Madre solo hay una, y Bolaño solo hay uno

Amuleto, de Roberto Bolaño

A menudo pienso en el líquido amniótico. Quizá por eso soy extremadamente casero. Pienso en el líquido amniótico desde hace años ya. Supongo que un recién nacido tiene frío, o hambre, y piensa instantáneamente en el líquido amniótico; pero, a media que el recién nacido va creciendo, se acostumbra al nuevo ambiente al que ha llegado y se olvida del viejo, que se diluye con el paso de los años. El asunto es llegar a una edad en donde se vuelva a pensar en ese antiguo ambiente, uno vuelve a tener sed de ese líquido, y ya no es por frío o por hambre. Quizá hay un punto de inflexión y uno necesita volver a empaparse.

Presiento que la literatura tiene mucho que ver con esa nueva necesidad de sentirse dentro de una piscina de líquido amniótico. Me refiero a la experiencia literaria, a la lectura (y, del mismo, a la escritura) como forma de barnizarse de pies a cabeza para evitar la fricción degradante del mundo, el desgaste del uso de uno mismo en el mundo. Cuando un lector cierra un libro y sale al mundo, a menudo añora el líquido amnótico, y eso es porque se ha malacostumbrado a leer en lugar de hacer otra cosa. Un lector que cierra un libro y sale al mundo es como quien tiene costumbre de usar sombrero y un día lo olvida en casa al salir a la calle. Esa sensación de desasosiego, nimio al fin al cabo, pero que nos incomoda y nos hace que deseemos regresar pronto a casa.

Supongo que yo también he deseado, a falta de vivir constantemente en una acuosidad redentora, sentir cerca a la madre de todos los poetas. Jamás le había puesto un nombre a esta idea, no sabía que se llamaba Auxilio Lacouture. No sabía que ella era la madre de todos los poetas mexicanos y que Roberto Bolaño le dedicaba toda una novela titulada Amuleto. No sabía todo esto hasta ahora, pero confieso que a menudo he deseado salir a la calle junto a una idea, en mi cabeza mucho más abstracta, que coincide de pleno con la madre de todos los poetas.

Bolaño da ganas de leer y da ganas de vivir como si todo fuera literatura. Hoy día, no le pido tanto a la vida. Me conformo con vivir como si todo fuera estar cómodo en casa, sin demasiadas preocupaciones, leyendo a Bolaño o a otros tantísimos. Pero hubo un tiempo en que yo quería vivir como Bolaño dicta (sin haber leído de él, todavía, ni una sola obra), hubo un tiempo en el que yo (nosotros) buscábamos a la madre de todos los poetas, y hubo un tiempo en el que creíamos verla de vez en cuando, por ejemplo, aquella época en Toulouse, hace ya casi diez años, cuando caminábamos de madrugada por las calles aledañas a la Plaza Wilson y un vagabundo, que decía ser de Níger y haber llegado hace años a Francia para estudiar en la Universidad, nos contaba los misterios de la vida en una sucesión de sintagmas en francés, inglés y español, con los que construía verdaderos enunciados poliédricos. Yo no comprendía casi nada de lo que sentenciaba aquel negro desaliñado con aspecto de chamán, pero creí ver, por primera y última vez, sin llegar a saberlo conscientemente, a la madre de todos los poetas.

Todo esto lo cuento como alternativa a la trama de Amuleto, porque si hablo de lleno sobre esta novela habría de referirme a todas las obras de Roberto Bolaño. Amuleto, y su protagonista, Auxilio Lacouture, pueden ser entendidos como una suerte de spin-off de Los detectives salvajes, en donde, en este caso, lo más importante no es enfocar a un personaje secundario con luz propia, sino darle una luz distinta a una historia que ya ha sido contada. Recuerdo la primera imagen que tengo de Arturo Belano. Ulises Lima aparece a su lado. Mi recuerdo es, creo, la primera vez que García Madero se los encuentra. Recuerdo cómo me sobrecogieron, al fondo de aquel ¿almacén de un bar? (no recuerdo el escenario, solo he conseguido retener en la cabeza el ambiente) aquellas dos figuras. Ahora he vuelto a ver a Arturo Belano, pero de otra forma, a través de ese barniz de líquido amniótico que le confería Auxilio Lacouture.

Pasarse trece días sin comer en el lavabo de señoras de la Facultad de Filosofía y Letras. Así una puede viajar en el tiempo y contar historias que no tienen principio ni fin. Eso hace la madre de todos los poetas, tan poderosa como si se tratase del mismísimo Dr. Manhattan, exiliado en Marte y viendo el transcurso de su vida en planos superpuestos para intentar comprender por qué todavía merece la pena la Humanidad. Aunque aquí hay una diferencia insalvable: el Dr. Manhattan podrá proteger el mundo con sus superpoderes, pero jamás podrá ser la madre de todos los poetas, porque no será capaz de consolarlo. Madre solo hay una y, en este caso, la ha escrito Roberto Bolaño.

La importancia de llamarse Roberto Bolaño

La pista de hielo, de Roberto Bolaño

Debería empezar hablando de la habitación de hotel de anoche. De mi día libre. ¿Pero quién está dispuesto a soportar un voluminoso tratado sobre mi día libre? Mi día libre es exactamente el día que comienza cuando anteanoche termino de leer las últimas páginas de La pista de hielo. Tenía que acabar ya a Roberto Bolaño, porque después vendría Bill Callahan y, es justo decirlo, Nacho Vegas. Dos tíos altos como dos castillos. Tras el concierto pensé en lo poco que se rieron. Nadie se reía en el concierto, tan solo Elisa y yo. Nos reímos y nos volvimos al hotel. Luego pensé en La pista de hielo.

Es muy importante llamarse Roberto Bolaño. Es mejor que llamarse de otras muchas formas. Incluso, si ustedes me apuran, uno podría llamarse Roberto Gómez Bolaños. El error de transcripción daría lo que hay entre Los detectives salvajes y el Chapulín Colorado. A mí me viene muy bien que Roberto Bolaño se llame así. Me lo pone fácil cuando me paso varias semanas sin conseguir acabar un libro y tengo que echar mano de las existencias disponibles en un top ten improvisado. Echo mano de La pista de hielo y sé que todo irá bien, y que solo después, en el próximo libro, decidiré si tengo ánimo para arriesgarme con un descubrimiento. Mírenme, soy un lector conservador al que le da miedo equivocarse. Pueden cebarse conmigo si quieren.

Con La pista de hielo uno se acuerda del Faulkner de Mientras agonizo. La Costa Brava funciona aquí del mismo modo que el profundo Sur de los Estados Unidos. Bolaño es capaz de crear un espacio imaginario con posibilidades infinitas y engarzarlo dentro de un contexto conocido por todos. En La pista de hielo, Z es un Yoknapatawpha catalán. Sin embargo, Bolaño se niega a parecer épico en esta novela, pese a la comparación faulkneriana, prefiere el método a-mí-que-me-registren. En Mientras agonizo es toda una familia la que habla de su implicación en un proyecto que parece superarles a todos. En La pista de hielo, también hay un proyecto que parece superarlos a todos, pero no tiene que ver con casi nadie. Por eso, hasta cierto punto los narradores hablan como si pasaran por allí y se sintieran obligados a decir algo al respecto. Afortunadamente, a Bolaño le ha parecido bien que todos estos personajes digan algo al respecto hasta acabar una novelita de unas doscientas páginas. Suficientes para sentirme desahogado durante unos días.

Con el material para esta historia también se podrían haber hecho otras cosas. Por ejemplo: un telefilm de Antena 3 o de Telecinco (al gusto de cada uno). La pista de hielo es tan buena que tiene todas las cualidades para ocupar nuestras sobremesas televisivas con intrigas casposas en las playas españolas. Pero es capaz de contener ese potencial impagable y hacer con los mismos parámetros una obra redonda que funcione dentro de un “ambiente estético” español. ¡Qué fácil era sumergirse en las atmósferas mejicanas de Bolaño! Con el D. F. o el desierto de Sonora como escenarios parecía que casi todo podría funcionar. Pero creo que otro modo de jugársela es cambiar las dosis aseguradas de horror y locura de Méjico por un pueblecito costero cercano a Gerona. Nuevamente, me acuerdo de Faulkner, porque a él solo le hiceron falta un puñado de paletos.

Si a Bolaño se le hubiera dado más tiempo, seguramente podría haber reinventado estéticamente España como escenario narrativo (o al menos Cataluña), podría haber cambiado el código, porque era capaz de contaminarlo con todo lo que ya traía consigo. Me gustaría imaginar que un gran filántropo podría habérsele acercado con mucho dinero bajo el brazo. Le habría dicho: “Querido Bolaño, usted es el escritor del fin de la Historia. Deseo emplear todos mis recursos en que usted consiga para mí un solo propósito: escriba una novela, una novela que trate sobre lo mismo que tratan todas las novelas de varias generaciones de escritores españoles. Pero es de suma importancia que usted consiga que su novela sea la última novela, la novela definitiva. Después de su obra no quiero volver a ver a nadie escribiendo sobre lo que se escribía antes. Usted será el último en hacerlo; después, ya solo será posible escribir sobre otras cosas en España. Quizá así, gracias a usted, consigamos salvarnos al fin.”

Pero Roberto Bolaño está muerto. ¿Tenemos un plan B?