Cuando me sentí culpable leyendo a Jonathan Lethem

Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem

Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem

Llevo dos o tres semanas en las que no hago planes, sino que los planes abordan mi (inexistente) agenda y me colocan ahí y allá, con este o con aquella, y yo nunca digo que no y me dejo llevar y me lo paso pipa con la gente y soy razonablemente feliz. Últimamente soy un tío supersociable y, por supuesto, esta racha está generando en mí un sentimiento de culpa que acabará saliendo a presión por algún lado. Se suponía que yo era un tío relativamente huraño, que pasaba muchas horas en casa leyendo y escribiendo, y ahora soy el alma de la fiesta. Y no sigo torturándome porque si alimento más este reproche me voy a echar a llorar delante de la pantalla.

Para colmo, elegí mi última lectura teniendo en cuenta mi vida ajetreada. Elegí leer Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem, porque era consciente de que sería una lectura ligera y llevadera, una lectura que no me causaría demasiadas complicaciones y que no me absorbería demasiado. ¿Se dan cuenta ustedes de la línea que estoy cruzando o es que la culpa me ha convertido en un paranoico? Elegí mi lectura según un criterio determinado por mi vida social. No sé ustedes, pero yo lo veo como un apaga y vámonos.

De todo esto, Jonathan Lethem no tiene la culpa. Él escribió una novela romántica contextualizada en un campus universitario y aderezada de ciencia ficción. Relaciones sentimentales entre cerebritos y una suerte de agujero interdimensional humanizado me parecieron buenas razones para volver a Lethem, además de sentir que le debo algo después de que Chronic City fuera una lectura redentora en la UVI hace año y medio.

Si en las comedias románticas siempre hay un elemento prácticamente fantástico que logra que la pareja tenga un final feliz, Jonathan Lethem sustituye lo fantástico por lo sci-fi para ofrecernos un extraño y emocionante final. Por suerte, Lethem es un profesional de lo suyo y -si le miramos las costuras a la novela- es fácil reconocer cómo sabe construir las escenas con un equilibrio que nunca nos saca de nuestra zona de confort y una soltura casi cinematográfica dentro del género que podría parecer aprendida de Billy Wilder.

Jonathan Lethem hace tan bien lo que pretende hacer en Cuando Alice se subió a la mesa, que he de reconocer que he disfrutado la novela entre sonrisas tontorronas. Pero, una vez reconocido esto, debo confesarlo todo: es una novela tremendamente ñoña desde el mismísimo principio hasta la última página; es ñoña incluso para mí, que, a fin de cuentas, soy un cursi que trata de disimularlo a toda costa. ¿Y cuál es el problema con que sea tan ñoña? Pues que le da al conjunto un tono excesivamente plano, no hay carrusel emocional, no he sufrido por el conflicto que se plantea, no he empatizado con la chica del cuento (y con el chico no siempre); en resumen, la novela es tibia y mullida, como el sofá que colocamos delante de la tele.

¿Y ahora qué? He de redistribuir mi soledad. Por lo demás, creo que me hace falta una lectura más invasiva, una lectura que no pueda sacarme de la cabeza cuando salga a la calle.

A veces soy un personaje de Jonathan Lethem

Chronic City de Jonathan Lethem

Chronic City de Jonathan Lethem

La lectura siempre es la escapatoria. Quien se haya hecho mayorcito sin haberse forjado un hábito lector va a tener que joderse en un montón de ocasiones. La novela Chronic City, de Jonathan Lethem, será siempre para mí como el famoso truco del mago que mete a una persona en una caja y la hace desaparecer durante unos instantes. Lo mío nunca fue la prestidigitación, ¡pero he deseado tanto no estar aquí! He pasado hace poco algo más de dos semanas en la UVI, algo así como mi infierno en vida. Mi cabeza, a veces lograba bloquease y dejarme allí desnudo, en un colchón antiescaras, aguantando los lavados diarios. Pero por mucho bloqueo mental que lograra, no había forma de dejar de estar allí. Se me ocurrió la ingenua idea de traerme Chronic City a la UVI Y así comenzaron mis microfugas.

No voy a describir mi experiencia física y emocional en la UVI, porque estoy seguro de que ustedes ya  la entienden. En alguna ocasión, mi cabeza parpadeaba y dejaba salir un hilito de lucidez. Y es ahí cuando me atreví a pedir que me acercaran Chronic City para leer al menos tres o cuatro páginas. De repente, con el libro entre la manos, escapé del colchón de escaras. Y estuve en el piso de Perkus Tooth, tomando mucho café y fumando marihuana, charlé con Chase y con Abneg y discutí con Oona. Bueno, discutí con todos, menos con el Halconero. Aprendí mucho sobre Brando, gracias a Perkus, y, mucho más sobre música. Aquel agujero era un lugar cálido y distendido. Solo teníamos que salir de allí para ir a comer una hamburguesa justo en la esquina. Pero cuando salía del piso de Perkus, en lugar de una hamburguesería, volvían a crecerme toda suerte de tubos del cuerpo, volvía a pitar el saturómetro.

Empecé a leerlo antes de toda esta mierda y he ido continuándolo, poco a poco, hasta ahora. He tardado mucho más de lo que debiera, y me excuso en que no he leído libro, sino he estado en él para fugarme de cuando en cuando. ¿Y cómo hago yo una reseña de todo esto? Lethem consigue unos personajes muy atractivos, con todos ellos te tomarías una cerveza en la terraza de un bar, y parte de su atractivo reside en sus excentricidades. Es algo así como (atención: esta va a ser una hipérbole inmensa) los personajes de la serie Seinfeld. Todos parecen tener una vida alucinante. Si yo viajara a Manhattan y los conociera me camelarían en media hora, pero recordemos que yo soy un chico de pueblo fácilmente impresionable. Pero en realidad acabas dándote cuenta de que son unos segundones llenos de mal rollo hasta la coronilla, y es ahí cuando empiezas a quererlos.

Ahora sería divertido darle un repaso a Jonathan Lethem. He leído por ahí que si Franzen, que si Pynchon. Pues no me convence ninguno. Sí es cierto que usa, en principio, un realismo que podríamos atribuirle a Franzen, pero hay cosas que chocan mucho, por ejemplo el elemento fantástico que surca la novela, el tigre gigante que va surcando y destruyendo Manhattan. Un cuento genial de lo siniestro, que mitifica las vidas sin rumbo de estos personajes. Por lo que respecta a Pynchon, solo se me ocurre que a Lethem también le gustan los nombres rimbombantes, por lo demás no es encuentro parentesco. Y en cuanto el homenaje a David Foster Wallace, yo no he pillado el chiste.

En fin, una época jodida de mi vida discretamente paliada por un buen libro. No sabría contar mi experiencia de otra forma.