Sherwood Anderson es de mi pueblo

Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson

Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson

Abro Miedo a la literatura y WordPress me avisa de que hoy es el aniversario del blog. Siete años alimentando este egotismo maquillado de reseñística literaria. Siete años mirándome al ombligo cada vez que leo un libro. En mi caso, es falso eso que dicen de que la literatura te invita a ser otras personas, porque la verdad es que todos los libros hablan de mí. No hay otro tema, no existe otro personaje.

Se me había ocurrido, por ejemplo, para hablar sobre Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, contar que yo soy de pueblo, que yo he tenido mi propio Winesburg, Ohio, titulado Vva. de Algaidas, Málaga. Que, al fin y al cabo, yo también he tenido -como George Willard- mi propio bildungsroman desplegado más en el espacio que en el tiempo, que el pueblo también ha sido un personaje narrativo determinante en mi vida y que la forma de narrar de Anderson, tan natural y desgarbada, es la de la gente reunida en las puertas de las casas en las noches de verano.

Quizá, por todo esto, estaba deseando salir del libro para recordarlo con cariño inmediatamente después de leído. No sé por qué, se me ocurre decir que Winesburg, Ohio, como mi pueblo, es un lugar para no estar; para haber crecido en él, pero para no estar allí nunca más. Y he de reconocer que la mayoría de sus cuentos han hecho clic en mi cabeza, que sus sutiles parábolas han iluminado algo, pero he reconocido demasiados paisajes cada vez que se encendían sus luces.

Da igual que Winesburg sea un pueblo norteamericano ambientado en los años veinte, yo también estoy allí. Más que un lector, me siento un vampiro literario, cuya imagen solo se refleja en sus lecturas. Feliz séptimo aniversario.

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Tres planos yuxtapuestos de Miguel Alcázar

Bulevar 20, de Miguel Alcázar

Bulevar 20, de Miguel Alcázar

A Miguel Alcázar, de momento, me atrevo a filetearlo en tres planos de la realidad, tres lonchas espacio-temporales y fuertemente simbolizadas, tres discursos yuxtapuestos (y compatibles) que configuran una identidad a la que me acerco con cara de curiosidad.

Miguel Alcázar es Mike & Libros. Soy un visitante asiduo de su blog desde hace mucho. Mike & Libros es en verdad una puerta interdimensional que me lleva hasta mis librerías habituales, porque sus post me empujan directamente hacia la compra compulsiva de novelas y más novelas. Ya he celebrado varias veces en mi blog las virtudes de Mike & Libros. Y, por si todavía no había quedado claro, deberían inventar un Miguel Alcázar liliputizado para que nos hable a todos de sus lecturas desde la mesita de noche.

Miguel Alcázar es un tipo más alto que yo con el que me tomé unas cervezas en la Feria del Libro. Es un tipo mucho más guapo que en su foto de perfil y que en la foto de la solapa de su novela. Miguel Alcázar todavía no lo sabe, pero después de compartir unas pizzas, unas risas y unas cervezas voy a querer ser su amigo y querré volver a quedar con él cuando se tercie (¡pobrecito, lo que le ha caído encima!)

Miguel Alcázar es el autor de Bulevar 20, una novela de poco más de ciento cincuenta páginas que acabo de leer en dos mañanas, así, del tirón, y que voy a tratar de digerir en este texto.

¿Pero dónde pongo los puntos de sutura entre todo esto? Soy fan del blog de Miguel Alcázar / Quiero hacerme amigo de Miguel Alcázar / Soy lector de Miguel Alcázar. Si acaso sospechan de que mi opinión acerca de Bulevar 20 va a ser subjetiva y sesgada no estarán descubriendo América. No he dejado de ser en ningún momento desvergonzadamente subjetivo, parcial y prejuicioso desde mi primer post, así que no voy a empezar a guardar el decoro ahora con este hombre.

El caso es que Bulevar 20 habla de mi pasado. Por supuesto, todas las novelas que he leído en mi vida hablan de mí, pero esta, además, es generacional y, por supuesto, Bulevar 20 podría ser un bar de mi pueblo hace quince años.

De hecho, me recuerdo hace quince veranos saliendo a la discoteca de mi pueblo y preguntándome si alguna hija catalana de algún charnego de vacaciones en el Sur o si alguna despistada del pueblo de al lado que hubiera venido para cambiar de ambiente se fijaría en mí y me ahorraría sufrir el suplicio de ser feliz los sábados por la noche. Yo no lo sabía, pero yo no quería pasármelo bien cuando salía de fiesta, yo solamente quería un poco de comprensión en este mundo. Ahora leo Bulevar 20 y me encuentro de nuevo en el bar que es todos los bares de mi adolescencia y miro a mi alrededor y encuentro a todos aquellos que me rodeaban sin mostrarme un ápice de entendimiento. Al fin y al cabo, yo era tan miserable y tan mediocre como todos ellos y esa es la razón por la que todos salíamos al mismo lugar, para compartir nuestra desesperación y para llenar los huecos que iba dejando el absurdo con embriaguez y con el calor del deseo de colarnos en el escote de alguna chica. ¿Es esto la Posmodernidad, Miguel? ¿Agrupar a un montón de gente que se cree especial en una sola fiesta para que todos acaben sucumbiendo con igual estupor ante la más absoluta falta de sentido? ¿Nuestra adolescencia ha sido posmoderna, Miguel? Te pregunto por esto, porque no sé si tienes mucho sentido del humor o mucha mala leche. Tus personajes han logrado que me balancee entre la vergüenza ajena y la nostalgia. ¿Acaso quieres arruinarme el día sacándome el álbum de fotos?

  O, dicho de otra forma, Bulevar 20 es como hacer la película de Torrente con mis fines de semana en el pueblo. A todos nos jode vernos reflejados de esa manera. Podrías haberme alegrado el día, Miguel, y haber convertido ese bareto en el local de Abierto hasta el amanecer. He estado esperando toda la novela a que aparezcan los vampiros -o llámalo como quieras-, a que la tierra se abra y se lo trague todo; he estado esperando, por lo menos, a que esos mínimos guiños metaficcionales se propagaran y lo pusieran todo patas arriba. Pero no, no te has dignado a intervenir. Has dejado que la noche siga y se consuma, has dejado que vuelva a dolernos la esperanza. Y cuando me he dado cuenta de ello he querido irme de tu novela como quise irme de todos los bares de mi adolescencia.

Pero la he terminado de leer. Le doy la vuelta al libro y vuelvo a leer la sinopsis y pienso que me lo he buscado yo solito. Podrías haber hecho como otros y haberte emparentado con los grandes. Por ejemplo: el multiperspectivismo y la épica de esta obra nos traen a la memoria Mientras agonizo, de William Faulkner. O mejor aun: el fluir de conciencia de los personajes se va entreverando como solo lo supo hacer Virginia Woolf en Mrs Dalloway. Pero nada, tú no, tú has mostrado desde la sinopsis lo que íbamos a encontrar dentro y a mí me has dado una noche más de mi adolescencia.

César Aira o la Coca-Cola de la literatura

Cómo me hice monja, de César Aira

Me gusta mucho el vino. Me estoy convirtiendo en un humilde aficionado, no de esos que saben hablar con propiedad de los “taninos”, sino de esos otros, mucho más limitados, que sienten curiosidad por probar todo tipo de caldos para ir cultivando, pacientemente, una torpe pero reconfortante sensibilidad vitivinícola. Si me dedicara a hablar de vinos, no alcanzaría a decir de ellos mucho más de lo que puedo decir de los libros que leo. Sería incapaz de hacer una crítica ortodoxa, en cambio, acabaría hablando de en qué cena y con quién bebí tal o cual botella.

También me gusta el whisky (solo y con hielo). Voy, poco a poco, comprando distintas marcas, esperando encontrarme con nuevas y agradables sorpresas. Sé, además, que aunque el vino y el whisky sean bebidas, no puedo hablar de ellas a partir de los mismos parámetros, del mismo modo que no se puede hablar de Raymond Carver y de Thomas Pynchon -por poner un ejemplo más que discutible- en los mismos términos. Pero, sin embargo, en ambos casos acabo usando cada experiencia única con cada uno de esos objetos como parámetro conciliador para hablar de lo que me plazca.

En este orden de cosas, habría que situar a César Aira, experiencia verdaderamente refrescante a la que habré de volver de vez en cuando. Seguramente, este señor hace mejor que nadie aquello que sabe hacer: tener grandes ocurrencias y saber hilarlas a lo largo de una narración que finalmente se sostenga. En Cómo me hice monja, aparecen tres novelas cortas (cortísimas) en donde se tiene la sensación de que cualquier acontecimiento de los que narra Aira podría encajar en las tres historias que se cuentan o, incluso, en cualquier otra de sus obras. Esto no ocurre porque todo lo que aparezca en el libro sea disparatado y, por tanto, se pueda hacer uso “del todo vale y todo queda bien en cualquier parte”. Quizá sea todo lo contrario. La narrativa de César Aira parece tener una lógica aplastante que se cierne sobre sí misma. Su narrativa es, por así decirlo, un mecanismo en donde, si se siguen las instrucciones (esas instrucciones que Aira ha inventado para sí mismo) se pueden obtener resultados potencialmente infinitos. La narrativa de César Aira es algo así como un Mr. Potato omnivariable. Aunque, al mismo tiempo, esto hace de Aira un Mr. Potato autorrefencial. Él es siempre su punto de referencia, y no los demás juegos.

Por eso, a la hora de situar a César Aira solo me sirve el paradigma de la Coca-Cola. La Coca-Cola es Coca-Cola, ellos inventaron sus propias reglas. Los demás refrescos saben a naranja, piña, limón o a cualquier otra cosa. La Coca-Cola, además, es otra bebida muy presente en mi vida, tanto como el vino o el whisky, pero ocupando otras necesidades. La Coca-Cola es el comodín perfecto, es la bebida que me evita las dudas de arriesgarme a pedir en un restaurante un vino que no conozco y que no sé si me va a gustar o no. La Coca-Cola siempre sabe a Coca-Cola, nunca llegará a los matices del vino, nunca llegará a cotas tan altas, pero tampoco me amargará una buena comida. Uno sabe que un vaso cargado de hielo con Coca-Cola siempre nos va a dar esa experiencia excepcional y limitada en la que podemos confiar.

Después de leer Cómo me hice monja sé que seguiré arriesgándome con nuevos caldos, porque de lo contrario nunca llegaré a hablar de los “taninos” con propiedad, pero siempre podré volver a César Aira si necesito una solución rápida y compatible en cualquier establecimiento donde vendan alcohol.

Hugo Abbati nos abre la ventana indiscreta

Correspondencias, de Hugo Abbati

Un blog sirve para convencerse a uno mismo de que no se está solo. Pero uno está solo. Organizando sus propios widgets en el background de todo esto. Solo, y hablando de libros como coartada. Así, si me preguntan, diré: “Tengo un blog”. Pero en realidad estoy solo.

Pero también hay ventajas. Hay otros blogs (no sé si esa gente está sola, pero me da igual) y uno traba relaciones felices o se pelea con otros escondiendo la cara. Hace un tiempo conocí -virtualmente- al dueño y señor de La Medicina de Tongoy. Aunque uno esté solo, joder, mola encontrarse a tipos así en el ciberespacio. Son muchas las razones. Una de ellas (la más frívola si cabe) es iniciar una suerte de bookcrossing bloguero y recibir libros que pasan por mis manos y acabarán en otras.

Siempre me ha hecho gracia la sentencia de “eso solo pasa en los libros (o en las películas)”. ¿Cosas que solo pueden ocurrir en la ficción? ¡Menuda mierda de vida! Esa sentencia, en realidad, es inofensiva. Me gusta, incluso, la idea de que la ficción sea una especie de superhéroe. De hecho, me preocupa lo contrario, cuando la ficción no parece tener superpoderes.

Correspondencias narra con acento bernhardiano el derrumbamiento progresivo de dos conciencias”, se lee en la contraportada del libro. ¡Tururú! El acento bernhardiano es como los rayos de energía solar que lanza Cíclpe, el de los X-Men. El acento bernhardiano necesita de unas gafas protectoras como las de Cíclope, porque sin ellas arrasaría con todo. Thomas Bernhard tiene superpoderes, Hugo Abbati creo que no.

La relación espistolar de Correspondencias es solo un juego de perspectivas. Nos permite un voyeurismo desde el que solo se ve una parte de toda la escena. Dos señores que comienzan a hablar de sí mismos, siguen hablando de sí mismos; por supuesto, cuando llevan un tiempo hablando de sí mismos, empiezan a quejarse de sus respectivas situaciones, comienzan con el sutil juego del ¡y-yo-más!, y acaban revelando aquellos conflictos que revelaríamos todos si se nos permitiera hablar más de la cuenta.

A mí me dejan hablar en este blog todo lo que me da la gana, y al final siempre sale a flote alguna miseria. A saber: “Un blog sirve para convencerse a uno mismo de que no está solo. Pero uno está solo. Organizando sus propios widgets en el background de todo esto. Solo, y hablando de libros como coartada. Así, si me preguntan, diré: “Tengo un blog”. Pero en realidad estoy solo”. Y es que a los personajes a veces se les va la lengua.

En fin, Correspondencias, de Hugo Abbati, tiene que pasar ahora a mejores manos. Le prometí al maquiavélico maquinista de La Medicina de Tongoy que le enviaría este libro a quien lo quisiera. Así lo haré. ¿Quién lo quiere? Tan solo tienen que ponerse en contacto conmigo y se lo haré llegar en el plazo más breve.