Tres crímenes de Jean Genet

El balcón, Severa vigilancia y Las sirvientas, de Jean Genet

El balcón, Severa vigilancia y Las sirvientas, de Jean Genet

 

En el mundo que nos ha tocado vivir, Jean Genet debería ser nuestro ángel de la guarda. Su actitud ante el mundo es la única forma de protegernos que nos queda. Lamentablemente, no lo sabemos. Por eso el teatro de Genet está descatalogado desde hace años y los humildes y correctos padres de familia, que no saben cómo mantener a flote a los suyos, no leen sus obras y, en su lugar, leen los periódicos como si en ellos existiese algún atisbo de esperanza. Si leyeran El balcón, Severa vigilancia y Las sirvientas no patalearían desesperados para alcanzar la superficie, sino que se hundirían llevándoselo todo a su paso hasta el mismísimo fondo, y allí, en lo más hondo, encontrarían una liberación verdadera. Ojalá estos cabeza de familia comprendieran que el teatro de Jean Genet nos resulta imprescindible; no se trata de una obra maestra, sino de una obra fundamental.

La actitud de Genet es la más humana y la más honesta, es la de un hombre capaz de negarse a participar en un juego cuyas reglas son una trampa para los jugadores. Todos lo saben de un modo u otro, pero todos creen que lo bueno es seguir el juego. Estoy persuadido de que Genet identificaría hoy día ese juego con la democracia. Se revolcaría de risa en el suelo viendo a los ciudadanos acatándola con obediencia y protegiéndola con su voto y amándola como a una novia fea pero cariñosa.

Genet, por suerte para todos nosotros, es partícipe del mal, es un precursor del crimen. Para él, el crimen es una vía de redención ante el juego del bien, ante la democracia de hoy. El crimen, de hecho, tiene un poder demoledor: revela la verdadera naturaleza del juego del bien, obliga a la democracia a exponer sus verdaderos motivos y, con ello, la deja en evidencia ante los ojos de los ciudadanos. Si los famosos escraches se sustituyeran por el teatro de Jean Genet, los taxistas que me llevan a casa después del trabajo comprenderían, por fin, quién es el verdadero enemigo.

En esta línea de subversión dentro de la literatura, retrocediendo en el tiempo, podríamos pensar en Charles Baudelaire y estimar que Genet es su heredero. Pero Baudelaire se dedicaba a escandalizar a la burguesía de la época con el pelo pintado y colocado de absenta, y Jean Genet, en cambio, era un ladrón, un vagabundo y un chapero. Genet va en serio, y de él tenemos que tomar ejemplo. Nuestro crimen debería ir más allá que la manifestación de ayer rodeando el Congreso, porque así apenas iluminamos el verdadero rostro de la democracia. ¿Con qué crimen podríamos demostrar que el Congreso es el burdel que aparece en El balcón, por ejemplo? Lean a Genet y piensen en su propio crimen.