Sergio Chejfec y el lector cotilla

La experiencia dramática, de Sergio Chejfec

La experiencia dramática, de Sergio Chejfec

Para leer La experiencia dramática, de Sergio Chejfec, hay que comportarse como un cotilla. Por suerte, el ejercicio del cotilleo le es cercano a todo lector. Leemos y así nos enteramos de lo que no nos ocurre a nosotros. Cotilleamos, con una curiosidad infinita, dentro de toda ficción que cae en nuestras manos. De hecho, la Historia de la Literatura nos brinda múltiples casos de lo que podríamos llamar, así a bocajarro, literatura cotilla o, a lo sumo, literatura del cotilleo. Se me ocurren, por poner ejemplos, dos grandes autores que ejercieron con maestría la literatura cotilla, uno cotilleaba en el fuero interno de los personajes hasta enterarse de lo más nimio y el otro cotilleaba todo lo que veía en la calle y no dejaba pasar nada: me refiero a los cotillas Fiódor Dostoyevski y Georges Perec, pero al Perec de obras como Lo infraordinario. Os hablo de estos dos cotillas porque creo que Chejfec podría colocar esta novela entre ambos.

La experiencia dramática examina no solo con rigor, sino con interés abrumador (esto es lo que la convierte en literatura cotilla) un espacio urbano recorrido por dos incansables conversadores, cuyo discurso verbal y mental queda retratado sin elipsis que desechen ningún fragmento de pensamiento. Si Dostoyevski nos ofrece en el fuero interno de sus personajes una pachanga de fútbol apasionado, Chejfec parece estar dibujando metódicamente en ellos una tabla de ejercicios de pilates bajo las exactas indicaciones de un entrenador personal. Y si Perec nos habla de los cambios de la rue Vilin a lo largo de varios años, Chejfec se hipervitamina con Google Maps para crear sus marcos narrativos.

De las tres obras que he leído de este señor, esta es la primera que está escrita en tercera persona, haciendo uso de un vaivén entre un tímido Nouveau roman y un Realismo psicológico casi documental. Como ya he comentado en otras ocasiones, la sintaxis de Chejfec me parece un nuevo modo de usar el castellano. Todavía no sé cómo explicar con claridad la sensación que me produce su modo de unir un enunciado tras otro, porque tras semejante precisión gramatical es capaz de desplegar una enorme originalidad estilística. Es correcto en cada oración y, al mismo tiempo, plantea cada oración de un modo diferente a lo correcto.

Esto hace que un texto cuya trama esté basada en conversaciones, en su mayoría, triviales, se convierta en una experiencia hipnótica. Leer esta novela me recordó, casi sin venir a cuento, a la siguiente situación: un verano en Barcelona salí con mi amadísima Elisa Calatrava a tomar algo en el barrio de Graçia. Era por la tarde. Nos sentamos en la terraza interior de un bar muy moderno. Esperábamos a unos amigos. Dos chicas de nuestra edad estaban sentadas en la mesa de al lado y conversaban en un tono de voz lo suficientemente alto como para que no fuera difícil oírlas. Una de ellas le contaba a la otra su vida laboral. Era traductora. Esto le había permitido viajar. Habló de varios lugares. Después, habló de las cosas que había aprendido en esos lugares. Tras mencionar sus enseñanzas, habló de la vida en general, de cómo son las personas y de cómo entendía ella que funcionaba el mundo. Esta conversación, revestida por un tono demasiado pretencioso para una chica tan joven, era, en realidad, insulsa, llena de obviedades y de lugares comunes. Pero mi amadísima Elisa Calatrava y yo no podíamos dejar de cotillear, no podíamos despegarnos de la conversación ajena. Esta chica estaba narrándonos su vida y nosotros habíamos entrado en ella, sin permiso, como si se tratase de literatura. Habíamos sido atrapados por su capacidad de narrar, ahí estribaba su gran mérito. Algo parecido es esta obra de Chejfec: una conversación ajena que no puedes dejar de seguir.

Hay que aclarar que cuando hablo de trivialidad en lo que nos cuenta Chejfec no estoy siendo del todo exacto. Se nos habla también de las experiencias dramáticas de los personajes -de ahí su título- y de la posibilidad de recrearlas, de representarlas. Rose es actriz y Félix ha inventado una vida alternativa ante Rose. Ambos pasean por la ciudad como si se tratase de un escenario. Ambos están haciendo de sí mismos para que nosotros los contemplemos, igual que hacía aquella traductora en una terraza del barrio de Graçia.

 

Un poco de aire libre, un poco de sol y Sergio Chejfec

Mis dos mundos, Sergio Chejfec

Hoy hace sol y hemos subido al monte. En realidad, aquí arriba, hace más frío del que esperaba y me alegro de haber sido previsor y haber traído una chaqueta. Hace un momento, aún en casa, me imaginaba a mí mismo aquí arriba cubierto por un sol casi molesto, subiéndome las mangas de la camiseta. Lo único que se ha cumplido de mi proyecto es mi propósito de escribir este post al aire libre; Mis dos mundos, de Sergio Chejfec, merece la ocasión, porque se trata de un libro outdoor. He terminado sus últimas páginas sentado sobre una piedra y recogiendo todo el sol que me era posible. Una vez terminadas las últimas líneas, he encendido mi portátil y he descubierto esa obviedad que pasa inadvertida a los que no solemos teclear en el campo: la luz del sol no me permitía ver la pantalla del ordenador, por lo tanto, para mejorar el contraste de luces, me he visto obligado a sentarme en otra piedra, pero esta vez a la sombra. Aquí uno puede empezar a valorar que hace frío. Sobre todo, en las ocasiones que pasa una leve corriente de aire. No llego a tiritar, ni mucho menos. Pero me acuerdo de ese extraño ensimismamiento que padecía hace unas horas en casa y que no me invitaba a salir al mundo exterior.

Mientras me quejo en estas líneas, mi amadísima Elisa Calatrava está lavando el coche. Supongo que mi deber era el de ayudarla, pero he creído que mi plan de teclear entre pinos y piedras me confería la legitimidad suficiente para dejarla sola con esa tarea. Es evidente que estoy equivocado y que no deja de ser una artimaña demagógica por mi parte. Desde aquí la veo lanzar agua al coche para quitarle una costra de polvo que había cambiado su flamante negro por un color extremadamente más confuso.

Por eso tengo que agarrarme al libro de Chejfec, hablar de él para evadir la culpa. La idea me pareció original al principio, y ahora me parece una perogrullada: Mis dos mundos es el retrato de un paseo por un parque a la vez que un registro de lo que el paseante piensa durante su marcha. Creí, entonces, que sería maravilloso pensar en esta novela dentro de un entorno similar. Como siempre ocurre en mi vida, las cosas funcionan mejor en la ficción que en la realidad.

Aunque he de señalar un punto a favor de esta idea. Las últimas páginas de Mis dos mundos, las leídas sobre una piedra bajo el sol, me han resultado las más claras y transparentes de todo el conjunto. El motivo, en realidad, tampoco tiene nada que ver con mi salida al exterior, no nos engañemos. O, al menos, no tiene que ver demasiado. Con el modo de usar el lenguaje de Sergio Chejfec me pasa algo muy particular. Antes de contar esto y adentrarme en el libro quiero hacer un inciso: Elisa acaba de llegar hasta donde yo estoy. El lavado del coche ha sido un tanto fallido. Parece ser que lanzarle cubos de agua al coche no basta para limar su costra de suciedad. Para colmo, de vez en cuando pasa un coche por su lado y levanta más polvo que acaba cubriendo nuestro coche, nuevamente. Creo que esto tiene que ver con el mito de Sísifo, ¿no?

Volvamos con Chejfec mientras intento disfrutar de la frugal merienda que hemos traído con nosotros. Me gusta decir de este señor algo que todo el mundo va diciendo por ahí de Jorge Luis Borges, de Borges dicen que renovó completamente el uso del español dentro de la literatura; pues es eso, exactamente, lo que creo que ha vuelto a ocurrir gracias al estilo de Sergio Chejfec. Al menos, para mí, su modo de hilar oraciones es totalmente distinto a otras formas que he ido encontrando últimamente en nuestro idioma. Posiblemente esto tenga que ver con que el uso del lenguaje de Chejfec está íntimamente relacionado con el discurso mental de Chejfec. O, dicho de otro modo, en la obra de Sergio Chejfec se ve con una claridad abrumadora el estrecho nudo que forman el lenguaje y el pensamiento. El pensamiento, como creo que dije en el anterior post sobre este autor, es un personaje literario dentro de su obra. El lenguaje, por tanto, toma un protagonismo distinto, deja de ser en todo caso un medio para convertirse en el leitmotiv de cada uno de sus objetos literarios.

Con Chejfec mi experiencia lectora es muy particular. Lo anuncié más arriba pero no lo expliqué. Hablaré de ello en un momento, cuando regresemos a casa, porque Elisa ha olvidado su material de trabajo y parece harta de dar vueltas por entre las rocas. Además, hace frío, definitivamente hace frío. […] Bien, ya estoy en casa. Vuelvo a estar apoltronado en mi sofá. No hay lugar mejor en el mundo. En el camino de vuelta, Elisa me ha pedido que valore nuestra expedición y he conseguido sacar, al menos, dos cosas positivas: el motivo para este post y el estreno de mis zapatillas de deporte. En todo este año no había tenido ocasión de usarlas, aunque he de admitir que eso no me ha importado nada. El que yo me haya decidido a calzar estas zapatillas ha sido ruidosamente celebrado por Elisa, con risas y chistes sobre la paradoja que este calzado supone en mí.

Pero volvamos a Chejfec. En aquellos conciertos de música que verdaderamente disfruto siempre me pasa lo mismo. Hay un momento en donde mi implicación con lo que estoy oyendo sufre un paradójico punto de inflexión y me lleva a abstraerme de la música gracias al alto valor de la misma. En ese momento, mi cabeza comienza a trabajar con su lenguaje privado, impulsada por ese otro código que me están transmitiendo desde el escenario. Gracias a mi amor por ese código dejo de prestarle atención para centrarme en el mío propio. O, dicho de un modo más llano, empiezo a pensar en mis cosas porque me encuentro tremendamente a gusto. Esto es precisamente lo que me ocurre leyendo a Sergio Chejfec; mi implicación con su uso del código me lleva de vuelta al mío propio y me olvido de leer mientras estoy leyendo.

También creo que debería mencionar la idea del flâneur, del paseante solitario entre la multitud, enmarcada en la tradición literaria de la Modernidad. Pero creo que me voy a saltar todo eso. No voy ser capaz de decir nada que no resulte ridículamente obvio.

Por otra parte y, quizá, por último quiero apuntar una otra idea. Todavía no he leído En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, no me ha llegado aún ese momento. Pero, a día de hoy, tengo unas expectativas bastante bien dibujadas de lo que me voy a encontrar en esta serie de libros. Pues bien, estoy convencido de que Mis dos mundos comparte eso mismo que voy a encontrar en Proust, esas características que siempre se mencionan cuando se habla de su obra. Es probable que me equivoque rotundamente, pero esta sensación me da ánimos para encontrar el momento de leer En busca del tiempo perdido y comprobar hasta qué punto pudiera llevar razón en mis augurios.

Dejo, como colofón, una fotografía con la que Elisa me acaba de sorprender, cogido in fraganti escribiendo el principio de esta líneas en mitad del bosque. Me ha parecido tan extravagante verme ahí que quizá merezca que ustedes la vean. Pueden reírse todo lo que quieran.

Yo, de mayor, quiero ser como Sergio Chejfec

 

Baroni: un viaje, de Sergio Chejfec

Hace varios años, yo estudiaba en Barcelona un máster en Diseño de proyectos expositivos. Mis aspiraciones en la vida eran, por aquel entonces, convertirme en comisario de arte o, con cara dura y mucha suerte, en artista conceptual. Todas las semanas frecuentaba el Macba y el CCCB, y me iba construyendo una idea del arte contemporáneo y de lo que un tipo como yo podría llegar a hacer sin saber pintar, ni esculpir, ni hacer vídeos, ni performances. Un tipo, que, como mucho, sabía juntar palabras y que se preguntaba cómo podría aprovechar esa única destreza para crear objetos artísticos que trascendieran lo estrictamente literario. Esta pretensión me duró solo cuatro meses. Abandoné mis estudios de posgrado y me dediqué, por diversas razones, exclusivamente a sobrevivir, dedicándome a la publicidad, lo único que sabía hacer en ese momento y que me reportaba un sueldo.

Me acordé de todo esto ya en las primeras páginas de Baroni: un viaje, porque enseguida vi en Sergio Chejfec una fórmula posible para lo que yo había estado buscando durante un breve lapso de tiempo. ¿Dónde está Sergio Chejfec cuando se le necesita? Creo que tiene del orden de diez novelas publicadas y ha pasado desapercibido para mí hasta ahora. Señor Chejfec, por lo que leo en sus entrevistas, usted no tiene grandes pretensiones de convertirse en un best-seller; pero haga más ruido, por favor, porque algunos lectores necesitamos más aspavientos para reaccionar. Por la parte que me toca, voy a hacer todo tipo de cucamonas en este post para que otros lectores queden persuadidos de que usted me ha mostrado una nueva forma de escribir.

¿Y cómo explico yo ahora esto? Quizá el mejor modo sea desdecirme, o al menos contradecirme. Hace más de un año escrbí un post sobre Ricardo Piglia, después de leer Respiración artificial y quedar francamente insatisfecho. Se me ocurrió decir:

Pero en Piglia sus novelas pueden estar movidas por cosas como una defensa del estilo de Roberto Arlt, y lo que más daño hace a su novela es que eso ni siquiera es ficción, sino teoría literaria. Si hay algo parecido a una novela sin personajes, es una novela donde las ideas pretendan funcionar como tales.

Se me ocurrió decir esto y quiero seguir pensándolo, pero ahora leo a Sergio Chejfec y empiezo a creer que el pensamiento o, siendo más preciso, la articulación del pensamiento puede convertirse no solo en personaje, sino en protagonista de una novela. Lo que podría ser una crónica, o una biografía, o incluso el catálogo improvisado de una exposición abandona toda aura de verosimilitud para transformarse en auténtica ficción. Da igual que Rafaela Baroni exista y que Sergio Chejfec realizara todo este viaje. El modo en el que el discurso se enfrenta a los hechos es de naturaleza ficcional, es otra cosa muy distinta a los hechos en sí mismos, es ese personaje del que hablo y que se relaciona con lo que ocurre de un modo autónomo e independiente.

Supongo que mi explicación es farragosa e imprecisa. Una de las razones por las que no suelo teorizar mucho sobre lo que leo es porque sé perfectamente que no soy capaz de construir teorías que se sostengan solitas durante mucho tiempo. Uno es más de impresiones momentáneas y de decir lo primero que se le venga a la cabeza y quedarse en la gloria. Bien, entonces soltemos alguna que otra impresión a bote pronto: El malogrado, de Thomas Bernhard. Inevitablemente pensé en Bernhard y en cómo él construye su novela alrededor de Glenn Gould, o alrededor de la presencia de Glenn Gould. Pero la obra de Bernhard queda mucho más limitada que la de Chejfec en los siguientes términos: Bernhard no puede acercarse tanto a Glenn Gould como Chejfec a Rafaela Baroni porque la historia de El malogrado no ha ocurrido; por otro lado, el protagonista de Bernhard es un personaje con su discurso, pero Chejfec va más lejos, su protagonista es un discurso enmarcado dentro de un personaje. De algún modo, me da la sensación de que Sergio Chejfec consigue invertir los términos y cambia sensiblemente las características de la narración.

Mientras escribo esto, tengo la tele puesta y se suceden programas del tipo ¿Quién vive ahí? y Mujeres ricas. Hago este comentario para quitarle hierro a todos mis planteamientos literarios y relajar un poco este punto muerto que no sé explicar. El otro día leí un post del propio Chejfec, casualmente justo antes de comenzar a leer Baroni: un viaje, que ahora puede resultar tremendamente revelador y preciso para entender algo de lo que quería decir al respecto de su escritura. Ahora él viene a salvarme y a poner las cosas en su sitio. Por cierto, una de las razones por las que me decidí a leerlo es por el modo que tiene de hablar de su propia literatura. Sabe hablar de lo que quiere hacer y luego sabe hacerlo. ¿Qué más le podemos pedir a este señor con gafas de pasta?

Aquí copio su post, creo que lo cito debidamente:

Creo que esta lectura precisa una explicación previa, porque se combinan dos temas a primera vista alejados.Por un lado el “yo” en la escritura, la escritura del “yo” o como se la llame en esta época, y por otro lado la importancia del registro documental en la literatura –desde mi punto de vista. Cuando hablo de literatura documental me refiero a una disposición de tipo espiritual, una actitud empática del narrador, o de la narración en general, hacia los objetos físicos, situaciones empíricas o documentos flagrantes en general que se van encontrando en los relatos. No me refiero a recuentos tipo clasificatorio ni a la retórica de las enumeraciones, tampoco a los usos ambientales de los detalles concretos, sino más bien a lo opuesto. Según mi punto de vista, la mirada documental restituye algo del artilugio que no debe perder la ficción, aunque casi siempre pierde por la fuerza de las convenciones en las que en general se apoya, en constante agotamiento progresivo.

La mirada documental puede ser tan arbitraria o esquemática como cualquier otra, porque en definitiva es una composición; y si bien subraya la materialidad física o histórica de los objetos que utiliza, como si se tratara de paisajes, pruebas o artefactos fabricados con el objeto de representarse a sí mismos y a otras cosas, repone, gracias a su falta de confianza en la ilusión ficcional, o a su extrema confianza en la prueba documental, repone, me gustaría insistir, una manera de fábula, un carácter de emblema de otro modo acaso perdido o inhallable, como si los documentos se trataran de fantasías materiales o materialistas, gracias a las cuales los objetos dentro de la literatura ganan una presencia adicional. Esta presencia adicional no es una duplicación o un reflejo, ya que esto es propio de esos mecanismos de ilusión ficcional sensiblemente agotados; más bien si pudieran ser descriptos por asociación habría que pensar en ecos o reverberaciones, disfraces transitorios, formas abstrusas de lo directo.

Lo particular de estas operaciones, desde mi punto de vista, es que colocan la mirada del narrador en un permanente punto subjetivo no redundante, en el sentido de que la misma subjetividad es una condición para desplegar esas miradas y registros que se revelan mejor como puntos de observación, como “testigos” de la representación documental que ejecutan. Es como si los relatos de documentalidad concernieran a la primera persona de un modo muy particular, precisamente por la consistencia a la que se somete su labor objetiva. Y, de ahí, a proponer una asociación entre escrituras medio subjetivizadas y documentacionales, hay un breve paso, porque el registro de lo documental parece ser la única opción literaria posible para que las experiencias asociadas a la “primera persona” mantengan una presencia no amenazada por la irrelevancia.

Chejfec, Sergio (201o, 14 de octubre). Introducción. Parábola anterior. Recuperado el 6 de noviembre de 2010, de http://parabolaanterior.wordpress.com/2010/10/14/introduccion/

En definitiva, lo único que quiero es que a todos ustedes les pique la curiosidad y le metan mano a Sergio Chejfec cuanto antes. Yo sigo tan boquiabierto que estoy pensando seriamente en convertirme en un hombre-anuncio e ir por las calles de Segovia predicando su escritura con una campana en una mano y su libro en la otra.