Philip K. Dick en la HBO

 

Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba, de Philip K. Dick

Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba, de Philip K. Dick

Si pudiera pedir un deseo antes de entrar a quirófano sería el siguiente: Quiero que la HBO dedique parte de su presupuesto a resucitar a Philip K. Dick. Cuando lo hayan traído de vuelta a este mundo y lo hayan puesto al día un poco (no es necesario que se entretengan mucho en esto, porque él ya habría atisbado su futuro), la HBO le encargará a Dick el proyecto de una serie de ciencia ficción en la que a priori estén aseguradas las tres primeras temporadas. Philip K. Dick, como productor ejecutivo y guionista, tendrá la última palabra en cuanto a la idea original y la dirección que tomará la teleserie. No dudo de la capacidad de Dick para  tener el proyecto preparado de inmediato; sin embargo, espero que la HBO no se demore en poner en marcha toda su maquinaria, porque me operan la semana que viene probablemente y desearía poder bajarme los capítulos con el BitTorrent durante el postoperatorio, a ser posible en la misma UVI.

A a la hora de encadenar ideas impactantes, seductoras y descabelladas, una tras otra, retorciendo la trama y dejándonos boquiabiertos, me quedo con Philip K. Dick. En estos menesteres, Dick se merendaría a J.J. Abrams, por ejemplo. De hecho, deseo una teleserie creada por Philip K. Dick porque Lost me hizo pensar que la televisión sería el medio ideal para un escritor como él. Ya me he quejado en otras ocasiones de que Dick no es un gran estilista, a veces tengo la sensación de que su narración resulta torpe, o quizá solamente desquiciada. No sé si es por eso que intuyo en él (sin ningún tipo de fundamento) un talento para lo audiovisual que jamás conoceremos (a no ser que la HBO cumpla mi deseo). Es posible que Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba sea una de sus obras mejor escritas. Solo he leído una tercera parte de sus novelas, de modo que tampoco sé si estoy en lo cierto. Qué importa. En realidad, creo que lo que intento decir es que Philip K. Dick parece un escritor cuya imaginación desborda su destreza narrativa, por lo que uno tiene la sensación de estar navegando en un barco que zozobra y que va a la deriva, pero, al mismo tiempo, su singladura resulta un viaje alucinante.

Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba lleva en ocasiones esta imaginación hasta el extremo del disparate, incluso dentro del ámbito de la ciencia ficción. La novela trata sobre el momento previo a un apocalipsis nuclear y los siete años posteriores, por supuesto, con todas sus consecuencias. Adoro la literatura apocalíptica, pero nunca me cayeron bien los perros que hablan, y en esta novela aparece uno. A eso me refiero. Sin embargo, existen otros elementos en los que se vislumbra algo fascinante, como el personaje de Walt Dangerfield, dando vueltas en su satélite, uniendo mediante transmisiones vía radio todos los reductos de civilización que quedan en la Tierra, compartiendo el conocimiento que todavía se conserva y los nuevos descubrimientos que permiten que las poblaciones sobrevivan. Al fin y al cabo, como reconoce el mismo Philip K. Dick en el epílogo, se trata de una novela llena de esperanza. De hecho, es la novela más esperanzadora que he leído sobre el Apocalipsis, y pese a esto la he disfrutado mucho (porque huelga decir que lo que a mí me gusta es que el Apocalipsis mande a tomar por culo a todo el mundo). Los supervivientes se agarran a lo que tienen y construyen sociedades protocapitalistas, intentando imitar sus días pasados. Pese a la multitud de deficiencias, muchos de ellos son más felices así que en el pasado. Quizá con esto Dick nos esté enviando un mensaje político.

Ahora que lo pienso, esos elementos disparatados a los que hacía referencia hace un momento quizá estén poniendo en cuestión los límites de la ciencia ficción. Me pregunto si Dr. Bloodmoney no es en realidad una novela fantástica. La frontera (o al menos una de ellas) entre la ciencia ficción y la fantasía es, expuesta de un modo parco e impreciso, la siguiente: la ciencia ficción propone al lector unas reglas que este acepta, mediante las cuales se explican los sucesos imposibles de la historia; en cambio, en la fantasía, estos sucesos imposibles aparecen en el plano de lo real como elementos inexplicables. Por lo tanto, depende de la intención del escritor de pactar con el lector una explicación para que el mundo que narra sea posible o la intención de que el mundo narrado sea así pese a ser inexplicable. La relación entre ciencia ficción y fantasía es una camisa de once varas, y supongo que si quisiéramos ponerle esa camisa a Philip K. Dick no nos pondríamos de acuerdo con los botones y los ojales, porque Dick no es, por suerte, uno de esos autores que se obsesionan con la idea de que todo encaje dentro de sus historias. No creo que en su visión del mundo las cosas cuadren y se muevan ordenadamente. Quizá leer a Dick no sea asumir unas reglas, sino asumir el modo en que funciona su cabeza. Una vez dentro de ella solo tenemos que dejarnos arrastrar.

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El gurú Philip K. Dick

Simulacra, de Philip K. Dick

Simulacra, de Philip K. Dick

Nos movemos en un mundo extraño, no reconocemos nada a nuestro alrededor y, por tanto, cualquier novedad nos resulta incomprensible. Avanzar es un ejercicio tan enrevesado que muchos acaban por seguir lo que dictan los líderes de opinión, los guías espirituales, los políticos mesiánicos y, en fin, cualquiera que extienda su dedo índice para indicarnos un camino. Yo también me siento muy desorientado, pero, puestos a buscar la luz, prefiero aferrarme a profetas esquizoides y lúcidos como Philip K. Dick. Él es mi gurú y de él extraigo las verdades de este mundo.

Mi problema en mis diversos contactos con mi gurú ha sido el modo de aprehender sus mensajes. Philip K. Dick decidió hacerse escritor pese a que su destreza para contar historias quizá no esté siempre a la altura de sus ideas. De todos modos, esto no evita que sea un gran creador de parábolas, porque es capaz de saldar esta tara con una irradiación que trasciende los mecanismos de la narrativa.

Creo que será mejor que matice esto. Si me quejo de la narrativa de K. Dick es porque Simulacra es una de sus obras menores. Como tantas otras obras de Dick, parece escrita con prisa, con la necesidad de entregarla a tiempo para poder pagar las facturas. Por decirlo de algún modo, parece una novela deshilachada, a la que le faltan unos cuantos remiendos. Esto no ocurre, por ejemplo, con obras como El hombre en el castillo o Ubik, armadas con muchísima más pericia, escritas, supongo, en condiciones más favorables.

De todas formas, todas las obras de Philip K. Dick comparten un mecanismo común. Leyéndolo, uno tiene la sensación de que a Dick no se le ocurren historias, sino que sufre visiones que trata de trasmitirnos. Cada una de sus novelas es como una alucinación en diferido que podemos compartir con él, tan solo hemos de decodificar los poderosos símbolos que nos propone para que lleguemos a experimentar sus mismas epifanías.

Soy consciente de que estoy hablando en términos exageradamente místicos y que de lo literario solo he comentado algunas quejas, pero es que la lectura de Philip K. Dick se convierte a veces en una experiencia psicotrópica. Leer a K. Dick siempre resulta atractivo, tentador, sus obras son esa pequeña pastilla que nos hará ver las cosas de otra manera. Con todo esto, podría parecer que las obras de Philip K. Dick, como es el caso de Simulacra, son una suerte de viaje interior o de ejercicio espiritual. Sin embargo, siempre nos hablan de nuestra relación con los demás. De un modo u otro siempre se nos habla dentro de un plano político, en donde la convivencia aparece distorsionada por las drogas, la teología, la esquizofrenia, la policía, los extraterrestres, el Imperio Romano que sigue en pie, etc Por ejemplo, en Simulacra es más que evidente la obsesión por comprender cómo funciona el poder oficial y cómo se obtiene a través de la conspiración. La política en Dick quizá lo sea todo, porque es el ámbito en el que resulta más evidente la distorsión de la realidad.

Insisto, Philip K. Dick es un profeta. El mundo, a través de sus ojos, cobra un sentido más amplio y profundo, especialmente el mundo en el que vivimos hoy día. Yo soy uno de sus devotos y esto es puro proselitismo.