Mathias Enard es la bomba

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

A un tío como yo no se le puede dejar que lea este tipo de libros, porque me tomo demasiado en serio la literatura, siento una exacerbada fe por la ficción y, luego, me lo tomo todo al pie de la letra. Me deberían haber visto ustedes el jueves en la estación de Atocha, con esta barba que dejó de ser hipster para emparentarme con un fervoroso ayatolá, terminando de leer en público Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard, e imaginando toda una galería de atentados que iban desde la mera intervención artística a la quema del Congreso. ¡Que alguien me quite este libro de las manos, por el bien del orden y de la estabilidad y de todas esas pamplinas!

Mathias Enard ya me dio vuelta y media en nuestro primer encuentro, con La perfección del tiro, y ahora me atrevería a decir que me tiene ganado de aquí en adelante. Me extraña no haber leído mucha reseñística sobre él en la blogosfera, no sale mucho a relucir en los mentideros de internet, está ahí y parece que pocos lo mencionan. O a lo mejor soy yo, que ocupo menos tiempo del debido en enredarme entre u-erre-eles.

Quizá lo que me resulta más atractivo de este Manual del perfecto terrorista es el tono cínico de la novela. Resumiendo (porque, en este caso, me apetece resumir), un discípulo nos cuenta cómo conoció a su maestro y cómo le fue enseñando este, paso a paso, todos los fundamentos teóricos del arte del terrorismo. En mi caso, me vi ante un verdadero predicador tocando alguna oscura tecla dentro de mí; pero, desafortunadamente para mi pulsión destructora, Mathias Enard utiliza un sutil tono con el maestro que me hizo sentir que se estaba riendo de mí en todo momento. Las palabras del maestro producen perplejidad, porque hablan de un fin con el que empatizar pero, al mismo tiempo, todo suena ridículo. De algún modo, este manual no da instrucciones, sino que provee desconcierto.

A lo largo de sus discursos, no he podido evitar ver en el maestro un trasunto de Alonso Quijano. Piensen en cualquier pasaje en donde Don Quijote alecciona a Sancho explicándole cómo son las cosas según su visión del mundo, cómo adecuaba la realidad a su mirada. La mirada de Don Quijote siempre me ha parecido revolucionaria; la mirada del maestro quizá lo sea en el mismo grado.

Para colmo, Manual del perfecto terrorista es una obra con ilustraciones, y todas ellas sirven para aclarar y precisar las ideas del maestro. Recuerdan mucho más a las ilustraciones de una enciclopedia que a las de un artista que pretenda adornar la novela; el resultado de este apoyo gráfico es muy jocoso y convierte el conjunto, como ya he intentado advertir, una experiencia verdaderamente gozosa, dicharachera y, a la vez, contestataria.

El videojuego de Mathias Enard

La perfección del tiro, de Mathias Enard

A mí nunca se me dieron bien los videojuegos. La mayor hazaña de mi niñez es haber derrotado a Mr. Bison -en una sola ocasión- en el Street Fighter II del salón recreativo de mi pueblo. Para mí fue un momento verdaderamente espiritual. Lo hice una vez y no lo volví a conseguir, porque jamás tuve facultades para triunfar con los joysticks. En cambio, otros conseguían superar todas las pantallas cada fin de semana, con una sola moneda.

Ahora tenemos la Wii en casa. Mi pericia sigue siendo la de mi niñez. Durante un tiempo caí en la tentación de comprar videojuegos de segunda mano, arrastrado por mi amadísima Elisa Calatrava, indiscutible y reputada game player. Ni siquiera la Wii me grajea momentos de gloria, solo anécdotas lamentables, como cuando les confesé a los alumnos mi experiencia con el Call of Duty para que comprendieran que la culpa no era del juego sino de mi falta de destreza, del mismo modo que el libro que tenían que leer no era malo, sino que el problema era su falta de hábito lector. En el Call of Duty y en el libro había una narración a la que enfrentarse, solo era cuestión de acomodarse a los formatos.

En realidad, hablo de videojuegos con una falsa nostalgia. Nunca me gustaron demasiado. Pero ahora comprendo que, al menos hoy día, aportan una versatilidad en cuestiones narrativas que no siempre puede apreciarse en los libros. De esto me hablaba David hace tiempo y creo recordar que me dejó jugar al Red Dead Redemption y yo supongo que yo quise creerme Sam Peckinpah durante un buen rato. La oportunidad de ser el narrador en primera persona y poder permitirme todas las digresiones que me apetezcan. Ser el narrador y, al mismo tiempo, estar siendo narrado dentro del videojuego. Eso es, en realidad, lo que me emociona de estas nuevas máquinas narrativas, por lo tanto queda claro que no es nostalgia.

Lo interesante es cuando un escritor intenta trasladar los mecanismos de otro formato, que en principio se presenta como radicalmente distinto, a la narración textual. Si ese truco de magia sale bien, podemos contemplar elaboradísimos trampantojos, como por ejemplo hicieron Robbe-Grillet y compañía usando la cámara de cine dentro de sus novelas. Del mismo modo, leyendo La perfección del tiro he tenido la sensación de que Mathias Enard conseguía el efecto del videojuego dentro de su novela. Con esto me refiero a un género en concreto, el shooter, en donde un personaje narra el mundo a través de la mirilla de su arma de fuego. No es solo un narrador en primera persona, sino una narración basada en la contraposición entre la res cogitans y la res extensa. Por supuesto, el protagonista de La perfección del tiro es un francotirador.

En un primer momento, esa separación cartesiana es radical. Se está detrás o delante de la mirilla, y solo quien está detrás posee el relato. El disparo, en sí mismo, se presenta como un tratado de narratología. Podríamos detenernos ahí y emprender un análisis actancial. Pero lo mejor de esta novela es que nos permite abrir el zoom y verlo todo en contexto.

El francotirador es un combatiente de guerra, tiene unas premisas y tiene una misión. Aunque parezca obvio, hay que señalar que no siempre está disparando, y cuando deja de disparar sigue siendo el portador del relato. En esos momentos, cuando deja su fusil y su concentración a un lado, aparece el mundo que le rodea, se ve obligado a relacionarse con él sin la mediación de la mirilla, con una visión más amplia e insegura, y lo hace con un lirismo y una brutalidad propios del extrañamiento. De repente, todo se parece más a La delgada línea roja que al Doom. Pero con un matiz importante: la verdadera ausencia de moral solo aparece cuando el francotirador se relaciona con las personas cara a cara; en cambio, tras la mirilla desaparecen las categorías éticas, el francotirador es un anacoreta y no distingue a nadie, tan solo juega a su videojuego.