Tennessee Williams en mi tejado

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Pasé un día con J. en Lavapiés. Fuimos a ver una exposición de Jan Svankmajer y, a la salida, buscando un sitio donde comer, nos topamos con la librería Yorick. Allí compré varias obras de teatro que me daba vergüenza reconocer que no había leído. Entre ellas, me hice con Una gata sobre un tejado de zinc, seguido de Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams. De esta forma, he comenzado a subsanar estas lagunas escénicas, ahora que me dedico al teatro casi plenamente y que, por tanto, mi alarmante desconocimiento logra ruborizarme.

Pretendo considerarme un buen lector, sin embargo, casi todo lo que leo es narrativa. Por suerte, tengo un buen bagaje de lecturas poéticas. Por el contrario, apenas leo ensayo. En cuanto al teatro, solamente le presto atención de vez en cuando. ¿Realmente puedo considerarme un buen lector con estos hábitos?

A lo mejor esta no es una pregunta insignificante si, para colmo, me da por pensar que quizá la gran novela americana sea, en realidad, una obra de teatro y la haya escrito Tennesee Williams, porque Una gata sobre un tejado de zinc probablemente encierra en pocas páginas todo -o, al menos, buena parte de- lo que los grandes narradores americanos han tratado de plasmar en tochos de más de quinientas páginas. Williams no solo da en el clavo, sino que compone toda una sinfonía con los golpes de su martillo en los distintos clavos que todo el mundo quiere clavar. Por supuesto, para hablar del mundo en el que vive, de la sociedad, de los valores, etc, el instrumento ideal siempre es la familia. Ya lo he dicho varias veces, la familia es la mejor estructura narrativa posible. No imagino una gran obra que hable del ser humano en todas sus dimensiones sin que se sirva, en mayor o menor medida, de la estructura familiar.

En la primera página, con solo unas cuantas líneas de diálogo, Tennessee Williams nos inserta en las entrañas de Brick y de Margaret, al igual que nos ocurre con los demás personajes a medida que van apareciendo. Esta habilidad de hacernos entender repentinamente al personaje es una rareza. Se la había visto, por ejemplo, a John Cheever, que te traza perfectamente un personaje con cuatro líneas. Pero insisto en que me parece una destreza poco común. Y Tennessee Williams la tiene, sin duda alguna.

Uno no está contemplando la habitación de la escena desde un patio de butacas o desde fuera del libro, sino que uno está dentro, apoyado en la pared o sentado en una esquina de la cama, presenciando las discusiones y casi queriendo intervenir en ellas. Pero lo mejor es que no hay manera de ponerse de parte de nadie. Uno no sabe a quién defender, uno siente un extraño apego por todos, del mismo modo que un verdadero recelo. Uno no encuentra amigos ni enemigos, sino la excitante incomodidad de no posicionarse. Uno acaba meneando la cabeza y resoplando porque la vida es muy complicada.

En cuanto a la segunda obra de este volumen, Un análisis perfecto hecho por un loro, no tengo nada que decir. Me pareció intrascendente. Quizá solamente porque la leí a continuación de una obra maestra. No me esforzaré en decir más de esta segunda obra, porque sigo subyugado por la gata. Ahora solo me queda ver la adaptación cinematográfica de Richard Brooks, protagonizada por Elizabeth Taylor y por el inefable Paul Newman.

Como si David Foster Wallace fuera mi amigo

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Hace unos meses, con motivo del no sé cuántos aniversario del suicido de David Foster Wallace, la revista malagueña Manual de uso cultural supuso que yo estaría capacitado para decir algo mínimamente interesante o revelador sobre DFW por el simple hecho de que es uno de mis autores predilectos y me pidió que escribiera un artículo al respecto. No sé si la idea de que hiciera un breve recorrido a través de su obra fue mía o de la revista, pero el título pomposo, autoparódico y efectista está más que claro que se me ocurrió a mí y que fue el desencadenante de lo que se desarrollaría a continuación. Si quieren leerlo en su totalidad, este es el enlace, si prefieren que lo limitemos a unas cuantas referencias necesarias para las posteriores disertaciones de esta reseña, sigan leyendo y hagan caso omiso al hipertexto. A la hora de abordar un artículo sobre las obras completas de DFW me topé con un hándicap evidente pero no por ello insoslayable: a saber, no he leído todos sus libros publicados en español. Mi estrategia, como podrán suponer, fue la de incidir en las obras que conozco bien y pasar de puntillas, apoyándome en obviedades o en datos que había leído previamente en alguna parte, sobre la bibliografía fosterwalliana que aún me quedaba por leer. El libro de ensayos y opiniones Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer pertenecía a este segundo grupo que me haría caer en una suerte de vergüenza o al menos pudor intelectual si mi ego estuviera capacitado para caer en semejantes pozos. Sobre él -y sobre Hablemos de langostas– dije lo siguiente:

Si, en cambio, le apetece variar el tono, sepa que DFW puede ofrecerle otras experiencias distintas, como sus artículos y ensayos, en donde nuestro autor es enviado por varias revistas a diversos eventos para que escriba sobre ellos. Los resultados serán prodigiosos, llenos de ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad; por lo que en ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ y en ‘Hablemos de langostas’ usted podrá disfrutar de una serie de ejercicios periodísticos ideados en las antípodas del periodismo.

No se preocupen. No sientan agitación si acaso leyeron aquel artículo en su momento y fueron corriendo a su librería de confianza a por un ejemplar de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Lo hicieron muy bien porque a) DFW siempre es ir sobre seguro y b) acerté de lleno en lo que me atreví a decir acerca de esta obra. Encontrarán, tal como les prometí un tanto a ciegas en aquella ocasión pero anticipando a DFW como si ya me hubiera tomado muchas cervezas con él, “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”, así como unos “resultados prodigiosos”. Y es ahora cuando he de suponer que ustedes estarán esperando una prueba fehaciente de mi vaticinio. Quizá este fragmento podrá aplacar esa ceja alzada que mantienen desde hace varias líneas:

[…] Un porquerizo despierta de una patada a una cerda para añadir más serrín a su corral. La Compañera Nativa [amiga oriunda de DFW que lo acompaña a la feria de ganado] deja escapar un gemido de dolor. Está claro que hay exactamente dos partidario de los Derechos de los Animales en este establo. Los dos podemos apreciar una especie de pericia huraña e insensible en los profesionales agrícolas de por aquí. Un ejemplo perfecto de alienación de la tierra entendida como factoría, postulo. Pero ¿por qué tomarse la molestia de criar, entrenar y cuidar un animal de características especiales y traerlo a la Feria Estatal de Illinois si no te importa un comino?

Luego se me ocurre que ayer comí tocino y hoy ya tengo ganas de comerme mi primera salchicha rebozada de maíz de la Feria. Estoy aquí de pie retorciéndome las manos por culpa de un cerdo angustiado y luego me voy a zampar una salchicha rebozada. Por esta razón me resisto a ir corriendo a buscar a un cuidador de cerdos y pedirle que aplique reanimación de emergencia a este Hampshire agonizante. Me imagino cómo me iba a mirar el granjero.

No es nada profundo, pero en medio de los chillidos y jadeos del cerdo me llama la atención el hecho de que estos profesionales agrícolas no ven a sus animales como mascotas ni como amigos. Lo único que les preocupa es el rollo agrícola del peso y la carne. No sienten ninguna conexión ni siquiera en esta ocasión Especial autoconsciente para sentirla. ¿Y por qué no habría de ser así? Aunque estén en la Feria, sus productos continúan babeando, oliendo mal, tragándose sus propios excrementos y chillando, y el trabajo no se detiene. Me imagino lo que estos profesionales agrícolas deben de pensar de los que estamos aquí haciéndoles arrumacos a los cerdos: los visitantes de la Feria no tenemos que ocuparnos de criar y alimentar nuestra carne. Nuestra carne simplemente se materializa en el puesto de salchichas rebozadas, permitiéndonos separar nuestros apetitos saludables del pelo, los chillidos y los ojos en blanco. Los turistas nos podemos permitir nuestra simpatía por los Derechos de los Animales con las barrigas llenas de tocino. No sé qué sentido de la ironía deben de tener estos granjeros huraños, pero el mío se me ha curtido en la Costa Este y en este Establo Porcino me siento como un gilipollas.

He de reconocer que jamás me he tomado una cerveza con David Foster Wallace. Tampoco hemos salido a pasear juntos ni hemos sido compañeros en clases de yoga, cocina o cualquier otra actividad semanal que nos haga sentirnos mejores personas. De hecho, solamente lo conozco por sus libros. No obstante, siempre lo he tratado con cierta familiaridad, porque me recuerda, en muchas ocasiones, a un par de amigos míos muy queridos, que no voy a sacar a colación por no ruborizar a nadie innecesariamente. Esto no me da para escribir una tesis sobre DFW, pero sí para creerme con derecho a poner la mano en el fuego por él.

Y bien, después de haber leído Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, puedo tirarme al charco sin miedo y decirles que, en todo caso, me quedé corto cuando mencioné aquello de la “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”. DFW es sarcástico y corrosivo, pero sin aspavientos que lo hagan parecer ridículo, es lúcido y brillante y, para colmo, es un cabroncete con mucha gracia. Además, con DFW he aprendido cosas. Incluso me atrevería a decir que he aprendido cosas prácticas, por ejemplo, he aprendido algo acerca de cómo funcionan los torneos de tenis profesional; he aprendido que Carretera perdida es la película que estaba catalogada en mi memoria como Terciopelo azul, ambas de David Lynch, y he podido poner remedio a semejante confusión este fin de semana; he aprendido por qué diantres tanta gente ve tanta mierda en televisión; he aprendido por qué no acepté, hace unos años, la invitación de mis padres a hacer un crucero familiar y qué argumentos podrían haber sido consecuentes; he aprendido, sobre todo, que la vida diaria es mucho más interesante cuando uno la observa atentamente a través del prisma de Foster Wallace.

Chris Ware durante mi estancia hospitalaria

Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo de Chris Ware

Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo de Chris Ware

Me va a ser bastante difícil comentar esta obra. Es lo que ocurre cuando eliges libros que meten dedos en llagas en un momento de especial sensibilidad. Aunque yo no tenga esas mismas llagas, la empatía hace que duela cualquier cosa.

Ayer se me acercó una enfermera a tomarme la tensión mientras yo leía Jimmy Corrigan, el niño más listo del mundo, de Chris Ware.

ENFERMERA: ¡Pero qué cómic más bonito!

YO: Sí, la verdad es que es una maravilla.

(Paso páginas y le enseño, superficialmente, varias escenas)

ENFERMERA: Parecen dibujos antiguos, como si fueran los años cincuenta.

YO: Pues no sé, pero supongo que una ciudad americana debería de ser así, más o menos, hoy día.

(Señalo una viñeta)

ENFERMERA: Pero esos colores…

YO: Ahora que lo dices, a mí me recuerda un poquito a Hopper, y quizá por eso da esa sensación. No sé.

ENFERMERA: 12 – 7. Muy bien.

YO: Al menos puedo presumir de tener una buena tensión.

Transcribo –aproximadamente– nuestra conversación tratando de dar a entender la impresión que causa este objeto entre las manos. Desgraciadamente, no entiendo de técnicas y estilos de dibujo en el cómic, por eso solo puedo transmitir mi fascinación.

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Padres e hijos. Yo solamente soy hijo, pero conmigo uno tiene hijo como para pillar un empacho. Jimmy Corrigan, el niño más listo del mundo trata sobre padres e hijos. Trata, entre otras cosas, sobre cómo sobrevivir y no ser un pobre desgraciado cuando tu padre es un auténtico gilipollas y te ha tratado como el culo durante toda tu infancia, o sobre haber crecido sin padre y que por eso, en parte, no sepas ni dónde tienes la cara, o sobre lo difícil que puede llegar a ser sentarte con tu padre y hablar con él, por fin, de lo que te importa. He leído por ahí que esta obra es bastante autobiográfica; pobre Chris Ware si esto es así.

Como ven, estoy especialmente sensiblón, me emociono con nimiedades y cualquier conflicto me da pena; y eso que la familia –en todas sus variantes– es mi tema literario favorito y que siempre me lo he pasado pipa leyendo las putadas que unos familiares se hacen a otros. Será porque tantos días de hospital me tienen de capa caída. Por suerte, mi padre está pasando todos los días conmigo, semana tras semana, ayudándome en todo lo que le es humanamente posible. Mi padre es la antítesis de los personajes de Chris Ware. Eso hace este cómic más disfrutable y la estancia hospitalaria más llevadera.

Todo esto suena a consuelo. Esta reseña suena a consuelo. Por supuesto, esta obra es mucho más profunda, más compleja y más sólida de lo que soy capaz de mostrar con tanto balbuceo consolador. Les dije que me iba a resultar difícil. Al menos, lean el cómic, disfrútenlo y no presten demasiada atención a mis devaneos, por favor.

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Merendar con Foster Wallace

Conversaciones con David Foster Wallace

Conversaciones con David Foster Wallace

Mi experiencia personal es que las entrevistas te hacen parecer más tonto de lo que en realidad eres. Me han hecho alguna que otra entrevista, y en ninguna de ellas me he gustado. Me he caído mal, me he visto un tanto idiota o intentando ser demasiado guay. Las entrevistas son una distorsión de la idea que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo, la entrevista es un género muy estimulante para el lector. Recuerdo haber comprado los cuentos de Kjell Askildsen tras haber leído una entrevista que le hicieron en El País. Sus respuestas me cautivaron y eso me llevó a sus relatos. Lo mismo me pasó con Sergio Chejfec, quedé prendado por la lucidez que demostraba en un par de entrevistas y corrí a comprar uno de sus libros.

Ahora quiero imaginar que jamás he leído a David Foster Wallace y que cae en mis manos el compendio de entrevistas Conversaciones con David Foster Wallace. Imagino que voy descubriéndolo a través de sus respuestas y me hago una idea de lo fascinado que me tendría y de lo raudo que acudiría a hacerme con toda su obra. No quiero decir que no esté fascinado ahora, sino que tras haberlo leído ya sabía que me iba a topar con una mente maravillosa.

Confieso que soy de esos que miran la foto del escritor en la solapa del libro porque tienen curiosidad por saber la pinta que tienen. Aquí he encontrado mucho más que la imagen de un tío con un pañuelo en la cabeza, he encontrado sus propios testimonios, y ahora sería capaz hacerle un retrato. Pero más allá de la persona de Foster Wallace y mi vergonzoso voyeurismo, esta recopilación de entrevistas ofrece pistas y claves para entender mejor -o para entender de otro modo- las obras suyas que ya he leído. Todo está en su sitio, solo había que alejarse un poco y contemplar este extraño orden.

Al final del libro, hay una especie de reportaje anudado con todo tipo de testimonios de amigos y familiares de Foster Wallace y del propio escritor. Nos muestra su vida desde muy temprano y nos ayuda a hacernos una idea de cómo fue su suicidio. No he podido dejar de pensar en un programa de televisión del canal Divinity en donde hacen reportajes de los famosos siguiendo una estructura muy similar. Hace tiempo pasé una mañana, destrozado en la cama por culpa de haberme excedido con la cena de la noche anterior, en donde solamente fui capaz de ver este programa, dedicado a Drew Barrymore. Al leer el reportaje sobre Foster Wallace mi cabeza intentaba convertirlo en el sustituto de Drew Barrymore y encajarlo en el programa de Divinity. La percepción me estaba resultando divertidamente coherente, pero en las últimas páginas Foster Wallace acaba suicidándose y a mí, al final, se me han saltado las lágrimas.

En fin, hay dos razones para leer este libro: 1) No haber leído todavía a David Foster Wallace y 2) haber leído antes a David Foster Wallace.

Iniciándome en Thomas Wolfe

El niño perdido, de Thomas Wolfe

El niño perdido, de Thomas Wolfe

Casi siempre que voy a la librería Tipos Infames, en Madrid, acabo notablemente embriagado por el vino o los gin tonics que allí sirven y con una parte significativa de mi sueldo dilapidada en libros. Aquel lugar es una trampa, es mi fumadero de opio personal. Los dueños de Tipos Infames, no contentos con presenciar cómo arruino mi vida con alcohol y literatura, han afinado aún más sus garras y, en mi última visita, me recomendaron un par de libros por iniciativa propia, por aquello de que parezco un buen lector y soy un cliente asiduo. Por supuesto, me llevé sus recomendaciones además de otros tantos títulos. Una de ellas fue Stoner, de John Williams, del que hablé hace tiempo. La otra es El niño perdido, de Thomas Wolfe.

Se trata de una novelita autobiográfica que no llega a las cien páginas en donde Thomas Wolfe (al que no hay que confundir, por cierto, con el escritor y periodista Tom Wolfe) se dedica a retomar la memoria de su hermano muerto y trazar surcos narrativos a lo largo de un recuerdo con límites imprecisos, acercándose a él desde varios ángulos y mediante distintos recursos. Que su hermano muriera cuando él era pequeño es algo que no me conmueve nada en absoluto. Esta obra hubiera funcionado igual si el muerto hubiera sido su gato o incluso su jilguero. El hermano muerto, por suerte, importa un rábano, y eso que se habla de él con insistencia. Esto quizá se deba a un logro paradójico: aunque la novela se desarrolle con un sobrecogedor tono lírico, este lirismo no llega nunca a resultar tan empalagoso ni tan sangrante como para que un niño muerto nos toque la fibra sensible y nos haga un nudo en el estómago. Ahora que lo pienso, lo mejor de esta novela quizá sea la capacidad de dosificación que demuestra Thomas Wolfe. ¿Hay algo más difícil que saber dosificar cuando uno se propone contar una historia?

En realidad, lo que tengo que agradecer a Gonzalo, el librero de Tipos Infames que me aconsejó esta obra, es el descubrimiento de un narrador de la talla de Thomas Wolfe -más allá de la recomendación de este título en concreto- al que le supongo novelas de mucho más peso, porque ya en este “ejercicio mnemotécnico” demuestra una destreza impresionante. Ha despertado mi curiosidad ante la obra de un escritor que desconocía, coetáneo de Faulkner y de March.

Hace tiempo que no paso por Tipos Infames, porque se me están acumulando muchos libros sin leer en casa y porque mi pequeña bodega está al completo. Pero yo soy un hombre frágil y Tipos Infames es un lugar tremendamente seductor, así que no tardarán mucho en volver a verme entre sus estanterías con un par de copas de más.

John Williams y la portada más fea del mundo

Stoner, de John Williams

Stoner, de John Williams

Uno compra libros como si fuera a leerlos todos, como si no existiera el fin de la lectura. El otro día, por ejemplo, compré Stoner, de John Williams, además de otras cosas. Stoner posee el diseño editorial más feo que he encontrado en mucho tiempo y John Williams siempre había sido para mí el nombre de un compositor de bandas sonoras. Por eso esta novela apareció de la nada. Alguien me la puso delante y yo la compré a sabiendas de que jamás hubiera llamado mi atención por sí sola. Después comprobé que esta obra ha ido cosechando, como si lo hubiera estado haciendo a mis espaldas, críticas maravillosas en un montón de medios. Descubrí que Rodrigo Fresán y Vila-Matas, entre otros, lo habían flipado leyendo Stoner y que lo habían expresado públicamente. Todo este jaleo repentino creó en mí una expectativas que bullían dentro de mi abultado estómago.

Pero ya he leído la novela y ahora no sé cómo posicionarme al respecto. Se trata de una historia que te fuerza a hablar de su protagonista, William Stoner, para poder ser explicada con éxito, pero a mí no me apetece demasiado hablar de él. William Stoner es un personaje que me interesa más bien poco. Como alternativa, solo se me ocurre hablar de mí. Si todo el mundo adora tanto haber compartido con William Stoner sus vicisitudes y yo lo he hecho con cierta indiferencia, es más que probable que el problema sea exclusivamente mío. A lo mejor debería reconocerme a mí mismo que no me interesan las historias sencillas, las historias que prefieren posar su mano en mi hombro antes que darme una patada en los huevos. A lo mejor estoy condenado a creerme mejor que William Stoner, más interesante que él, más sofisticado. En realidad, no he dejado de compararme con él a lo largo de toda la novela. No he dejado de evaluarlo para evaluarme a mí al mismo tiempo. He puesto en tela de juicio su matrimonio, su carrera, su relación con su hija, su relación con sus amigos y compañeros, su postura ante la enfermedad, etc. ¿Qué significa todo esto?

Reconozco que John Williams escribe muy, pero que muy bien. Escribe extraordinariamente bien. Pero también debería reconocer que me he malacostumbrado a los fuegos artificiales y que John Williams es, por el contrario, una invisible corriente eléctrica. Esta historia que acabo de leer ocurre sola. Y no sé si me siento defraudado con ella o conmigo mismo.

A mí me hubiera gustado mandar a la mierda a William Stoner, pero solo he podido leer esta novela. El problema de que se trate de un personaje de ficción es que no he podido inmiscuirme en su vida y meterme con él, decirle cuatro cosas, pegarle una colleja.

Al final he acabado hablando del protagonista de la novela, y yo solo quería hablar de mí mismo. ¿O ha sido al revés? No sé. Bueno, por fin he cerrado este libro.

David Foster Wallace y mis amigos de Almería

La niña del pelo raro, de David Foster Wallace

En una era postapocalíptica, paso mis días jugando a diversos juegos  de mesa. Juego con mis amigos de Almería, porque es allí y es con ellos donde puede darse una era postapocalíptica con todas sus consecuencias y, por tanto, todas sus ventajas. En un orden de cosas paralelo, en el mismo marco, pero siempre antes o después de dedicar mi tiempo a los juegos de mesa, leo a David Foster Wallace con la intención  de que La niña del pelo raro inaugure y clausure esta era postapocalíptica en donde uno puede ser feliz incluso en Almería si tiene amigos y el Apocalipsis ya ha tenido lugar.

Primero me dedico a construir granjas sobre un tablero y a adquirir todas las fichas posibles que simbolizan ovejas, vacas y -para mi sorpresa- jabalíes. Jugamos a Agricultura o a Los agricultores o a alguna variante similar que sirve de título y tema del juego, por cierto, perfecto para el inicio de una era postapocalíptica. Jugamos partidas de dos a cuatro horas a este juego de mesa y a otros y he de asimilar sobre la marcha distintos reglamentos con los que poder interactuar con Elisa, Candela, David, Reyes, Pablo , Jafet (y una María in absentia que de momento solo funciona como hipótesis) en distintos órdenes de turno, en distintas agrupaciones según la concurrencia de cada partida, lo que propicia distintos estadios microsociales de amor al prójimo y tontuna oscilante. Esto mismo es David Foster Wallace en La niña del pelo raro, un compendio de juegos de mesa donde el mismo Foster Wallace elige un reglamento y demuestra que bajo esas normas no hay quien le gane. ¿La niña del pelo raro es como querer ser el mejor en todo? ¿Trata David Foster Wallace de ganarle la partida a alguien en cada propuesta cuentística? En los juegos de mesa tenemos a su homónimo y quizá esto nos desvele algo sobre La niña del pelo raro. Por eso, a partir de este momento, nos referiremos al David norteamericano y virtuoso escritor como DFW y al David almeriense (perdón) y virtuoso jugador  de juegos de mesa como DPF.

DPF suele explicarme el reglamento de cada juego: Alta tensión, Arkham,  Aventureros en  el tren, ¡Bang! (les aviso de que quizá no haya citado con exactitud todos los títulos). Yo he de amoldarme a cada uno de ellos, cambian las normas, cambia el tono, cambia el propósito. Pero DPF sigue explicando, jugando y ganando, del mismo modo que lo hace DFW en cada uno de los relatos de La niña del pelo raro. El libro y los juegos de mesa se convierten en dos seminarios solapados en donde tanto DFW como DPF han ido desarrollando sus múltiples y variadas habilidades para que yo aprenda algo en en ambos terrenos. En un post anterior sobre DFW ya hablé  de su pelo largo y lo comparé con el de un amigo mío, algo importantísimo desde mi enfoque. En este caso, por si esto me hubiera parecido insuficiente, descubro que tengo a mi propio DFW con una ligera variante en las iniciales y que, además, es amigo mío. Mi propio DPF (¿puedo tomarme la licencia de usar esta expresión?) me hace incluso más feliz que el  DFW de todo el mundo, lo cual ya es un grado  de felicidad avanzado para todo lector exigente.

La niña del pelo raro es un libro que, además de ostentar múltiples registros y la evidencia de estar construido a partir de argumentos que contados en pocas palabras parecen impracticables, acaba con un juego-de-mesa-para-pasar-toda-la-tarde-y-parte-de-la-noche-y-acabar-hablando-de-cualquier-cosa. Me refiero al relato/novela Hacia el Oeste, el avance del imperio continúa, del que tuve noticia por primera vez en un post del joven, elegante y erudito Ibrahim Berlin (elegante en todo, menos quizá en su seudónimo), donde hablaba de su relación con otro cuento de John Barth. Yo que también soy joven y elegante, pero no tan erudito, solo podría relacionarlo con la última partida que echamos mis amigos de Almería y yo en esta era postapocalíptica. Cuando uno ya sabe jugar a un juego no dedica su atención a ese juego mientras juega, sino a lo que ocurre mientras se juega. ¿Es a esto a lo que llaman metaliteratura? Nosotros le llamamos “estadios microsociales de amor al prójimo y tontuna oscilante” (yo mismo dixit un poco más arriba) o “pasarlo bien con lo que estamos haciendo” (versión reducida y considerablemente más amena de la misma expresión). De esto podemos inferir una cosa: en el último relato, DFW acaba pasándoselo bomba haciendo lo que le gusta, comentándose a sí mismo cada jugada y haciéndole jugarretas a John Barth como si este fuese uno de sus propios amigos almerienses.

Les aseguro que cada partida jugada por DPF -y por el resto de los jugadores que ya he mencionado- fue gloriosa en esto que hemos quedado en llamar metaliteratura de los juegos de mesa. De hecho, puedo presumir (de) algo más, en el momento en que aceptamos la literatura y los tableros como distintas fórmulas para un proyecto narrativo se impone una sinergia deslumbrante, mediante la que DFW y DPF podrían compartir más de un truco.

Foster Wallace es mi nuevo ídolo

Extinción, de David Foster Wallace

Extinción, de David Foster Wallace

Si David Foster Wallace no hubiera abandonado su prometedora carrera como tenista, quizá hoy día los comentaristas hablarían de “el merecido sucesor de André Agasi”, y en el improbable caso de que el deporte hubiera evitado que se ahorcase en su casa tal y como hizo hace un año, estoy convencido de que Foster Wallace siempre perdería contra Rafa Nadal en cuartos de final de cualquier Grand Slam. Si esto fuera así, la televisión nos regalaría imágenes de Foster Wallace odiando a Rafa Nadal por su integridad en la pista y por su entereza moral, del mismo modo que Lucas Martín lo hace cada vez que encendemos la tele y Nadal anuncia un todoterreno o juega contra el ese suizo alto y guapo. Yo no odio a Nadal tanto como Lucas Martín ni como hipotéticamente lo haría David Foster Wallace, pero a ellos dos les cuesta admitir su integridad moral y psicológica. A uno en el sofá de casa y a otro en una ya imposible carrera como tenista. Y es que Foster Wallace y Lucas Martín tienen muchas más cosas en común que Foster Wallace y Rafa Nadal o que Rafa Nadal y Lucas Martín. Ambos están en mi top ten de mejores escritores, mientras que a Nadal no le queda más consuelo que moverse en el top ten de la ATP. Es cierto que los tres coinciden en poseer una bien poblada y larga cabellera. Pero incluso en este detalle, Foster Wallace y Lucas Martin comparten más semejanzas en cuanto a tono, longitud y ondulación del pelo; además, ambos son mucho más guapos.

Pero volvamos con André Agasi, porque si los comentaristas deportivos podrían haber llamado a Foster Wallace “merecido sucesor” suyo es porque también podríamos llamar a Foster Wallace “merecido sucesor” de buena parte de los escritores del siglo XX norteamericanos y europeos. Porque (ahora con respecto a su narrativa) David Foster Wallace es capaz de hacerlo todo bien. Foster Wallace ha leído y ha comprendido y, después, ha sabido aplicarlo. Es decir, parece que sus lecturas son en sí mismas herramientas para sus obras. Se supone que esto se puede predicar de cualquier escritor, pero no siempre parece tan claro como cuando uno se encuentra con los cuentos de Foster Wallace. Por eso sus cuentos pueden ser cualquier cosa, desde el nouveau-roman hasta lo carveriano. Porque Foster Wallace es la medida exacta que hay entre un punto y otro de una gran historia de la lectura. Él siempre nos aporta la fórmula exacta para que una historia funcione. Y no importa qué historia. Como ya me pasó con Roberto Bolaño, David Foster Wallace me hace comprender nuevamente que cualquier historia, por estúpida, anodina o extravagante que sea, puede convertirse en literatura, en muy buena literatura. Aunque aclaro que todas las historias que se proponen en Extinción, el libro que en este caso nos ocupa, me parecen estupendas. Por ejemplo, en Extinción se relatan, entre otras cosas, un conflicto matrimonial por culpa de los supuestos ronquidos del marido, las esculturas de mierda que un artista modela directamente al cagar, la presentación de un nuevo pastelito a un grupo de personas del target elegido, etc. En todos ellos ocurre lo mismo, no importa si la historia suena o no a gran historia, porque el relato de la historia es buenísimo.