El amor en los tiempos de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

Antes a mí no me daba corte -cuando me ponía a leer en una cafetería, en el autobús o en un parque- dar rienda suelta a mis gritos de entusiasmo, lanzar el libro hacia arriba para celebrar sus páginas o dar golpes de satisfacción contra cualquier objeto inerte. No me importaba que los demás me miraran con cara de sorpresa o estupor y se preguntaran que qué diantres le ocurre al tío ese montando tanto jaleo con su dichoso librito. Con el tiempo, he ido sintiéndome más y más idiota y hace mucho que ya no hago esas cosas. Pero acabo de leer La casa de la fuerza / Te haré invencible con mi derrota / Anfaegtelse y me han entrado unas ganas locas durante su lectura de dar saltos en el asiento, de aullar como un mono feliz y de lanzarle el libro a la cabeza a alguien para que se dé cuenta de lo que se está perdiendo por no leer a Angélica Liddell. Me he zampado las tres obras de teatro del tirón, en un bar mientras esperaba a mi amadísima Elisa Calatrava, en la biblioteca del instituto mientras le hacía el examen a una alumna que se tenía que ir pronto y en clase mientras mis demás alumnos hacían el mismo examen. No me he atrevido a gritar y a revolcarme en el suelo de gusto ante el discurso brutal y sangrante de Angélica Liddell porque mis alumnos, pese a que me han visto hacer ya muchas payasadas, no tienen por qué soportar eso. A cambio, he usado Facebook para desfogarme y, al mismo tiempo, parecer un tipo civilizado.

 Todo este regocijo podría ser entendido como la consecuencia de leer una obra maestra, pero no. Estos tres textos no son una obra maestra, si acaso, algo mejor: una obra con la que identificarme, con la que conectar, con la que sentirme a gusto en sus virtudes y sus defectos. Una obra-líquido amniótico. Una obra por la que partirme la cara en los mentideros de las redes sociales y en las tertulias más sofisticadas. Por ejemplo, el próximo que me cite a Shakespeare para hablarme del amor le meto entre pecho y espalda un parrafazo de Angélica Liddell.

Y es que esta señora habla de amor, y con él define al sujeto de nuestros días en tensión con lo femenino y con una sociedad globalizada e intolerable. La histeria de los personajes de Angélica Liddell parece el resultado de un amor que ya no nos hace sentirnos unidos a nadie y tampoco sirve para sentirnos diferentes a los demás. En sus textos hay una brecha, una crisis, hay algo irreparable y no tengo ni idea de si el amor podría servir de sutura o de apoyo o si solo es un fantasma que nos atraviesa y que nos hace sentir un calambre o un escalofrío.

Le dije a un querido compañero de trabajo: “Angélica Liddell me recuerda a Jean Genet” y él me miró valorando y ya casi desaprobando mi ocurrencia. Entonces rectifiqué: “De hecho, no. Angélica Liddell es todo lo contrario a Jean Genet y por eso me recuerda a él”. Porque Angélica Liddell no se posiciona en el afuera y desde ahí destruye, sino que Angélica Liddell es, más bien, una autoinmolación emocional desde el mismo centro de la vida que tenemos montada; es una contradicción que agita los códigos de conducta que usamos habitualmente; es un espejo que refleja desde dentro.

A mí esta señora me ha pellizcado y me ha convencido. Me ha hecho sentir más vivo, más persona; incluso me ha hecho sentirme como una mierda, y yo se lo agradezco. La seguiré leyendo para descubrir más cosas de mí mismo y de todos ustedes. Y, sí, lo sé, estoy eufórico, pero es que estoy arrastrándome como puedo hacia el fin del curso y estos subidones me sirven de catapulta.

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6 pensamientos en “El amor en los tiempos de Angélica Liddell

  1. Hay escritores buenos que dan ganas de leer más, hay otros que más que leer empujan hasta al más profano a intentar escribir, aunque no se tenga ni perra idea de cómo hacerlo. Liddell está entre los pocos que de verdad lo consiguen.

  2. Sí. Supongo que Liddell es una de esas escritores contaminantes. Tengo en casa el segundo libro que le ha publicado La uña rota. Ya hincaré el diente más adelante, a ver qué vuelve a provocar en mí.

    Un saludo.

  3. Pingback: Un trono de Semana Santa para Angélica Liddell | Miedo a la literatura

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