Fuegos artificiales para William March

Compañía K, de William March

Compañía K, de William March

Discúlpenme, pero hoy tengo la cabeza muy espesa y no consigo darle una dirección a este post, y eso es una auténtica pena, porque se trata de un descubrimiento que me ha dejado impresionado. Me refiero a Compañía K, de William March. No encuentro razón para comportarme con más torpeza de la habitual, no pesa sobre mí ninguna preocupación ni tarea pendiente, he dormido bien esta noche y me acabo de echar una siesta mientras televisaban la natación sincronizada. Se me han ocurrido varios comienzos que en principio me parecían atractivos, pero que, a lo largo del día, no he tenido más remedio que desechar por desmedidos, así que no los voy a detallar para no sonrojarme. Estoy ante un gran libro y no se me ocurren los fuegos artificiales apropiados para celebrarlo. No importa, no hay que desesperarse. Hagámoslo sencillo, mi humilde opinión es esta:

Leyendo Compañía K, de William March, no he podido dejar de pensar en La perfección del tiro, de Mathias Enard; de hecho, la única novela bélica que había leído hasta el momento. No he pensado en ella por el parecido, sino por su antagonismo. La novela de Mathias Enard es un ejercicio de hipersubjetivización, se nos narra una historia a través de la mirilla de un fusil y esta siempre está condicionada por la posición que logre el francotirador para realizar su misión: disparar y relatar. La novela de Mathias Enard requiere un acto de fe en su personaje, si no confías en su palabra no verás la guerrra. La novela de William March, en cambio, nos propone una experiencia colectiva. No tienes que confiar en toda la tropa, pero puedes oír, uno a uno, los testimonios de cada soldado. La guerra es intersubjetividad y el lector está viéndola en el libro en 3D. Así que podríamos decir que Mathias Enard nos acercaba al misticismo y William March a una microcultura.

Piensen en Mientras agonizo, de William Faulkner, coetáneo, por cierto, de William March, y maximicen el multiperspectivismo hasta dimensiones monstruosas. Faulkner narraba una tragedia desde todas las posiciones de una familia, mientras que March narra una guerra desde todas las posiciones de un ejército. El resultado es un pequeño zeitgeist bélico, capaz de calar en nuestros huesos, a la larga, con mucha más fuerza que la retransmisión en directo de un ataque en Fallujah.

Una vez dentro de Compañía K, uno percibe a cada soldado-personaje como un segmento, pero cada segmento tiene su propia naturaleza, su escala de valores, sus expectativas, sus creencias etc. Asimismo, cada segmento funciona como un microrrelato autosuficiente y valioso por sí solo. Por suerte, para confirmar esto tengo una prueba empírica: al final de cada uno de estos capítulos se me ha ido escapando una carcajada o una exclamación de algún tipo o he lanzado un insulto. Podría decirse que cada capítulo ha provocado una reacción concreta en mí, independiente de la suma de la novela. Tanto es así que, en el transcurso de la lectura, mi amadísima Elisa Calatrava solía volver la cabeza hacia mí, a veces incluso con cierto sobresalto, para preguntarme qué me estaba ocurriendo y por qué soltaba esos grititos. Yo la tranquilizaba alegando que era por el libro, a lo que ella solía responder: “Pues sí que tiene que ser buena la novela”. Lástima que ustedes no hayan podido oírme lanzar esos grititos al final de cada capítulo, eso sí que hubiera sido unos buenos fuegos artificiales para celebrar esta obra.

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