Volvamos más a menudo a Fleur Jaeggy

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Hay que leer más a Fleur Jaeggy, me digo. Conservo un espasmo más que un recuerdo tras aquella lectura de Los hermosos años del castigo, me digo, y no ha sido hasta ahora que he vuelto a retomarla con Proleterka. Hay que leer más a Fleur Jaeggy, me digo, porque me ofrece una experiencia que no obtengo fácilmente en otros sitios. ¿Por qué la he tenido tan abandonada?, me digo. ¿Por qué no he recurrido a ella antes, si ya me había certificado que no iba a fallarme?, me digo. Los itinerarios del lector son inescrutables, me digo con media sonrisa. Dejo de sonreír, suspiro y trato de escribir algo.

Otra vez la familia como tema literario. Pero esta vez es distinto. Otras veces las novelas se sirven de las relaciones familiares para crear tensiones narrativas que se resuelven según los roles de cada miembro. Pero aquí no, aquí hay familiares pero no hay relaciones, aquí no hay roles que ocupar dentro de la estructura familiar, solo huecos en los que caer.

La narradora es una hija. Ha sido procreada por un hombre y una mujer. Ambos están muertos. La madre la abandonó. El padre nunca fue padre, pero una vez la llevó a un crucero a bordo de un barco llamado Proleterka. La narradora surca distintas etapas de su vida y habla de su familia, pero todos y cada uno son fantasmas que la soslayan y que apenas la rozan, espectros que se desvanecen y aparecen difuminados mientras ella crece y llega a una madurez ingrávida e incierta. Su biografía familiar tiene que ver con el mito, con el misterio y con lo simbólico. No hay donde agarrarse, pero ella se mantiene de pie mientras su familia es una sombra.

La sensación que provoca la lectura de Proleterka es toda una experiencia; imagino que se parece a flotar o a que se deshagan las cosas que uno trata de asir. El estilo de Jaeggy es idóneo para inocular estas sensaciones, es como una herramienta roma, fría y contundente. Una prosa sobria, dicen por ahí; en cambio, yo aseguro haber acabado embriagado.

Por cierto, no he podido evitar encontrar una coincidencia imposible a bordo de este crucero entre hija y padre. Me acordé del famoso ensayo de David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, me acordé de cómo Wallace explicaba -más o menos- que los cruceros no solo tratan de organizar tu felicidad, sino que procuran instruirte en cómo ser feliz. Me acordé de aquella idea y luego pensé en esta narradora encerrada en un barco con su padre, un completo extraño que quería hacer ese viaje con su hija sin ser capaz de compartir nada con ella. Me reí un poco para mis adentros y ya está.

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3 pensamientos en “Volvamos más a menudo a Fleur Jaeggy

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