Informe hospitalario (06/04/2011): Antonio Di Benedetto

Los suicidas, de Antonio Di Benedetto

 

Hay muchas razones para elegir el siguiente libro. Me parecía apropiado elegir Los suicidas, de Antonio Di Benedetto, el día que ingreso en el hospital a la espera de una cirugía. Llevo solo dos días aquí. La planta está llena de ancianos dándoles a sus familias un último susto (o penúltimo, con suerte). Aquí no hay suicidas, que yo sepa, pero hay tiempo libre y buenas razones. Afortunadamente, en mi caso, mi naturaleza suicida se circunscribe a la lectura de la novela de Di Benedetto. Hago lo posible por abandonar la realidad, en esta planta no hay un rincón para sentirme aislado y no hay una red wifi para sentirme conectado. Mi suicidio, como siempre, es lanzarme a la ficción para sobrevivir, a la vez, a esta realidad. La cirugía, por otra parte, es el momento híbrido, porque para mí es una elipsis.

¿Cómo organizo todo estos acontecimientos para amueblar Los suicidas en mi cabeza? Siempre es una cuestión lingüística. Con Di Benedetto, en especial, siempre es una cuestión lingüística. Nos gusta hablar del estilo de un escritor cuando reconocemos sus trucos, pero Di Benedetto no es un mago televisivo, sino un timador profesional. A mí, al menos, ha sabido timarme con cada una de las obras de su trilogía, y yo estoy encantado por ello. Uno cree que conoce a Di Benedetto, que lo tiene calado, pero no es así. Siempre es distinto. Es como esos dibujos animados llamados Ben 10. El protagonista tiene la capacidad de transformarse en varias criaturas, dependiendo de las características que requiera en cada situación. Del mismo modo se transforma el lenguaje de Di Benedetto para adaptarse a las ideas de cada novela.

En Zama, nos encontramos ante un uso del lenguaje que nos sumerge en una atemporalidad desconcertante. Uno se pregunta ¿en qué siglo está escrita Zama? En El Silenciero sufrimos un jet lag fortísimo y nos encontramos con que un autor argentino pertenece, repentinamente, a la nouveau roman. Las mismas técnicas descriptivas para explicar las consecuencias del ruido mundano. Finalmente, en Los suicidas, parece que nos encontramos ante una novela inacabada, la novela de alguien que ha terminado su vida antes de tiempo. Los suicidas puede entenderse como una sucesión de notas y apuntes bien desarrollados, pero sin una última revisión que les dé una forma gramatical adecuada y una unidad. El protagonista que nos habla es un periodista que va reuniendo esta información acerca de diversos suicidios.

No se trata, en ningún caso, de la pose de un existencialista en un café de París, pensando en si uno debe suicidarse o no. Afortunadamente, no hay rastro de esa solemnidad por ningún lado. No hay solemnidad, entre otras cosas, porque no hay moral. Hay observación, hay contemplación y hay registro. Quizá se trate de una sutil pornografía del suicidio.

Descubrí a Antonio Di Benedetto, supongo que como más de un lector, gracias al famoso cuento de Roberto Bolaño, Sensini. Como buen timador profesional, Di Benedetto ha sabido pasar inadvertido, pese a que –supuestamente– se adelantó a la idea que Julio Cortázar tenía para Rayuela. Esa misma estructura fragmentaria ya está en El pentágono. También se dice por ahí que Borges ya había reconocido en su momento los logros de Di Benedetto. Pero, como todos sabemos, en boca de Borges se han puesto todo tipo de citas apócrifas, porque siempre resulta ser un buen escaparate. Aunque Miedo a la literatura sea un escaparate infinitamente más pequeño, en este comienzo de la temporada primavera-verano debería montar un maniquí con una boina, unas gruesas gafas y una tupida barba, a imagen y semejanza de Antonio Di Benedetto, para que todos ustedes lo contemplen cuando pasen por aquí.

ACTUALIZADO (Añado esta posdata el día de publicación de este post): ¡Todo ha ido bien, ya he vuelto a casa!