Morirse con Tolstói

La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tostói

La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tostói

Hace un par de días me acordé de mi profesor Jorge Vicente Arregui. Me dio Antropología filosófica, una de las primeras (y pocas) asignaturas que hice de la carrera de Filosofía. Arregui fue el profesor que más y mejor removió mi cabeza durante mi época universitaria. Llegué a sus clases creyendo que no podría ponerme a la altura de los estudiantes de Filosofía y, al final, logré sacar una matrícula de honor (aunque luego confesó Arregui que mi matrícula y la de otro compañero eran debidas a que se trababa de los dos únicos exámenes que más o menos se sostenían). Arregui me marcó profundamente como profesor. Yo pertenecí a la última generación a la que dio un curso completo, porque al año siguiente murió de cáncer. Me acordé de él porque, en un momento del curso, nos dio un pequeño seminario acerca de la muerte. Acostumbraba a ejemplificar la filosofía con obras literarias y en este caso se sirvió de La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tolstói. “Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal”, recuerdo que nos decía para empezar a hablar de Tolstoi y de la idea de morirse. Gracias a aquel seminario leí La muerte de Ivan Ilich, obra que me impresionó muchísimo.

El ejemplo del silogismo que había estudiado en la Lógica de Kizevérter: “Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal”, le pareció toda su vida correcto en relación con Cayo, pero no en relación consigo mismo. Se trataba de Cayo como hombre en general, y eso resultaba totalmente justo; pero él no era Cayo ni hombre en general, sino que siempre fue un ser distinto por completo del resto: él había sido Vania con mamá y papá, con Mitia y Volodia, con los juguetes y el cochero, con las niñeras, y luego con Kátenka, con todos los entusiasmos, alegrías y dolores de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Es que para Cayo existió aquel olor de la pelota de cuero que tanto agradaba a Vania? ¿Es que Cayo había besado así la mano de su madre y es que para él había crujido así la seda de los pliegues del vestido de su madre? ¿Es que había armado un motín en la Escuela de Jurisprudencia a causa de ciertos pasteles? ¿Es que Cayo había estado enamorado como él? ¿Es que Cayo pudo presidir una reunión como él lo hacía?

“Cayo era mortal, en efecto, le correspondía morir; pero, en lo que a mí se refiere, a Vania, a Ivan Ilich, con todos mis sentimientos e ideas, es algo distinto. No puede ser que deba morir. Esto sería demasiado horroroso”. Tal era su estado de ánimo. “Si tuviese que morir como Cayo, lo sabría, me lo diría una voz interior; pero no ha ocurrido nada de eso; todos mis amigos, lo mismo que yo, comprendíamos que lo de Cayo era algo completamente distinto. ¡Y ahora salimos con estas! -se decía-. No puede ser, no puede ser, pero es. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hay que entenderlo?”

Ahora que releo esta obra, no he podido resistirme a la tentación de copiar, palabra por palabra, este pasaje, a partir del silogismo que mi profesor Arregui citaba como si estuviese soltando una pesada piedra sobre nuestros pupitres. Pienso en la ponencia de la próxima semana y pretendo mencionarles a los médicos a Ivan Ilich y contarles de de qué manera vivió su enfermedad hasta el día de su muerte. En un primer momento, su sentimiento de incertidumbre llegó a hacerle desconfiar de su médico, del tratamiento, del diagnóstico y comenzó a dar tumbos, preguntándole a otros médicos, tomando o no lo recetado, según el ánimo etc. (Y les puedo asegurar que esa desconfianza es un tormento equiparable a la propia enfermedad). Más adelante, se dio cuenta de que el problema no estribaba en que su dolencia fuera de riñón o de colon, sino en la posibilidad real y cercana, casi palpable, de su propia muerte. (Es entonces cuando la ansiedad nos consume). Y cuando ya le quedaba poco para morirse se dio cuenta de lo peor: toda su vida, llena de comodidad y de éxito social, había sido una mentira, se había equivocado viviendo, porque siempre había hecho exclusivamente lo que se esperaba de él. (¡Menuda putada!). Sus últimas palabras, las que sonaron en su cabeza en el último momento fueron: “Se acabó la muerte. La muerte no existe”.

Desde hace unos días, no dejo de reseñar La muerte de Ivan Ilich en todas las conversaciones que he tenido. El problema es que no he logrado que a mis amigos y compañeros les llame la atención esta obra y vayan corriendo a leerla antes de decidir cómo quieren seguir viviendo sus vidas. Yo tampoco les he insistido demasiado por miedo a joderles la cervecita en la terraza o el cafelito en el bar del instituto con la idea de que van a morirse. A ustedes, en cambio, les aseguro que leer esta breve obra de Tostói -apenas ochenta páginas- es más importante que la mayoría de cosas que vayan a hacer este fin de semana. Sean felices.