El videojuego de Mathias Enard

La perfección del tiro, de Mathias Enard

A mí nunca se me dieron bien los videojuegos. La mayor hazaña de mi niñez es haber derrotado a Mr. Bison -en una sola ocasión- en el Street Fighter II del salón recreativo de mi pueblo. Para mí fue un momento verdaderamente espiritual. Lo hice una vez y no lo volví a conseguir, porque jamás tuve facultades para triunfar con los joysticks. En cambio, otros conseguían superar todas las pantallas cada fin de semana, con una sola moneda.

Ahora tenemos la Wii en casa. Mi pericia sigue siendo la de mi niñez. Durante un tiempo caí en la tentación de comprar videojuegos de segunda mano, arrastrado por mi amadísima Elisa Calatrava, indiscutible y reputada game player. Ni siquiera la Wii me grajea momentos de gloria, solo anécdotas lamentables, como cuando les confesé a los alumnos mi experiencia con el Call of Duty para que comprendieran que la culpa no era del juego sino de mi falta de destreza, del mismo modo que el libro que tenían que leer no era malo, sino que el problema era su falta de hábito lector. En el Call of Duty y en el libro había una narración a la que enfrentarse, solo era cuestión de acomodarse a los formatos.

En realidad, hablo de videojuegos con una falsa nostalgia. Nunca me gustaron demasiado. Pero ahora comprendo que, al menos hoy día, aportan una versatilidad en cuestiones narrativas que no siempre puede apreciarse en los libros. De esto me hablaba David hace tiempo y creo recordar que me dejó jugar al Red Dead Redemption y yo supongo que yo quise creerme Sam Peckinpah durante un buen rato. La oportunidad de ser el narrador en primera persona y poder permitirme todas las digresiones que me apetezcan. Ser el narrador y, al mismo tiempo, estar siendo narrado dentro del videojuego. Eso es, en realidad, lo que me emociona de estas nuevas máquinas narrativas, por lo tanto queda claro que no es nostalgia.

Lo interesante es cuando un escritor intenta trasladar los mecanismos de otro formato, que en principio se presenta como radicalmente distinto, a la narración textual. Si ese truco de magia sale bien, podemos contemplar elaboradísimos trampantojos, como por ejemplo hicieron Robbe-Grillet y compañía usando la cámara de cine dentro de sus novelas. Del mismo modo, leyendo La perfección del tiro he tenido la sensación de que Mathias Enard conseguía el efecto del videojuego dentro de su novela. Con esto me refiero a un género en concreto, el shooter, en donde un personaje narra el mundo a través de la mirilla de su arma de fuego. No es solo un narrador en primera persona, sino una narración basada en la contraposición entre la res cogitans y la res extensa. Por supuesto, el protagonista de La perfección del tiro es un francotirador.

En un primer momento, esa separación cartesiana es radical. Se está detrás o delante de la mirilla, y solo quien está detrás posee el relato. El disparo, en sí mismo, se presenta como un tratado de narratología. Podríamos detenernos ahí y emprender un análisis actancial. Pero lo mejor de esta novela es que nos permite abrir el zoom y verlo todo en contexto.

El francotirador es un combatiente de guerra, tiene unas premisas y tiene una misión. Aunque parezca obvio, hay que señalar que no siempre está disparando, y cuando deja de disparar sigue siendo el portador del relato. En esos momentos, cuando deja su fusil y su concentración a un lado, aparece el mundo que le rodea, se ve obligado a relacionarse con él sin la mediación de la mirilla, con una visión más amplia e insegura, y lo hace con un lirismo y una brutalidad propios del extrañamiento. De repente, todo se parece más a La delgada línea roja que al Doom. Pero con un matiz importante: la verdadera ausencia de moral solo aparece cuando el francotirador se relaciona con las personas cara a cara; en cambio, tras la mirilla desaparecen las categorías éticas, el francotirador es un anacoreta y no distingue a nadie, tan solo juega a su videojuego.

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2 pensamientos en “El videojuego de Mathias Enard

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