtud de estar en Marte.

Yo me había apuntado al teatro -entre otras razones- para demostrarme a mí mismo que era capaz de colaborar con un grupo de personas para lograr un propósito común. En teoría, creo en el trabajo colaborativo para hacer del mundo un lugar mejor; en la práctica, he llegado a pensar de otra forma, pero me la reservo para mí, porque me gustaría estar equivocado. Hablo de todo esto porque, en cierto modo, Ray Bradbury ya me estaba avisando. Crónicas marcianas habla con cierta profundidad y con mucha sencillez de la naturaleza humana. Perfilados con un tono discretamente pesimista, los cuentos encadenados de esta obra son un denso te lo dije con el dedo índice levantado que resuena en cada una de las historias. Y yo no dejo de darle la razón a Bradbury, por mucho peros esperanzadores que me gustaría esgrimir de cara a la vida en sociedad.

Crónicas marcianas, además, es un puzzle montado con piezas de distintos géneros. Aunque, de un modo u otro, para mí siempre acaba siendo un western. Tanto es así que Crónicas marcianas resulta ideal para pararse a meditar sobre la colonización, la globalización o incluso un concepto mucho más en boga: la huella ecológica. De algún modo, esta obra sirve para resumir la Historia del mundo y de cómo esa Historia repite una melodía que está muy bien tarareada en este conjunto de cuentos.

Por otra parte, se trata de una obra de ciencia ficción que mira con complicidad a los ojos a la literatura fantástica. Encaja con una habilidad pasmosa y unos resultados espectaculadores ciertas estructuras narrativas que bien hemos podido leer en Poe, en Hoffmann o en Maupassant en un escenario en donde lo fantástico se aposenta como ciencia futura para dar lugar a un extraño territorio entre dos géneros, ese territorio se llama Marte.

El estilo de Ray Bradbury es como una colchoneta sobre las olas del mar. Uno no sabe cómo pero, al levantar la cabeza, comprueba que la corriente lo ha desplazado con suavidad. Uno, sencillamente, se ha dejado llevar, y se limita a contemplar que en esa sencillez de las olas hay un lirismo que no desvirtúa el vaivén. Así escribe Bradbury, porque es un escritor muy, muy bueno.

Tras mi ingravidez, volveré a la orilla. No sé a qué orilla. No sé qué orilla toca ahora en mi vida. Espero que haya una hamaca y una sombrilla y que nadie me moleste y que me dejen leer tranquilamente otro libro.

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Leer orientado por Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

Hace varias noches me llamó mi amigo H. por teléfono. En lugar de comenzar con el tradicional hola, ¿qué tal?, me preguntó, a bocajarro, si había leído un poema de José Hierro sobre San Juan de la Cruz, titulado Yepes Cocktail. No crean ustedes que mi amigo H. no cuida sus modales, comprendan que en ese preciso instante se sentía alucinado (al fin y al cabo el poema pertenece al Libro de las alucinaciones) con un texto y necesitaba compartirlo, revisarlo, contrastarlo con alguien que ejerciera de cómplice. La fascinación que le producía el texto (y, sobre todo, lo que él había encontrado ahí dentro) se imponía, por suerte, a todo lo demás. En nuestra conversación, ya no solo sobre el poema o sobre San Juan de la Cruz, sino sobre nuestra relación con los textos (el verdadero leitmotiv de la llamada), mencioné, inevitablemente, un pequeño ensayo sobre Roland Barthes que estaba leyendo, El placer del texto / Lección inaugural.

Llevo días, gracias a Barthes y gracias a H., tratando de pensar en cómo leo, en cómo me enfrento, como ya he dicho, a los textos. No he logrado sacar grandes conclusiones (ni pequeñas), pero el primero de los ensayos de este libro me ha ayudado a tomar conciencia sobre ciertos aspectos. Por ejemplo, que no todos los lectores nos comportamos del mismo modo pese a que a mí me parezca que no hay otra forma de leer distinta a la mía.

Le tendría que haber preguntado a H. qué tipo de lector es él, según esta taxonomía de Barthes; yo, en cambio, no habría sabido qué contestar; como tampoco supe contestar a mis contactos de Facebook cuando les lancé una pregunta a propósito de Barthes y me negué a participar en mi propia encuesta.

“El libro hace el sentido, el sentido hace la vida”. Temblé al leer esto, porque me doy cuenta de que no dejo de vivir todo lo que me acontece en el mundo buscando, continuamente, puntos de referencia, de apoyo, de partida, en textos que me den un norte, una dirección, un sentido por el cual obrar, por el cual interpretar, por el cual comprender qué diantres ocurre y por qué. No contesté a mis amigos en Facebook porque soy incapaz de localizar un libro que haga de intertexto continuo con la vida. Las afinidades son, diría yo, varias, distintas entre sí y , a menudo, contradictorias, pero siempre conforman una extraña unidad de sentido: este interxtexto vital es, por tanto, un armazón complejo y, además, mutante.

Tengo un montón de citas con las que incordié en Facebook a medida que iba leyendo el ensayo -que, al estar construido de modo fragmentario, lo convertí fácilmente en un picoteo para compartir- y podría seguir haciendo copy/paste hasta parecer un lector fetichista de esos de los que hablaba Barthes en la primera cita que he pegado. Tampoco me quiero extender, porque me siento ridículo tratando de comentar a Barthes. Solo quiero hacer una última mención al segundo ensayo, Lección inaugural, que le sirvió de discurso cuando le dieron una cátedra en el Collège de France. En ella habla del poder, de literatura y de semiología. En la parte relacionada estrictamente con la literatura logró emocionarme y hacerme suspirar. El temblor comenzó cuando llegué al siguiente punto y con lo que vendría después (sí, una cita más, no me puedo resistir, la última y acabo):

Si llamamos libertad no solo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad sino fuera del lenguaje. Desgraciadamente, el lenguaje humano no tiene exterior: es un recinto clausurado. Solo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística, según la describió Kierkegaard cuando definió el sacrificio de Abraham como un acto inaudito, vaciado de toda palabra incluso interior, dirigido contra la generalidad, la gregariedad, la moralidad del lenguaje; o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua, a eso que Deleuze llama su manto reactivo. Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, solo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.

 

Oler la psicoesfera de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

En realidad, me gusta que mis amigos acaben conociendo mis preferencias literarias. En ocasiones me he quejado de que la gente me recomiende, me preste o me regale libros que no he pedido. Pero, no nos vamos a engañar, me hace muy feliz que alguien descubra de qué rollo voy, qué me mola y qué no soporto, por qué literatura me partiría la cara con alguien. La otra mañana me tomé unas cervezas con J. Llevaba todo el verano sin verlo. Me recomendó La mirada del observador, de Marc Behm, me dijo que me iba a gustar a mí. Compré el libro sin preguntar mucho más, porque dijo te va a gustar a ti, y con eso me bastó. Más tarde, supe que ya había leído una reseña de Carlos Tongoy. Es decir, la novela estaba presentando buenos avales.

Atreverse a recomendarme una novela negra inmediatamente después de haber visto True detective.

Yo creo que también he podido oler la psicoesfera en La mirada del observador. Agudizando un poco el olfato, distingo un cierto aroma a novela de fantasmas. De principio a fin, ambos protagonistas cruzan la narración de forma espectral. Están y no están. Son cuerpo presente y materia que traspasa las paredes. Hay quien los ve y hay quien no. Parpadeamos y no siempre damos crédito a lo que ven nuestros ojos. Pero así son las novelas de fantasmas, más negras que la novela negra. Por supuesto, para que funcionen, hay que creer en los fantasmas, del mismo modo que hay quien cree en Humphrey Bogart. La diferencia es inapreciable. Marc Behm solo les pedirá un poco de fe.

Y si no es una novela de fantasmas, al menos se parece a Otra vuelta de tuerca. Yo, al menos, me he tirado media novela pensando en Henry James. He estado haciendo cábalas y eso me ha mantenido bien entretenido entre asesinato y asesinato. Aposté a varios finales y, por suerte o por desgracia, me equivoqué en todos. También, hacia el final, pensé en Lolita, de Nabokov. Pensé en una versión de Lolita contada en tercera persona, en donde el discurso de Humbert Humbert no solapara la visión del mundo de Dolores Haze. Pensé en la posibilidad de situarse alternativamente a un lado y a otro y de tener miedo de trastabillar y de hacerse daño entremedias. Ese, quizá, sea un gran logro de Marc Behm con el perseguidor y la perseguida.

Porque, además, aunque Marc Behm no sea un tío con el glamour de Hemingway (por suerte) ni con la fama de Faulkner (por desgracia), tiene una prosa formidable que te deja pegado a la página y solo te suelta cuando te pegas a la siguiente. Es capaz de administrar con mucho tino la tensión de las escenas y luego golpearte duro con metáforas bastante bestias.

También tengo un apartado de reproches o, si acaso, dudas sobre esta novela, pero no puedo airearlos aquí, porque están directamente relacionados con la trama. Y de esas cosas está muy feo hablar en público. Por lo tanto, invítenme a tomar unas cervezas y lo comentamos en privado. Yo, de momento, voy a llamar a J. y a quedar con él para charlar sobre todo esto.

Thomas Bernhard y el sufrimiento de los demás

Helada, de Thomas Bernhard

Helada, de Thomas Bernhard

Mi mes de septiembre. Podría ponerlo en un jarrón y esperar a que echara flores. Llegará primero el invierno, pero septiembre trae consigo los cambios y eso incluye las flores y los ciclos y las modas. Llegará el invierno, y yo ya lo atisbo con Helada, de Thomas Bernhard, en una mano y un puñado de cenizas en la otra. Septiembre es el mes en el que la antes conocida como mi-amadísima-Elisa-Calatrava cambia de nomenclatura como yo he cambiado de domicilio.

Dos semanas sin leer, una semana leyendo mal y, a continuación, unos días reventándome el alma contra Thomas Bernhard. Así se sobrevive.

Helada es la exposición del sufrimiento. La contemplación del sufrimiento ajeno. El veneno que palia el dolor propio. Observo durante páginas y páginas las continuas quejas del pintor Strauch sin atreverme a medirme con él. Thomas Bernhard siempre me ha resultado divertido, de una comicidad muy pegadiza, pero en esta ocasión dispongo de mi propio sufrimiento como salón de juegos. Así que me dan ganas de ser el otro personaje, el estudiante de Medicina; me dan ganas de cerrarle la boca con algún gesto desagradable. Pero en la novela no, en esta novela el pintor Strauch posee la voz hipertrofiada del general Kurtz, embauca al joven estudiante de Medicina, pese a ser un descreído. Pero a mí no. Yo no soy el médico, sino el enfermo. Su sufrimiento hoy no me parece atractivo, ni siquiera me parece un espejo más o menos grotesco. No hay comparación, no hay empatía, no hay consuelo.

Por lo demás, bien. Otra gran novela de Bernhard. Hipnótico y desasosegante. Molesto y adictivo. Pero a mí me hace falta un respiro, un impulso, un cambio de canon o de dieta.

Disculpen mi brevedad, pero ¿no creerán, acaso, que a estas alturas me voy a esforzar en convencerles de que lean a Thomas Berhnard? Ustedes sabrán lo que hacen.

Heinrich Böll / autocaravana familiar

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll

Hace 48 horas:

Escribo en la parte de atrás de la autocaravana, mientras recorremos el trayecto entre Pamplona y Elizondo. Mi padre está al volante y mi madre da las indicaciones, pero parecen estar jugando al Risk sobre el mapa de carreteras del GPS. A esto hay que añadirle una cierta resaca mística que me acompaña durante todo el día después de haber deambulado por entre tantas esculturas juntas de Jorge Oteiza. Eso y terminar Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll.

Este libro tiene una trampa hecha a mi medida, porque posee dos elementos sumamente importantes para mí: 1) la figura del bufón y 2) un anticlericalismo acérrimo. Así es fácil seducirme. Adoro a Hans Schnier, me siento profundamente hermanado con él. Me duele mucho su situación y me gustaría poder estar a su lado. Yo también echo de menos a Marie. Por otro lado, estoy seguro de que él comprendería perfectamente lo complejo que puede ser el proyecto de irse de vacaciones en autocaravana con los padres. De hecho, el capítulo de la conversación con su padre ha salpimentado estas idas y venidas familiares.

El bufón puede hablar impunemente. Quedaría bien decir que esto lo he aprendido en las obras de Shakespeare, pero no, en realidad, me lo ha enseñado Leo Bassi. El bufón, más allá de ser una profesión o incluso un rol social es una actitud ante la vida, una actitud que admiro muchísimo y que en ocasiones envidio porque mi cobardía y mis complejos me impiden estar a la altura. Bufón es aquel que prescinde del consenso social de la dignidad y alcanza así una posición privilegiada desde la que poder arrasar con todo. El bufón me recuerda, en cierto modo, a la trinchera moral de Jean Genet. Quizá ambos coincidan en la ética y se distingan en la estética.

Pese a que el payaso posee el don de quebrar su propia dignidad, cuenta con el acuerdo tácito con el público de que todo ocurre dentro de un escenario. A Hans Schnier ya no le queda ni siquiera eso. También ha perdido su prestigio sobre el escenario, ha sido expulsado de él, se siente dolorido y empapado en alcohol. Hans Schnier es un paria, un exiliado del mundo, busca refugio en su piso de Bonn y tiene un teléfono a mano. Aquí, en este extremo, es donde se convierte del todo en un personaje de Jean Genet. Sus opiniones son el mal de Jean Genet: el seísmo que desbarata la ideología que asumimos todos. En el caso de Genet era la burguesía bienpensante, en el caso del payaso Hans Schnier es el Catolicismo.

Pienso en el payaso Hans Schnier al teléfono tratando de ser el epicentro del terremoto y me pregunto qué hubiera hecho Leo Bassi en su lugar. Quizá Leo Bassi no hubiera vuelto del escenario al piso de Bonn. Quizá Leo Bassi hubiera trasladado el epicentro bufonesco a los mismos hogares que pretendía erosionar. Tengo fe en Leo Bassi y me lo imagino como un superhéroe del abismo, como un kamikaze de la vergüenza ajena. No obstante, quiero a Hans Schnier tal como es. Aunque todo esto me lleva a reconocer algo que me está quemando la lengua (o las yemas de los dedos) desde el principio: durante la lectura, no he podido abandonar la idea de un Hans Schnier escrito por Thomas Bernhard. No quiero reflejar aquí la comparación que me he configurado en mi cabeza, la lectura hipotética y en paralelo que he ido haciendo. Creo que nombrar a Thomas Bernhard en este contexto ya es suficiente.

Ya es por la mañana y estamos saliendo de Elizondo rumbo a Roncesvalles, y después, quizá, a Saint Joan de Pie de Port. Y, luego, a otros sitios. Y así hasta volver a casa. Viajando en una autocaravana familiar.

(Mini PD: ¡Ojalá contraten a un corrector para pulir la edición de Seix Barral!)

Mijaíl Bulgákov y la importancia del M.I.R.

Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

Hoy, en la estación de tren de Atocha, una chica muy guapa me ha sonreído y me ha ofrecido una tarjeta gratuita de Citibank llena de ventajas. Por un momento, he querido explicarle mi opinión política acerca de los bancos, he querido convencerla de que ambos sabemos que su regalo no es más que un truco artero de captación de clientes que, a posteriori, me supondrá un gasto indeseado, he querido preguntarle si estaba estudiando una carrera para animarla a que amueblara bien su cabeza y así, con suerte, podría dejar algún día este trabajo frustrante en donde sus potenciales clientes caminan con mucha prisa y le dicen que no sin detenerse a contemplar su candor y sus buenos modales. Pero a la hora de ensayar los enunciados apropiados me ha faltado el valor, o el entusiasmo, o la desfachatez. Yo también he sonreído y, tras un instante plantado delante de ella, no he sido capaz de entablar una conversación que podría haber amenizado un trecho de mis tres horas de espera en Atocha.

En una mano he tenido agarrada la maleta y en la otra Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov. Podría haber probado a romper el hielo hablándole del libro del que me quedaban por leer veinte páginas.

Le diría: “Mijaíl Bulgákov te ofrece, más o menos, las mismas ventajas que tu tarjeta de Citibank.”

Le diría: “De Bulgákov te puedes fiar, porque está muerto; no como tu banco, lleno de ejecutivos audaces y vigorosos dispuestos a hacer números con mi paciencia en una estación de tren.”

Estoy seguro de que ella habría sacado papel y bolígrafo y hubiera anotado autor, título y editorial y, además, habría apuntado la dirección de mi blog tras prometerme que me leería asiduamente y que me dejaría comentarios de vez en cuando.

Me diría: “Me engañaste en la estación de Atocha. Diario de un joven médico sí pide algo a cambio. La literatura también se vale de trucos arteros.”

Me diría: “Bulgákov pide tu miedo a ir al médico, pide el miedo a ponerte en las manos de otra persona, pide tu inseguridad y tu desconfianza, pide reconocer que los médicos son humanos y que pueden equivocarse.”

Diario de un joven médico es un conjunto de nueve cuentos encadenados, en donde un joven médico es enviado, recién salido de la Facultad de Medicina, a un recóndito e incomunicado pueblecito ruso. El médico jamás ha puesto una mano sobre un paciente y, de repente, toda la responsabilidad sanitaria de los alrededores recae sobre él. El médico tiene mucho miedo a equivocarse, el médico cree que lo van a despedir en cuanto mate a alguien por error, el médico no quiere que nadie descubra sus inseguridades, el médico le dice a los lectores lo que no puede decirle a los pacientes.

He gritado en el sofá de mi casa, he reído a carcajadas y me he puesto tenso, me he tapado los ojos, en ocasiones he abandonado la lectura con un extraño nudo en el estómago. Diario de un joven médico es una obra fundamental para hipocondriacos y para los pacientes que creen que buscando en Google se aprende Medicina. Debería ser una lectura obligatoria en los hospitales, como un protocolo que incluyera el libro en la medicación diaria junto al gotero o junto a los analgésicos. Los médicos, a su vez, también deberían leerlo sin excusas. Deberían leer cada uno de los nueve cuentos antes de hacer sus visitas de planta. Deberían mirar a los ojos a su pacientes, después de haber leído a Bulgákov y a sabiendas de que ellos han hecho lo mismo, así se produciría un brillo en los ojos o un entendimiento instantáneo o un gesto consolador que hiciera más fácil una relación tan íntima.

Anatole Broyard os habla de mí

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard

Hay libros que aparecen prácticamente de la nada, sin referencias previas, ni expectativas preconcebidas, ni un ojo echado de antemano. Libros que llegan repentinamente y han de ser leídos de inmediato, sin importar que en ese momento uno esté tremendamente ocupado o esté entregado a la lectura de otros libros. Hay libros que se imponen, porque aparecen exactamente cuando necesitan ser leídos, es decir, aparecen precisamente cuando necesito leerlos. Ebrio de enfermedad, del crítico literario Anatole Broyard, ha sido ese libro para mí. Ha conseguido que deje de corregir exámenes, que deje a medias a David Foster Wallace, que lea en voz alta en el coche mientras mi amadísima Elisa Calatrava conduce hacia el supermercado. Entré en una librería el sábado por la mañana porque, después de comprar el pan, a mi amadísima Elisa Calatrava le dio por buscar una edición de bolsillo de De ratones y hombres. No encontramos a Steinbeck, pero ella se llevó a Martin Amis y yo a Anatole Broyard. Ella por consejo de no sé quién y yo porque sí, porque me gustó la portada, porque La uña rota es una editorial bonita, porque, al fin y al cabo, yo también soy un enfermo y ese título ya estaba empezando a hablar de mí. Esto de considerar la enfermedad como un aspecto determinante de la identidad es lo que tiene, uno se siente permeable a ciertos títulos.

Ebrio de enfermedad habla sobre la relación que el crítico Anatole Broyard mantuvo con su cáncer de próstata. Yo no tengo cáncer, pero no me voy a curar de lo mío, y quizá -algún día muy lejano- también me muera de lo mío, así que me siento identificado. La enfermedad, según Broyard, ha de ser entendida como un relato. Al fin y al cabo, nos pasamos la vida contándonos historias unos a otros, eso es lo que nos hace humanos, ¿por qué la enfermedad no habría de ser una historia más que contarnos, aunque fuera una historia de género, aunque fuera la última historia que sabremos contar? En palabras del propio Broyard:

El género de la enfermedad tendría que contar con un crítico literario que hablase en defensa de los valores terapéuticos del estilo, pues me parece que cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad. Creo que solo si insiste uno en su estilo podrá salvarse del momento en que se desenamore de sí mismo cuando la enfermedad pretenda disminuirlo o desfigurarlo. A veces, la vanidad es lo único que nos mantiene vivos, y el estilo de cada cual es el instrumento del que se sirve su vanidad. Tal vez no sea la muerte lo que tememos, sino más bien la disminución del propio yo a ojos vista.

Anatole Broyard, para que ustedes lo sepan, expone una percepción de la enfermedad que, pese a que yo nunca he sabido plasmarla con tanta claridad, comparto plenamente. He tenido interminables discusiones con las enfermeras y los médicos que me rodean y no siempre he sabido trasladar algunos aspectos que parecen tan diáfanos en la prosa de este crítico literario. Tanto es así que pienso comprar varios ejemplares de este libro e ir repartiéndolos entre mis médicos y enfermeros de diario. Estoy seguro de que si consigo que lean este texto lo van a flipar mucho, con el texto y, por ende, conmigo. Si leen este libro, mis médicos y enfermeros empezarán a mirarme con otra cara, quizá con una mirada más acertada. Por lo que respecta a todos ustedes, los lectores, también lo van a flipar (no conmigo, sino con el texto). Quizá ustedes no estén enfermos, quizá no tengan a alguien enfermo a su alrededor, pero nunca está de más hacerse una idea de lo que supone la enfermedad. Puede ser que si algún día una gran enfermedad les visita -ojalá no les ocurra-  este libro se convierta en un clavo ardiendo.

Las visitas nocturnas de Ádám Bodor

La visita del arzobispo, de Ádám Bodor

La visita del arzobispo, de Ádám Bodor

El mejor momento del día en el hospital es después de la medicación de medianoche. Todo está tranquilo. Los ancianos que colman la planta llevan varias horas durmiendo. Los enfermeros están relajados, en la sala de descanso o en el puesto de control, y preparan las medicación de los pacientes para la ronda de la mañana siguiente, justo antes del cambio de turno. Nadie me molesta. Me ha tocado una habitación para mí solo, así que puedo disfrutar de un sillón con reposapiés, una cama con capacidad de reclinarse, luz a mi gusto, y silencio. Solo consigo leer con provecho durante ese rato antes de dormir. Así no avanzo mucho en la lectura, pero me hace sentir que el día no ha sido perdido.

Procuro elegir libros cortos. Anoche acabé La visita del arzobispo, de Ádám Bodor, siempre tan escueto y tan envolvente. Lo tenía en casa esperando una ocasión como esta. Descubrí a Bodor con El distrito de Sinistra en uno de esos encuentros felices que uno hace en las librerías cuando se deja guiar por la intuición. Ádám Bodor es húngaro y -verán ustedes- resulta intolerable que tuviera que descubrirlo yo solito, porque tuve una novia húngara (y filóloga) durante varios años. A lo sumo, ella me habló del pelmazo de Péter Esterházy, del que leí el anodino Los verbos auxiliares del corazón, y del gran poeta nacional József Attila, que no logró pellizcarme. No recuerdo que jamás me hablara de Ádam Bódor, ni tampoco de mi admiradísimo Bèla Tarr. Me hizo daño por muchas cosas, ¡pero esto ya es imperdonable!, así no hay forma de mantener una relación hispanohúngara.

La visita del arzobispo, tal y como apostaría que ocurre con toda la literatura de Bodor, trata sobre un lugar fronterizo, de difícil acceso y de difícil huida, una suerte de cárcel identitaria, una condenación. Recuerda a algunas sensaciones que he vivido con Angelopoulos y, por muy tópico que pueda resultar esto, huele a literatura de Europa del Este, pese a que no tengo nada claro qué diantres supone ese rango. Sobre esta obra de Bodor no sería capaz de expresar muchas ideas, quizá porque se trata de una literatura muy vaporosa o porque no me encuentro en condiciones de procesarla del mejor modo posible. En cambio, sí podría describir alguna sensaciones, pero todas se basan en emparentar la ciudad en la que se desarrolla la novela con este hospital, y no me apetecen las comparaciones odiosas.

Thomas Bernhard x 5

Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Cada dos meses, más o menos, acudo al hospital a que me inoculen hierro. Me inyectan una vía para colocarme un suero y espero una hora y media en una cama a que pase todo ese líquido negruzco que mi cuerpo no es capaz de retener por sí solo. Pese a mi traumático miedo a las agujas, estoy bastante acostumbrado a esta rutina, porque, al fin y al cabo, hago exactamente lo mismo con mis escritores favoritos: los leo por goteo, espaciándolos en el tiempo, para tener siempre las dosis necesarias en el cuerpo y en el ánimo. Pero llevaba demasiado tiempo con las reservas bajas de Thomas Bernhard, y eso le sienta muy mal a mi carácter. Así que decidí tomar una medida extraordinaria sin prescripción médica y he sustituido el pausado gotero por la bomba continua. He leído, del tirón, su pentalogía. El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño: las cinco obras que componen sus Relatos autobiográficos.

¿Cómo es Bernhard cuando habla de Bernhard? No es, para mi sorpresa, igual a sus personajes. Lo he encontrado -activando toda mis suspicacia- un tanto desconocido, más calmadito, pese a que su sintaxis siga dando latigazos enunciado tras enunciado. Me ha parecido verlo apretando los puños y mordiéndose la lengua para no fracasar en este truco de ilusionismo llamado -con mucho sentido del humor- Relatos autobiográficos. Estoy convencido de que sus novelas y estos cinco textos forman un archipiélago similar al triángulo de las Bermudas, y allí, en alguna parte, se encuentra el verdadero Thomas Bernhard.

Quizá el más natural de los mecanismos de ficción es la memoria. Y es posible que el primer personaje literario que inventa cada persona es el niño que fue. Bernhard se aprovecha de todo esto y se porta vilmente con sus lectores al dedicar cerca de quinientas páginas a un jovencito trasunto suyo que no llegará a las veintena en su período de mayor madurez. O Bernhard ha sido injusto conmigo o yo soy un cotilla y un morboso. ¿Y qué pasa después? ¿Qué ocurre en el lapso de cuarenta años de los que no se dice nada? No te pido que sucumbas a la prensa rosa, querido Bernhard, te pido que me reveles tu vida para que me sirva de ejemplo.

Tus primeros años me han dado esperanzas. Todas las páginas que le dedicas a tus estancias hospitalarias, lejos de sumirme en el terror y en la hipocondria, han iluminado, retrospectivamente, mis peores días de hospital. Estas páginas son las mejores, en donde la falta de esperanza de sobrevivir se suple con el deseo de salvación. Si algún día ingresan a algún amigo mío por alguna enfermedad, iré corriendo a visitarlo para regalarle El aliento y, si lo lee durante su convalecencia, luego no tendrá palabras para agradecérmelo.

De todo lo demás, lo que más te envidio es la figura de tu abuelo. Tu abuelo era un tío fantástico que te comprendía y que siempre quería para ti lo extraordinario, y tú creciste con él como punto de autoridad y de referencia. Tu abuelo te defendía de tus demás familiares y te enseñaba a ser tú mismo. Yo he tenido dos abuelos y ninguno de los dos ha sabido ser mi abuelo. Uno era sordo y el otro un egocéntrico. Nunca me enseñaron nada.

Como ya he pasado por la edad de tus Relatos autobiográficos, se podría decir, en realidad, que he llegado tarde. No sé cuál sería el resultado si hubiera leído estos textos hace años, yo que siempre he sido demasiado impresionable. Ante la falta de esa lectura durante aquella época, ahora puedo decir lo mismo que tú sentencias todavía en el primer tramo de esta larga lectura: “Si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado”.

Aprender a conducir con J.G. Ballard

La isla de cemento, de J.G. Ballard

La isla de cemento, de J.G. Ballard

En nuestra época salmantina, mi amadísima Elisa Calatrava acuñó un término para definir un horrible fenómeno que nos acuciaba de cuando en cuando. Mi amadísima Elisa Calatrava fundó el concepto del I.T.A., descorazonadoras siglas que responden a Iniciativas Truncadas por el Absurdo. Estos fenómenos ocurrían cuando reuníamos fuerzas para salir de nuestro letargo oposicional y llevar a cabo cualquier cosa necesaria dentro de la vida de los mortales. Nuestras buenas intenciones se veían frustradas, a menudo, por algún impedimento sin pies ni cabeza, como si la realidad, fuera de nuestro hábito y nuestra reclusión, funcionara con unas reglas que no alcanzábamos a entender.

Visto a posteriori, un I.T.A. funciona según una estructura narrativa verdaderamente interesante. Quizá quede adecuadamente ilustrado con el ejemplo del agrimensor K. pretendiendo acceder al castillo. Franz Kafka quizá sea el mejor planteando Iniciativas Truncadas por el Absurdo, pero a mi amadísima Elisa Calatrava no le gana nadie identificándolas desde lejos.

En cierto modo, La isla de cemento, de J.G. Ballard, contiene un I.T.A. que hace despegar la novela. Su protagonista aspira a llegar a casa, aspira a volver a su rutina, al marco familiar compuesto por su esposa y su hijo, a la normalidad, pero todo esto se ve truncado por un accidente de tráfico que lo deja aislado dentro de un lugar interregno entre varias autopistas, sin visibilidad ni accesos. Su codiciada normalidad se encuentra a pocos metros, pero su voluntad es constantemente quebrada, como le ocurría al agrimensor K., como le ocurría a mi amadísima Elisa Calatrava.

Si queremos ver a Maitland, el protagonista de La isla de cemento, como un Robinson Crusoe de nuestros días, tenemos que tener en cuenta una diferencia abismal entre ambos personajes. Robinson Crusoe se enfrentaba, perdido en una isla en mitad del océano, a lo imposible; Maitland se enfrenta, perdido en una isleta de cemento entre autopistas, al absurdo. Si en el primero se revela la finitud del ser humano, en el segundo podríamos adivinar su inconsistencia.

Aunque, por otra parte, La isla de cemento, de J.G. Ballard, sí que recoge la herencia de Robinson Crusoe en lo que tiene de novela de aventuras. Los protagonistas de ambas historias no han elegido su aventura, pero tienen que enfrentarse a ella con determinación, y esto condiciona nuestra empatía con ellos, sitiéndonos atentos a su suerte hasta el final.

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Anoche dejé la reseña escrita hasta el párrafo anterior y me fui a la cama. Recién levantado, continúo escribiendo. Señalo este lapso de tiempo porque, entre medias, he pasado la noche soñando con los paisajes de La isla de cemento, de J.G. Ballard. En aquella isleta, la hierba crece hasta cubrirte casi por completo, hay desechos por todas partes, sobre todo hay trozos de vehículos que forman un cementerio de coches. Esto último -y el accidente de tráfico del principio- me trae al recuerdo la estética de Crash, la gran novela automovilística de Ballard. Crash me sirvió como argumento para no querer sacarme el carné de conducir, y La isla de cemento refuerza esta idea.

El paisaje que leí en esta novela y que anoche vi en sueños parece una escena postapocalíptica, pero no pertenece al fin del mundo -recordemos que por las autopistas circundantes el tráfico fluía con normalidad- , sino que se trata de un apocalipsis personal, del derrumbamiento anímico y moral de Maitland; el paisaje que vemos es estrictamente personal. Por eso, para que Maitland salga de la isla ha de estar preparado, algo así como ocurre, sin que lo sepamos al principio, en las seis temporadas de Lost: salir de la isla es un proceso íntimo que uno ha de recorrer hasta darse cuenta de cómo y por qué.

Espero no haber quedado atrapado en la isla yo también, porque ahora tengo que levantarme de la cama y ponerme a corregir los exámenes de septiembre. Así que haré un esfuerzo por salir.