Dostoyevski nos propone un cursillo de superación personal

El doble, de Fiódor Dostoyevski

Acabo de despertarme de una pequeña siesta. Me había quedado dormido en el sofá nada más terminar El doble, de Fiódor Dostoyevski. Cuando desperté, el final de la novela todavía estaba allí (sí, como un dinosaurio). Me ha estado esperando, para seguir provocándome ese deseo de huir que me producen algunos de mis escritores favoritos. No me refiero a huir de mi casa, a hacer las maletas, dejar una nota y marcharme. Me refiero a una huida que me lleve más allá del final del libro. ¿Qué hay justamente después del último paso de personajes como este señor Goliadkin? Hay una lanzadera que solo puede catapultarme desesperadamente hacia otro libro como único punto de fuga.

En realidad, después de leer El doble, no estoy pensando solamente en Dostoyevski, porque hay un segundo escritor que ha estado escribiendo esta novela casi ochenta años más tarde. No ha estado escribiendo esta novela, sino otra, El proceso, pero en mi cabeza han funcionado de un modo similar, en mi cabeza se han disipado esos casi ochenta años que separan una de la otra. En mí, el deseo de huir hacia la literatura ha sido el mismo en Dostoyevski que en Kafka.

El doble es la segunda novela de Fiódor Dostoyevski. Uno podría esperar (y ver así sus expectativas colmadas) una versión “Looney Tunes Babies” de Crimen y Castigo o de Los hermanos Karamazov. Uno podría pensar que a estas obras solo se llega en la madurez y que los primeros intentos narrativos son un prurito de esa genialidad que todavía está por dejarse ver en todo su esplendor. Afortunadamente, cuando pienso alguna idiotez de ese calibre acabo dándome con un palmo en los dientes. El doble es otra cosa, otro proyecto narrativo anterior al Realismo psicológico que conecta directamente con una sensibilidad claramente ulterior. Esta obra, que trata sobre la figura del doppelgänger, funciona, en sí misma, como doppelgänger retroactivo de otra obra, la de Kafka, que estará por venir y, supongo, no podrá dejar de mirar hacia atrás y de ver, ochenta años antes, a su doble.

¿Y por qué insisto tanto en esto? Un día llaman a la puerta de Josef K. y lo arrestan sin que este pueda entender por qué. Un día aparece en la oficina del señor Goliadkin un nuevo empleado que se le parece y que, sin embargo, recibe los favores de todo el mundo sin que él pueda entender por qué. En algún momento, el absurdo llega a nuestras vidas y la lógica de nuestras acciones se ve forzada a construirse adoptando ese absurdo como axioma. Nos vemos abocados a razonar en un código alterado, porque el absurdo ha cambiado el orden de las piezas del mecanismo. El resultado, esto lo vemos desde la primera visita del absurdo, va a ser una catástrofe, pero deseamos llegar a ella cuanto antes para que el absurdo se disipe y, si queda algo después, todo pueda discurrir con la normalidad a la que estábamos cariñosamente acostumbrados. Aunque, claro, después nunca hay nada.

La gran diferencia entre estas dos obras estriba en la forma que adopta el absurdo. En Dostoyevski todavía podemos encontrarlo en un estado antropomórfico. La figura del doble ya no representa el terror romántico, sino otro terror mucho más moderno, precisamente el absurdo del que estamos hablando. Pero sigue siendo un hombre, otro hombre, un igual, una comparación, un espejo al que mirarnos y sentirnos infelices. En Kafka, en cambio, ese punto claro y preciso a donde mirar desaparece. La personificación del absurdo se deshace y se sublima en algo mucho más ilusorio. No, ilusorio no; sino en algo mucho más atmosférico, lo atmosférico podría parecer una ilusión en principio, pero está ahí, físicamente, en todas partes. El salto de escala es notable; el absurdo es adoptado por lo social, se cobija en la estructura y cristaliza en la burocracia. Ya no podemos mirar al absurdo a la cara, sabemos que nos ha visitado, pero no podemos mirarlo a la cara.

Cuando Dostoyevski nos propone un doble, todavía nos está dando la oportunidad de que nos defendamos. El psicologismo de Dostoyevski parece plantearnos, en principio, una solución: nos dice que si cambiamos nosotros el otro dejará de ser nuestro doble. Goliadkin acude a su médico al principio de la novela (y un médico siempre es alguien que nos ayuda a cambiar) e inevitablemente vuelve a encontrarse con él al final. Goliadkin no supo aprovechar la oportunidad que se le brindaba, no supo superarse a sí mismo, es decir, no supo superar el absurdo a través de la diferencia. El señor Goliadkin no supo entender que todo era un cursillo de superación personal. Josef K., en cambio, nunca tuvo esa esperanza; lo de Josef K. no fue un cursillo, sino un proceso. Claro, visto de otro modo. Dostoyevski nos está engañando descaradamente, nos está poniendo una zanahoria delante de las narices, es cierto, pero esa zanahoria es seguida por un burro. Es decir, el señor Goliadkin ya era un idiota detestable antes de la primera visita del absurdo; Josef K., en cambio, no dio visos de ser así, quizá era una persona inteligente y sensible antes de su proceso, aunque eso nunca lo sabremos.

En un caso o en el otro, a estos personajes se les obliga a estar por encima de sus posibilidades (y no lo consiguen), y eso nos recuerda que nosotros también deberíamos poder superarnos a nosotros mismos (yo, personalmente, tampoco lo consigo). Quizá, debido a obras literarias como estas, capaces de plantear así al individuo ante su propia catástrofe, se hizo necesario que surgieran, de un modo u otro, los superhéroes, esos actantes que volverían a equilibrar las fuerzas. Hoy día vivimos en una época en donde necesitamos pensar en Batman, Superman o Spiderman, por culpa, precisamente, del paisaje desolador de nosotros mismos que nos brindaron autores como Kafka o Dostoyevski.

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