¿Habrá cogido alguna vez Rafael Pinedo el Metro de Madrid?

Subte, de Rafael Pinedo

Subte, de Rafael Pinedo

Mi amigo Luis ya no vive en Madrid, hace años que se fue de allí. Todavía hoy, cuando recuerda que todas las mañanas tenía que tomar el metro en hora punta, comienza a sentir los primeros indicios de la ansiedad. La superficie no es mejor. Ayer, mi amadísima Elisa Calatrava y yo nos pasamos hora y media intentando aparcar cerca de Callao para ir a la Fnac -hasta que abortamos el plan- y luego intentando aparcar cerca de Huertas para ir al Populart, hasta que acabamos encontrando un sitio en Lavapiés, a tomar por culo de lejos. Hora y media dando vueltas en coche, no exagero. Si tuviera que elegir un lugar para quedarme después de un apocalipsis, si tuviera que elegir entre una superficie llena de coches o unos túneles subterráneos atestados de gente, no sabría decidirme. En Matrix se lo tienen montado bastante bien allí abajo, pero en Subte, de Rafael Pinedo, la vida podría ir mejor.

Subte es la obrita con la que Rafael Pinedo concluye su trilogía apocalíptica. Tres nouvelles en donde se nos presentan tres bonitas opciones del mundo después del fin del mundo. De Plop y de Frío ya he hablado, pero no puedo dejar de mencionarlas para referirme a esta última. Me parece curioso, o al menos digno de mención, que en Plop y en Subte Pinedo haya decidido presentarnos un mundo muy posterior a aquello que desencadenara un posible apocalipsis, mientras que en Frío nos muestra, precisamente, el transcurso del mundo que conocemos hacia su destrucción. Plop y Subte son mucho mejores que Frío, y Plop, tal y como ya me comentaban algunos amiguetes de la blogosfera, es, sin duda, la mejor de la trilogía.

El Subte el sol se ha convertido en un verdadero cabrón y la civilización se ha visto obligada a  huir a los túneles del metro. Allí ha montado sus tribus y ha desarrollado su propia cultura. Una vez más, Rafael Pinedo consigue enfocar su historia hacia esa antropología del apocalipsis que tanto me seduce, como si se tratase de un pequeño Lévi-Strauss haciendo sus estudios etnológicos a lo largo de las vías abandonadas del metro, en donde el nacimiento, la alimentación o el sexo son los principales objetos de interés.

Rafael Pinedo es un tipo muy seductor, nos sugiere fines del mundo posibles y nos hace su pequeña antropología cultural, pero lo deja todo en cien páginas por obra. Es muy bueno sugiriendo, pero no se atreve a construir algo sólido y contundente. Quizá sea un tipo muy listo y no se considere capaz de hacerlo y por eso no se ha arriesgado más en su narración, quizá sepa muy bien cuáles son sus armas y haya decidido limitarse a aquello que tiene bajo control. Esto lo honra como escritor, pero a mí me falta novela. En Subte, por ejemplo, hay un momento en donde la protagonista entra en contacto con una tribu distinta que vive mucho más hacia abajo, donde ya no llega mi un solo resquicio de luz. Allí las cosas funcionan de un modo totalmente distinto, y nuestro pequeño Lévi-Strauss casi se convierte en una película de Cocodrilo Dundee llegando a Nueva York con un cuchillo muy grande en la cintura y una total falta de empatía. Decir esto es muy exagerado, de acuerdo, pero la falda de profundización de la novela me hace sentir el miedo de ver aparecer a Cocodrilo Dundee al pasar la página.

Lástima que Rafael Pinedo se haya muerto, porque este tipo podría haber dado mucho más de sí. Con su Trilogía sobre la destrucción de la cultura he echado tres ratos muy buenos. Eso ya es mucho, eso ya es de agradecer.

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Rafael Pinedo no tiene ni idea del frío que hace en Segovia

Frío, de Rafael Pinedo

Frío, de Rafael Pinedo

Después de leer, hace cosa de un año. Plop, de Rafael Pinedo, quedé tan fascinado que acabé escribiendo un post sobre mi visión del apocalipsis. Pinedo había sido capaz de esbozar un paradigma tremendamente sugestivo y en mi cabeza se sucedían toda clase de ensoñaciones sobre el fin del mundo. Tiempo después, descubrí que Pinedo había vuelto a probar suerte imaginando que el mundo se iba al garete con dos novelas más. Una de ellas es Frío, la obra que acabo de leer; la otra es Subte, que, pese a todo, leeré si me la encuentro en alguna librería.

Frío es una novela tibia si uno tiene que joderse con el invierno segoviano. Después del frío que he pasado estos días y después de que los segovianos se jacten de que esto no es nada si se compara con el clima de hace quince años, yo no me dejo impresionar por una novela donde haya mucha nieve y donde  se desplomen las temperaturas, por muchas migraciones que hagan las monjitas de la novela.

Pese a que Plop y Frío pueden enmarcarse dentro de la ciencia ficción apocalíptica, entre ambas hay una sensible diferencia de género. Mientras que Plop representa un paradigma que se sostiene a sí mismo, Frío pertenece a ese subgénero al que podríamos llamar Qué pasaría si…, es decir, una trama basada en imaginar cómo reaccionaría el ser humano en una condición determinada. Aquí el ejemplo está claro: una descomunal bajada de las temperaturas hace que vivir, tal y como lo hacemos hoy día, se haga imposible, así que todo el mundo decide migrar hacia tierras más cálidas, a excepción de una joven que, por alguna razón indeterminada, se queda en la escuela de monjas de la que es profesora. Todas las monjitas se van y no sabemos si logran tener éxito. En cambio, el lector se queda presenciando cómo se las arregla esta chica para sobrevivir entre tanto frío y para comer todos los días. Es decir, la novela se parece a un capítulo del programa televisivo, protagonizado por Bear Grylls, El último superviviente.

En el prólogo de la novela, Elvira Navarro afirma que la trilogía de Pinedo trata sobre la destrucción de la cultura. Después de leer las dos primeras obras, mi impresión es justamente la contraria. Pinedo escribe sobre la insistente pervivencia de la cultura en los seres humanos. Siempre que quede un ser humano que haya vivido alguna vez en sociedad habrá hábitos culturales que se seguirán reproduciendo. En Plop quedaba patente dentro de esas microsociedades llenas de tabúes y rituales. En Frío, nuestra protagonista se queda sola; pese a esto, ella misma se encarga de reproducir los ritos culturales que le fueron enseñados cuando vivía en sociedad. Cuando las estructuras sociales desaparecen, la cultura pervive, pese a que tenga que mutar y cambiar sus símbolos.

En el caso de la protagonista de Frío, nos encontramos ante un personaje ultrarreligioso que reparte su tiempo entre la supervivencia estrictamente animal y los deberes de una cristiana devota. Supongo que esta contraposición, esta tensión entre el instinto de supervivencia y un insoslayable sentimiento religioso deberían constituir el punto fuerte de esta obra. ¿Cómo es posible que en condiciones tan adversas uno le dedique tanto tiempo a estar bien con Dios? Este tema, tal y como se desarrolla a lo largo de la obra, se torna, a mi entender, absurdo e incomprensible. Pese al intento de Pinedo de jugar a pervertir los símbolos tradicionales del cristianismo, el resultado es tosco y no llega a pellizcarme. Es más, en lugar de resultarme un planteamiento atractivo, consigue, desde las primeras páginas, que la protagonista me caiga mal y que desee que se muera pronto. Quizá el problema estribe en el escaso desarrollo psicológico del personaje. Pinedo se sirve de tan pocos recursos narrativos que acaba haciendo girar la trama alrededor de un personaje plano, estereotipado y mal definido.

Del mismo modo que consideré Plop muy superior a la otra obra apocalíptica que estaba de moda en ese momento, La carretera, de Cormac McCarthy; creo que Frío queda bastante por debajo. Es una pena que esta segunda tentativa no tenga la lucidez y el genio de la primera. Ojalá con Subte haya más suerte.

 

Rafael Pinedo da rienda suelta a mi paranoia apocalíptica

Plop, de Rafael Pinedo

Hace unos días vi La caída de los dioses, y quería comentarles a mis amigos en Facebook cuánto me había impresionado la película, pero no sabía cómo expresarme, qué decir al respecto, cómo compartir con ellos mi excitación. Por suerte, ahora lo tengo un poco más fácil, porque acabo de leer una novela que me ha hecho pensar mucho en La caída de los dioses, acabo de leer Plop, de Rafael Pinedo, que habla más o menos de lo mismo.

Se me ocurre una razón para el Nazismo. Todo aquello fue un ensayo para el apocalipsis. Con el Nazismo vimos, grosso modo, qué nos espera y cómo nos relacionaremos los unos con los otros cuando todo se haya ido a tomar por culo.

Hoy hace un buen día y me apetece hablar del apocalipsis.

Parto de la idea de que la Humanidad empezó a trabajar en el apocalipsis en el momento en que las primeras manadas dejaron de ser nómadas y se convirtieron en poblados sedentarios, en el momento en el que empezaron a transformar el mundo en lugar de adaptarse a él.

Hoy día, hablamos del fin del mundo gracias al cambio climático, a la bomba atómica, a la superpoblación, etc. Pero el fin del mundo comenzó hace mucho y se ha estado desarrollando suavemente hasta ahora. Esto es, por decirlo de algún modo, que durante la mayor parte de la Historia de la Humanidad hemos vivido labrando un apocalipsis-soft, un apocalipsis distendido e ignorado, como el que sufre una piedra que se desgasta por el caudal de un río. Por fin hemos llegado al punto de inflexión, gracias a todas estas problemáticas que nos han obligado a hablar sin tapujos del fin del mundo, y nos hemos embarcado en un apocalipsis-hard. Por fin prevemos lo que nos espera y ahora queremos dar marcha atrás. Pero ¿marcha atrás hacia dónde?, ¿hacia el nomadismo? Sabemos que nuestras estructuras sociales no volverán a ese extremo, por lo tanto, por muy atrás que volvamos, solo podemos optar por regresar a un apocalipsis-soft y esperar pacientemente a que el punto de inflexión se haga inevitable y volvamos de lleno a la etapa dura.

No hay una marcha atrás real. No puede haberla. Nos hemos considerado como el último eslabón dentro de la evolución de las especies; en realidad somos el fin: nuestra misión como especie, nuestra misión vital es, precisamente, apagar la luz y cerrar la puerta. Si esa idea perteneciera al sentido común, nos sería mucho más difícil alcanzar nuestro objetivo animal. Solamente la religión podría mantenernos distraídos, haciéndonos que nos esforcemos, inútilmente, en otros objetivos ficticios.

Supongo que no es coincidencia que el ateísmo se esté extendiendo en esta época de apocalipsis-hard. Si hemos tomado, finalmente, conciencia de nuestro destino, no es necesario que sigamos guiando nuestras vidas a través de una fe. La fe a gran escala quizá se esté acabando, pero a cambio hemos diseñado un placebo para mantener nuestras expectativas de supervivencia ante la previsión del fin del mundo. El Ecologismo busca suplantar el Reino de los Cielos por otra tierra prometida: un mundo sostenible, es decir, una parálisis del apocalipsis en donde se pueda sobrevivir, siempre y cuando consigamos mantener el mesiánico proceso regulador que nos promete esta nueva doctrina. Cuando imagino, por cierto, la idea de un mundo sostenible siempre se me aparece la imagen de un castillo de naipes.

Ahora, avancemos un paso más allá y entremos en el mundo de Plop, la novela que ha desatado este post. No sabemos qué ha ocurrido exactamente antes de esa era, pero es evidente que tanto las religiones como el Ecologismo han fallado. No hay ni rastro de lo uno o de lo otro en toda la novela; a lo sumo, se conserva el hábito de tener tabúes, que son más un eco de un pasado desconocido que verdaderas normas simbólicas para evitar daños reales. Los habitantes de esta novela luchan por sobrevivir cada día, y solo pueden hacerlo volviendo al nomadismo, ya que se han vuelto prácticamente incapaces de alterar su entorno. Han vuelto forzosamente al estadio anterior al apocalipsis-soft, y quizá por eso aún queda esperanza en la novela.

Las conductas de preservación que se dan en Plop son extremadamente crueles, pero altamente efectivas. Vistas desde la perspectiva del estado del bienestar, podríamos interpretar esos actos humanos como miserables, podríamos usar un amplio repertorio de calificativos que distanciaran a los personajes de Plop de nuestra conducta social, que sonaran a reproche, que sonaran a condena. Por otro lado, son, precisamente, todos esos comportamientos humanos susceptibles de crítica en Plop, los que creí ver en los personajes de La caída de los dioses, de Luchino Visconti. Tanto en el Nacismo como en el Apocalipsis, estas dos obras –la película y el libro– nos presentan un mismo patrón humano, porque el primero es, como ya he apuntado antes, un ensayo del segundo. Quizá no queramos comprender cómo los seres humanos no supieron afrontar de otra forma el Nazismo. Quizá, sencillamente, estaban actuando con naturalidad ante un evento de tal magnitud. Si esto es así, volveremos a cometer los mismos actos –retratados en La caída de los dioses y en Plop– cuando el apocalipsis haya culminado y tengamos que dar el último paso para cumplir nuestro objetivo animal.

Fotograma de "La caída de los dioses", de Visconti (Se me ocurre que esta escena está muy relacionada con las escenas festivas de "Plop")