Mis más y mis menos con Anna Starobinets

El vivo, de Anna Starobinets

El Vivo, de Anna Starobinets

Ayer, después de un mes y medio y después de haber perdido toda esperanza, apareció nuestro gato desaparecido, Groucho. Ha sobrevivido, contra todo pronóstico, gracias a su zalamería y a su amor incondicional hacia todo ser humano, pues, durante todo este tiempo, ha sido alimentado por varias vecinas de un bloque de pisos cercano a un descampado en donde trataba de seguir adelante, desorientado y muy lejos de su hogar. Pues bien, si Groucho -nuestro gato- fuera uno de los muchos animales que aparecen en El Vivo, de Anna Starobinets, le tendría pánico a los seres humanos, miedo que padecen todos los animales después de la Gran Reducción, cuando el número de seres humanos baja a tres mil millones y siempre se mantiene estable.

A lo mejor, de estos detalles ya podemos intuir que El Vivo es una novela de ciencia ficción. Su autora no solo está vivita y coleando, sino que es muy joven. Es decir, está escribiendo ciencia ficción desde mi presente, y eso -no me había dado cuenta hasta ahora- determina mucho la óptica de este género. Anna Starobinets escribe desde muy cerca, tanto que consigue meter el dedo en algunas de mis llagas. Por ejemplo, después de leer El Vivo me estoy pensando seriamente (por primera vez) la idea de abandonar Facebook y, por lo tanto, Twitter y, ya que estamos, este blog. Pueden llamarme lo que quieran, pero les pediría que antes leyeran la novela y comprobaran cómo funciona el Socio; a mí, personalmente me ha dado tanto miedo como para plantearme cerrar el chiringuito. Los procesos de identificación con las distopías son muy viscerales, al menos en mi caso.

El Vivo, en realidad, no es una novela de ciencia ficción, sino una novela sobre una religión (porque yo no veo ciencia por ningún sitio, sino una ferviente fe en una forma de entender el mundo). O, pensándolo mejor, quizá sí sea una novela de ciencia ficción, porque la religión siempre es capaz de encajar en este género.

Hasta ahora, mi dream team de la sci-fi estaba conformado por Orwell, Huxley, Ballard, Dick y Lem (sí, soy consciente de cuántas ausencias imprescindibles hay en esta mini lista). Estoy pensándome si meter a esta chica en el equipo, aunque solo sea de suplente. La verdad es que El Vivo empezó con mucha fuerza, prometiendo un mundo que dejaría a Matrix en calzoncillos, planteando una estructura sugerente y embaucadora, pero ya en las últimas ochenta páginas hubo algún cortocircuito entre la trama y mi entendimiento, empezaron a ocurrir cosas que no me convencían, que empezaron a apagar mi fervor (esto iba a ser, en un principio, una gran reseña laudatoria). Además, el final lo he visto o leído tantas veces que casi me dan ganas de contarlo aquí.

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Hasta aquí la reseña. Ahora tengo que hablar de otro aspecto del libro. La traductora es una tal Raquel Marqués García. La editorial es Nevsky (especialista en literatura rusa). No sé de quién es la culpa, pero he contado en todo el libro (contando muy por lo bajo) un mínimo  de veinte adverbios de modo formando interrogaciones indirectas parciales  (es decir, me refiero a la palabra “cómo” con tilde diacrítica) a los que les falta su correspondiente acentuación gráfica. No una ni dos, sino muchas, muchas, muchas. Demasiadas como para haberme decidido a comentarlo aquí. Creo que no debería ser tan difícil diferenciar “cómo” de “como” para un profesional de la traducción o de la edición. Veamos un ejemplo: Os diré cómo se escribe correctamente (lleva tilde porque se está preguntando indirectamente de qué manera se escribe correctamente) / Lo digo como lo pienso (en este caso la tilde diacrítica no es necesaria porque no se está haciendo ninguna pregunta).

Lucho todos los días para que mis alumnos no cometan estas -y otras tantas- faltas ortográficas. Quería incluir esta novela en el listado de lecturas que les propongo, pero no lo voy a hacer, porque sería tirar piedras sobre mi propio tejado.

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