Tennessee Williams en mi tejado

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Pasé un día con J. en Lavapiés. Fuimos a ver una exposición de Jan Svankmajer y, a la salida, buscando un sitio donde comer, nos topamos con la librería Yorick. Allí compré varias obras de teatro que me daba vergüenza reconocer que no había leído. Entre ellas, me hice con Una gata sobre un tejado de zinc, seguido de Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams. De esta forma, he comenzado a subsanar estas lagunas escénicas, ahora que me dedico al teatro casi plenamente y que, por tanto, mi alarmante desconocimiento logra ruborizarme.

Pretendo considerarme un buen lector, sin embargo, casi todo lo que leo es narrativa. Por suerte, tengo un buen bagaje de lecturas poéticas. Por el contrario, apenas leo ensayo. En cuanto al teatro, solamente le presto atención de vez en cuando. ¿Realmente puedo considerarme un buen lector con estos hábitos?

A lo mejor esta no es una pregunta insignificante si, para colmo, me da por pensar que quizá la gran novela americana sea, en realidad, una obra de teatro y la haya escrito Tennesee Williams, porque Una gata sobre un tejado de zinc probablemente encierra en pocas páginas todo -o, al menos, buena parte de- lo que los grandes narradores americanos han tratado de plasmar en tochos de más de quinientas páginas. Williams no solo da en el clavo, sino que compone toda una sinfonía con los golpes de su martillo en los distintos clavos que todo el mundo quiere clavar. Por supuesto, para hablar del mundo en el que vive, de la sociedad, de los valores, etc, el instrumento ideal siempre es la familia. Ya lo he dicho varias veces, la familia es la mejor estructura narrativa posible. No imagino una gran obra que hable del ser humano en todas sus dimensiones sin que se sirva, en mayor o menor medida, de la estructura familiar.

En la primera página, con solo unas cuantas líneas de diálogo, Tennessee Williams nos inserta en las entrañas de Brick y de Margaret, al igual que nos ocurre con los demás personajes a medida que van apareciendo. Esta habilidad de hacernos entender repentinamente al personaje es una rareza. Se la había visto, por ejemplo, a John Cheever, que te traza perfectamente un personaje con cuatro líneas. Pero insisto en que me parece una destreza poco común. Y Tennessee Williams la tiene, sin duda alguna.

Uno no está contemplando la habitación de la escena desde un patio de butacas o desde fuera del libro, sino que uno está dentro, apoyado en la pared o sentado en una esquina de la cama, presenciando las discusiones y casi queriendo intervenir en ellas. Pero lo mejor es que no hay manera de ponerse de parte de nadie. Uno no sabe a quién defender, uno siente un extraño apego por todos, del mismo modo que un verdadero recelo. Uno no encuentra amigos ni enemigos, sino la excitante incomodidad de no posicionarse. Uno acaba meneando la cabeza y resoplando porque la vida es muy complicada.

En cuanto a la segunda obra de este volumen, Un análisis perfecto hecho por un loro, no tengo nada que decir. Me pareció intrascendente. Quizá solamente porque la leí a continuación de una obra maestra. No me esforzaré en decir más de esta segunda obra, porque sigo subyugado por la gata. Ahora solo me queda ver la adaptación cinematográfica de Richard Brooks, protagonizada por Elizabeth Taylor y por el inefable Paul Newman.