El Wikileaks de Fernando de Rojas

La Celestina, de Fernando de Rojas

La Celestina, de Fernando de Rojas

Lo que más me interesa de La Celestina, de Fernando de Rojas, es su condición de texto peligroso, es decir, se trata de un texto que cuestiona el pensamiento de una época. El código del amor cortés y la moralidad cristiana forman parte de tejido ideológico de finales del siglo XV y principios del XVI, pero Fernando de Rojas pretende descascarillar esa pátina de pensamiento. Debajo hay, entre otras cosas, algo tan común como un par de jóvenes que quieren follar -por mucho que vivan en la Edad Media- y que además van a hacerlo sin casarse. Para llegar a esta realidad tan sencilla, Fernando de Rojas ha necesitado servirse del humor como herramienta de erosión de la realidad, pero, sobre todo, de propagación en el imaginario colectivo. Y por esto podría ser considerado un terrorista de la información y La Celestina un objeto bomba.

Me pregunto quién sería nuestro Fernando de Rojas posmoderno, quién podría proponer un texto que moviera los cimientos de lo que debemos pensar. Me da pena confesar que no sé de ningún escritor que pudiera ostentar ese puesto. Parece ser que la literatura, hoy día, no representa una amenaza. Se me ocurre mirar hacia Internet y pensar en Julian Assange y Wikileaks, por haber sabido descascarillar la pátina de barniz de los mass media tradicionales para desvelar lo que había debajo. Quizá ellos sean los portadores del mismo testigo  y lo hayan actualizado mediante un modelo distinto.

Fernando de Rojas escribió La Celestina a partir de un texto perteneciente a un escritor anónimo. El mismo Fernando de Rojas ocultó su identidad bajo un acrónimo que acabaría desvelando Alonso de Proaza. Los mecanismos de la coautoría y la distorsión de la identidad son verdaderamente muy Wikileaks. A mí me gustaría pensar que Fernando de Rojas ideó junto con otros una estrategia para que el libro circulara con el mínimo riesgo individual posible. Julian Assange se sirve hoy de Internet y Fernando de Rojas se sirvió de un texto dramatizado que, pese a que no podía ser representado como obra de teatro por su longitud, estaba pensado para ser leído en voz alta, es decir, en público. No conozco a nadie que haya leído la ingente cantidad de cables que publicó Wikileaks, pero sí los suficientes como para sentirse aludido. Del mismo modo, quizá nadie tuvo tiempo para sentarse a oír de principio a fin la lectura de La Celestina, pero sí los fragmentos necesarios como para que esta obra surtiera su efecto.

Hacia el final de La Celestina, Pleberio y Alisa, padres de Melibea, hablan de casar a su hija. Pleberio comenta la posibilidad de pedirle a Melibea su opinión al respecto de su casamiento, y Alisa le responde de esta forma:

ALISA.- ¿Qué dices? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de irle con tan grande novedad a nuestra Melibea, que no la espante? ¡Cómo! ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres? ¿Si se casan o qué es casar? ¿O que del ayuntamiento de marido y mujer se procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar aun con el pensamiento? No lo creas, señor Pleberio, que si alto o bajo de sangre o feo o gentil de gesto le mandaremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno. Que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija.

Ambos miran a su hija a través de esa pátina de la que hablaba al principio, por lo que no sospechan lo que hay debajo si se rasca un poco.