Vigilando a Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

En mi época de oposiciones, trabajé como recepcionista nocturno de un hotel. Pasaba las noches solo, apoltronado en mi sitio, vigilando el sueño de los clientes, previendo que, en el momento menos esperado, podría darse cualquier incidente que truncara la calma de mi turno. Me sentaba a esperar y nunca pasaba nada, noche tras noche, pero mi inquietud siempre era la misma. Imaginen, conservando esa experiencia de meses en mi recuerdo, cómo se puede leer una novela como El vigilante, de Peter Terrin (Rayo verde, 2014).

En esta novela, como en todas partes, caben muchas interpretaciones, hay distintos pálpitos, se alcanzan asideros incompatibles. Pero me atrevo a asegurar que El vigilante no provocará ninguna pelea de bar por motivos hermenéuticos; con este texto y una panda de amigos se disfrutará más de las discrepancias y las contradicciones que del mutuo acuerdo y el consenso general, porque se trata de un texto sugestivo, de los que sigues contándote a ti mismo cuando cierras el libro, tratando de calcular la deriva de la narración.

Y esa extraña virtud me hace no saber por dónde empezar. Quizá por el engranaje de las tres partes, por la idea de que El vigilante, en realidad, es un tríptico que, visto en conjunto plantea tres niveles de una lógica que ya en su primer estadio podría parecer condenada a un cul de sac, pero que, como demuestra Terrin, convierte el tradicional planteamiento/nudo/desenlace en un ejercicio acrobático sobre un fino alambre.

Trato de mantener mi hábito de no hablar apenas sobre el argumento de la obra, pero me apetecería contar de qué va la historia de cabo a rabo. Me apetecería -lo confieso- dar mi propia versión de los hechos. Me apetecería sentarme al lado de Peter Terrin y decirle, sin un ápice de rubor, que lo he calado desde el principio. Me voy a tener que aguantar y que atenerme a otras estrategias. Por ejemplo, durante casi toda la primera mitad de la novela pensé, una y otra vez, en El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, además de en una versión obrera de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. ¿Hasta qué punto estuvieron en la cabeza de Peter Terrin estas dos obras? ¿En qué momento decidió dejarlas atrás y seguir adelante solo? Fue, seguramente, en la segunda parte de este tríptico.

También pensé mucho en Kafka. Pero me mordí la lengua del discurso mental para no decirme Kafka y solucionar la propuesta que plantea El vigilante. En realidad, no vale decir Kafka, porque Kafka vale para casi todo, porque Kafka sirve como desatascador de referencias. Me parece mucho más preciso y acertado decir Cervantes, decir Don Quijote y Sancho sin el colchón de la comedia. Harry y Michel, en este caso, prometiéndose la villa blanca del señor Van der Burg-Zethoven como si se tratrase de la ínsula de Barataria.

Y también pensé en los supermercados Mercadona. Pensé en Sánchez Gordillo y los suyos entrando en uno de ellos para llevarse por la fuerza comida para los necesitados. Pensé, sobre todo, en esas imágenes que vi en las noticias de unos trabajadores del Mercadona defendiendo los productos de su empresa como si ellos fueran los dueños, poniendo en juego su integridad física para salvaguardar unas minucias de las que no dependen sus sueldos. Pensé en la estupidez supina del empleado haciendo el trabajo sucio del empresario, identificándose con él, queriendo complacerlo en todo, pensando en su bienestar como si ese fuera un verdadero sentido del deber. Pues bien, El vigilante también es esto, una lectura política de nuestro capitalismo, en donde la clase obrera afianza y perpetúa la lógica de quien vive a su costa.

El vigilante, de Peter Terrin, también está enhebrado con muchos otros hilos que darían para muchas cervezas en una charla distendida en una terracita. Como en Segovia hace mucho frío, me atengo al solipsismo de mi blog, pero si alguno de ustedes quiere alcoholizarse conmigo, lea la novela y quedemos en algún sitio con sol.

Mi primer y querido Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

C. tomó el libro de la estantería y lo levantó para mostrármelo. Aquí se resumen todos mis miedos actuales, me dijo. Yo tan solo me veía capaz de situar a Iván Turguénev en el marco de la Literatura para quedar bien en una hipotética conversación con alguna rusófila que se atreviera a sonreírme, pero reconozco que Turguénev ni siquiera había entrado todavía en la esfera de autores de los que tenía previsión de leer cuanto antes. C. me alcanzó un ejemplar de Rudin y lo acompañó de su propia faja publicitaria y anímica. Yo me había propuesto no comprar nada en la librería aquel día, pero salí con Rudin bajo el brazo y con la promesa de que no leería la contraportada ni trataría de averiguar nada antes de abrir aquella novelita.

Y así conocí a Dmitri Nikolaich (Rudin), así entró a casa de Daria Mijailovna ya en el capítulo III, tomándose su tiempo para irrumpir en la vida de los demás personajes al tiempo que en mi propia vida. Tanto Daria Mijailovna como los demás asistentes de su casa no tardaron en maravillarse ante el discurso ágil, torrencial y seductor de Rudin, pero a mí no se me hizo tan fácil tomar partido. ¿De qué va el Rudin este?, pensé. Está creando muchas expectativas, pero ¿a dónde quiere llegar con todo esto?, me dije. Ya mucho más adelante sentí pena por él, porque todo ese despliegue discursivo, toda esa prosodia llena de fuegos artificiales, acabó por convertirlo en un mono de feria dentro de una casa decente, llena de gente biempensante, donde todos aplaudían las piruetas de un joven que venía a hacer ruido y no lograba más que entretener las veladas.

Pobre Rudin, cuando sus palabras surtieron efecto, él no supo estar a la altura. Rudin tenía más miedo de sus propias ideas que del que pudo causarle a su asombrado y encandilado auditorio. A la hora de la verdad, ni fue capaz de integrarse y ser uno más entre la buena sociedad ni tuvo el valor de ser él mismo con todas sus consecuencias. Solamente supo envenenarse a sí mismo, acabó siendo un desahuciado de su propia cabeza. Ni fue un héroe ni fue un mártir.

Acabar como Rudin es una putada. Las medias tintas y el miedo a lanzarse de cabeza hacia una dirección pueden jodernos la vida mucho más que el fracaso más estrepitoso. Turguénev construye en Rudin un arquetipo que parece pensado para nuestros días, porque Rudin es el petardo en el culo que a tanta gente le haría falta.

Osamu Tezuka en Antena 3

El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka

El libro de los insectos humanos, de Osamu Tezuka

A lo mejor es que la neumonía y el manga no se llevan bien. A lo mejor es que Osamu Tezuka es, de hecho, considerado como el “dios del manga” y yo, en cambio, un ateo militante. A lo mejor es que El libro de los insectos humanos no es el manual de entomología que yo buscaba. En los hospitales trato de leer cómics, porque, de lo contrario, los compañeros de habitación que me tocan no dejan de entreverar sus chácharas entre líneas. A lo mejor es que la fiebre no me ha bajado. A lo mejor es que el pijama me queda grande. A lo mejor es que no he sabido interpretar el amarillo y el negro de la portada.

No sumo nada si yo también doy fe de que el típico trazo de los personajes Disney con los que me he criado está en el giro de muñeca de Osamu Tezuka. Personajes humanos adoptando posturas de Mickey Mouse, Pato Donald y demás panda de animalitos para hablar sobre la identidad y la empatía; líneas de dibujos reconocibles que se prenden a mi infancia y que prometen llevarme a un lugar oscuro. Si resumiera las preguntas fundamentales que dan pie a la premisa de El libro de los insectos humanos, correría el riesgo de que ustedes quisieran leerlo, y esa no es mi intención, porque el cómo de este relato me ha quitado las ganas. Esto iba a ser una dieta de sordidez para mis cuatro comidas hospitalarias. Al principio, tanta ingenuidad en los personajes, tanta simpleza y tanta frivolidad, parecían el agujero perfecto donde meter la cabeza cuando las cosas se torcieran. Pero solamente he podido asistir (esperando un catapum, o un crash, o un boom, o un crack, o cualquier otra onomatopeya que hiciera trizas las páginas) a una trama que he creído estar viendo en una película de sobremesa de Antena 3; ustedes saben a qué películas me refiero, a esas que tratan de cosas horribles pero que son aptas para todos los públicos, a esas que están hechas con violines estridentes en lugar de violencia, a esas con las que uno puede dormirse con la tranquilidad de que eso solo pasa en las películas.

La culpa, por cierto, también la tiene Perdida, de David Fincher. He querido que El libro de los insectos humanos sea como esta película (ambas obras podrían haberse rozado y yo me hubiera estremecido). Podría haber sido posible si Osamu Tezuma hubiera crecido viendo El club de la lucha en lugar de los dibujos Disney. Nada de esto ha ocurrido, solo una lectura rápida e insípida, una película de Antena 3 para matar el tiempo hasta que me den el alta.

A falta de Park bueno es Tsuchiya

Old boy, de Garon Tsuchiya

Old boy, de Garon Tsuchiya

La primera película que vi de Chan-Wook Park fue Old boy, hace ya bastantes años. Me causó una gran impresión, tanto por la fuerza de la historia como por el estilo y los recursos cinematográficos de este director. Fue un amor a primera vista, que, más adelante, se ha ido consolidando con las otras dos cintas de su Trilogía de la Venganza (Simpathy for Lady Vengance y Simpathy for Mr. Vengance), con Soy un cyborg, con Thirst y con Stoker. Sigo la trayectoria de Chan-Wook Park con entusiasmo y admiración, pero todavía tengo la espinita clavada de no haber sido capaz de regresar a Old boy. Aquella película dejó una extraña huella en mi memoria emocional, por lo que he intentado reavivar aquellas sensaciones viéndola de nuevo. Pero me ha sido del todo imposible, no la encuentro por ninguna parte. No hay manera de localizarla (por cierto, si alguien me la envía en un formato compatible con Mac se lo agradeceré muchísimo).

(Esta es siempre la primera escena que se me viene en la cabeza cuando pienso en el Old boy de Chan-Wook Park)

Todo este rollo es para justificar la lectura de Old boy, el cómic, el texto original, la obra de Garon Tsuchiya y para reconocer que no he sido capaz de leer este texto sin borrar la huella emocional de aquel otro texto cinematográfico. Buscar en Tsuchiya lo que hizo Park es un esfuerzo inútil, porque cada uno se mueve de forma distinta (Park lo hace de un modo extremo y desmesurado, pero infalibe; Tsuchiya con templanza y elegancia, como si el protagonista de su cómic estuviese inspirado en Humphrey Bogart), cada cual plantea su propia atmósfera con la que llenarse los pulmones de deseos de venganza. Tsuchiya no es Park y, en realidad, eso no es tan grave. 

Old boy es un juego sobre la construcción de la identidad, la venganza es solo el motor que ayuda a los personajes a autodeterminarse. La venganza, de hecho, es un lazo tan fuerte entre el protagonista y el antagonista que podría tratarse de un cordón umbilical, de un tránsito en doble sentido que nos lleva hasta un doppelgänger forzado por los acontecimientos y las decisiones vitales. El protagonista solo puede construir unas expectativas de futuro en relación con aquel del que desea vengarse y el antagonista ha construido su pasado reciente a partir de una prolongada venganza. Esta historia, pese a los giros de guion y a las vueltas de tuerca un tanto chirriantes, es un callejón sin salida en donde, poco a poco, vamos comprendiendo que no existe otra opción posible, para ambos ya no hay otra forma de ser uno mismo. Cuando uno acepta este destino, las páginas del cómic avanzan raudamente hacia el desenlace.

Y las páginas ayudan a que la lectura transcurra con velocidad. Este ha sido mi primer manga y, pese a mi desconocimiento técnico, me atrevo a asegurar que funciona de un modo distinto al manga europeo y al americano. Es como si el manga fuera un dialecto particular del código del cómic. Me ha parecido mucho más visual, con menos necesidad de diálogos y con mayor número de viñetas por página, muchas de ellas primero planos o planos detalle que sirven para darle amplitud visual a la escena y que, sin embargo, son puntos de apoyo sobre los que saltar rápidamente a la viñeta siguiente. El manga (recordemos que mi generalización se basa en un solo manga leído) se acerca más al lenguaje cinematográfico, tiene más afinidad con el frame que con la página escrita; quizá por eso las casi mil setecientas páginas (distribuidas en tres volúmenes) de Old boy hayan volado delante de mis ojos y me haya zampado semejante tocho en un plis plas.  Ahora bien, me sería de gran ayuda que algún entendido en manga apareciera para hacerme ver que estoy teorizando sin tener ni idea de lo que hablo.

Si me preguntan si, después de haber leído el texto original de Old boy, sigo echando de menos la mano de Chan-Wook Park les confesaré que sí. Park hizo algunos cambios de guion que funcionan verdaderamente bien y que le dan más fuerza y dureza a la historia. Pero eso no le resta valor a la obra de Garon Tsuchiya. Al fin y al cabo, como dicen en mi pueblo, a falta de pan buenas son tortas.

PD1: Acabo de encontrar una especie de making off sin entrevistas ni comentarios del director, una cámara voyeur que nos permite presenciar el rodaje durante tres horas y media.

PD2: Sobre la versión de Spike Lee solo tengo que decir que ni la he visto ni tengo interés en verla.

Morirse con Tolstói

La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tostói

La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tostói

Hace un par de días me acordé de mi profesor Jorge Vicente Arregui. Me dio Antropología filosófica, una de las primeras (y pocas) asignaturas que hice de la carrera de Filosofía. Arregui fue el profesor que más y mejor removió mi cabeza durante mi época universitaria. Llegué a sus clases creyendo que no podría ponerme a la altura de los estudiantes de Filosofía y, al final, logré sacar una matrícula de honor (aunque luego confesó Arregui que mi matrícula y la de otro compañero eran debidas a que se trababa de los dos únicos exámenes que más o menos se sostenían). Arregui me marcó profundamente como profesor. Yo pertenecí a la última generación a la que dio un curso completo, porque al año siguiente murió de cáncer. Me acordé de él porque, en un momento del curso, nos dio un pequeño seminario acerca de la muerte. Acostumbraba a ejemplificar la filosofía con obras literarias y en este caso se sirvió de La muerte de Ivan Ilich, de Lev Tolstói. “Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal”, recuerdo que nos decía para empezar a hablar de Tolstoi y de la idea de morirse. Gracias a aquel seminario leí La muerte de Ivan Ilich, obra que me impresionó muchísimo.

El ejemplo del silogismo que había estudiado en la Lógica de Kizevérter: “Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal”, le pareció toda su vida correcto en relación con Cayo, pero no en relación consigo mismo. Se trataba de Cayo como hombre en general, y eso resultaba totalmente justo; pero él no era Cayo ni hombre en general, sino que siempre fue un ser distinto por completo del resto: él había sido Vania con mamá y papá, con Mitia y Volodia, con los juguetes y el cochero, con las niñeras, y luego con Kátenka, con todos los entusiasmos, alegrías y dolores de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Es que para Cayo existió aquel olor de la pelota de cuero que tanto agradaba a Vania? ¿Es que Cayo había besado así la mano de su madre y es que para él había crujido así la seda de los pliegues del vestido de su madre? ¿Es que había armado un motín en la Escuela de Jurisprudencia a causa de ciertos pasteles? ¿Es que Cayo había estado enamorado como él? ¿Es que Cayo pudo presidir una reunión como él lo hacía?

“Cayo era mortal, en efecto, le correspondía morir; pero, en lo que a mí se refiere, a Vania, a Ivan Ilich, con todos mis sentimientos e ideas, es algo distinto. No puede ser que deba morir. Esto sería demasiado horroroso”. Tal era su estado de ánimo. “Si tuviese que morir como Cayo, lo sabría, me lo diría una voz interior; pero no ha ocurrido nada de eso; todos mis amigos, lo mismo que yo, comprendíamos que lo de Cayo era algo completamente distinto. ¡Y ahora salimos con estas! -se decía-. No puede ser, no puede ser, pero es. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hay que entenderlo?”

Ahora que releo esta obra, no he podido resistirme a la tentación de copiar, palabra por palabra, este pasaje, a partir del silogismo que mi profesor Arregui citaba como si estuviese soltando una pesada piedra sobre nuestros pupitres. Pienso en la ponencia de la próxima semana y pretendo mencionarles a los médicos a Ivan Ilich y contarles de de qué manera vivió su enfermedad hasta el día de su muerte. En un primer momento, su sentimiento de incertidumbre llegó a hacerle desconfiar de su médico, del tratamiento, del diagnóstico y comenzó a dar tumbos, preguntándole a otros médicos, tomando o no lo recetado, según el ánimo etc. (Y les puedo asegurar que esa desconfianza es un tormento equiparable a la propia enfermedad). Más adelante, se dio cuenta de que el problema no estribaba en que su dolencia fuera de riñón o de colon, sino en la posibilidad real y cercana, casi palpable, de su propia muerte. (Es entonces cuando la ansiedad nos consume). Y cuando ya le quedaba poco para morirse se dio cuenta de lo peor: toda su vida, llena de comodidad y de éxito social, había sido una mentira, se había equivocado viviendo, porque siempre había hecho exclusivamente lo que se esperaba de él. (¡Menuda putada!). Sus últimas palabras, las que sonaron en su cabeza en el último momento fueron: “Se acabó la muerte. La muerte no existe”.

Desde hace unos días, no dejo de reseñar La muerte de Ivan Ilich en todas las conversaciones que he tenido. El problema es que no he logrado que a mis amigos y compañeros les llame la atención esta obra y vayan corriendo a leerla antes de decidir cómo quieren seguir viviendo sus vidas. Yo tampoco les he insistido demasiado por miedo a joderles la cervecita en la terraza o el cafelito en el bar del instituto con la idea de que van a morirse. A ustedes, en cambio, les aseguro que leer esta breve obra de Tostói -apenas ochenta páginas- es más importante que la mayoría de cosas que vayan a hacer este fin de semana. Sean felices.

Gonçalo Tavares me sienta bien

Jerusalén, de Gonçalo Tavares

Jerusalén, de Gonçalo Tavares

Tengo un nuevo sillón para leer. Se trata de mi sillón de diálisis. Es un sillón negro, un poco retrepado, amplio, al que le incorporo un cojín que suple las carencias de la extrema delgadez de mis posaderas. Las enfermeras me han hecho una suerte de mesita de cartón que se acopla al sillón sobre mi regazo para poder colocar el ordenador. Tengo tres horas de diálisis para leer en una sala rodeado de ancianos, todos ellos en camas, adormilados, inmóviles, todos enganchados a máquinas que, de vez en cuando, emiten pitidos desagradables que hacen correr a las enfermeras de un lado a otro de la sala.

En mi sillón negro acabo de terminar uno de los libros negros de Gonçalo Tavares, Jerusalén. Tavares siempre me da lo que espero de él. Ni mucho ni poco. Tavares tiene una medida concreta, y siempre me sienta bien, me sirve de purga, me ayuda a lavarme los ojos para volver a enfrentarlos a nuevas lecturas. Tal y como decía Cristof Polo antes de ser Cristof Polo, “Tavares escribe con lo puesto”; no hay grandes malabares, sino una escritura esquemática, con personajes cargados de simbolismo y prácticamente desprovistos de fondo.

Aunque hay algo que me ha costado asumir en la narrativa de Tavares. En sus obras, y en Jerusalén en particular, los personajes están estigmatizados por la crueldad, viven algún tipo de marginación y todo está imbuido por una estética del dedo-llaga. Pero su estilo evita la empatía. Nada de lo que ocurre en sus historias me duele ni, por el contrario, me hace dar saltitos de alegría. Sus historias son como esas noticias sobre desgracias ajenas que aparecen en el telediario a la hora del almuerzo, no nos afectan lo suficiente como para dejar de masticar el filete que nos hemos llevado a la boca.  Leer a Tavares provoca una sensación extraña. No comprendo por qué disfruto tanto de alguien que no me hace retorcerme de emoción. Quizá se trate de que Tavares me da calma, me relaja, me tranquiliza.

 Un Tavares de vez en cuando es salud, limpia como un zumo de limón en ayunas. Jerusalén me ha purificado, ya puedo volver a intoxicarme con otras lecturas.

 

Lecciones de antimaniqueísmo de Jim Thompson

1280 almas, de Jim Thompson

1280 almas, de Jim Thompson

 

Parecer tonto a veces te da una considerable ventaja sobre los demás. Pero es muy difícil parecer tonto, porque 1º) para eso tienes estar seguro de que no lo eres realmente y 2º) has de estar dispuesto a rebajarte continuamente, sea cual sea la situación que se presente. El alivio de parecer tonto es que tan solo se trata de una estrategia circunstancial. Uno se hace el tonto para tomar una posición privilegiada ante los demás, que bajan la guardia, y poder actuar desde ahí con inteligencia y con el beneficio del factor sorpresa. Cuando uno deja de parecer tonto, ya es demasiado tarde para el contrincante.

El protagonista de 1.280 almas  me ha cogido absolutamente desprevenido. A mí y a todos los demás personajes de la novela.

Un compañero de trabajo había traído para mí esta obra de Jim Thompson. Me abalancé sobre ella excitado ante una nueva y desconocida incursión en el género negro. Enseguida tuve una opinión. Y, por supuesto, enseguida quise trasladarle mi opinión a mi compañero para que viera lo rápido que había calado al protagonista. Puse a parir a Nick Corey -el protagonista- por zoquete, vago, irresponsable, etc. Es decir, un personaje construido con una habilidad genial desde la primera línea.

En 1.280 almas, título que responde al número de habitantes del poblado del que Nick Corey es comisario, no aparece una sola persona en la que confiar. No hay buenos en esta historia. Sí hay gente más espabilada que otra, y su protagonista parece desenvolverse entre todos con orgullosa estupidez, en un mundo que traspasa el género negro y adquiere un fuerte tufo a western, a barbarie, a sálvese quien pueda, a solo uno de los dos saldrá de esta, a sobrevivir a toda costa. Ante este panorama, nuestro protagonista se va elevando poco a poco como un globo aerostático que vuela sin hacer ruido. Nick Corey parecía tonto, y yo fui el primero en tragármelo.

No puedo dejar de pensar, por pura coincidencia, en que hace unos días vi Django desencadenado, la última cinta de Quentin Tarantino. Y quise reconocer esa estética descarnada, cómica y atroz de sus pelis en las páginas de Jim Thompson. Me pregunto ahora si Tarantino es un buen lector, me pregunto si habrá devorado las novelas de Thompson y si se habrá producido alguna suerte de ósmosis entre ambos. A fin de cuentas, Jim Thompson fue un importante guionista en Hollywood.

Gonçalo Tavares construye un escaparate

Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares

Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares

Escribo mientras mis alumnos hacen un examen de recuperación. Tengo que levantar la cabeza de cuando en cuando para cerciorarme de que sus posturas no revelan ningún intento de copiarse del compañero. Por suerte, son pocos y no es difícil controlar la situación. Los miro a ellos, pero hace poco miraba las últimas páginas de Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares.

En esta novela, Gonçalo Tavares plantea la vida y obra de un personaje cruel y despiadado en una suerte de hagiografía del mal, un cirujano todopoderoso en su profesión que se transforma en político movido por una concepción del mundo quizá fascista y civilizada a un mismo tiempo. Supuse que me enfrentaba a un personaje carismático, pero al acercarme a él no pude llegar a tocarlo. No sentí en mi fuero interno, por desgracia, su visión perturbada, no me provocó ninguna clase de temor, porque la novela está construida de modo que aquello que se cuenta parece desarrollarse dentro de una pecera. Se mira, pero no se toca. El protagonista parece desfilar a lo largo de los cortos y numerosos episodios como una top model encima de una pasarela. Solo podemos desear palpar lo que vemos –lo que leemos–, pero existe una distancia habilitada para que eso no sea posible.  Este es, por ejemplo, el sentimiento contrario al que tengo cuando me enfrento a los personajes de Thomas Bernhard. A ellos sí los vivo, acaban contaminándome e incluso me obligan a sentirme identificado con ellos mismos.

Durante la lectura, he tenido la sensación de que esta novela ha sido fácil de escribir. No quiero insinua -a tanto no llega mi arrogancia- que yo hubiera sido capaz de escribirla. Quiero decir que al autor le ha resultado una escritura sencilla. No creo que esta sea una de esas narraciones que “parecen” simples, pero que, en realidad, requieren una ardua labor de engranaje. Hacer que lo difícil parezca fácil es una virtud extraña, cuando pienso en esto siempre me acuerdo de Roberto Bolaño o, incluso, de Raymond Carver ayudado por Gordon Lish, su editor. Tavares es un escritor lleno de virtudes, pero yo me apostaría algo a que no sudó demasiado armando esta historia. No obstante, no creo que esto tenga que mermar la calidad de la novela, es una sensación y ya está.

De hecho, lo mejor que he sacado de Aprender a rezar en la era de la técnica ha sido unas ganas tremendas de leer otras obras de este señor, otras obras en donde encuentre eso que tanto me ha gustado siempre en Tavares y que no me queda claro si he encontrando en esta ocasión. Echo de menos la sensación de Un hombre: Klaus Klump o la de La máquina de Joseph Walser, o la de Biblioteca.

Acabo aquí, porque el examen está terminando. Mis alumnos comienzan a marcharse. Algunos me confiesan que mañana no vendrán a clase, que nos vemos a la vuelta de vacaciones. Estoy empezando a salivar de felicidad ante la idea del tiempo libre.